Archive for febrero, 2012


Escuchaba en algún video en Internet una frase que permite iniciar este texto: “No porque llamemos a otros ciegos, eso nos da automáticamente vista”.

La ceguera espiritual ha tomado al mundo desde siglos, aún antes de la llegada de Jesús a la Tierra, civilizaciones enteras vivían (y viven) en ceguera espiritual. La ceguera espiritual es aquella que no nos permite distinguir entre lo que le agrada a Dios y lo que Él aborrece, es aquella ceguera que impide que veamos la realidad de Dios a nuestro alrededor. Y es esta ceguera, también, la que impide que veamos aquellas cosas en nuestra vida que no están conforme al corazón de Dios.

Jesús abrió los ojos de muchos ciegos. Jesús abrió nuestros ojos. Jesús sigue abriendo los ojos de muchos que deciden creer en Él como Señor y Salvador.

Cuando Jesús abre nuestros ojos, se revelan a nuestra vida aquellas cosas que necesitan ser cambiadas por Dios, aquellos pecados que necesitamos declararle y arrepentirnos de ellos. Aquellas ideas o creencias que por años han guiado nuestra vida, pero que delante de Dios necesitan ser cambiadas. Todos los días, Dios nos enseña, nos instruye, nos convence de los pecados en nuestra vida. Y nos convence porque por muchos años podemos estar ciegos a esos pecados, ideas o creencias, pero cuando el Espíritu de Dios abre nuestros ojos, nuestro corazón humillado necesita ir al Padre para pedir perdón y recibir ese perdón por Jesús.

“Y cuando Él [el Espíritu Santo] venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” Juan 16:8

Sólo el Espíritu de Dios abre nuestros ojos a la realidad espiritual.

por medio de la fe

Ser asistente en una iglesia no nos da salvación. Tampoco todos los que están en una iglesia son salvos. Y el ser pastor, o líder en la iglesia, o ser un servidor constante tampoco nos hace salvos. De hecho, Jesús nos advirtió que en los tiempos finales habrá muchos que profetizarán en Su nombre, y echarán fuera demonios, y en Su nombre harán milagros, pero no serán más que hacedores de maldad y a los cuales Jesús nunca conoció. (Mateo 7: 22, 23)

Tampoco la salvación se gana con obras, o con dar dinero o cosas. No somos salvos porque alguien en nuestra familia ha sido salvo. No somos salvos por lo que somos, ni por lo que tenemos, ni por los dones o talentos que pudiéramos desarrollar o tener, ni por la preparación académica o el estatus social o político.

La salvación es un regalo de Dios a los hombres. Es un regalo inmerecido. Pero esta salvación dada por puro amor de Dios, necesita ser abrazada con una verdadera fe en Jesús y su sacrificio en la cruz. Dios da la salvación y cada persona, en lo individual, necesita tomarla en fe. (Efesios 2:8,9).

La salvación es el acceso a la vida eterna en el cielo y no en el infierno. La salvación es ser llamados hijos de Dios y con ello, recibir herencia eterna juntamente con Él. La salvación es caminar por fe, guardando y haciendo su Palabra, amando a Dios más que nosotros mismos. La salvación se gana por fe, una fe con frutos, más los frutos no son más que la evidencia de la fe que en nosotros hay.

Y sólo en Jesús hay salvación. No en hombres ni  mujeres, no en imágenes, no en libros, no en cosas creadas en este mundo o fuera de él. No hay salvación en ángeles, en ni nada que ha sido creado.

Arrepentíos, dice Jesús. Arrepentíos de todo nuestro pecado y maldad. Arrepentíos de nuestra corrupción. Y tomemos con fe el regalo inmerecido de la salvación en Jesús.

Todos los hombres que habitan en este planeta necesitan ser salvos, incluidos usted y yo.

hombre de guerra

Una de las descripciones que se dan en el primer libro del profeta Samuel sobre David en el versículo 18 del capítulo 16 es que él, David, era un hombre de guerra. Algo que me impresionó es que esta descripción de David se da poco después de que Samuel le unge como rey y antes de que se enfrentara al terrible gigante Goliat. David, llamado a servir al rey Saúl, era un joven valiente y confiado en el Señor. Un joven pastor del cual vendría nuestro gran Salvador y Rey Jesús. Un joven guerrero cuyo corazón sería conforme al corazón de Dios.

Si David, siendo joven, era visto como un hombre de guerra, los jóvenes cristianos (hombres y mujeres) necesitamos aprender de él esta cualidad, y muchos más en este siglo perverso. Pero ¿cuál es nuestra guerra? Cuando Pablo escribe a la iglesia en Efeso concluye su carta declarando una de las verdades que todo cristiano debemos entender: estamos en guerra, pero no contra hombres sino contra principados, potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes  (Efesios 6:12), es decir, nuestra guerra es espiritual. En esa misma carta, Pablo le manda a la iglesia de Efeso a vestirse con la armadura de Dios, para que podamos resistir en los tiempos malos, como los que vivimos. (Te invito a leer el capítulo 6 de la carta a los Efesios para descubrir la armadura de Dios).

Jesús busca jóvenes valientes, jóvenes de guerra, que tomen todo principado de maldad que hay a su alrededor y lo rindan a Él. Recuerda, nuestra guerra no es contra personas, sino contra todos los espíritus de maldad que están operando alrededor de ellos.

Esta es nuestra guerra, una guerra que ha sido ganada por Jesús en la cruz y en Su resurrección. Esa es la guerra que necesitamos pelear todos los días, creyendo en fe que somos más que vencedores en Jesús.

Jesús entró a la sinagoga, y se levantó a leer el libro de Isaías:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”. Lucas 4:18,19.

Algo maravilloso de este momento en la sinagoga cuando Jesús leyó estas palabras, es cuando los ojos de todos los presentes estaban puestos en Él, y Él dijo:

“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes”. Lucas 4:21.

La gran promesa en el libro de Isaías 61, escrita 700 años antes, se cumplía en ese momento. Muchas más profecías se cumplirían en la vida Jesús, profecías que declaraban que Él es Dios.

Hoy Dios, Jesús, a través de este pasaje nos llama a libertad. Él es Dios, Él es poderoso, Él es fuerte, nada puede oponerse a Su voluntad. Hoy nos llama a libertad, a aquellos cautivos de malos hábitos, de pecados, de una vida destructiva, de malas decisiones en el pasado y que ahora nos tienen esclavizados, de la culpa, del miedo, de la mediocridad, de la incredulidad, de la muerte. Jesús hoy nos llama a libertad.

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