por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

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