#Lovewins – el amor gana

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una alegría por compartir

Hay una alegría especial en mí desde el viernes antepasado (12 de junio). Este viernes 26 de junio la hay también. Han sido días que pasarán a la historia, el 12 en la mexicana y el 26 en la historia estadounidense, uniéndose así a la historia de otros 16 países que ya habían reservado en sus calendarios victorias para el derecho de una minoría, minoría en la que descubrí pertenecía desde mis 12 años.

Ser parte de una minoría te marca para siempre. Te marca porque te recuerda que eres diferente en un mundo donde los derechos de las mayorías son obviedad. Si eres negro, si eres mujer, si eres discapacitado, si eres indígena, si eres gay, si eres verdaderamente cristiano, seguro sabrás qué representa vivir en una sociedad mayoritariamente blanca, dominantemente controlada por hombres, complicadamente creada para personas sin limitaciones físicas, clasistamente definida por una historia imperialista, sexualmente estereotipada y estigmatizada, culturalmente manipulada por creencias humanas alejadas del corazón de Dios.

Y no es que ellos, las mayorías, sean los malos, pero sí los que en mucho cuentan con libertades que difícilmente de manera voluntaria desearían compartir con las minorías, hasta que éstas, las minorías, se arriesgan a perder hasta la vida misma para conquistarles y hacer notar que existimos, y existimos tan cercanamente. Como humanos, como amigos, como hermanos, como hijos, como padres, como vecinos, como compañeros de trabajo y escuela, como miembros de la iglesia, como personas merecedoras de una dignidad igualmente (no mayor, no menor) a la de las mayorías.

No se trata de homogenizar a los individuos para eliminar las diferencias, sino de reconocer en derechos la diversidad que a nuestro alrededor existe, diversidad entendida como natural y definida por un diseño Superior que en muchas ocasiones nos limitamos y negamos a reconocer.

Es por eso que las victorias alcanzadas para el reconocimiento de derechos se vuelven una celebración que se anida en la historia y, desde ese nido, incuba luchas interminables para continuar transformándonos para llegar a ser sociedades más incluyentes, más humanas, más cercanas. Esas victorias, como las del viernes 12 y del viernes 26, saben tan dulces como la libertad misma, porque son victorias que nos reconocen, nos acercan, nos aceptan, nos incluyen a la mesa de los derechos de todos.

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una lucha que aún no termina

La alegría que en mí hay desde el viernes 12 pudo haber sido menguada por los comentarios y actitudes de personas a las que estimo mucho. Familiares, amigos, hermanos en la fe, líderes que han ayudado y que han sido usados por Dios de una u otra manera para formar a la persona que ahora soy. Si bien la alegría en mí está, no deja de haber también una cierta tristeza y un dolor por saber que esas personas, a las que tanto respeto y amo, ven en este reconocimiento de derechos una negación de la Palabra de Dios, una negación de Dios. Y es aquí donde quiero profundizar, porque si bien el reconocimiento de derechos no trae por consecuencia directa el fin de la discriminación hacia las minorías que se ven soportadas por esos derechos, este reconocimiento sí abre puertas donde marcos de respeto e inclusión son establecidos.

No quisiera abundar en cómo los esclavos lo fueron por muchos siglos y la abolición de la esclavitud causó hasta movimientos armados donde la Palabra de Dios, el Nombre de Dios mismo era usado para justificar la esclavitud. Tampoco quisiera adentrarme en platicar como las personas negras y los indígenas eran catalogados como ciudadanos de segunda clase y en algunas ocasiones comparados con animales, todo ello también justificado en aspectos religiosos que impedían aún el matrimonio interracial. Y ni siquiera podré explicar cómo las mujeres no podían siquiera tomar una tribuna para expresar su opinión, ni estar al frente de una iglesia predicando, ni participar de la vida democrática del país, porque ellas también eran consideradas inferiores, también justificando en aspectos “bíblicos” esa inferioridad. Y no es que la Biblia, la Palabra de Dios, Dios mismo sea retrógrada, tirano, injusto, opresor, sino que nuestra humanidad ha sido siempre tan limitada para entender el corazón de Dios por nuestras propias fuerzas.

Pero sí quisiera invitarte a entrar conmigo a este clóset, donde por años muchos chicos como yo permanecemos en silencio. Cuando uno se sabe parte de una minoría, uno es golpeado profundamente. En el caso de mi sexualidad, el saberme diferente trajo consigo una revolución, literalmente una revolución en mi interior desde los 12 años. Golpeó ideas, sacudió sueños, confrontó miedos. Por meses y años, uno camina en un valle de sombra y de muerte, y en muchos casos, los caminamos solos porque ni nosotros ni nuestros seres cercanos estamos preparados verdaderamente para entender esta situación. Son caminos de sombras donde el primer miedo a vencer es la homofobia interna, la homofobia a uno mismo, vencer ese odio a uno mismo auspiciado por sabernos diferentes. Son caminos de muerte porque para muchos chicos y chicas la única salida que logran vislumbrar es, lamentablemente, la muerte misma. Es por eso que el reconocimiento de derechos trae alegría, porque abren una puerta de luz en medio de esos caminos oscuros.

En ese clóset de muerte, como algunas personas lo han definido acertadamente, uno vive enfrentando no sólo el miedo y los prejuicios propios, sino también los miedos y prejuicios sociales que nos rodean. Donde uno es obligado a permanecer callado para ser aceptado. Donde uno tiene que callar cuando escucha comentarios que duelen hasta lo más profundo de nosotros. Porque ser parte de esta minoría es razón para que uno sea considerado como pervertido por querer compartir su vida con la persona que ama, como alguien que genera asco en las personas por ir en contra de lo que en sus mentes se ha definido como “normal”, como egoístas y perversos por anhelar ser padre como también ellos lo han anhelado, como enemigos de Dios por creer que es un asunto de elección el ser parte de esta minoría.

Pero cuando uno sale de ese clóset, nuestra vida cambia para bien y para mal. Para bien porque nuestras relaciones se hacen más honestas y cercanas con aquellos que nos ven como iguales. Para bien porque uno vence el miedo de sentirse observado y señalado. Para bien porque uno puede celebrar abiertamente la alegría que dejan días como los viernes pasados. Para bien porque uno es visto como realmente es. Pero también el dejar ese clóset de muerte cambia nuestra vida para mal. Para mal porque somos señalados, ridiculizados y, en algunos casos, sujetos de crímenes de odio. Para mal porque corremos el riesgo de ser rechazados por nuestras familias. Para mal porque nuestra iglesia condicionará nuestra permanencia en la medida que coincidamos con su entendimiento de Dios y Su Palabra y aceptemos ser exorcizados o adentrados en el infructuoso camino de los ministerios “reparativos”. Para mal porque somos vistos como un ejemplo terrible y los causantes directos de porqué el pecado abunda y de cómo el mundo llama a lo malo bueno. Y es ahí donde uno, ya dando pasos de valentía para dejar ese clóset de muerte, es guiado aún más por Dios en Su gracia y Su libertad.

Es cierto que el pecado abunda, coincido completamente con ello, pero no por el logro de derechos y libertades para grupos vulnerables. El pecado abunda porque nos hemos hecho indiferentes a lo malo: a hombres que asesinan, a la corrupción vista como normal, a personas que discriminan y justificado en ello cometen violencia, porque el amor, el verdadero amor, cada vez se enfría y se apaga. Hemos alejado nuestro corazón de Dios porque nos hemos creído autosuficientes al grado de negar a Dios en todo lo que hacemos. Porque aun en nuestras familias hemos dejado que montón de basura y real perversidad sea contemplada como algo normal, sin siquiera darnos cuenta.

Porque si como iglesia podemos levantarnos en contra del reconocimiento de derechos de minorías por considerarles un atentado a nuestras creencias, creo aún de más valor y congruencia el alzar la voz por aquellos que son asesinados de maneras terribles, por aquellos que son humillados, por aquellos que son desechados y sirven de burla para el mundo. Porque nuestra guía siempre debe ser el Espíritu de Dios en nosotros, y no nuestro entendimiento limitado de Su Palabra.

Las victorias de estos viernes pasados no son el fin de una lucha, sino el comienzo de otras más donde el mayor de los retos a vencer es la discriminación real. Discriminación expresada en comentarios, justificada en rechazos, y promovida con ideas falsas. Porque la discriminación, sea cual fuere el grupo al que se discrimina, la discriminación es un mal que se vence primero en uno mismo, en nuestras familias, en nuestras generaciones.

Porque la discriminación está ahí, tan cerca de nosotros. Porque viviendo en una sociedad donde ser moreno y de baja estatura, te hace inferior en la mente de aquellos donde la gente blanca y de ojo de color es superior. Porque para ofender a alguien le puedes decir indio, o indígena, o niña, u homosexual. Porque para burlarte de alguien le puedes decir retrasado mental. Esa es la discriminación con la que vivimos y abrazamos a veces de manera tan natural.

Esa es la lucha que nos queda por vencer, y que se vencerá en la medida en que vivamos vidas justas y alineadas a los propósitos de Dios, y no a los nuestros. Que se vencerá en la medida en que demostremos amor, un amor incondicional y verdadero aun a aquellos quienes buscan terminar con nuestra vida. Porque el amor jamás debe rendirse.

 ***

un amor que no se rinde

Hay un dolor en mí por los chicos que se pierden en vidas desordenadas y vacías, justificando todo en su sexualidad y su supuesta libertad por vivir la vida que mejor les plazca. Hay un profundo dolor por saber que esos chicos, aun sin darse cuenta, ellos mismos atentan contra su vida misma. Porque si bien yo puedo ser una minoría dentro de la minoría, no dejo de creer que aquellos cuyas vidas se centran en el hedonismo y en los placeres sensuales, también tienen un valor delante de Dios, un valor que pocas veces podemos vislumbrar. Pero también siento un dolor profundo por saber que chicos en la iglesia enfrentan luchas similares a las mías: en silencio, solos, confundidos. Chicos y chicas con un corazón hermoso, con un anhelo por agradar a Dios profundamente, con sueños grandes para glorificar el Nombre de Dios, pero que su “secreto” es razón para mantenerse en un silencio que los paraliza y asfixia.

Quiero ser claro: sí, quiero ayudar a chicos y chicas que como yo vivimos el rechazo por nuestra sexualidad, quiero ayudarlos a encontrar aquella paz que sólo da JESÚS. Sin embargo, estoy completamente en contra de aquellas expresiones que llegan al exhibicionismo y que no agregan nada en la construcción de una sociedad honesta y de respeto. Y tampoco coincido con vidas centradas en el mero placer sensual y físico atadas en la adicción al sexo, las drogas y el alcohol. Porque eso no es mi sexualidad, porque eso añade cargas innecesarias a nuestra lucha, porque esos estilos de vida destructivos también los hay en las mayorías. Por eso, con una convicción firme sostengo que ser parte de una minoría que ha sido respaldada por el reconocimiento de derechos no nos otorga una libertad para sumergirnos en ambientes terriblemente destructivos y banales.

Quienes me conocen de cerca podrán confirmar cuán preciosa e indispensable me es la Palabra de Dios, la Biblia. Quienes han podido adentrarse un poco en esta lucha interior podrán comprender que antes que mi sexualidad está la Palabra de Dios, que antes de mí mismo está Dios. Y en ese caminar en valles de terrible oscuridad, Su Palabra siempre fue luz, Su Espíritu siempre fue guía, Su amor siempre fue cierto. En ese caminar continuo, aquellos que han sido tocados por Dios, podremos confirmar cuántos días clamamos, cuántas noches lloramos, cuántos miedos vencimos. Porque Su Palabra siempre ha sido nuestra razón de seguir buscando respuestas, porque sabíamos que en medio de toda esa batalla había razones valiosas para lucharla con Dios.

En ese tiempo de búsqueda de respuestas Dios me guió a encontrar documentales como “For the Bible tells me so” donde a través de testimonios reales de familias se aborda el tema de manera seria. También, a través de documentales como Brideroom pude entender aún más las luchas que enfrentan las parejas desprotegidas por la falta de derechos. Hubo libros como Torn de Justin Lee donde muchos nos vimos identificados porque el amor a Dios y a nuestra iglesia era algo confrontado por nuestra sexualidad. Predicaciones como las de jóvenes valientes como Matthew Vines que exponían un panorama mucho más amplio de la Palabra de Dios, sin negar siquiera una coma en ella. Testimonios de pastores como Danny Cortez cuya vida y ministerio fueron fuertemente golpeados por la realidad de uno de sus hijos. Y vidas como las de Vicky Beeching que siendo una cantante reconocida en el ambiente cristiano y donde sus canciones fueron vetadas del repertorio de cantos en las iglesias una vez que decidió ser honesta respecto a su sexualidad. Porque en ese tiempo de búsqueda de respuestas, uno tuvo que dejarse guiar por la gracia de Dios de maneras que, aunque pudieron ser dolorosas, fueron completamente provechosas, tiempos que nos ayudaron a ver el amor de Dios de una manera muchísimo más real.

Ese amor de Dios que jamás nos deja, ese amor de Dios que jamás se cansa, ese amor de Dios que camina este sufrimiento de cerca, ese amor de Dios que jamás se rinde, el amor de Dios que en completa entrega nos llevó a reconocer en Su Palabra el por qué somos parte de esta minoría, donde hay propósitos que vale la pena buscar.

Amo a Dios con todo lo que soy. Le pertenezco completamente. He podido percibir Su compañía en esos caminos de oscuridad que por años fueron disipando dudas, miedos, prejuicios, y esas formas de entender Su Palabra en base a lo que la tradición humana entiende. Él me guió, y me sigue guiando, para conocerle y entenderle más en este tiempo de saberme diferente. Agradezco a Dios por lo que Él ha hecho en mí, agradezco a Dios por haberme creado como Él decidió hacerlo, sin haber faltado algo. Porque me siento cercano a Él cada día más, porque me siento aceptado por Él de maneras que quizá algunos podrán también testificar, porque más allá de un reconocimiento de derechos que generan esta alegría en mí, está el reconocimiento de Dios para conmigo, un reconocimiento que continuamente me recuerda que le pertenezco y que nada podrá separarme de Su amor.

***

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  1. Muy buena entrada. Es tan difícil ser parte de la minoría de la minoría, y es un camino, como usted dice, a veces oscuro y muy difícil. Pero es increíble y reconfortante saber que Dios nos sigue amando y nos sigue guiando siempre, en todo lo que hagamos. Es parte de un proyecto que quizá aún no logremos comprender, pero que está destinado a algo muy bueno para el futuro

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