Sin esperanza. Hay esperanza.

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LA música de alguna agrupación del norte de México sonaba intensa a medida que nos acercábamos al lugar. El sonido de los tambores típicos de la música popular mexicana, de la voz de quien entonaba aquella canción se hacían cada vez más molesto para los oídos de aquel que siempre había sentido cierto desagrado por ese tipo de música por la carencia de un mensaje justo y la insistencia enfermiza de narrar amores corruptos o vidas de “héroes” del pueblo que se dedicaban a ganancias ilícitas. Esta música salía de un auto ostentoso que estacionado a un costado del restaurante tenía las puertas abiertas para que la música pudiera escucharse con mayor intensidad.

Al llegar a ese lugar donde se disponía a comer junto con dos estimadas amigas, aquel hombre miró con molestia a algunos trabajadores del lugar debido a la permisividad para tener una música que nunca antes aquel hombre había escuchado ahí, y más la molestia por la intensidad del sonido que lastimaba a los oídos. Al entrar al lugar, después de expresar su molestia con la mirada, el hombre caminó hacia el baño y alcanzó a ver  los que parecían ser los dueños del auto y los aficionados a  la música: dos hombres, uno sin camisa pero cubierto su pecho y espalda con vendas que sostenían a un brazo que parecía haber sido herido, el otro hombre con una mochila pequeña que sujetaba con cuidado.

El recién llegado hombre, dentro del baño, apagó su molestia al deducir que aquellos hombres eran narcotraficantes y que cualquier intento por pedirles mesura en el sonido de la música tendría consecuencias ya conocidas que podrían llegar a la muerte en un país donde portar un arma y ser narcotraficante es algo que se escucha con frecuencia. Dentro del baño, el hombre escuchó dentro sí Aquella voz que le decía: ten cordura y ora por ellos para que este lugar esté en paz y no haya consecuencias. Y así sucedió.

Al salir y tomar asiento en la mesa donde sus amigas estaban, el hombre observó los ojos de alguno de aquellos otros y entendió la mayor lucha que los hombres del narcotráfico enfrentan: la nula esperanza de una vida que va encaminada a la muerte. Y es que estar dentro del narcotráfico sólo, pareciera, tiene una salida: morir. Aquí surgió la mayor oración a Dios para ellos: Padre, lleva a ellos esperanza de una vida diferente, de una vida con vida, de una vida que Tú puedes restaurar aún ahí donde todo indica que morir es la única salida, pero donde Tú puedes hacer vidas nuevas y restaurar lo corrompido.

———

Sé que Dios hará grandes milagros en ellos,  y en muchos otros en Jesús. Porque lo ha hecho y el testimonio de vidas transformadas cuando el Espíritu llama a vida es innegable.

Sé que Jesús es grande para salvar de una vida sin esperanza. Hay esperanza en Jesús.

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