Historia Cíclica I

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I
Podía pasar por alto sus dolores de parto, pero jamás la idea de que quien iba a nacer sería el heredero de aquella vida que ella abandonaría, quizá, antes de la llegada ó, sin dudarlo, después del esfuerzo que llevaba ya más de media vida. Sería así según los pronósticos previos a la preñez hechos por el Médico y que, por obligación profesional, él había aconsejado el “jamás volver a intentarlo…”. No hay cabida para los miedos cuando un deseo es demasiado fuerte doctor, decía Ella después de las recomendaciones que le pedían salvarse.
No sentía, ya que después de 5 embarazos fallidos el dolor se había encajado en Ella y cualquier emanación posible de aquella sensación era sofocada por el ideal de un nuevo miembro, el único, el heredero. La Partera, quien era amiga de la familia desde la generación pasada, conocía bien su labor y, aunque en el principio le fue complicado adaptarse a los partos promovidos por Ella, con un fuerte pesimismo se despidió de la Señora antes de que el consciente cediera paso. Señora descanse… yo recibiré a su Hijo, él nacerá como usted siempre lo ha deseado, decía la Partera viendo cerrar los ojos de la Señora con una imposibilidad por dejarlos abiertos.
Sabía bien la Partera que el Médico no aprobaba la actividad que ella venía realizando con Ella, pero la Partera no podía negarse a la petición de la Señora, aun más, si se negaba, Ella no dejaría que alguien más asistiera el parto… la Partera, con el profundo aprecio hacia la familia, cedía a los caprichos de la Señora a pesar de que sabía que lo mejor era que el Médico, con todos sus conocimientos, fuera el emancipador de un nuevo ser novel en la vida. La última plática con la Señora se tornó en discusión debido a la insistencia de la Partera de que el Médico fuera en lugar de ella. Jamás, jamás dejaré que un ajeno traiga a este mundo a mi Hijo…, mi Madre me lo pidió, mi Madre no dejó que yo, su única hija, fuera arrebata de su vientre por un extraño que, no por tener más conocimientos en las ciencias médicas, puede intervenir en el quehacer que sólo nosotras entendemos, con una voz absoluta la Señora pronunciaba esta frase que concluía siempre las pláticas que la Partera, con la intención de convencer, iniciaba a la hora en el que la Señora caminaba junto con ella en el parque siempre sosegado.
Ella, después de cumplir la edad respectiva, inició su instrucción en instituciones reconocidas de la ciudad. Recibió grandes conocimientos que Ella jamás pensó adquirir y, mucho menos, utilizar en situaciones posteriores. Insulsos conocimientos maestro, a mi no me servirán, yo he sido criada para estar en casa y encargarme de los quehaceres propios de ese estado; si estoy en esta clase es porque mi Padre ha entrado en duelo con mi Madre y ella, queriendo superar lo acaecido, ha aprobado mi estancia en este lugar, replicaba Ella siempre que el aburrimiento o su torpeza llegaba a su ánimo, más frecuente esto último que ocasionaba lo primero en sus deberes educativos.
No entendía la Partera cómo la Señora podía no aceptar la presencia del Médico. Y no lo podía entender porque siendo ella una iletrada, lograba concebir que sobre toda costumbre, el bienestar mismo es primero. Pero ni las letras pueden superar la necedad, se repetía a sí misma cada vez que este pensamiento llegaba a su mente.
La Partera nunca había tenido la esperanza de que algún parto fuera exitoso más, en esta vez, algo le hizo decir a la Señora “el nacerá…”, pero sabía que una vida a cambio de otra sería la secuela. Educarle como usted lo hubiera hecho, se repetía, para olvidarlo, aquellas palabras que la Señora pronunció y no más.
Había llegado el momento tan esperado por una, y tan poco deseable por la otra. No dejes a mi Hijo solo, edúcale como yo le hubiera educado, ámale como una madre, fueron las últimas palabras antes de… Fue niña, pero Ella nunca lo sabría, ni siquiera el padre supo que lo fue.
Estando únicamente ellas dos con vida, la nueva criatura y la anciana, sin herencia alguna, esta última  entendió que la educación lograría erradicar tan malvada costumbre sustentada por generaciones, una educación alejada de terquedades y de tibiezas.
Era el otoño de 1980.
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  1. Gracias por pasar y quedarte y mostrarme tu espacio, siento ser escueto, la falta de tiempo siempre me hace ser así, pero cuando saque un poquito vengo y leo alguna de tus entradas, mientras mis puertas y entradas están abiertas.

  2. Sin duda, en el dominio de los pueblos siempre jugó un papel muy importante el mantenimiento de la ignorancia; bien lo sabía la Partera; bien sabía que cuando ciertas tradiciones se han interiorizado en el subconsciente colectivo como su más arraigado patrimonio de identidad, por muy absurdas o nefastas que sean, "ni las letras pueden superar la necedad".
     
    El Siglo de las Luces llegó tarde, muy tarde, a la humanidad. Sangre, sudor y lágrimas costó abrirse un caminito a la razón en medio de tanta oscuridad alimentada desde interesados poderes desde siglos… En España, la caverna vio tambalearse los cimientos de sus privilegios adoctrinadores en los escritos de los ilustrados. Feijoo o Jovellanos no tenían nada de revolucionarios, sin embargo debían ser acosados, acusados… ¿de qué? Ah, pues de "afrancesados"; y eso era como ponerlos fuera del carné de identidad; provocar el recelo en el resto del rebaño; su rechazo. Siempre lo mismo… el recurso a la unidad inquebrantable, la llamada al irracional sentimiento de pertenencia, a lo atávico, a la raza, al absurdo que tan buenos resultados siempre dio. Como cantó Brassens en francés y Paco Ibáñez en castellano, "La gente no gusta que / uno tenga su propia fe".
     
    Con "una educación alejada de terquedades" la humanidad progresará desde la sociedad de la ignorancia a la del conocimiento; pero no basta con abrir los ojos; es preciso también abrir el corazón y derribar esas barreras que el egoísmo ha ido plantando para marcar el territorio de los distintos propietarios.

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