para los que moran en tinieblas

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“para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas” Isaías 42.7

La misericordia y el amor de Dios por la humanidad es algo increíble, y el entenderle resulta solo una revelación de Dios a nuestra vida. Cada día que caminamos sobre este planeta son un testimonio grande de esa misericordia y de ese amor, aun para aquellos que enfrentan grande tribulación y tragedia, porque cada día existe la posibilidad de reencontrarnos con Dios, de alinear nuestra vida a Él, de reconocerle en todos nuestros caminos. Porque cada día, Sus misericordias son nuevas.

¿Suena a cliché cristiano? Sí, puede ser para muchos, sin embargo para algunos la misericordia de Dios y Su amor son más que un cliqué, son una realidad. Cuando el profeta Isaías describe al Mesías, entre muchas de las descripciones hay una que esta semana estuvo de manera continua en mi mente: JESÚS vino a abrir los ojos a los ciegos, a sacar de la cárcel a los presos, y de prisiones a los que habitan en tinieblas. Esto fue en lo físico, es decir, hombres ciegos que JESÚS les dio la vista, pero también lo fue en lo espiritual, algo de mucho mayor trascendencia. Y esto sigue siendo una realidad aun en nuestra época.

Nosotros éramos esos ciegos, esos prisioneros, aquellos que habitábamos en tinieblas. Nosotros estábamos ahí, sin siquiera saberlo. Pero un buen día, un muy buen día, Dios permitió que fuera revelado a nuestro entendimiento y a nuestra vida la terrible esclavitud en la que vivíamos, las profundas prisiones donde habitábamos y la espesa oscuridad de la cual no podíamos escapar por causa del pecado que de una u otra forma nosotros auspiciamos. Éramos esclavos y prisioneros por consecuencia directa de nuestra maldad en nosotros, esa maldad con la que luchábamos tanto y no podíamos desechar.

Fue ahí donde nos encontró Dios. Fue ahí que Su misericordia y amor fue revelado a nuestra vida. Una libertad inmerecida, una redención incalculable, una salvación eterna en la cual vivimos y nos aferramos por la nueva realidad que nos rodea, una realidad espiritual de la cual Cristo nos ha hecho parte.

Cristo es, por tanto, nuestro mayor anhelo, porque solo en Él encontramos significado y propósito, porque le pertenecemos y Suyos somos. Y esa misericordia y amor se vuelven un aspecto vivo que nos transforma día con día. ¿Puedes reconocerles en tu vida?

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