Estamos en guerra

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La década cero de este siglo ha marcado la historia nacional como un periodo en el que se ha enfrentado una de las luchas más crueles en la historia de México. Una lucha sangrienta, de actos inhumanos contra la vida, de una ambición desmesurada por el poder y el dinero, de inseguridad social, de muertes.

Algunas cifras aseguran que más 40,000 vidas han sido concluidas como consecuencia de esta lucha. Vidas de civiles, de militares, gente del gobierno, de los mismos grupos delictivos. Entre los civiles: algunos reporteros, algunos otros empresarios, estudiantes, inmigrantes de Centroamérica, gente de la farándula. Entre los políticos: presidentes municipales, jefes policiales, secretarios de gobierno, candidatos a cargos públicos. Y las organizaciones criminales han visto reducidas sus filas que se nutren día a día con los anhelos de jóvenes en busca de ambiciones económicas maliciosas.

Esta década ha sido el pretexto de algunos políticos para salvaguardar sus intereses de carrera justificando las armas como medio de paz y estabilidad social. Políticos que viendo una crisis social por la denunciada ilegitimidad de los procesos electorales que les dieron cargos públicos, buscaron legitimidad a través de una guerra contra las organizaciones delictivas, principalmente las relacionadas al mercado de las drogas.

Del otro lado, los delincuentes, han visto la oportunidad para operar sin miedo a la muerte y sin el mínimo respeto por la vida con tal de adjudicarse el control de mercados, el aumento de ganancias económicas ilícitas y la confrontación a las estructuras del Estado.

Una lucha no iniciada desde la sociedad hacia el gobierno en turno como sucedió con los movimientos de hace cien y doscientos años, sino del gobierno en turno hacia grupos criminales que gobiernos anteriores auspiciaron por décadas. Hace doscientos años golpeábamos la monarquía española con la búsqueda de emancipación no sólo de los territorios actuales que hoy conocemos como México, sino de algunos otros que ahora conforman naciones. Hace cien años enfrentamos la lucha del sufragio efectivo y la no reelección y la estructuración de una democracia real. Cien años después, en esta década ¿cuál es nuestra lucha?

La situación actual de nuestro país –específicamente el control político, social y económico de las organizaciones de las drogas – ha sido el resultado de años de acuerdos y la corrupción de los servidores públicos pasados y algunos actuales con esas organizaciones. Por años, la estabilidad era lograda a través de negociar la libertad de sus operaciones ilícitas con el propósito de no ocasionar disturbios sociales a cambio de beneficios económicos para los servidores públicos. Era un acuerdo conciente y malvado que como sociedad veíamos y permitíamos por temor a represalias.  Era un mal que creíamos podía ser controlado siempre.

Por años, grupos de jóvenes eran llevados, algunos concientes y otros obligados, a participar como miembros de estas organizaciones a cambio del sustento económico para una vida opulenta. Por años, el mercado de las drogas se extendió del país del norte a nuestras escuelas y espacios públicos. Por años, la edad de consumo de drogas llegó a los niveles infantiles. Por años, el consumo de las drogas era algo común: conocíamos gente adicta en nuestras familias, amigos, o vecinos; hacíamos bromas, la veíamos normal mientras no tocará nuestra casa.

Sí, tenemos una lucha que se ha convertido en guerra. Y no sólo es una guerra en contra de las organizaciones delictivas, sino de la corrupción misma, de la enfermedad misma de la que sufre México. Si perdemos esta guerra, si nos permitimos ceder contra esta guerra, estaríamos siendo sometidos, como país,  por grupos cuyo objetivo está centrado en el dinero y el poder por encima de las leyes y el bienestar social.

Más que cuestionar si esta lucha debe continuar o no, debemos trabajar en formas para que esta lucha sea menos con armas y más con el desarrollo de inteligencia que permita identificar los miembros de estas organizaciones y desarticular todo su aparato armamentista y estructural.

No sólo estamos obligados a deshacer la estructura de los grupos delictivos que en ocasiones funcionan mejor que la policía misma, sino que también estamos obligados a reducir el mercado de las drogas y de otros males como el secuestro, la esclavitud sexual y laboral, y los que se desprenden de estos. Estamos obligados a reformar el funcionamiento de nuestras instituciones que procuran justicia y del Poder Judicial, de nuestras organizaciones policiales, de los sistemas de readaptación social, del gobierno mismo. Estamos obligados a erradicar de nuestra cultura mexicana la corrupción como forma de vida, como forma de pensamiento, como algo normal con lo que podemos convivir, porque como toda enfermedad que no es atendida, termina por matar el cuerpo.

Concluiré con el siguiente texto escrito hace 6 años y con el cual me inicié en el mundo de los blogs. Texto que hace referencia a una de las ciudades mexicanas más dañadas, ciudad ubicada al norte, ubicada en la frontera.

 

“Ciudad Juárez no es una mancha en el mapa de nuestro país, sino un síntoma. Es como ese pequeño lunar negro que aparece en la piel, el melanoma, que con frecuencia anuncia un cáncer que ya ha comenzado a invadir todo el cuerpo. Es México el que está enfermo”

Fernando del Paso

<Texto publicado: Gaceta Universitaria Año V, No. 394, 13 de junio de 2005>

 

Y hay sanidad para México.

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