cuando echamos las perlas a los cerdos

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“Ni deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.”

Mateo 7.6

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Intentar agradar al hombre, al mundo, resulta todo un “arte” delante del mundo mismo. Sonreír cuando ellos esperan que sonrías, hablar cuando ellos esperan que hables, caminar cuando ellos desean que camines, vivir cuando ellos así te lo permiten. Es esto quizá la situación actual de muchos jóvenes, o adultos ya, que buscando una aceptación arriesgan hasta la identidad misma para convertirse en un miembro más de un sociedad simulada.

Es ahí donde vivimos. Vivimos en este mundo, rodeados de ellos, pero ni somos parte de este mundo, ni somos ellos. Tenemos en nuestra existencia algo que ha costado todo: tenemos Vida, algo de lo que carece este mundo. Es ahí donde vivimos. Pero, insisto, no somos de este mundo, y lo diré así, de este mundo de cerdos.

Es fácil agradar al mundo cuando te esfuerzas lo suficiente por hacerlo. Sólo supedita tus pensamientos, tu voluntad, tu vida – si es que la tienes – a ellos. Quizá te esfuerces demasiado al principio, al final conseguirás cubrir la demanda que ellos exigen: las perlas.

Después vendrá lo peor, por ahora sólo son las perlas.

¿Qué son las perlas de mi vida? Aquellos tesoros del Reino que te han sido dados por mera gracia, empezando por la salvación misma. Después todas las promesas que han sido otorgadas por medio de la justicia cubierta a través de tu fe en Él, Jesús. Cada perla, sí que es valiosa. Como aquel mercader que encontrando un perla preciosa vendió todo lo que tenía. Así son nuestras perlas, valiosas. Costó, cada una, precio de sangre.

¿Crees que un cerdo sabrá distinguir entre perlas y su alimento? ¿Entre perlas y su excremento? ¿Podrás tú decirle al cerdo: oye, mira que conviviré contigo pero no me ensucies? ¿O acaso podrás decirle: aquí dejaré mis vestidos blancos por un momento, pero no los toques? Son cerdos, con naturaleza de cerdo.

Ser herederos del Reino viviendo en mundo como este resultará difícil. Un heredero es poseedor de promesas, de tesoros, de perlas. Un heredero que es llamado a alumbrar en un reino de tinieblas más no en echar sus perlas a ellas, a las tinieblas, a ellos, a los cerdos. Alumbrar significa decir a los cerdos: miren, aquí donde estoy hay Vida, una Vida que tú no tienes, pero que puedes adquirir dejando tu naturaleza de cerdo. Más no echando tus perlas a ellos.

¿Cómo puedo echar mis perlas a los cerdos? Cuando tratas de aparentar que eres como ellos, haciendo lo que ellos hacen, comportándote como cerdo cuando eres oveja.

“Oh miren, voy a esas fiestas donde todo mundo baila y se escucha esa música tan de cerdos” Quizá: “La película de moda es genial, ella termina intimando con él, que a su vez tenía un novia pero ella no sabía que ellos dos salían”. O aún peor: “copiaré la tarea sólo esta vez, al cabo que el maestro no se dará cuenta”. O una más curiosa: “revisaré mis face mientas mi jefe no se da cuenta, al cabo que mañana puedo entregar ese reporte”. Y si nos acercamos más a casa: “¿De qué sirve orar o pasar tiempos con Dios leyendo su Palabra? Al cabo, hay muchos en la iglesia que ni lo hacen y les va muy bien”. Echar tus perlas a ellos, por intentar ser como ellos.

Y te darás cuenta que has perdido algunas de tus perlas cuando te mires a ti mismo, y te des cuenta que lo que antes resultaba malo, ahora es permitido en tu vida, es un hábito en tu vida, un habito de cerdos en una oveja. No me refiero a hábitos que cuando fuiste llamado a Vida estaban en ti y que, a través del Espíritu, Dios irá erradicando de maneras perfectas y sobrenaturales, sino de hábitos incorrectos que has adquirido cuando ya no eras parte de ese mundo.

Después vendrá lo peor una vez pisoteadas las perlas: se volverán e intentarán despedazar tu Vida.

Permanecer, lo aprendí hoy, por medio la fe que no falte es básico en la vida del pámpano sujeto a la vid. Permanecer atado a Jesús aunque el enemigo y el mundo de cerdos intenten destrozarnos cuando corramos a sus garras, más si permanecemos, nos mantenemos sujetados de Él, sin movernos de sus promesas, de Él, las perlas estarán a salvo. Y lo más hermoso, nuestra perla más extraordinaria: la comunión, nuestra relación con Dios, esa intimidad con Él, el estar en Su presencia y perderse en sus ojos, contemplarLe, abrazarLe, poder escucharLe, y platicarLe, esta perla si que necesitamos atesorarla ante toda tempestad, ante todo rugido del enemigo.

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