anhelando Egipto

Estándar

“Mañana mostrará el Señor quién es suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a Él; al que Él escogiere, Él lo acercará a sí.” Números 16.5

 

La historia de un pueblo que vivió en cautiverio por más de 400 años y del cual Dios escuchó su clamor y los llevó a libertad y los llamó a poseer una tierra excepcional como ninguna otra de cuyas entrañas saldría leche y miel. La historia de un pueblo que anduvo en el desierto por 40 años antes de poseer la tierra de la promesa, y cuya travesía pudo haber sido hecha en tan sólo semanas. Semanas que se volvieron años, años que consumieron a una generación que nunca desechó de sí el anhelo a su antigua vida, una vida con cierta comodidad, con ciertos placeres, con cierta seguridad, pero una tierra ajena que les mantenía como esclavos y cuyo fin era muerte.

Dios mostró Su poder, mostró Su gloria, habló a ellos. Pero su corazón seguía anclado profundamente a Egipto. Esta generación, que pereció en el desierto y cuyos ojos no vieron la tierra excepcional que Dios les tenía preparada, estaba cejada por lo tuvieron y que habían perdido, pero cuyos ojos nunca vieron lo que tendrían y Quien habitaría con ellos. Estaban cejados aun cuando Dios se les había revelado.

En una de varias ocasiones de quejas y murmuraciones, un grupo de sacerdotes liderado por Coré se levantó en contra de Moisés. Algo impresionante en su argumento para rebelarse en contra de Moisés fue: “todos ellos son santos, y en medio de ellos está el Señor” (Núm. 16.3). Lo impresionante es que ante ellos mismos no había mancha, además de creer que Dios se agradaba de ellos, sin embargo Moisés responde diciendo que Dios mostraría quién en verdad era santo. Al día siguiente Dios les consume.

 

Durante varios meses, continuamente preguntaba a Dios: ¿cómo un pueblo como el que fue libertado de Egipto, con todo lo que vieron de Ti, todo lo que les mostraste, fue tan infiel? Y hoy Dios me ha respondido: su corazón siempre estuvo en Egipto, no en Mí.

Hoy Dios me permite examinar mi corazón y buscar una y otra vez los restos que de “Egipto” haya en él. Porque si “Egipto” no es limpiado de mi corazón, tarde o temprano terminaré murmurando en contra de Dios y rebelando en contra de Él. Eso es el pecado, trozos de “Egipto” en nuestro corazón, que sino nos arrepentimos nuestra vida se estará justificando creyendo que hay santidad en nosotros y aún creyendo que Dios habita en medio de nosotros, cuando sucede todo lo contrario.

Las pruebas en nuestra vida, como con el pueblo de Israel, son permitidas por Dios para que sea revelado a nosotros mismos lo que hay dentro de nuestro corazón. Por supuesto que las pruebas nos ayudan a crecer en fe y en carácter, pero también son necesarias para que nuestro corazón sea expuesto delante de Dios y respondamos en humildad delante de Él para ser limpiados y seamos llamados a ser esa generación que tome la tierra prometida y habite con Dios eternamente. Jesús ha pagado el precio para ser limpiados, nosotros debemos anhelar estar limpios, porque nuestro Dios Santo es.

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