una enfermedad llamada muerte

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“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Mateo 3.11

“Pero Yo os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya; porque si me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.” Juan 16.7,8

Para valorar la medicina, necesitamos entender la gravedad de la enfermedad, entenderla no hasta que lleguen los padecimientos que pudieran ser terribles, sino entenderla a tiempo para que pueda ser tratada. Si un paciente con una enfermedad terrible va con un médico y éste solo le receta una serie de medicamentos sin explicar cuán enfermo el paciente está, el paciente terminará por hacer de la medicina un simple hábito sin mayor convicción de lo que esa medicina le alivia.

La humanidad entera vive sujeta a una enfermedad llamada muerte. Desde siglos y milenios atrás la muerte ha convivido con nosotros sin saber que está ahí, sin entender la gravedad y las consecuencias que trae. La muerte en nuestra cultura es entendida como un fin y no como una situación en la cual se vive. Pareciera contradictorio decir que la muerte es un estado en el que se vive, sin embargo tal contradicción no sólo es falsa, sino es real, muy real y de la cual Dios vino a salvarnos.

En los poco más de tres años que duró el ministerio de JESÚS en la tierra, el primer mandamiento que JESÚS expresó fue: arrepiéntete. ¿Por qué? Porque ese primer mandamiento es la primera medicina que un muerto en espíritu necesita.

Pero ¿de qué está enferma la humanidad que requiere de tal medicina? De una enfermedad llamada muerte, una separación de la Vida que si no se resuelve terminará por llevar a una persona al infierno y muerte eterna. Los hombres necesitamos entender que el pecado entró a nuestra vida (ese virus que nos infecta) y que tiene como enfermedad a la muerte. El pecado ha tomado control de la humanidad y la lleva cautiva a una completa perdición.

Sólo el Médico Eterno, nuestro Gran Médico, puede convencer a la humanidad de su enfermedad, de ese virus llamado pecado que la ha infectado. Sólo el Espíritu de Dios puede convencer a cada pecador de que es un pecador, y que el arrepentimiento es la entrada a una sanidad sin límites llamada vida, llamada salvación.

Oremos a Dios porque derrame en Su Iglesia de Su Espíritu para convencernos del pecado que hay en nosotros, cada uno de nuestros pecados. Clamemos a Dios por la humanidad y que Su Espíritu nos guíe para proclamar Su Palabra a toda lengua y a toda nación para que los que han de ser salvos sean convencidos de pecado y sus vidas sean transformadas por la sanidad que en JESÚS hay.

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