¿qué haremos?

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“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este JESÚS a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Hechos 2.36-38

Después de la manifestación gloriosa del Espíritu Santo en la iglesia primitiva, muchos hombres y mujeres fueron no sólo asombrados por lo que veían, sino confrontados con el mensaje de salvación en JESÚS. Cuando en medio de la iglesia los creyentes comenzaron a hablar en diferentes idiomas, las personas que presenciaban aquello veían con asombro porque “les veían hablar en su propia lengua” (v6). De inmediato, Pedro, uno de los apóstoles, con gran poder pronunció su primer discurso, el cual llevaría a aquel grupo de espectadores a ser confrontados (compungidos) con el Evangelio.

A la iglesia primitiva (un puñado de personas) le fue dada una comisión tan imposible que en méritos humanos jamás hubiera sido lograda: llevar el Evangelio por todo el mundo (literalmente todo el mundo). Esa iglesia primitiva, y lo podemos confirmar en cada página del libro de Hechos, fue llena de un poder que nunca antes habían experimentado los discípulos, un poder que habitó en ellos a partir de ese momento descrito en el capítulo 2. Ese poder, que es dado por el Espíritu Santo, fue la diferencia para que la iglesia primitiva no sólo creciera, sino que fuera capaz de cumplir su llamado.

Ese discurso de Pedro fue el primero de sin duda muchos más pronunciados por Pedro y más creyentes. Lo increíble de ese momento es que el Espíritu de Dios había descendido en gente tan común que sólo un poder especial podía moverlos a ser cosas extraordinarias y sobrenaturales no como espectáculo pero sí para salvación y gloria de Dios. Hombres cuya única característica era que se habían arrepentido de sus pecados y habían decidido creer verdaderamente en JESÚS como Salvador.

El libro de Hechos es un testimonio de cómo el Espíritu Santo usó momento a momento hombres imperfectos para Su obra perfecta y eterna. El Espíritu Santo moviéndose con tanta libertad sobre personas que eran convencidas de sus pecados. El Espíritu Santo sacudiendo al mundo con el Evangelio.

Y eso que leemos en el libro de Hechos no son historias fantásticas o leyendas (como algunos dirían) sino una realidad en la iglesia de aquel tiempo y también en la iglesia de hoy en día. La iglesia de hoy tiene, como la iglesia primitiva, la comisión imposible de alcanzar a un mundo que día a día se pierde en una vana manera de vivir. Y también la iglesia de nuestro tiempo, como la iglesia primitiva, tiene al Espíritu Santo como el Gran Guía, el Consolador, el que convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio.

Iglesia, queridos hermanos, el mundo necesita desesperadamente a JESÚS. Lo podemos ver en las calles, en nuestra familia, en todo lugar. Y tú y yo somos esas personas comunes y sin ningún atributo especial mas que el haber rendido nuestra vida a Cristo en profundo arrepentimiento. Hoy, justo antes de que inicie un nuevo año, pido a Dios que Su Espíritu llene nuestra vida y habite en cada uno de nosotros para poder ser testigos fieles de Su gran salvación alrededor del mundo.

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