los tiempos de esta ignorancia

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“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por Aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.” Hechos 17:30,31

 

La ciencia abunda a nuestro alrededor. Nunca antes en la historia de la humanidad se ha producido tanto conocimiento y se han documentando tantas investigaciones como los tiempos en los que vivimos. Los hombres han logrado salir del planeta y pisar la luna, han investigado el universo con tanto detalle que nos asombramos de lo pequeño somos y lo grande que es el universo. Los hombres han logrado desarrollar medicamentos y curas a enfermedades que antes eran incurables, han logrado desarrollar tecnologías impresionantes que nos permiten no sólo estar comunicados, sino que nos permiten conocer más y desarrollar más ciencia. Somos una generación en la que la ciencia determina en gran parte nuestra vida desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Parece increíble que con tanta ciencia alrededor nuestro, aún muchísimas supersticiones siguen en pie. Hay tantas supuestas verdades para llevar nuestra vida, que muchos, millones, corren detrás de ellas y las practican. Supersticiones (mentiras) sobre el futuro, sobre como alcanzar salvación y la vida eterna, sobre como agradar a falsos dioses, sobre como entender lo que no entendemos y no podemos controlar. Y muchos, millones, corren detrás de ellas y las practican porque tienen comezón de oír, porque son esclavos de lo que causa sensación más no transformación.

Y la generación de este tiempo, no es tan distinta a las generaciones pasadas, aún las que vivieron en los tiempos de Jesús. Por siglos, antes del nacimiento de Jesús, el único pueblo al que se le había revelado la Ley de Dios fue a Israel, y no porque ellos hayan sido súper bien portados, o buenas personas, sino porque Dios tuvo misericordia de ellos, de hecho, el pueblo israelí era pequeño e insignificante comparado con naciones tan poderosas como los egipcios. Dios quiso glorificarse en Israel, y tomó lo despreciado y lo insignificante, y lo hizo respetado y próspero, sin embargo, no tardó mucho en que este pueblo despreció a Dios.

Así son la mayoría de los hombres, aquellos que buscan constantemente placebos para sus vidas que les hagan sentir un bien temporal, pero no verdaderas transformaciones. Cuando Jesús, siendo Dios, viene a Israel en forma de hombre y les revela la Verdad en medio de tantas supersticiones e ignorancia, uno esperaría que ellos reaccionaran de una manera agradecida y en humildad, pero sucedió todo lo contrario, hasta el punto que lo consideraron un blasfemo y fue crucificado. Y es que la Verdad necesita ser revelada a nuestras vidas, porque si el Espíritu no la revela no traerá transformación, sino sólo conocimiento.

El nombre de Jesús es conocido en casi toda la tierra. Millones en muchos países conocen que Él fue crucificado, y que resucitó. De hecho sociedades enteras se sostienen de las enseñanzas de Jesús, pero muchos de estos millones están condenados al infierno y son esclavos de perdición.

Lo que hace maravilloso a Jesús y su sacrificio es cuando es revelado a nuestro espíritu lo que Jesús representa, y lo que podemos obtener por medio de Él: salvación. Y esta salvación está abierta para todos los hombres, sin importar su condición social, ni económica, ni intelectual, ni racial, ni de género. Es Dios deseando reconciliarse con cada uno de nosotros en lo personal. Es Dios ofreciendo un único Camino para acercarnos a Él. Es Dios hablando al hombre y diciéndole: no tienes ya porque buscar en cosas de hombres para tener esperanza en tu vida, puedes acercarte a Mí libremente a través de Jesús.

¿Qué pide Dios a cambio? Fe. Fe en Jesús, creer que Jesús ha pagado cada pecado presente, pasado y futuro de nuestra vida. Y cuando Jesús es revelado a nuestras vidas, nuestro espíritu quebrantando buscará de Él en todo momento, y buscará agradarle con toda nuestra vida.

Dios no quiere que vivamos sujetos a ignorancias, pero sí sujetos a Su Verdad.

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