endereza tu corazón

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“Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados; pues el pueblo aún no había enderezado su corazón al Dios de sus padres.” 2 Crónicas 20.33

Una terrible tragedia había dominado reinado tras reinado al pueblo de Israel. Después de la muerte del rey David y del rey Salomón, el reino de Israel comenzaría a testificar lo que ocurre cuando un pueblo se aleja de Dios y se vuelve hacia sus ídolos y su propia forma de entender las cosas. En más de una ocasión, Dios detenía Su castigo por amor a Sí mismo y a David, Su siervo (2 Reyes 20.6), pero la maldad había llegado a niveles tan altos, que el cautiverio era la consecuencia para una nación debilitada en sus pecados.

Reyes llegaban y buscaban restablecer el orden en el reino de Judá y de Israel, dos naciones hermanas que habían surgido como consecuencia de la división del reino que Salomón heredó a su hijo. Pero también, reyes malvados y perversos llegaban al trono para evidenciar con profunda tristeza lo que un reino es capaz de llegar a hacer cuando éste vive alejado de Dios. La misericordia de Dios era evidente en cada reinado, pero Dios no podía tolerar más tanta maldad porque el pueblo no había enderezado su corazón.

¿Cómo aplicar a nuestra vida la historia del pueblo de Israel? Dios busca en cada creyente corazones dispuestos a ser enderezados, a ser moldeados conforme a Su corazón. Hombres y mujeres tan valientes que son capaces de tumbar toda cosa que estorba en el corazón para rendir todo a Dios, porque la valentía inicia cuando un hombre o una mujer decide firmemente en ordenar su vida completamente a Dios aunque esto cueste la burla y el acoso del mundo.

El pueblo de Israel en ocasiones restauró el templo, y volvieron a establecer los procedimientos religiosos ordenados por Moisés, pero su corazón seguía guardando en lugares altos ídolos a los cuales adorar. Es decir, podían en el exterior cambiar muchas cosas para que pareciera bueno, pero dentro de ellos aún había una lejanía del corazón de Dios. ¡Qué tragedia tan grande! Creer que se adora a Dios estando tan lejos de Él.

Enderezar nuestro corazón a Dios es un esfuerzo de valentía que nos requerirá todos los días porque todos los días necesitamos presentarnos delante de Dios y estar a cuentas con Él. Cada día pecamos, cada día fallamos a Dios, pero cada día también es una oportunidad para humillarnos, arrepentirnos y confesar nuestros pecados delante de Dios. Un corazón humillado y arrepentido no será desechado por Dios, sino que lo guiará para ser restaurado y enderezado en Sus caminos.

Nuestro Dios grande y temible se complace en hacer misericordia con los que le aman, y le aman de verdad (Miqueas 7:18-19).

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