un “evangelio” a la medida

Estándar

La corrupción se encuentra en muchos lados hoy en día. No es exclusivo de gobiernos en países en vía de desarrollo sino de gobiernos primer mundistas, no es exclusivo de policías y ciudadanos, de políticos y electores, de maestros y alumnos, de jefes y empleados. La naturaleza humana es corrupta en sí misma: esa inclinación constante a pensar en lo malo, en actuar de maneras incorrectas, ó actuar de maneras “correctas” pero con motivaciones perversas, a enojarnos y justificar el enojo y no perdonar, a codiciar lo que otros tienen, a juzgar constantemente viendo la paja en el ojo ajeno, de tener pensamientos impuros, de sentirnos siempre moralmente superiores a otros por nuestra gran incapacidad a ser humildes y reconocer que constantemente fallamos. Fallamos en nuestros pensamientos, fallamos en nuestras actitudes, fallamos en nuestras palabras, fallamos en nuestras acciones. Es parte de nuestra naturaleza humana.

La corrupción, tristemente, se encuentra en lugares donde creeríamos nunca estaría. La corrupción ha entrado a muchas iglesias, ha entrado sutilmente y se ha anidado ahí, se ha quedado ahí, está siendo alimentada ahí, y hasta siendo justificada y aceptada ahí, en las iglesias, ahí, bien dentro. La corrupción que, tristemente, es el argumento usado por muchos ateos y no creyentes contra la iglesia y contra toda creencia en Dios porque viendo tanta incoherencia e incongruencia entre lo que se predica y se hace, logran encontrar en la ciencia argumentos finitos y limitados (porque así es la ciencia) para justificar su nula aceptación a Dios. Porque la corrupción es parte de nuestra naturaleza humana.

Las “iglesias” hoy fabrican un “evangelio” a la medida del hombre. Un pseudo evangelio basado en la prosperidad, basado en la autoestima de cada individuo, basado en las ideas que esa corrupción que ha entrado a la iglesia, y que se ha anidado, crea en los líderes y en los creyentes. Un “evangelio” que no requiere de Dios, un “evangelio” sin Dios, pero si con muchos dioses, donde cada persona se vuelve uno de ellos para sí mismos. Un “evangelio” basado en clientelas y no en creyentes verdaderos, basado en clientelas que mantienen mega iglesias, que mantienen grandes grupos de música que entretienen a las masas que pagan por verles, que pagan por escuchar sermones que les acarician el alma hasta seducirlos y hacerles creer que todo en su vida está bien delante de un Dios que no conocen.

Qué triste es tener una Biblia y leerle y nunca conocer verdaderamente a Dios. Qué triste es asistir domingo a domingo a servicios en la iglesia y nunca conocer verdaderamente a Dios. Qué triste es llevar una vida estancada y mediocre, atada en pecados de años y décadas a los cuales te has acostumbrado y justificado, y nunca conocer verdaderamente a Dios. Qué triste es decirse cristiano y defender tu fe con tanto argumento como un político defiende sus ideales y su partido, y nunca conocer verdaderamente a Dios.

Si el evangelio que hemos creído no es un evangelio que nos revela a nosotros como humanos nuestra corrupción constantemente, si el evangelio que hemos creído no coloca a JESÚS en el centro no sólo de nuestra vida, de todo lo creado, si el evangelio que hemos creído no nos revela que Dios nos ha perdonado de toda esa corrupción y que nos ordena a alinear a Él y Su voluntad nuestra vida en todo momento, si el evangelio que hemos creído no nos tiene postrados delante de Dios en todo instante, si el evangelio que hemos creído no nos muestra nuestra necesidad de Dios en cada uno de nuestras vidas, si el evangelio que hemos creído no nos mueve a rendir completamente nuestra vida a Dios, entonces, tristemente, hemos creído un “evangelio” equivocado.

Dios no quiere perdernos, y esto es un dolor constante en el corazón de Dios por cada uno de los hombres y mujeres que vivimos en este planeta, porque aún hay muchos que viven en muerte y corren día a día a ella. Dios no quiere perdernos, pero ¿tú quieres perderte?

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