Don’t Ask, Don’t Tell: No Preguntes, No digas y el silencio como discriminación

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“¿Cómo podemos mantenernos en nuestras creencias de tal forma que sean más fieles al Evangelio de Cristo JESÚS y menos fieles a nuestros propios miedos, prejuicios y agendas humanas?” por Misty Irons

En 1994, el presidente Clinton, de formación demócrata, instituyó la política Don’t Ask, Don’t Tell (DADT) en el ejército estadounidense. Esta política, si bien podía buscar cierto respeto a chicos y chicas gays, lesbianas y bisexuales que servían en el ejército, no era más que la institucionalización de la discriminación hacia esta minoría. En términos generales, esta reglamentación en el ejército prohibía explícitamente al personal discriminar o acosar a miembros o solicitantes homosexuales y bisexuales que permanecieran en el “clóset” (que no hablaran ni fueran evidentes respecto a su orientación sexual), pero a su vez no permitía que miembros o solicitantes homosexuales y bisexuales sirvieran en el ejército si estos eran abiertos respecto a su orientación sexual (Don’t tell: No digas).  Aunado a ello, esta reglamentación prohibía a los superiores del ejército iniciar investigaciones respecto a la orientación sexual de alguno de sus miembros si es que estos no mostraban evidencias de ser homosexuales o bisexuales (Don’t ask: No preguntes).

En el 2010, el actual presidente Obama, de formación también demócrata, después de debates y de un proceso de años, firmó la revocación de dicha política por ser considerada discriminatoria. Fue una celebración que no sólo tocó el ámbito militar, sino que se extendió como un gran logro para la lucha de los derechos de esta minoría. Esta revocación venía a soportar lo que ya por años investigaciones científicas venían confirmando: existen fuertes evidencias que la orientación sexual está determinada por factores biológicos, genéticos y ambientales y no debe ser considerada como desorden psicológico o biológico; cualquier procedimiento o proceso para “curarle”, ocultarle, o negarle, trae por consecuencia altos niveles de frustración, depresión y tendencias autodestructivas en quienes son sometidos. Esta revocación, en simples palabras, abría la puerta a muchos clósets en los que chicos y chicas homosexuales y bisexuales estaban obligados a permanecer para poder servir a su país en el ejército.

En el documental For the Bible tells me so (Porque la Biblia lo dice), uno de los entrevistados comentaba que la política DADT no es exclusiva del ejército, sino que de una manera no oficial pero tácita muchos creyentes gays cristianos son orillados a vivir de esa forma en la iglesia. Es decir, en la mayoría de las iglesias el tema de la orientación sexual sigue siendo tratado con superficialidad y prejuicio y los chicos y chicas creyentes homosexuales y bisexuales son orillados a callar respecto a su orientación sexual, obligándolos a vivir en silencio una travesía que puede llegar a costar la vida. Aún más, en algunas iglesias si eres un cristiano gay, lesbiana o bisexual que esté guardando su vida en integridad física, emocional y espiritual, no podrás estar activamente sirviendo hasta que esa inclinación sea erradicada de tu vida a través de terapias de reparación o conversión o exorcismos, cuidando en todo momento no hablar del tema de manera pública debido al estigma que tanto dentro como fuera de la iglesia existe respecto al tema de la orientación sexual.

Mientras meditaba en estos días en aquella analogía que se presentaba en el documental, pude confirmar con cierto dolor que mi situación actual viene a estar determinada por esa política no escrita en muchas iglesias cristianas. El proceso que comencé a vivir en mi iglesia desde agosto pasado por mi sexualidad ha sido un proceso que, si bien Dios ha mostrado Su mano y Su propósito, no deja de ser doloroso por las implicaciones futuras respecto a mi permanencia y la posibilidad de servir activamente en la iglesia local.

Cuando ese proceso comenzó en agosto, firmemente confiado en que fue el tiempo de Dios para ello, Dios mostró de manera asombrosa Su propósito permitiéndome compartir con mi pastor recursos cristianos que abordan el tema de la homosexualidad desde una perspectiva bíblica revisionista. Aunado a ello, mi pastor, con un interés y amor genuino, se ofreció a caminar la segunda milla conmigo en este proceso. Meses después, en diciembre, mi pastor me pidió que volviéramos a vernos para platicar sobre sus conclusiones respecto a los recursos que le había compartido. Durante esta plática en diciembre, que la sentí apresurada por la forma en que fue planeada, mi pastor confirmó su amor e interés y compartió un texto donde sus conclusiones sostenían su desacuerdo a lo planteado en esos recursos revisionistas, principalmente porque esos recursos carecían de un sustento hermenéutico. Durante la plática, confirmó su interés por seguir aprendiendo y me pidió compartir con él algunos estudios hermenéuticos que soportaran la posición revisionista. Si bien el motivo de esta plática era compartir sus conclusiones, había un motivo adicional. Una persona de la iglesia había leído en mi blog sobre mi sexualidad y esta persona había llamado a mi pastor para comentarle. Debido a que el tema ahora era en cierta forma público, la oportunidad para seguir sirviendo en la iglesia ya no sería posible. Mi pastor mostró su preocupación por mantener a la iglesia segura mientras al mismo tiempo continuábamos este proceso.

La decisión si bien podía ser esperada, fue y sigue siendo dolorosa. Por años los chicos y chicas cristianas que enfrentan el descubrimiento de su sexualidad, viven enfrentando el miedo por ser descubiertos porque esto trae por consecuencia el rechazo, el señalamiento y aún la exclusión, tal como sucedía en el ejército estadounidense bajo la política DADT. Es por eso, que muchos chicos y chicas mantienen en silencio su sexualidad y aún la negación de ella con el único propósito de ser aceptados. ¿Debemos callar para ser aceptados? La respuesta es completamente no. No creo en el silencio basado en el temor cuando vidas piden que clamemos por ellas también, mas creo en los tiempos de Dios para hablar, y también para esperar en silencio.

Entiendo que el proceso para la iglesia es doloroso y podrá ser largo. Para varias iglesias también lo ha sido. Sin embargo, el iniciarle es de mucho más valor que el no iniciarle. El caminarle requerirá mayor fe que el permanecer perplejos e inactivos. El concluirle es nuestra responsabilidad y nos mostrará el tremendo amor y la sublime gracia de nuestro Gran Dios, al cual servimos y a quien pertenecemos.

Porque si en lo individual uno requiere salir del clóset para vencer ese silencio que asfixia, así también las familias, la iglesia, y la sociedad necesitarán enfrentar sus propios clósets y vencer sus propios silencios. Porque el mayor testimonio de nuestra fe en Cristo es que el que se dice con la vida.

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