el sentir que hubo también en JESÚS

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“Haya, pues, en vosotros, este sentir que hubo también en Cristo JESÚS, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Filipenses 2.5-8

El reino de Dios es contrario a todo deseo de la carne, todo deseo que busca la suyo a costa de cualquier cosa. Cuando hablamos de la carne nos referimos a todo deseo descontrolado que se antepone a límites y principios cuyo motivo primario es el amor y cuyo fin es glorificar a Dios. La carne, aquello que es alimentado por lo descontrolado y que nunca se sacia pero siempre deja al hombre más vacio, más vano. La carne, solapada y promovida por el mundo, justificada por Satanás.

Mientras oía a un predicador, él hablaba de ese mandato de Cristo que después Pablo volvería a expresar: sé humilde como JESÚS quien no estimó toda Su gloria sino que se hizo semejante a los hombres y fue obediente hasta la muerte. La humildad, esa cualidad de carácter que JESÚS ordenó imitáramos de Él, es de los mandatos más difíciles porque va en contra de todo desea de la carne, porque el ser humildes nos obliga a negarnos a nosotros mismos, a someter la carne.

El mundo enseña lo contrario. El mundo alimenta nuestro ego al decirnos que tenemos que sobresalir, ser mejore que otros, en no ser humillados porque esto es señal de debilidad, sin embargo es todo lo contrario. La humildad, señal de los verdaderos hombres de Dios que han aprendido y crecido en someter todo deseo de la carne, todo ego, todo deseo descontrolado. La humildad nos mueve a ver a las demás personas con estima y gran valor, como alguien preciado. Es ahí donde JESÚS nos encontró.

Porque sin ser merecedores de JESÚS, Él se dio enteramente por nosotros. Porque siendo Él Dios, se hizo hombre para vencer todo deseo de la carne, todo pecado, y librarnos de tan terrible enfermedad. JESÚS, a Él somos atraídos por Su profunda mirada que nos declara en cada momento: eres amado, eres preciado a mí, y nada en este mundo puede darte tan profundo valor.

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