Valiente

Estándar

El pequeño hijo del Rey encontró a su paso a un hombre que cubierto con un abrigo viejo y desgastado yacía en el suelo. Su aspecto era como de indigente y su rostro era cubierto por aquel abrigo.

El hijo del Rey, un niño aun, movido en compasión corrió hacia su padre y le suplicó:

– Padre, hay un hombre allá – con su mano señalando hacia donde había visto a aquel hombre – necesita tu ayuda, Tú puedes ayudarle.

El Rey, ocupado en sus quehaceres que su posición demandan y rodeado de súbditos, interrumpió sus actividades y volteó hacia su pequeño hijo:

– No puedo ayudarle, hijo. – Con sus ojos de amor puestos en aquel pequeño que robaba su corazón cada vez que le veía.

– Padre, pero Tú eres bueno. Tú puedes ayudarle.

La insistencia del hijo, pero aun más el ánimo de su hijo por querer ayudar a aquel hombre que su hijo había encontrado, hizo que el Rey caminará hacia donde estaba aquel hombre. Su hijo apresurado iba al frente del Rey, y sus súbditos le seguían a unos cuantos pasos atrás de Él. Al llegar en donde estaba el hombre su hijo exclamó:

– Es este hombre, Papá. – Y su dedo índice de su mano izquierda señalaba al aun cubierto hombre.

Repentinamente aquel hombre saltó hacia el hijo y su rostro era como el de alguna bestia intentando atacar al pequeño. No era rostro de hombre, pero parecía hombre. Mientras el hombre se abalanzaba hacia el hijo, el Rey interrumpió el ataque interponiéndose entre aquel hombre y su pequeño. El Rey defendía a su hijo ante cualquier ataque que le pusiera en peligro, su corazón buscaba siempre el bienestar de su pequeño.

Con palabras de autoridad del Rey hacia el hombre que el hijo no alcanzó escuchar, aquella criatura huyó de la presencia del Rey.

Su hijo, pequeño aún, entendió cada palabra de su Padre. Y le admiró aun más por el gran amor que el Rey tenía hacia con él.

El hijo caminó con la cabeza agachada como quien apenado y asustado no encontraba palabras para pronunciar. Durante el camino de regreso, su Padre rodeó sus hombros con sus brazos y comentó:

– No todo lo que ves es real, hijo. Es necesario que aprendas a discernir mis palabras. Te amo y no permitiré que nada ni nadie te dañe y lastime.

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