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voz que clama en el desierto

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“Consolaos, consolaos, pueblo Mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano del Señor por todos sus pecados.

Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.” Isaías 40.1-4

 

Imagina que te encuentras en un tiempo de sequedad, en un desierto. Un tiempo en el que las pruebas abundan y los problemas parecen no terminar. La persecución se ha levantado contra ti y contra los tuyos. La tristeza parece dominar tu alma. La muerte parece estar a la puerta. Imagina que llega gente malvada y comienza a llevarse a tu gente, secuestrados, esclavizados, cautivos. Tiempos en los que por más que miras hacia el cielo, parece que no hay respuesta que venga de ahí.

Has meditado en tus caminos y has encontrado que por generaciones los tuyos se han alejado de Dios de maneras terribles. Terribles cosas se han hecho en la nación donde vives. Parece que la maldad y el pecado también abunda dentro de tu gente, de tu pueblo, a tu alrededor.

¿Puedes imaginarlo?

 

Cuando el profeta Isaías escribe, esa era la condición del pueblo de Israel. El profeta Isaías veía toda la maldad alrededor suyo y, además, veía esa maldad también en él. Parecía que no había esperanza, que no había salida, que todo lo que pasaba era porque lo merecían, porque Dios estaba muy muy muy enojado con ellos… y con razón.

Pero el profeta Isaías no fija sus ojos en su alrededor, sino que fija sus ojos en Dios. Él sabía que nuestro Dios había prometido tiempos de libertad si se volvieran a Él. Que Él cumpliría cada una de Sus promesas porque Su Palabra nunca vuelva vacía.

Isaías era como una voz que clamaba en el desierto. Era como un hombre que en medio de tanta maldad clamaba a Dios para interceder por el pueblo, hablaba al pueblo para que se convirtieran de sus malos caminos, que regresaran su corazón a Dios. Isaías era un hombre que aun en medio de ese desierto, clamó a Dios.

Cuando JESÚS inicia Su ministerio en la tierra había alguien antes de Él que a veces podemos pasar desapercibido: Juan el Bautista, de quien habla esta profecía en Isaías 40. Juan el Bautista es llamado a algo poco común: clamar desde el desierto tiempos de libertad para el pueblo de Dios. De hecho, Juan el Bautista es quien inicia con la predicación del arrepentimiento y el bautismo, buscando que los hombres se volvieran de su maldad. Juan el Bautista llega a incomodar tanto con su predicación que es encarcelado y asesinado. Juan el Bautista entendió desde mucho antes quién era él y quién es JESÚS. Juan el Bautista preparando el camino para cuando JESÚS llegara.

Hoy a nuestro alrededor las condiciones pueden no ser muy alentadoras. En tu familia, en tu iglesia, en tu país, en todo tu alrededor. Pareciera que no hay salida, que todo lo que ocurre nos lo merecemos y que no habrá respuesta ni solución. Sin embargo, Dios busca de voces que clamen en este desierto, que preparen camino al Señor. Voces que con profunda angustia y dolor, piden por todos aquellos que sabiendo que son malos, Dios quiere salvarles, Dios quiere limpiarles, Dios quiere consolarles.

¿Te duele tu país? ¿Ves una urgencia de la mano de Dios en medio de ese caos? Clama a Dios, deja que Dios traiga consuelo y libertad alrededor tuyo.

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ofrenda voluntaria

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“Entonces Moisés mandó a pregonar por el campamento, diciendo: Ningún hombre ni mujer haga más para la ofrenda del santuario. Así se le impidió al pueblo ofrecer más; pues tenían material abundante para hacer toda la obra, y sobraba.”

Éxodo 36.6,7

Dios llenó a Su pueblo con una generosidad tal que cuando se construía el tabernáculo mientras el pueblo estaba en el desierto rumbo la tierra prometida, las ofrendas habían sobrepasado lo requerido para construir el santuario, una obra tan especial para Dios. Era tanto lo recibido que Moisés tuvo que impedir al pueblo que ofrendaran más.

Si lo traemos a nuestro tiempo actual muchas pseudo iglesias están fundadas con intereses tan mezquinos y malvados, que su único objetivo es poder obtener ganancia deshonesta a través de la manipulación de sus feligreses. Ejemplos sobran lamentablemente. Líderes religiosos amantes del dinero y del poder, que buscan en la menor oportunidad iniciar obras para sus intereses y que no están en lo más mínimo basadas en la voluntad de Dios. Un amor al dinero tan grande que sus ojos se han hinchado por lo temporal.

Contrario a lo que se vive en los tiempos actuales en esas pseudo iglesias, Moisés nos muestra una profunda actitud de su corazón que revela en dónde estaba centrado su corazón: en Dios y no en el dinero. Y también podemos ver tal rendición de las posesiones del pueblo hacia a Dios, un pueblo movido por Dios para ofrendar hasta que sobreabunde. No era Dios tomando algo que no era suyo, sino Dios inclinando a Su pueblo para que rindieran lo que Él mismo les había otorgado. Vemos un aspecto bien interesante aquí: el mismo pueblo que había traído oro para hacer un ídolo, el mismo pueblo que se quejaban amargamente en contra de Dios por haberlos sacado de Egipto, era ahora el pueblo cuyo corazón había sido inclinado por Dios para ofrendar. El pueblo no fue obligado a ofrendar, sino al contrario, al pueblo se le tuvo que impedir que ofrendaran más.

Mientras leía esa actitud de ofrecimiento voluntario del pueblo de Dios, Él me permitió recordar lo que hace ya un par de años Dios me ayudó a aprender: nuestra verdadera adoración a Él, no es la canción que cantamos, o las ofrendas que entregamos, sino nuestra verdadera adoración es, literalmente, la vida que vivimos. Si nuestra vida está alienada a Su corazón y Su Palabra, esa es una adoración y ofrenda tan fuerte, que Dios se agrada de ella. Y así, con una vida ofrecida en sacrificio vivo a Él, nuestras canciones y nuestras ofrendas vendrán a ser un ofrecimiento verdadero que buscan glorificar aun más a Dios.

Dios busca esos adoradores, capaces de ofrendar voluntariamente su vida a Dios en cada instante.

¡enséñanos a adorarTe!

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“Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala”. Zacarías 3.4b

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Hoy mi corazón anhelaba durante el tiempo de alabanza ver una generación que sabe adorar a Dios. Hemos sido enseñados por la cultura cristiana que el adorar a Dios es música, que el adorar a Dios es ese tiempo musical al principio de cada servicio dominical donde el grupo y la iglesia entonan cantos. Pero hay algo más profundo, mucho más profundo que solo la música y cantos para adorar a Dios.

La adoración a Dios viene precedida por un conocimiento y una revelación por Su Espíritu de Quien es Dios. Es una alma y un espíritu cautivo y asombrado y sorprendido y golpeado por comprender (quizá en un mínimo grado) la grandeza del Dios que adoramos. Y cuando esa grandeza es revelada a nosotros, uno queda humillado completamente por saber que ese Dios Santo, ese Dios perfecto, ese Dios indescriptible ha fijado Sus ojos en un pobre pecador como yo.

Cuando nuestra vida queda cautivada enteramente por Dios, todo lo demás se desvanece. Dejamos de pensar en nosotros mismos, dejamos de pensar en el nuevo auto que compraré, o en la casa nueva que obtendré, o en cuánto aumentaré mi cuenta bancaria. Dejamos de pensar en aquello que no se compara a Dios, porque cuando a nuestra vida llega esa revelación (quizá en un mínimo grado) de quién es Dios, nuestra vida no vuelve a ser la misma.

Dios te ha comprado de la muerte y ha fijado Sus ojos en ti. Ha quitado de ti tu pecado, y te ha hecho vestir de ropas de gala, porque Sus bodas están cercanas.

la alabanza de Su pueblo

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“Pero Tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de Israel”.

Salmo 22:3

 

Pocas veces logramos discernir lo que pasa en el tiempo de alabanza y adoración de una iglesia, aún más, nuestra vista tanto física como espiritual puede distraerse con sonidos o ruidos que durante este tiempo pueden suceder. Si tan solo pudiéramos entender el gran poder que se desata a través de la alabanza, sin duda no desestimaríamos estos tiempos en nuestros servicios dominicales o también en nuestros tiempos personales con Dios.

En la Biblia podemos encontrar episodios en que batallas fueron ganadas sin armas pero sí con la alabanza del pueblo. Pero ¿por qué hay tanto poder en la alabanza?

Cuando alabamos a Dios nuestro ser declara en fe cuán poderoso es nuestro Dios, cuán maravilloso ha sido Él. Nuestro ser no se distrae en los problemas que pueden estar rodeando nuestra vida, sino que se concentra en reconocer que Dios es más fuerte que cualquier problema, enfermedad, ataque, o ejército que intente destruirnos. Reconocer a Dios es entregarle todo a Él, es declarar a toda potestad que nada pueda prevalecer contra nosotros porque Dios es con nosotros.

Alabar a Dios es rendirnos a Él. Es postrarnos en cantos para alegrar a su corazón, es buscar su rostro porque sólo en Él está nuestra plenitud, porque ya nada puede deslumbrarnos. Cuando alabamos nuestra mirada queda cautivada por Dios y nada puede distraernos. Todo se trata de Él y nuestro espíritu queda cautivado enteramente.

Dios habita ahí, en corazones rendidos en alabanza, en corazones humillados que le reconocen como Señor de toda nuestra vida. Dios habita en la alabanza de su pueblo. Y estar donde habita Dios es indescriptible, es sublime.

 

“Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte; andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro”.

Salmos 89:15

Tu Nombre mi victoria es

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Un canto cristiano afirma una verdad de la cual muchos que caminamos con Dios nos sujetamos: Su Nombre es la victoria para nuestra vida, no sólo esta vida sino la que ha de venir.

Vivimos confiados no sólo en el presente sino en el futuro que por más turbulento y desalentador parezca, en Jesús tenemos nuestra confianza y nuestra victoria. Porque Él ha vencido. Vivimos confiados no sólo en el futuro sino en nuestro pasado el cual ha sido perdonado completamente por Dios por la fe en Jesús. Porque Él ha pagado todo.

Vivir confiados en Jesús en un mundo que se reusa en reconocerle como Dios y Señor de todo, puede volverse complicado en días en los que nuestra fe puede estar en prueba, pero una verdad que nos sujeta es que Él permanece a nuestro lado cuando decidimos caminar con Él.

Por más noticieros que pregonan eventos desalentadores, por más guerras que se inicien, por más desastres naturales que se avecinen, por más maldad que domine el mundo, sabemos que Él está con nosotros y ha prometido guardarnos de todo mal. Jesús ha vencido al mundo, y nuestra confianza no está en el mundo, ni en nosotros, ni en nuestra familia, ni en el dinero; nuestra confianza está Él, en Jesús. Siempre cierto, siempre fiel.

 

“para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. Filipenses 2:10,11