en segundo término

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“Viendo el pueblo que  Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.” Éxodo 32.1

 

¿Cuándo nuestra relación con Dios pasa a segundo término o, peor aún, a un nivel sin importancia?

Cuando Moisés se encontraba en el monte Sinaí recibiendo las tablas de la ley de Dios, el pueblo pidió un ídolo para adorar: un becerro de oro hecho con las joyas que ellos mismos ofrecieron. El pueblo que había visto el poder de Dios a través del Mar Rojo, cuya sed había sido saciada, que recibían del cielo el maná que les alimentó, ese pueblo que vio la gran gloria de Dios en el monte Sinaí, ese pueblo pedía un ídolo. El argumento de este pueblo fue: Moisés tardaba.

Un pueblo que murmuraba en contra de Moisés, un pueblo que no supo esperar, pedía un ídolo al cual adorar. No importó cuánto Dios había hecho, simplemente importaban sus inclinaciones y deseos, éstos que les movían en esos momentos cuando sentían que Dios no les veía.

Un pueblo que no buscaba de Dios, más sí de sus favores. Un pueblo que no querían sacrificar su comodidad, pero sí murmuraban cuando la sentían perdida. Un pueblo que hizo un dios que no pudiera hablarles para poder vivir en sus inclinaciones y deseos.

Y Dios, al ver esta maldad en sus corazones dijo a Moisés: “Pronto se han apartado del camino que Yo les mandé”. (Éxodo 32.8) Dios quería destruirles, pero Moisés intercedió (Éxodo 32.10-13) y Dios detuvo su juicio contra ellos (v14).

Dios tuvo misericordia de ellos, no por la nula fidelidad de ellos, no por sus obras, no por su corazón que estaba inclinado a la maldad. Tuvo misericordia porque Moisés había intercedido por ellos.

En nuestros días, la situación no es muy distinta. Más de un creyente se alejado de Dios porque cree que Dios tarda demasiado. Su fe ha menguado al grado de albergar incredulidad en su corazón. Su relación con Dios que en un tiempo estuvo llena de regocijo y pasión, ahora ha pasado a segundo término o, peor aún, su relación con Dios ya no es importante. Esos tiempos de oración e intimidad con Dios ya no son un deseo en su corazón. Y tristemente ha hecho ídolos en su vida: su familia, su trabajo, su profesión, sus amigos, sus vicios, entregando a ellos todos sus tesoros para formarles.

Sin embargo, a pesar de la infidelidad, tenemos al perfecto intercesor: Jesús, quien día a día, momento a momento, pide al Padre por nosotros. Gracias a Jesús, hallamos misericordia delante del Padre. Gracias a Jesús, no somos destruidos.

Nuestro Dios Santo y Justo anhela fervientemente que nos volvamos de todo corazón a Él. Él es tardo para la ira, y grande en misericordia. Él, como el padre que espera a su hijo prodigo, espera que volvamos a casa para estar en comunión constante con Él.

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