de ninguna cosa hago caso

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“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor JESÚS, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” Hechos 20.24

Una de las conversiones al cristianismo más impresionantes narradas en la Biblia es la del apóstol Pablo. Un hombre constituido acérrimo enemigo de los cristianos, que sin mayor detenimiento los entregaba para ser asesinados y aprobada y participaba de la persecución a ellos, un hombre que para muchos pudo ser visto, aun para los mismos cristianos, como el menos “apto” para ser rescatado por Dios, ese hombre sufrió una conversión que le dejo literalmente ciego físicamente por tres días, pero cuya mirada espiritual fue abierta a una realidad eterna: JESÚS es.

Pablo no requirió de múltiples predicaciones para convertirse, que muy probablemente escuchó cuando perseguía a la iglesia. Tampoco Pablo tuvo que recibir un milagro de sanidad para creer que Cristo tenía y tiene autoridad sobre toda enfermedad. Mucho menos, Pablo no recibió de algún familiar cristiano la predicación del evangelio para que él fuera convencido. Lo único que hizo que Pablo se convirtiera al cristianismo fue un encuentro con Cristo.

Después de ese encuentro, la vida de Pablo jamás fue la misma, literalmente. Un hombre que con gran entrega predicó el evangelio por muchas regiones del entonces mundo conocido. Un hombre que fue usado por Dios para iniciar iglesias en ciudades terriblemente paganas y entregadas a la idolatría. Un hombre que fue usado por Dios para escribir gran parte del Nuevo Testamento en nuestra Biblia. Un hombre que comprendió que una vida que no es vivida para Cristo no tiene el más mínimo sentido.

Ese hombre que era enemigo, se convirtió en amigo. Y ese hombre somos también cada uno de nosotros. Hombres y mujeres que sabemos que lo único que cambió nuestra vida es un encuentro real con Cristo. No hay más.

Pablo estaba por regresar a Jerusalén pero fue advertido por el Espíritu que sufriría prisiones y tribulaciones. Pero eso le tenía sin cuidado, es decir, sabía y estaba profundamente convencido que una vida que no es vivida para Cristo, no tiene el más mínimo sentido. Pablo tenía sus ojos puestos en JESÚS, no en él mismo. En Pablo había un agradecimiento y una pasión tal que ni aún la muerte podía asustarle.

Y hoy Dios busca de muchos Pablos dispuestos a abandonar su vida para sí mismos, pero sí para JESÚS. Hombres y mujeres que no hagan caso de lo que el mundo dice, pero sí de lo que Dios quiere hablarles y usarles hoy.

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