mi sexualidad no me define

Estándar

Texto originalmente publicado el 31 de marzo de 2015

“¿Cuándo una sociedad gozará de plenitud de derechos para todos sus miembros? ¿Cuándo podremos alzar la bandera de la inclusión y el respeto a toda característica que define una identidad sana? ¿Cuándo leeremos esas luchas y batallas y guerras por la búsqueda derechos como una narración histórica que añade gozo por sabernos respetados todos?”

La lucha por la búsqueda de derechos se vuelve una batalla, incluso una guerra, que puede extenderse por generaciones. Estas batallas, estas guerras, luchan por el establecimiento de principios que permitan que todas las personas que se desarrollan en una sociedad puedan crecer en ambientes sanamente construidos y mantenidos con un fuerte reconocimiento y respeto a las diferencias de cada persona, diferencias que siendo intrínsecas obedecen a cuestiones de un diseño y propósito Superior para nada malo sino que ayudan a la construcción de una identidad tanto individual como de grupo.

La búsqueda de la definición y el establecimiento de derechos para grupos específicos se extiende por generaciones debido a que aspectos tanto culturales, sociales, políticos y religiosos llegan a influenciar de manera muy fuerte toda esa construcción de derechos, influencia que puede convertirse en un motor o en un freno para esa búsqueda. Hay derechos cuyo establecimiento es mucho más inmediato por la obviedad de determinas características de las que gozan las mayorías, sin embargo hay derechos que son negados por siglos a través de la falta definición de ellos o porque aun ciertas características de ciertos grupos vulnerables son penalizadas porque no encuadran en lo cultural, lo social, lo político o lo religioso, considerando como hecho que esas características vienen determinadas como parte de ese diseño y propósito Superior.

Algunas luchas ya ganadas se vuelven una narración histórica en nuestros centros educativos o como parte de la conciencia social que se alimenta por la narración generacional. Para algunas personas esas narraciones se vuelven un mero ejercicio para recordar que lo que hoy gozamos es el resultado de un esfuerzo de nuestros antepasados; tal es el caso de los derechos de las mujeres, la abolición de la esclavitud, los derechos para gente de color, los derechos para discapacitados, los derechos indígenas, o los derechos de inmigrantes, todos ellos aun con asignaturas pendientes. Para otras personas esas narraciones son más que un ejercicio mental, se vuelven una inspiración para creer que toda lucha, en cuyos fundamentos hay principios muy honestos, llega a transformar una sociedad entera y construye sociedades mucho más sanas para nosotros, para nuestros hijos y las generaciones que han de vivir.

Al descubrir esas narraciones, pocos, muy pocos de nosotros, consideran en su niñez, aun en su adolescencia, que un llamado social está a la puerta de nuestra vida para emprender esa búsqueda de derechos, ya sea porque esos derechos aúnan una mejor vida para nosotros mismos o porque un ser querido, el cual pudo haber ya sido asesinado por la negación de derechos, se vería soportado. Esta última razón explica porqué en la búsqueda derechos para las mujeres, hubo hombres detrás luchando también, porqué en la búsqueda de la abolición de la esclavitud, hubo hombres y mujeres libres que iniciaron y continuaron esas luchas, porqué en la lucha por los derechos de discapacitados, hubo hombres sin ninguna limitación que emprendieron un esfuerzo loable. Porque sea una razón o la otra, la búsqueda de derechos por beneficio personal o la búsqueda derechos para un ser querido, en ambos casos había una firme convicción de que una mejor sociedad era posible.

En mi caso específico esa búsqueda derechos estaba en mi mente desde la niñez pero esa búsqueda era encaminada hacia los derechos de grupos vulnerables de los cuales mi inocencia descubría que le rodeaban. Mujeres ultrajadas, expatriados por movimientos armados en Europa del este, niños abandonados, las difíciles historias de las personas en los países en África. Mi infancia era despertada continuamente por saber que allá afuera, más allá de mis límites, había gente con nombre que moría por las injusticias que un mundo caído propicia. Esa búsqueda era, a pesar de que existía, un simple ideal que se alimentaba de sueños infantiles basados en el sueño de un mundo mucho más justos y digno.

Al pasar de los años mi vida fue confrontada por una realidad que no sólo estaba más allá de mis límites, sino que era una realidad que yo vivía, y vivía con profundo dolor: mi sexualidad. Justo en esa confrontación en mi adolescencia, justo en ese tiempo de muchos cambios, también mi vida fue consolada al ser rendida a mi Gran Rey. Hoy puedo entender que no era una coincidencia de la confrontación y el consuelo, sino era un propósito muy planeado por Aquel que me había encontrado y amado.

El descubrimiento de mi sexualidad trajo consigo años enteros de muchas luchas internas, luchas que fueron acompañadas día a día por la presencia de Aquel que todo lo llena en todo. En ese proceso descubrí algo que impactaría mi vida por completo: mi identidad no era definida por lo que yo era o podía llegar a ser, sino que mi identidad estaba completamente determinada por JESÚS. En ese proceso de rendición diaria, JESÚS me llevó a un tiempo de profunda paz donde mi fe, el diseño y el propósito en mí habían encontrado la reconciliación. Ese diseño no era, como yo lo había creído antes, un asunto contrario a mi fe, sino era un diseño encaminado a un propósito que, sin conocerlo en ese momento de reconciliación, tenía la certeza de que existía.

Nuevamente descubrí algo mucho más sublime que no podía estar sujeto a la coincidencia. En esos tiempos de reconciliación interna, algunos congresos y gobiernos alrededor del mundo comenzaron a prestar atención a una lucha por la búsqueda de derechos que había costado vidas de adolescentes, jóvenes y adultos. Era una lucha que, iniciada muchas décadas atrás por hombres y mujeres estigmatizados por la sociedad durante siglos, veía a la puerta la oportunidad de una discusión seria y con fuertes posibilidades de que su fin encontrara cabida. Poco a poco, y con burlas de algunos, con desdén de otros, con miedo de muchos, los derechos de esa minoría arribaron a una sociedad que seguía sin entenderles del todo pero que sabía que estaban ahí para un propósito.

Mi juventud veía con poco interés lo que pasaba en aquellas sociedades. Mi juventud se mantenía aún muy ocupada en entenderse a sí misma y entender los planes que JESÚS traía consigo. Sin embargo, al pasar de los años, esas discusiones, esas luchas, esos tiempos llegaron a la puerta de mi país sin darme cuenta del todo. La búsqueda de derechos que traía consigo una inclusión de mi vida a esta sociedad había arribado a la capital del país. Después, poco después, esa búsqueda de derechos tomaría fuerza en aquella potencia mundial donde muchas iglesias cristianas serían confrontadas. Mi expectación era mayor porque si bien la búsqueda derechos era entendida por mí como un aspecto distante del cristianismo, ahí entendí que la reconciliación que había sido dada entre mi fe y mi sexualidad en lo individual, necesitaba también ser llevada a la iglesia, aunque esto doliera demasiado.

Y fue ahí cuando descubrí que alzar la voz con respeto, amor y con fuerte determinación era necesario. Que vidas aun en la iglesia eran y siguen siendo perdidas por la falta de esa reconciliación. Que había y hay jóvenes, y adolescentes y adultos que buscaban y buscan respuestas a un aspecto de un diseño Superior en sus vidas que no había siquiera sido considerado como tal. Porque cuando hablamos de la búsqueda de derechos es necesario siempre tener presente que hay vidas que se pierden de muchas personas con nombre que pueden ser tan cercanas como un ser querido.

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