Historia Cíclica II

Estándar

II

Los días transcurrían sin mayor prisa y las tareas ordinarias se cumplían a la brevedad debido al tacto exacto que los protagonistas de éstas tenían para realizarles. Un devenir inexorable lograba que jamás algo dejase de ser cuando debía de existir, siempre en su tiempo y en su lugar. Así sucedía: llegadas las primeras horas del día, aun cuando la luz no vencía la flagelante oscuridad, los varones que habitaban en los jacales destinados a los peones, tomaban sus herramientas y, conforme a lo establecido (siempre), caminaban en grupo destino a los campos de cultivo o su lugar correspondiente en los establos, todo aun más establecido; nadie de los peones podía distraerse, ni sabían siquiera si la distracción existía en aquel lugar. Las varonas, así llamadas por el Amo, tenían que, junto con los hijos, llegar a la hacienda y dedicar sus horas, si es que existían, a la atención de los quehaceres que surgieren.  Los varones cubrían la mayor parte de su trabajo pendiente del día anterior, trabajo que siempre era inagotable. Las varonas corregían las irregularidades en las alcobas y demás partes de la hacienda, y consumían parte de los recursos producidos por los varones, en la elaboración de la comida que debía de agotarse a lo largo de las horas que existían en aquellos, pero no en ellas. Los hijos de los criados solían ver, entre juegos infantiles, la forma en el que la vida de sus padres se consumía por la ausencia del tiempo; todos los hijos eran testigos inconscientes, excepto uno.

La puesta de Sol obligaba al regreso idéntico excepto por el cansancio en cuerpo y ánimo; y era tan igual en muchos sentidos: ordenado todo en su respectivo lugar en las casuchas construidas para albergar algunas de las herramientas en los límites de los campos de cultivo, los peones regresaban recorriendo las mismas huellas que por años forjaron y seguían forjando en el suelo intangible tan ajeno; por su parte, después de atender las labores en las caballerizas, en los establos,  y demás lugares de los animales, los peones encargados guardaban la responsabilidad adquirida por sus padres para el día de mañana, que deberían seguir anhelando – así lo creían – como un destino innegable para sus vidas. Las varonas, después de atender las necesidades y caprichos de aquellos, llamaban a sus hijos y caminaban al encuentro de sus esposos sobre aquel derroche de vidas que recorrerían hasta llegar a aquel jacal que sentían era lo único que les pertenecía. La oscuridad había de llegar.

Aquel Niño que veía venir en su vida la herencia que su abuelo le heredó a su padre, era el hijo del Peón y la Criada más mansos que había en esa hacienda. El Amo clasificaba al Peón como el ejemplo que todos los otros debían seguir debido a su obediencia y entrega a las órdenes y bienes que eran propiedad de aquel. La Esposa del Amo veía en la Criada a la mujer más sumisa y por tanto debía ocuparse de atenderle, ya que debido al carácter tan volátil de la Esposa, la única mujer que no reprochaba ninguna de sus órdenes era ella. El Niño sentía que sus horas le pertenecían aún y lograba hacer con ellas, con la ayuda de uno de los hijos del Amo, un  tiempo de aprendizaje en las letras. En un santiamén aprendió a leer y logró captar la atención del hijo del Amo quien le ayudaba en cada día del verano, que era cuando los hijos de los hacendados regresaban de los internados de la capital a casa. La amistad entre estos dos, el Niño y el hijo, nunca fue limitada ni por los padres de uno y por los del otro, ya que con la confianza ganada, esta amistad era tan natural que pensaron nunca trascendería más allá de la infancia. Las letras se habían convertido en la diversión más reconfortante en los días del Niño. Semana con semana llevaba un nuevo libro del hijo del Amo al jacal, y debido a esa inmediatez pronto los libros sin leer se agotaron. Y es que no eran simples lecturas, sino toda una plática entre el Niño y el hijo que despertaron en ambos una visión distinta de sus situaciones, la de sus padres, la del mundo en general.

Una noche, después de agotado el día, cuando el Niño leía uno de los libros, su padre le miró y pronunció: Es tiempo de que te dediques junto conmigo a los quehaceres del campo… el Amo ha visto que has crecido y pide seas ya parte del grupo de trabajadores; esos libros ya no te serán útiles, ya dejarás de perder tu tiempo… Esto último causo en el Niño un profundo eco en el ánimo lo que provocó respondiera  a su padre: perder el tiempo es lo que usted ha hecho con su vida, no se da cuenta que aun con el mísero sueldo que dicen pagarles son esclavos… El padre alzó el brazo y ni la confusión que las palabras del Niño causaron en la mente del Peón pudo detener aquel golpe que dejaría en el suelo de tierra del jacal a aquel rebelde que a partir de este día dejaba la infancia.

Nada detuvo las lecturas que sólo podían ser nocturnas. Las labores en el campo sólo le agotaban las fuerzas físicas, pero una mente despierta sólo es tranquilizada con el aprendizaje. El Niño veía que sus padres y los demás peones, eran víctimas de un dormitar de sus mentes, y por tanto no juzgaba sus actitudes de reverencia hacia su supuesto destino innegable, pero jamás acepto ese supuesto.

Como si la vida obedeciese las mismas normas impuestas para las actividades sobre los animales, los cultivos, los mismos quehaceres del hogar, todo seguiría igual. Aquel enfrentamiento entre padre e hijo no trascendió en la familia, pero en la mente del  Peón no había día que se repitiera aquellas palabras que su hijo pronunció.

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  1. “Los pobres, según decidían los amos, habían de tener descalzos los pies, a medias vacía la barriga y sin ideas la cabeza (…)
     
    Mi  abuelo Alejandro, entre sus sueños, contaba con el de aprender algún día a entender aquellos libros que leían los señoritos y que los transformaban, a sus ojos, en dueños de todos los secretos (…)
     
    Una noche recogió sus escasas pertenencias   -media hogaza de pan, un trozo de tocino y las alpargatas nuevas- para salir al mundo sin más armas que su voluntad de ser otro.
    Los barcos zarpaban rumbo a esos horizontes poblados de dignidad”…
     
    Son palabras de una mujer,  Blanca Álvarez en su libro “Palabras de pan”. Y no se refería a siglos atrás, no…

  2. La cambios que debemos lograr, consejero mío, están en transformar mentes, en revolucionarlas. Hacer que cada individuo sea más humano. Así, los cambios soñados llegaran a hacer "Din don" en nuestra puerta de la vida social y, en la individual que es lo primordial. "Esos libros" dejaran de ser simples letras si sembramos en el espíritu una mente crítica para hacer que "los señoritos sean dueños de todos los secretos".
    Existen casos en los que, a pesar de que el acceso a los libros es evidente, las mentes siguen sin crecer. No sólo es leer, no sólo es conocer, no sólo es aprender, es necesario que todo aquello que se ingiere a través de las letras, pueda nutrir (Palabras de pan, así lo creo).
     
    Consejero mío,
    un abrazo y muchas gracias por las letras que dejas en este espacio, que porsupuesto es tuyo y de todos aquellos quien desee aceptarlo como suyo!!!!
    Jacob!!!
     
    pd. Diiiinnn doooonnnnn

  3. Maravilloso tan real y actual relato, no es cosa del pasado, es cosa de hoy, de todos los días, en mi bella Guatemala, en donde impera la pobreza, el analfabetismo, "la esclavitud" aunque obviamente con distinto nombre.
     
    Cabral canta……pobrecito mi patron, piensa que el pobre soy yo…..laralalaralaaaa
     
    Cuánta razon tiene Jacob al expresar, los libros seran simples letras, si no se traducen en hechos, si no se entrega con pasión, la ferrea voluntad de ser alguien diferente, de hacer un cambio en uno mismo y en tan sólo uno más, para avanzar por un camino digno.
     
    Felicitaciones Hombre
     
    Cuídate un mundo
     
    Anny

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