Consuelo

Estándar

En tu nombre llevas parte de Dios,

parte de su Espíritu que se nos dio

para enfrentar al mundo.

 

En tu vida traías la historia familiar,

la historia de mi padre,

la historia mía que se condensa

para vivirla por Él.

 

En mi piel te traigo a diario

en mi rostro que vino de ti

en tu color que me dibujó

en este mundo que hoy dejas.

 

Tú eras revolucionaria,

porque viviste los episodios

de una postguerra a favor

de un Estado laico,

una guerra que te marcó,

que me marcó a mí

a través de tus historias.

 

Siempre fuerte, siempre tú,

con más fuerza que los años

que te llegaron para educar

a quienes formaste en tu vientre.

 

¿Qué te animaba a vivir a ti, Consuelo?

¿Qué te despertaba a diario?

¿Qué te movía a caminar y cantar?

¿A bailar y contar historias?

 

En ti siempre encontré

el cuidado de una abuela

con quien mi infancia disfrutó

los días finales de cada semana.

 

Tus historias las tengo aquí,

aquí, dentro, muy dentro.

Tus historias que te trajeron hasta aquí,

hasta donde hoy yo vivo.

 

 

No viviste en vano,

ni siquiera nos has dejado

sin marcar nuestra historia propia,

la mía, la suya, la nuestra como familia.

Porque de tu vientre

hijos del Dios viviente

han nacido.

Y hoy aquí escribo

las palabras a ti

que han surgido.

 

La luna siempre fue nuestra,

¿lo recuerdas? Seis años yo

tomado de tu mano, corriendo,

sí corriendo, con emoción en mis ojos

para mostrarte a quien había

cautivado mi corazón infantil.

Siempre te veré en ella.

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