afirma las otras cosas que están por morir

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“Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1-3

Ha habido tiempos en la historia de la iglesia cuando Dios a través de Su Espíritu sopla nueva vida y revive lo que había muerto: sueños, proyectos, propósitos, vidas, una generación entera. Tiempos de profunda oscuridad que son transformados por la gloria indescriptible de nuestro Dios. Su Espíritu impartiendo vida, aliento de vida, vivificando a Su pueblo.

Hemos escuchado de este tiempo en Gales a principios del siglo XX que trajo una transformación en toda una nación como la inglesa. También hemos sabido de un tiempo similar en California, en la calle de Azusa en esa misma época, tiempo que trajo una transformación en la iglesia cristiana en América. Tiempos similares en Sudamérica, en África, en China. Tiempos no esperados por los hombres, pero sí muy anhelados y preparados por Dios en Su corazón.

Leía en esta semana que algo que ocasionó que surgiera un movimiento tan ateo como el comunismo fue que como iglesia no pudimos, o no quisimos ver, la necesidad en la que la sociedad del siglo XIX vivía. Un tiempo de un desarrollo económico tan fuerte por la Revolución Industrial que ocasionó que la riqueza y el enfoque en lo material fuera el centro de la sociedad aún por encima de la vida de las personas. Personas traficadas como esclavos desde el continente africano y americano en condiciones inhumanas, un poder político corrompido por el amor al dinero y el poder, una filosofía de que el fin justificaba los medios. Lo más triste de este tiempo no era ver la maldad de los hombres, sino ver a una iglesia amoldada a ese tiempo.

Sin embargo, Dios tenía planes para Su iglesia, tenía sueños aún por cumplirse. Es por ello que levantó hombres con un celo por Su Palabra, por Su presencia, por Su Reino, que el Espíritu logró a través de ellos una transformación en una generación entera. Y es aquí donde recuerdo aquello que hace algunos meses Dios puso en mi corazón: firmemente creo que Dios da oportunidades generación a generación para reconocer nuestro pecado como iglesia, arrepentirnos y abrazar Sus sueños.

En medio de un tiempo tan confuso, lo único que prevalecerá será la verdad de Dios a la cual Su Espíritu nos guiará.

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