Se fue noviembre

Estándar

Un día soleado era el esperado para la despedida, pues no hay más calor en esos momentos más que el del mismo astro matutino y el de los recuerdos. No hubo calor, hubo recuerdos.

Fue una noche sellada con un dos como tantas otras noches. Un dos intranquilo que juega con un destino poco entendible. Un dos que en ocasiones se deja seducir por un seis ó un nueve. Siempre ese trío haciendo aun menos explicable lo planeado. Existió en todo momento un frío recalcitrante, una necedad en el ánimo y un hervor en la mente que jamás consumía el líquido de los pensamientos.

Cuando descubrí las palabras que su mirada me revelaban era demasiado tarde, y mi sensación de no sentir aun existía. Podía conversar con él, podía extraerle todos sus pensamientos e incrustarlos en mi mente, pero por más ideas que pudiese yo concebir no habría cabida para el corazón; por más palabras que él pudiese pronunciar no podría hacer palpitar a un corazón que se había perdido en la indulgente inestabilidad.

No esperé la despedida, pero yo la había ocasionado. Siempre. Esperé poder decirle que aquel hervor logro tener parte en mis ojos durante la tarde gélida como la noche que, aunque la convenciéramos, no iba a cobijarnos. Deseé que el calor de sus palabras pudiese evitar que llegase de nuevo lo que pensé se había extinguido. Pensé en la fuerza de un abrazo para opacar los miedos. Soñé en un beso noble que, al colocarse en mi mejilla, me haría sentir. La espera, el deseo, el pensamiento, el sueño, se perdieron entre las luces precoces de la época venidera.

Perdida la mirada mía entre los besos de unos amantes que a lo lejos nos acompañaban, escuché, entendí y logré darme cuenta que lo había perdido todo. Un todo formado por sueños, por instantes, por tardes, por palabras, por caprichos, por séptimos días, por él, por mí. Perdida la esperanza entre ese todo que se extinguía en cada palabra de él, sonreí para seducir a mi ánimo pidiéndole un segundo más de sensatez. No deje que gota alguna humedeciera las mejillas desiertas de besos. No permití que se fuera, hasta que vi en sus ojos el desánimo de la  lucha a favor de mí, a pesar de que ni yo podía ya luchar ni por él ni por mí. Me permití nada como siempre lo venía haciendo.

Me levanté de aquella banca que se quedó con él por varios días y que a partir de hoy sería nunca más ocupada. El parque, el pequeño parque, disintió a nuestra decisión. Los árboles, los viejos árboles, gritaron, acompañados del viento, que aquello podía volver a ser. Los amantes, los lejanos amantes, veían para sus afectos, espectadores no deseados. Nuestros pasos, los cansados pasos, vivieron.

Y siendo como febrero, noviembre se extinguió de manera distinta que como los otros meses lo hacían. Fue noviembre, se fue noviembre. 

Julio 

Jacob Pintle

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