Categoría: Fe


rechazados

“Porque ni aun sus hermanos creían en Él”. Juan 7:5

 

El evangelio es locura para el mundo. El creer en Jesús como único y suficiente Salvador, el caminar rectamente obedeciendo sus mandamientos, el llevar una vida de piedad y santidad apartada de la perdición del mundo, el predicar a todo humano la salvación en Jesús, todo esto, es locura para el mundo. Hay muchos que atentarán contra nuestra vida, otros tantos sólo se burlarán, algunos más desprestigiarán nuestra vida con mentiras, unos buscarán apodos y etiquetas para señalarnos y desvirtuarnos, y siempre habrá quien intente perseguirnos y hacer cosa mala en contra nuestra. Sí, todo esto, también es parte de la vida con Jesús.

Pero recordemos: Jesús fue rechazado primero. Y fue rechazado por sus hermanos desde su casa. Imagina por un momento: Jesús creciendo en medio de una familia cuyos hermanos no creían que Él, Jesús, es Dios mismo, hermanos que probablemente desvirtuaban sus palabras, sus acciones y aún su autoridad. Pero Jesús fue humilde y obediente hasta la muerte.

Si ahora vemos nuestra vida, encontraremos no sólo conocidos que nos han rechazado a causa de Jesús, sino que también encontraremos familiares que ven en nosotros la traición a la religión que por años, quizá generaciones, se ha enseñado, una religión sin sentido. A pesar de ello, en nuestra alma existe ese anhelo ferviente para que la Vida que hay en nosotros alcance a cada uno de nuestros familiares y amigos para salvación.

No estamos solos. Dios está con nosotros aún cuando estemos en la parte más escondida del mundo predicando el evangelio. Y si Dios es con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?

 

“Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuereis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”. Juan 15:18,19

“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”. Mateo 5:11,12

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

Efesios 2:8

 

Un devocional en la semana en casa en mis padres me ha dejado sin mayores palabras para describir lo que Dios ha dado para acercarnos a Él y poder tener una vida apegada a Él. Este versículo en la carta de Pablo a la iglesia en Éfeso destruye todo argumento que intenta sujetar la salvación, la vida eterna, a obras humanas ya que toda persona en este planeta sin importar su condición social, económica o académica pueda recibir la vida eterna únicamente a través de la fe en Jesús.

Por gracia somos salvos. Gracia es sinónimo de gratis, de un regalo inmerecido. De algo que se nos ha dado sin siquiera haberlo buscado. De algo que ha venido a nuestras vidas, sin siquiera haber luchado por ello. Así es Dios, nos acercó a Él por Su amor asombroso hacia con nosotros.

Pero ese regalo que hemos recibido no es en lo más mínimo despreciable, y mucho menos barato. Ese regalo, la vida eterna, costó lo más preciado que puede haber en la eternidad misma. Si crees que un diamante extraordinario, o si crees que una casa en la zonas más lujosa de la ciudad, o si crees que un viaje a las ciudades más famosas del mundo es algo valioso y costoso, es que no hemos conocido lo más caro que la eternidad misma tiene.

Imagina por un momento que Dios, en quien todas las cosas existen y son sujetadas, de quien el universo y la eternidad misma dependen, este Dios infinito quien es el centro de todo lo que existe, viene a la tierra en forma de hombre para pagar con su vida la deuda de muerte que se demanda de tu vida. Y así fue, ese Dios infinito pagó todo por ti.

Ese regalo, la vida eterna, costó la sangre de Jesús. Precio de sangre de nuestro Dios por amor a ti, por amor a mí. Todo fue por amor.

Filipenses3:8

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,[…]”

Cuando uno recibe la vida eterna, el gran milagro de nacer de nuevo, la vida misma cambia de perspectiva. La historia de la iglesia cristiana está llena de grandes milagros, de personas que viviendo en una vida sin sentido y de muerte son transformadas al recibir una vida de propósito y eterna. Y esta transformación hace que la vida pasada y todo lo que este mundo temporal pueda ofrecer resulte como basura delante de Dios.

En la Biblia encontramos historias reales de hombres que dejándolo todo le siguieron (a Jesús), de familias enteras donde ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, de hombres que dieron la vida por predicar la Verdad en Jesús y que murieron sacrificados por defender lo que creían, de jóvenes que dedican su vida a Jesús a través de la entrega diaria de su tiempo, de sus recursos, de sus talentos, de su familia con tal de conocer a Jesús.

Tener todo por pérdida, todas las cosas que nosotros podemos tener o ganar en este mundo, es un paso de madurez en la fe de la vida cristiana. Es negarse a uno mismo. Es rechazar ese concepto humanista de “autoestima”, ya que la vida misma resulta pérdida para ganar a Cristo. Nosotros no somos por lo que podemos hacer, o decir, o pensar, sino que nuestra identidad es Cristo, porque somos uno en Él.

Romanos 8:1

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”.

 

El versículo anterior habla por sí mismo. Menciona una de las grandes victorias que Jesús ha logrado para quien cree y rinde su vida a Él. Una victoria que nos da seguridad de que nada ni nadie puede condenarnos delante del Padre.

Al inicio del libro de Job, Satanás se presenta delante de Dios y acusa a Job. Satanás usa la pregunta: ¿acaso teme Job a Dios de balde? (Job 1:9) Y después, empieza a usar una serie de argumentos para desprestigiar a Job delante de Dios, asumiendo que Job teme a Dios porque él, Job, tiene muchas cosas materiales y Dios le ha bendecido.

Y así es nuestra vida para aquellos que caminamos con Dios. Constantemente Satanás y el mundo se acercarán y hablarán mentiras a nosotros para que no confiemos en la salvación que Jesús ha ganado por nosotros, o para hacernos dudar del amor de Dios en nuestra vida, o para hacernos dudar de que somos realmente limpios del pecado por Jesús. Satanás, el acusador, todo el tiempo habla mentiras y desea acusarnos delante de Dios, pero la victoria ya es nuestra.

Andar conforme al Espíritu, y no conforme a la carne es una de las evidencias mayores de todo hijo de Dios. Hijos que no se adaptan, ni toman la forma de este mundo, ni creen en las filosofías y pensamientos que van contra Dios. Hijos que se acercan al Padre en oración confiadamente en todo momento. Hijos cuyo corazón anhela desesperadamente desarrollar el carácter de Jesús en sus vidas y vivir conforme a Su Palabra. Hijos que, sabiéndose débiles, vencen cada día el pecado en sus vidas, y que cuando caen corren al Padre arrepentidos para recibir perdón a sus pecados. Hijos en cuyo espíritu ha sido revelado que ninguna condenación, ni culpa, ni señalamiento de pecado, ni mentira es contra ellos, porque cuando Dios nos ve, siempre contempla la sangre de Jesús derramada para salvación y perdón nuestro.

Y esto nos da una confianza sobrenatural que no tiene explicación humana.

La ciudad de Guadalajara desde el día de ayer presencia un incendio devastador desde uno de los pulmones naturales más grandes de la zona metropolitana. El día de hoy, por la tarde, he podido apreciar desde lejos el humo que de este incendio se desprende; fue impresionante el poder verle. Y hoy, un poco más tarde, los cielos de la ciudad se nublaron, los truenos se dejaron oír, y la lluvia no tardó en llegar. Y es aquí donde Dios me confirmó su palabra.

Cuando empecé a notar que la lluvia no tardaba en llegar, Dios me mostró que Él ha tenido misericordia de esta ciudad hoy. También me mostró que esta lluvia ha sido la respuesta a la oración de un hijo de mi Padre que ha orado por este milagro, un hijo que desde temprano ha pedido para que el fuego que consume a este lugar cese.

Al ver la obra de Dios a través de esta lluvia, Dios me llevó al libro del profeta Daniel, cuando este profeta oró a Dios por la libertad de su pueblo en Babilonia:

“porque no elevamos nuestros ruegos ante Ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias”. Daniel 9:18

Y es así como los hijos de Dios nos acercamos al Padre: confiando en su misericordia que es para siempre y no en nosotros o en nuestras justicias y obras imperfectas. Porque el Padre tiene misericordia por los que le buscan de verdad.

No sé cual sea hoy el incendio que en tu vida atraviesas. Puede ser el incendio más devastador que hayas vivido en todos tus años, pero la lluvia a tu vida llegará si confías en Dios, porque Él es grande en misericordia. Acércate a Él confiando en sus muchas misericordias y no confiando en lo que tú puedes hacer.

Un canto cristiano afirma una verdad de la cual muchos que caminamos con Dios nos sujetamos: Su Nombre es la victoria para nuestra vida, no sólo esta vida sino la que ha de venir.

Vivimos confiados no sólo en el presente sino en el futuro que por más turbulento y desalentador parezca, en Jesús tenemos nuestra confianza y nuestra victoria. Porque Él ha vencido. Vivimos confiados no sólo en el futuro sino en nuestro pasado el cual ha sido perdonado completamente por Dios por la fe en Jesús. Porque Él ha pagado todo.

Vivir confiados en Jesús en un mundo que se reusa en reconocerle como Dios y Señor de todo, puede volverse complicado en días en los que nuestra fe puede estar en prueba, pero una verdad que nos sujeta es que Él permanece a nuestro lado cuando decidimos caminar con Él.

Por más noticieros que pregonan eventos desalentadores, por más guerras que se inicien, por más desastres naturales que se avecinen, por más maldad que domine el mundo, sabemos que Él está con nosotros y ha prometido guardarnos de todo mal. Jesús ha vencido al mundo, y nuestra confianza no está en el mundo, ni en nosotros, ni en nuestra familia, ni en el dinero; nuestra confianza está Él, en Jesús. Siempre cierto, siempre fiel.

 

“para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:10,11

Suficiente

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

Hechos 4:12

 

No podemos callar. No podemos dejar de decir que Jesús es suficiente. Suficiente para salvarnos. Suficiente para librarnos de la muerte. Suficiente para nacer de nuevo. Suficiente para reconciliarnos con el Padre. Suficiente para vivir una vida en rectitud y en temor a Dios. Suficiente para caminar seguros en medio de un mundo en tinieblas. Suficiente para librarnos de toda cadena de pecado en nuestra vida. Suficiente para llevar todas nuestras dolencias. Suficiente para restaurar nuestras vidas. Suficiente para darnos propósito en Él. Jesús es suficiente.

Un solo sacrificio fue suficiente. Un sacrificio perfecto que llevó en él todo el pecado del mundo. Un sacrificio suficiente para que el Padre, nuestro Padre, haya perdonado toda nuestra maldad y todos nuestros pecados. Jesús es suficiente.

¿Has querido comprar el perdón de tus pecados? ¿Has querido agradar a Dios a través de grandes sacrificios? ¿Has intentado reconciliarte con Dios a través de hacer grandes obras? ¿Has intentando limpiar tu conciencia asistiendo a reuniones religiosas de cualquier índole? ¿Has querido ser mejor, sin siquiera poder crecer un centímetro en madurez? ¿Has querido llevar una vida recta y justa acumulando conocimiento?

La respuesta es: Jesús es suficiente. No hay esfuerzo en nosotros ni en méritos de hombres que nos puedan limpiar de todo nuestro peso más que Jesús.

No podemos callar. No podemos dejar de decir que Jesús es el Único y Suficiente Salvador para los hombres.

seis capítulos

Bastaron los primeros seis capítulos de la Biblia, los del libro de Génesis, para llegar a la decepción que Dios tuvo por la humanidad. El hombre y la mujer, aquellos que conformaban lo más sublime de la creación en esta tierra, se habían convertido en la gran tristeza e ira de Dios al ver la maldad que había cubierto la tierra a causa de su separación de Dios y de su desobediencia. (Génesis 6:5,6).

Alguna de las filosofías antropológicas del Siglo de las Luces pregona una de las mentiras mayores que se ha dicho respecto al hombre, mentira que se sale al descubierto al estudiar estos primeros seis capítulos de la Biblia. Esta mentira dice: “El hombre es bueno por naturaleza, lo que lo corrompe es la sociedad”. Si revisamos a detalle estos capítulos de la Biblia descubriremos que el hombre es malo (pecador) por naturaleza y corrompe, por tanto, el ambiente donde se desenvuelve. Esta separación de Dios provoca, no sólo en aquel tiempo sino en nuestro tiempo también, que nuestra naturaleza de maldad domine nuestros pensamientos y nuestro actuar aun más allá de nuestras buenas intenciones. La historia de la humanidad está plagada de esta naturaleza de maldad en el corazón del hombre, aún en nuestro tiempo. Por más buenos sistemas de gobierno, por más buenas ideas para procurar la paz mundial, por más buenas iniciativas para lograr justicia social, por más leyes que busquen la equidad y justicia, todo termina por corromperse cuando el hombre se encuentra separado de Dios. No es la religión metida en el gobierno, sino Dios gobernando a nuestros gobernantes y a nuestra sociedad.

¿Qué hizo que la gran decepción de la humanidad detuviera a Dios de destruir a todo hombre? “Pero Noé halló gracia ante los ojos de Dios”. (Génesis 6:8).

Dios trajo el gran diluvio que terminó con casi toda la humanidad y las especies de la tierra. Pero por un hombre que caminó con Dios, es que la humanidad no fue extinguida por completo. En nuestro tiempo, un siglo semejante a los de antes del diluvio, los hombres hallamos gracia, misericordia y perdón por nuestra naturaleza de pecado a través del más grande sacrificio de amor hecho para salvación de los hombres: Jesús.

Jesús libra de la condenación a muerte que Dios ha dictado sobre este siglo a todo aquel que decide arrepentirse, creer en Él como Señor y Salvador, y caminar juntamente con Él, para glorificar al Padre con toda nuestra vida. Porque de tal manera Dios ama al hombre que ha dado a su Hijo por salvación nuestra.

y no lo hallé

Ezequiel 22:24,29,30

“Hijo de hombre, di a ella: Tú no eres tierra limpia, ni rociada con lluvia en el día del furor. […]

El pueblo de la tierra usaba de opresión y cometía robo, al afligido y menesteroso hacía violencia, y al extranjero oprimía sin derecho.

Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruya; y no lo hallé”

 

La maldad se ha multiplicado en todo lugar de la tierra. En México, en Jalisco, en Guadalajara, en Ayotlán, en todo pueblo, la maldad está por todos lados. Los hombres de este mundo, llenos de avaricia y vanidades corren hacia la muerte viviendo en mentiras, sujetando su vida con palabras que sólo endulzan sus oídos, pero pervierten su alma.

Basta con encender la televisión, escuchar y ver unos cuantos minutos para darnos cuenta cuán pervertido el  mundo está, basta con hojear un periódico para descubrir hasta dando la  maldad ha aumentado.

Y en medio de toda esta maldad en el mundo, la Iglesia de Jesús se enfrenta a supuestos cristianos que han corrompido la Verdad, la Palabra de Dios, hablando mentiras. Líderes hambrientos por la fama, el poder, el dinero, pero que nunca han nacido de nuevo; líderes que viven con los ojos puestos en los deleites de este mundo, más nunca en el Reino de Dios. Sus ojos cegados para ver a Dios, sus mentes entenebrecidas para entender la Verdad.

Y en medio de este mundo, Dios busca quien haga frente a todo principado de maldad, hombres valientes que anhelan a Dios más que a cualquier cosa, hombres que aman a Dios más que a sus propias vidas, hombres que, nacidos de nuevo, arriesgan todo por llevar la Verdad en Jesús a todo lugar, hombres que apagan las mentiras del diablo con la Palabra de Dios, hombres que no tienen miedo ni al mundo, ni al diablo, hombres que lo dan todo por Jesús.

En los tiempos de Ezequiel, Dios no halló ni siquiera un hombre que clamara por la salvación de su pueblo para evitar que la ira de Dios consumiera a Israel. En este tiempo, ¿Dios hallará al menos un hombre?

yo maté a Jesús

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” Romanos 3:10-12

Si alguna vez pensé que los romanos, o los religiosos del tiempo de Jesús, o Pilato, o Herodes, o todos aquellos que gritaron “¡Crucifícale, crucifícale!” cuando decidieron pedir la libertad de Barrabás en lugar de la de Jesús, o aquellos que le azotaron y le clavaron, fueron ellos los culpables de la muerte de Jesús, he vivido equivocado.

Si bien, todos ellos participaron en los eventos que dieron muerte a Jesús, quien realmente causó la muerte de Él, fue usted, fui yo. Cada pecado en nuestra vida demanda juicio de muerte sobre nosotros, pero Jesús llevó y pagó todo el pecado del mundo, incluidos sus pecados, incluidos los míos. Sí, yo maté a Jesús. Lo maté porque al  no hacer lo bueno, Jesús me amó primero, y siendo Él obediente hasta la muerte, llevó en Él toda mi maldad para salvación.

Su muerte y sacrificio no es un evento histórico más de la humanidad, no es un evento olvidado que ocurrió hace casi dos mil años, tampoco es un evento cualquiera. Su sacrificio cumplió la demanda de muerte que el Padre exigía en nosotros por vivir en corrupción. Su sacrificio sigue cumpliendo la demanda de muerte que el Padre exige a aquellos que todavía no Le conocen.

Y siendo nosotros los culpables de la muerte de Jesús, por amor Él se entregó por usted, y por mí. Siendo culpables, Dios nos limpia de la culpa, y del pecado. Siendo culpables, Él nos ha dado perdón, nos ha dado libertad, nos ha dado Su amor.

Jesús no sólo murió, sino que resucitó. Venció a la muerte, Él vive. Tenemos vida juntamente con Él, a quien decide arrepentirse y creer en Él.

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. 2 Cor. 5.21

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