¿qué maldad hallaron en Mí?

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“Así dijo el Señor: ¿Qué maldad hallaron en Mí vuestros padres, que se alejaron de Mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?” Jeremías 2.5

Pudiera parecer a simple lectura que Dios estaba completamente airado y enojado con Su pueblo cuando éste se alejó de Él. Cuando leemos los libros de los profetas, pareciera que Dios deseaba descargar toda Su ira sobre ellos y acabar con ellos. Pareciera que Dios mostraba una “tiranía” o una “intransigencia” descomunal contra la gente que Él mismo dijo amar.

Sin embargo, una lectura profunda de los libros de los profetas nos llevan a conocer el corazón de Dios de una manera que, aunque fuerte, nos revela mucho Quien es Él. Cuando Dios se dirige a Su pueblo a través del profeta Jeremías, Dios muestra un profundo dolor por ese pueblo que le había despreciado y se había ido en pos de ídolos, de la fornicación, de la maldad. Un pueblo que siendo llamado a ser especial, se había vuelto tan ordinario por su vana manera de vivir que no era diferente al resto de los pueblos de la tierra. ¡Oh, qué pesar tan grande en el corazón de Dios por ver que Su pueblo amado le despreciaba ahora! ¿Puedes comprender este dolor? ¡Qué profunda tristeza deja!

“Me dejaron a Mí,”, dice Dios en Jeremías 2.13, “fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retiene agua”. Y no sólo despreciaron a Dios, sino que buscaron no necesitarle cavando cisternas donde acumular supuesta “vida” que no era más que una ilusión.

Esa situación que describe en el libro de Jeremías no es diferente en mucho a nuestros tiempos. Vemos hombres y mujeres que desprecian abiertamente a Dios. Hombres y mujeres centrados en la vanidad del mundo y cuyas cisternas que se han preparado están repletas de conocimiento humano y filosofías de hombres. Pero también, dentro de los llamados hijos de Dios, vemos hombres que llenando sus cisternas de auto-rectitud, creen ser justos y aceptados por Dios por Sus obras supuestamente hechas para Dios pero no son más que un placebo para una conciencia carcomida por la inmundicia. Si tan solo supieran y entendieran todos ellos, todos nosotros, que nuestras obras no son más que trapos de inmundicia delante del Dios Santo.

Y cuando Dios busca en corazones en los cuales morar, no encontrará lugar ni en corazones centrados en los placeres del mundo, ni en los corazones llenos de auto-rectitud, porque para todos ellos Dios no será más que un añadido, un suplemento para Su vida. Pero Dios extiende Su mano a aquellos que reconocen que nada son, en los despreciados, en los humillados, en los que el mundo no encuentra valor, en aquellos cuya vida ha sido tan dañada que nada valen, que nada son. Hombres y mujeres que sirven de burla para el mundo, que carecen de valor para los hombres, que viven siendo despreciados y humillados. Y ahí Dios encuentra hombres y mujeres por los que vale la pena entregarlo todo, hasta Su propio Hijo.

¡Oh, el sacrificio de JESÚS! Si tan solo tuviéramos presente día a día que por JESÚS y Su sacrificio es que somos aceptados por Dios. No hay obra de hombres que pueda hacernos aceptados. Si tan solo tuviéramos presente el sacrificio de JESÚS todos nuestros días, entenderíamos que todo lo que somos se lo debemos a Él. El sacrificio de JESÚS no como un evento pasado, que reconocimos quizá hace algún tiempo atrás, sino el sacrificio de JESÚS como un sello en nuestra vida que nos marca y nos recuerda día a día que sin valer nada nosotros para el mundo, siendo despreciados por el mundo, ahora nuestro valor está dado por Cristo y nada más. ¡Cuán hermosa revelación!

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