la maldad que no vemos

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Después de una jornada de oración por 40 días en la iglesia, hubo oportunidad para testificar lo que Dios nos había revelado a nuestras vidas en esos días. Una mujer, esposa de un líder de la iglesia, dijo algo que después de varios años aún recuerdo. Ella mencionó: “Dios me permitió ver cuánta maldad hay en mí”. Y con lágrimas en sus ojos ella pedía perdón a Dios y pedía Su  misericordia y gracia para poder  dejar ese camino de maldad.

Lo que tocó mi corazón con este testimonio fue algo que en estos días Dios me ha recordado. Mientras escuchaba su testimonio, decía dentro de mí: Dios, ¿cómo una mujer como ella siendo esposa de uno de los líderes de la iglesia, si la vida de ella para muchos es testimonio de Tu amor y verdad, cómo puede decir que hay mucha maldad dentro ella? Yo creía, erróneamente, que quizá ella podía tener uno que otro pecado pero que en general su vida era más “buena” que mala. Sin embargo, ese testimonio golpeo mi vida fuertemente.

Recordé ese testimonio porque a lo largo de estas semanas Dios ha revelado cuánta maldad hay en mí. Uno puede guardar una imagen ante la sociedad, en nuestro trabajo, en la iglesia, en nuestra familia, aún con aquella persona que más amamos, pero delante de Dios sabemos que fallamos todos y cada uno de los días que vivimos. Fallamos al hacer cosas que son buenas pero con intenciones perversas, fallamos cuando no hacemos aquello que Dios nos pide que hagamos, fallamos cuando no dejamos de hacer aquello en nuestra vida que a Dios no le agrada, fallamos cuando en nuestra mente se producen pensamientos incorrectos, fallamos cuando tratamos a las personas que nos rodean con actitudes desagradables, fallamos cuando no valoramos a Jesús y Su sacrificio por nosotros, fallamos cuando vivimos sin amor en alguno de nuestros segundos de esta vida.

Y el día de ayer fue el clímax de esta semana de descubrir cuánta maldad hay en mí. Estando en casa, de pronto y sin relación alguna a lo que estaba haciendo, un pensamiento de lo más perverso vino a mí. No era un pensamiento en cuestiones sexuales, ni en cuestión de odio hacia otras personas, sino era un pensamiento de desvalorar el Reino de Dios y Su Santidad, sentir desagrado por las cosas de Dios. Y eso me dejó con una sensación terrible en mi ánimo y en mi espíritu. Descubrí que mi carne se opone a las cosas de Dios, que el mundo grita corrupción a mi vida, que Satanás en todo momento habla mentira a nuestras vidas. Ese pensamiento estoy seguro que vino de mi carne, porque esa sensación había estado ahí siempre, esa maldad estaba siendo reservada en mi carne.

Cuando uno descubre cuánta maldad puede haber en nuestra vida, uno puede reaccionar de tres formas. La primera es agradarse de eso, cuando nuestra vida está tan acostumbrada al pecado. La segunda es mostrar indiferencia o autosuficiencia para poder controlar esa maldad y decir, no pasará de mis pensamientos. Y la tercera, y a la que Dios nos llama en este día, es a buscarle a Él y pedirle con un corazón verdaderamente conmovido que limpie toda maldad en nuestra vida. Es por esto último que nuestra dependencia a Dios día tras día es importante, es vital, es de vida o muerte, porque buscando de Él y estando cerca de Él en oración, a través de Su Palabra, nuestra vida queda abierta no sólo a los ojos de Dios (porque a Él nada podemos esconder) sino a nuestros ojos; nuestra maldad es exhibida, es expuesta delante de Él que es Santo.

El rey David fue un hombre conforme al corazón de Dios, pero que reconoció que en su vida, en su carne había maldad oculta, aquella que está aun escondida a nosotros, pero que sin duda determina formas de actuar, de pensar y de vivir, como sucedió con él. Sin embargo, David no busco ignorar ese maldad o recrearse en ella, sino clamó a Dios con un corazón quebrantado y dolido: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. Salmo 139:23,24

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