lloraste delante de Mí, arrepentido

Vayan a ver al rey de Judá, quien los envió a buscar al Señor, y díganle: “Esto dice el Señor, Dios de Israel, acerca del mensaje que acabas de escuchar: ‘Estabas apenado y te humillaste ante el Señor al oír lo que yo pronuncié contra esta ciudad y sus habitantes, que esta tierra sería maldita y quedaría desolada. Rasgaste tu ropa en señal de desesperación y lloraste delante de Mí, arrepentido. Ciertamente te escuché, dice el Señor. Por eso, no enviaré el desastre que he prometido hasta después de que hayas muerto y seas enterrado en paz. Tú no llegarás a ver la calamidad que traeré sobre esta ciudad’”.

De modo que llevaron su mensaje al rey.

2 Reyes 22.18-20

 

El primer mensaje que JESÚS predicó fue muy sencillo y con gran relevancia para entender Su ministerio en la tierra: Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos se ha acercado. (Mateo 4.17) Antes de Él, otro hombre llamado Juan el Bautista, un hombre raro que había llegado al desierto, había también predicado un mensaje similar: arrepentimiento. El mensaje de Juan el Bautista había ocasionado que las personas fueran al desierto a escucharlo y confesaban sus pecados. (Mateo 3.4-6). Juan el Bautista entendía su propósito: preparar el camino al Señor.

Sin embargo, el mensaje de arrepentimiento no era nuevo para el pueblo de Dios. Siglos atrás, en medio de una nación que debido a su corrupción estaba por ser llevada cautiva, Dios levanta a un muy joven rey sobre el reino del sur de Judá. Este rey, Josías, comienza su reinado a los 8 años de edad, y en años siguientes es impactado por darse cuenta que el pueblo (incluido él) estaba completamente alejado de los mandamientos de Dios, mandamientos que “descubren” abandonados en una parte del templo. Las palabras “he encontrado el libro de la ley de Dios” (2 Reyes 22.8) es muy revelador: la ley había sido olvidada y abandonada.

Lo que más llama la atención de este “hallazgo” es que la ley estaba bajo custodia de los sacerdotes del templo y ellos eran los encargados de enseñarla al pueblo, pero la ley por mucho tiempo estuvo abandonada, haciendo que el pueblo no fuera enseñado en ella. El encontrarla en el reinado del rey Josías, no resulta en gran gozo sino en una amarga revelación: el gran enojo del Señor arde contra nosotros.

Debido a ese dolor que en Josías había como resultado de conocer la ley de Dios, los sacerdotes consultan a una profetisa, Hulda, quien confirma que el enojo del Señor vendrá sobre el pueblo, pero ella, guiada por Dios, dice a los sacerdotes para que le comuniquen al rey: como lloraste delante de Mí y te arrepentiste, no traeré ese desastre que he prometido en tu reinado.

Josías inicia una gran reforma en su tiempo. Derriba altares a ídolos, altares que también estaban dentro del templo de Dios. Hace que el pueblo se comprometa a seguir los mandamientos de la ley de Dios.

Parecía que todo estaba por cambiar.

En ese mismo tiempo es cuando el profeta Jeremías escribe. Lo más impactante es que Jeremías continuamente denuncia la maldad del pueblo y de los sacerdotes, sacerdotes que ha escondidas seguían adorando a sus ídolos. Sacerdotes y un pueblo que a la vista del rey parecía que se habían arrepentido, pero que en lo secreto seguían en sus viejos caminos de corrupción.

 

El arrepentimiento es esencial en el Reino de Dios. El arrepentimiento es una forma de vida, es un caminar constante, no como una auto-flagelación emocional y espiritual, sino como una convicción diaria de que necesitamos el perdón y la gracia de Dios.

El arrepentimiento que hubo en Josías no sólo fue por el pecado propio, sino por el del pueblo. Josías se descubrió, como se describe Isaías a sí mismo, como un hombre de labios impuros habitando en medio de un pueblo de labios impuros.

Es probable que haya en nosotros una carga por lo que nos toca ver y vivir a nuestro alrededor. Quizá hay días en que nos descubrimos en una sociedad llena de injusticia y corrupción. Miramos a nuestro alrededor y solo encontramos maldad, y nuestro corazón desfallece. Y cuando nos encontramos así, podemos caer en desesperación.

Habrá días también en el que nos descubrimos dolidos por nuestra propia maldad y nuestro propio pecado. Cuando intentamos avanzar y todo dentro de nosotros nos descubre incapaces para resolver nuestros propios errores. Nos hemos dado cuenta que la maldad allá afuera, también está aquí adentro.

En medio de esa condición, Dios nos llama a arrepentirnos: recuerda, el Reino de los Cielos se ha acercado, tendré misericordia de Ti y limpiaré toda maldad e injusticia.

Es ahí donde comienza todo: en nuestro propio corazón que en humildad reconoce nuestra necesidad por Dios cada día de nuestra vida.

 

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