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sanaré su tierra

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“si se humillare Mi pueblo, sobre el cual Mi Nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” 2 Crónicas 7.14

 

La tierra clama con gran angustia. No hay lugar donde el dolor que la creación experimenta no se haya hecho escuchar. Pareciera que no hay esperanza. Que los malos ganan. Que nuestro planeta no tiene alguna salida para terrible destrucción.

Podemos escuchar por muchos lugares el clamor y el dolor, la angustia y la desesperación. Los hombres se vuelven contra su hermano, y las naciones buscan vanidad. No hay quien haga lo bueno. No hay quien busque a Dios. Pareciera que el mundo ha sido entregado a su propia maldad, a esa maldad que hemos propiciado y alimentado nosotros mismos por generaciones.

¿Es eso solamente lo que vemos?

La Palabra de Dios es un libro lleno de esperanza, y no es cualquier esperanza, es una esperanza cierta, que no perece. Cuando miramos a nuestro alrededor y solo vemos destrucción y muerte, maldad y pecado, necesitamos ir más allá, necesitamos no dejarnos vencer por la desesperanza y sembrar en nuestro corazón una esperanza viva que solo puede estar fundamentada en la Palabra viva y de verdad. Necesitamos comenzar a ver con ojos espirituales tan desoladora realidad.

Algo maravilloso es que lo que vivimos tanto en lo personal como como iglesia o país es algo que la Biblia nos advierte, y aún más, que hijos de Dios y el pueblo mismo de Dios ya ha enfrentado, y a través de sus historias podemos nosotros podemos aprender fe.

Hay una promesa que Dios me ha permitido recordar en estas semanas, y esa promesa es verdaderamente especial: Dios sanará nuestra tierra. Pero, ¿cuándo? El segundo libro de Crónicas lo describe: cuando el pueblo de Dios se humillare, orare, buscare el rostro de Dios y se convirtieren de sus malos caminos. Cuatro aspectos que para el corazón de un hombre alejado de Dios son imposibles y, en cierto grado, podrían ser menospreciados. Es por eso que la primera predicación de Juan el Bautista y de JESÚS son tan esenciales aún para nuestro tiempo: arrepiéntanse.

Creo que el arrepentimiento involucra esos cuatro aspectos narrados en Crónicas. El arrepentimiento requiere de humildad, el arrepentimiento nos mueve a orar, el arrepentimiento nos lleva a buscar el rostro de Dios, el verdadero arrepentimiento nos convertirá de nuestros malos caminos.

No hay mayor predicación de JESÚS tan relevante para nuestros días que el arrepentimiento.

Al meditar en que Dios tiene el poder para sanar nuestra tierra, pensaba yo que era nuestra tierra física, nuestro planeta, sin embargo, pude también entender otro tipo de tierra: nuestro corazón. Dios podría sanar nuestra tierra física, nuestro planeta, pero si el corazón del hombre no es sanado, de nada servirá. Lo podemos constatar en el pueblo de Dios una y otra y otra y otra vez.

Esa oración de David se vuelve muy importante: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

¿Anhelamos la sanidad de la iglesia, de la ciudad, del país, del planeta entero? ¿Qué tanto estamos dispuestos en ser sanados primeros en nuestro corazón? Dios traiga un tiempo de verdadero arrepentimiento en medio de Su pueblo.

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mas la hora viene

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“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.” Juan 4.23,24

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.” Romanos 8.19

 

Quería escribir una carta a la Iglesia este fin de semana, se titulaba “La iglesia que no fui”. Buscaba de alguna forma poder derramarme en letras a través de ella. No pude escribir más que el título. Hay veces en que para los sentimientos no hay palabras, simplemente hay esa angustia que no se describe mas que como un dolor profundo.

Esa misma tarde mientras deseaba escribir esa carta, otra carta llegó a mí. La carta que el pastor Martin Luther King Jr. escribió desde la cárcel de Birmingham cuando fue arrestado en esa ciudad por ser parte de manifestaciones no violentas en contra de la segregación racial. La carta me impactó, no solo por su mensaje de confrontación hacia la sociedad y, especialmente, a la iglesia de ese tiempo (la de los años 60’s), sino porque esa carta resulta tan relevante hoy para nuestro tiempo.  El pastor King también tenía una angustia, un dolor profundo.

“Sí, sigo preguntándome todo esto. Profundamente perturbado he llorado sobre la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde falta un amor profundo. Sí, yo amo a la Iglesia. ¿Cómo iba a no ser así? Me encuentro en la situación bástante única de ser hijo, nieto y bisnieto de predicadores. Sí, la Iglesia es para mí el cuerpo de Cristo. Mas, ¡ay!, cómo hemos envilecido y herido este cuerpo con la negligencia social y con el temor de convertirnos en posibles miembros disconformes.” MLK

El pastor King fue asesinado años después, luchando a través de la no-violencia por una causa en la que tenía la convicción que tenía que cambiar, una causa que había costado vidas y seguía denigrando la dignidad humana. Cuando el pastor King muere, quizá sus asesinos creían que acallarían no solo su voz, sino un movimiento social, político y, sobretodo, espiritual que había aguardado la manifestación de hombres valientes como el pastor King. Voces como las del pastor King, voces que claman en el desierto.

Dice la Biblia que la sangre de los justos clama a Dios, esos justos que han sido asesinados injustamente.

Cuando la mujer samaritana, que por cierto era inferior para los judíos, le pregunta a JESÚS dónde se debe de adorar, JESÚS le responde: la hora viene en que los verdaderos adoradores adorarán a Dios más allá de un lugar, le adorarán en espíritu, le adorarán en verdad. Una definición de adoración que hace un tiempo escuche la describe como: adoración es literalmente la vida que vivimos. No la música, no las canciones, no las letras, sino la vida que vivimos.

Y cuando ligo la verdadera adoración con los tiempos que estamos viviendo, puedo entender que estos tiempos necesitan de hijos de Dios capaces de confrontar toda negligencia social, de ser valientes para ser miembros disconformes (que no se amoldan) a estos tiempos. Y este avivamiento solo llegará a través de un verdadero arrepentimiento, porque no puede haber avivamiento sin arrepentimiento.

¿Quisieras unirte en oración conmigo? ¿Quisieras orar por una iglesia que es llevada al arrepentimiento? ¿Quisieras orar para que Dios nos lleve a una manifestación gloriosa de Su salvación, de Su poder? Dios lleve a Su iglesia a tiempos de profunda transformación.

corra la justicia como impetuoso arroyo

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“Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados. Quita de Mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.” Amós 5.21-24

 

Un parafraseo de los versículos anteriores que recientemente leí decía:

“No puedo soportar tus reuniones religiosas. Estoy harto de tus conferencias y convenciones. No quiero tener nada que ver con tus proyectos religiosos, tus slogans pretenciosos y tus metas. Estoy harto de tus planes de recaudación de fondos, de tus relaciones públicas y de tu imagen. He tenido todo lo que puedo soportar de tu egoísta música ruidosa. ¿Cuándo fue la última vez que me cantaron? ¿Tú sabes que quiero? Quiero juicio -océanos de él. Quiero justicia-ríos de ella. Eso es lo que quiero. Eso es todo lo que quiero.” Amós 5.21-24

 

Quedé impactado por él. Por varias horas estuve pensando en ello. A veces cuando leo la Biblia suelo pensar que aquellas palabras fuertes de Dios hacia el pueblo de Israel se quedaron como un testimonio de cómo el pueblo de Dios se había alejado de Él. De cómo Dios mostraba el dolor y su indignación por lo que veía en Su pueblo.

Pero este parafraseo del profeta Amós hacia la condición de la iglesia actual fue realmente fuerte para mí. Ya desde hace algunos meses Dios me permitía entender que algo hay en Su iglesia que necesita ser confesado y que en arrepentimiento necesitamos volver nuestro rostro a Dios. Algo muy fuerte que hemos alimentado y hemos creído como normal en nuestra vida como iglesia: la religiosidad.

Hemos llenado nuestras agendas y horarios y tiempos y servicios de tanta actividad que difícilmente podemos detenernos en silencio y escuchar la voz de Dios. Realmente escuchar lo que hay en Su corazón: lo que Dios anhela, lo que a Dios le duele, lo que a Dios le urge.

¿Qué hizo que los líderes religiosos del tiempo de JESÚS no fueran capaces de ver y entender quién era JESÚS? Ellos tenían el acceso directo a la Palabra de los profetas. Ellos eran entendidos de la doctrina y la sana ley. Ellos predicaban. Ellos guiaban al pueblo. Pero una tragedia terrible sucedió: cuando Dios vino a ellos, ellos no lo recibieron. Le mataron. Lo crucificaron. ¿No es esto una terrible tragedia: los llamados a guiar al pueblo a Dios eran quienes estaban desviándolos en montón de enseñanzas de hombres?

Dios ama a Su iglesia. Esto es una verdad que no puede negarse. Dios anhela a Su pueblo. Esto es un anhelo tan profundo en el corazón de Dios. Sin embargo, Dios sabe que nuestra humanidad puede llevarnos a hacer religión de todo, aún de aquello que antes era genuino para Dios.

Creo Dios está llamando a Su iglesia en este tiempo a buscarle con un corazón en profundo arrepentimiento. Dios nos ama. Dios busca que Sus hijos se muevan en justicia y misericordia. Que dejemos toda religiosidad y nos movamos a niveles de Su gracia que nunca antes hemos experimentado. Porque los días son malos y Él está llamando a la puerta.

por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

voz que clama en el desierto

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“Consolaos, consolaos, pueblo Mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano del Señor por todos sus pecados.

Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.” Isaías 40.1-4

 

Imagina que te encuentras en un tiempo de sequedad, en un desierto. Un tiempo en el que las pruebas abundan y los problemas parecen no terminar. La persecución se ha levantado contra ti y contra los tuyos. La tristeza parece dominar tu alma. La muerte parece estar a la puerta. Imagina que llega gente malvada y comienza a llevarse a tu gente, secuestrados, esclavizados, cautivos. Tiempos en los que por más que miras hacia el cielo, parece que no hay respuesta que venga de ahí.

Has meditado en tus caminos y has encontrado que por generaciones los tuyos se han alejado de Dios de maneras terribles. Terribles cosas se han hecho en la nación donde vives. Parece que la maldad y el pecado también abunda dentro de tu gente, de tu pueblo, a tu alrededor.

¿Puedes imaginarlo?

 

Cuando el profeta Isaías escribe, esa era la condición del pueblo de Israel. El profeta Isaías veía toda la maldad alrededor suyo y, además, veía esa maldad también en él. Parecía que no había esperanza, que no había salida, que todo lo que pasaba era porque lo merecían, porque Dios estaba muy muy muy enojado con ellos… y con razón.

Pero el profeta Isaías no fija sus ojos en su alrededor, sino que fija sus ojos en Dios. Él sabía que nuestro Dios había prometido tiempos de libertad si se volvieran a Él. Que Él cumpliría cada una de Sus promesas porque Su Palabra nunca vuelva vacía.

Isaías era como una voz que clamaba en el desierto. Era como un hombre que en medio de tanta maldad clamaba a Dios para interceder por el pueblo, hablaba al pueblo para que se convirtieran de sus malos caminos, que regresaran su corazón a Dios. Isaías era un hombre que aun en medio de ese desierto, clamó a Dios.

Cuando JESÚS inicia Su ministerio en la tierra había alguien antes de Él que a veces podemos pasar desapercibido: Juan el Bautista, de quien habla esta profecía en Isaías 40. Juan el Bautista es llamado a algo poco común: clamar desde el desierto tiempos de libertad para el pueblo de Dios. De hecho, Juan el Bautista es quien inicia con la predicación del arrepentimiento y el bautismo, buscando que los hombres se volvieran de su maldad. Juan el Bautista llega a incomodar tanto con su predicación que es encarcelado y asesinado. Juan el Bautista entendió desde mucho antes quién era él y quién es JESÚS. Juan el Bautista preparando el camino para cuando JESÚS llegara.

Hoy a nuestro alrededor las condiciones pueden no ser muy alentadoras. En tu familia, en tu iglesia, en tu país, en todo tu alrededor. Pareciera que no hay salida, que todo lo que ocurre nos lo merecemos y que no habrá respuesta ni solución. Sin embargo, Dios busca de voces que clamen en este desierto, que preparen camino al Señor. Voces que con profunda angustia y dolor, piden por todos aquellos que sabiendo que son malos, Dios quiere salvarles, Dios quiere limpiarles, Dios quiere consolarles.

¿Te duele tu país? ¿Ves una urgencia de la mano de Dios en medio de ese caos? Clama a Dios, deja que Dios traiga consuelo y libertad alrededor tuyo.

Dios miró la muy amarga aflicción

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“Porque el Señor miró la muy amarga aflicción de Israel; que no había siervo ni libre, ni quien diese ayuda a Israel; y el Señor no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo; por tanto, los salvó por mano de Jeroboam hijo de Joás.” 2 Reyes 14.26,27

El corazón de Dios por los que sufren y están en angustia está atento a la oración y el clamor. En Éxodo 3, Dios habla a Moisés y le dice: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo… y he oído su clamor…, pues he conocido sus angustias” (Éxodo 3.7). Y en este pasaje del libro de 2 Reyes, nuevamente Dios libra a Su pueblo de la angustia, aún a pesar de que el pueblo no se volvía a Dios, pero su angustia era grande y Dios aún no había permitido la destrucción de Su pueblo. La parte que llama la atención de este pasaje en 2 Reyes es cómo describe esa aflicción: la MUY amarga aflicción. No era una simple aflicción, era amarga, era MUY amarga. ¿Podemos imaginarlo? Un pueblo rodeado por sus enemigos, conspiraciones internas, un pueblo arrojado a adorar ídolos, en resumen: un pueblo alejado de Dios.

Hace algunos meses Dios ponía en mi corazón: el Señor hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. (Salmo 103.6). Y puede que sea una angustia y violencia que no solo es física, pero también espiritual, emocional. Aquellos que son violentados en el alma y en el espíritu. Dios escucha el clamor.

No es de sorprendernos que todo avivamiento que se narra en la Biblia viene de un tiempo de angustia, de corazones que viendo el desolador panorama, solo pueden encontrar esperanza en Dios y Su justicia. No toda angustia trae por consecuencia un avivamiento, pero sí todo avivamiento viene a estar precedido por un tiempo de angustia, de aflicción, de muy amarga aflicción. La diferencia está determinada si esa angustia trae en sus orígenes un arrepentimiento real, un quebrantamiento del corazón por nuestros pecados y por los pecados del pueblo.

No es de sorprender que aún a pesar de que Dios miró la muy amarga aflicción de Israel, el pueblo siguió en sus malos caminos. Ellos buscaban solo el favor de Dios, no conocer realmente el corazón de Dios.

Dios nos guíe a tiempos de un verdadero despertar y una profunda comunión con Su Espíritu como nunca ha experimentado Su Iglesia en esta generación, en este tiempo.

porque si callas

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“Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; más tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” Ester 4.14

 

Durante estos seis meses, y probablemente ya casi un año, de que inicié este proceso en mi iglesia por ser gay, han venido a mí preguntas acerca de si este era el tiempo correcto o debí esperar más. Solo una persona, mi mejor amiga, ha estado de cerca todos estos años y en más de una ocasión hace algunos años le comentaba a ella, y lo platicaba con Dios, que quería hablar con mi pastor y con mis líderes sobre mi sexualidad, sin embargo, la respuesta de Dios era: espera.

Durante esos años cuando me encontraba con fuertes dudas si estaba honrado a Dios y honrado a mis líderes, hubo un tiempo en que quería dejar el grupo de alabanza por la presión que sentía por sentirme indigno e incapaz de servir en la iglesia, sin embargo, Dios me dio una respuesta que recuerdo continuamente: tú estás ahí por Mí, no por ti, no por tus líderes. Y recordaba continuamente cómo es que Dios me abrió puertas para que sirviera en el grupo de alabanza, fue completamente de Él, literalmente yo no hice nada más que creerle y dar el paso en fe. No era ni bueno en la música, nunca había tenido experiencia en grupos de alabanza, y tenía tremendos nervios por estar enfrente de la gente y mucho más cantando, algo que nunca había hecho antes. Imagina ahora que representó para mí un chico gay (considerado indigno por la iglesia) siendo guiado por Dios a servirle en la alabanza. El problema es que en más de una ocasión yo me sentía no solo incapaz sino también indigno de estar ahí.

Dios ha sido tremendamente bueno.

Este domingo, mientras daban los avisos en el servicio en la iglesia, hubo una palabra que estaba en uno de los anuncios, esta palabra era Ester 4.14. Al leerle descubrí algo hermoso: Dios le dice a Ester que vendrían tiempos de respiro y liberación para los judíos, aunque ella respondiera o no a Dios. Lo maravilloso de este texto es que Dios anhelaba profundamente ese respiro y esa liberación para Su pueblo, y estaba en Su corazón, en Su voluntad. Me encanta el amor de Dios por Su pueblo.

Me imagino a Ester, temerosa, sin saber que hacer por la gran destrucción que viene al pueblo judío, y de pronto Dios, a través de Mardoqueo, primo de Ester, le dice: la voluntad de Dios es salvar a los judíos, y aún si tú no hablas, Su voluntad será hecha.

Yo me sentí muy identificado con Ester en ese texto. La voluntad de Dios era que en este tiempo yo hablara a mi pastor sobre mi sexualidad. Y no es que el tema de mi sexualidad sea lo importante, de hecho, en más de una ocasión yo le comentaba a mi pastor que eso era secundario, lo que sentía de parte de Dios que es importante es cómo la iglesia se ha movido más por prejuicios, conceptos y entendimiento humano que por la voluntad de Dios, no solo en este tema de la homosexualidad, sino en otros temas a lo largo de la historia. Y Dios está llamando a Su iglesia a tiempo de arrepentimiento, de romper paradigmas viejos y de hombres, a moverse a niveles mayores de fe donde la guía de Su Espíritu será primordial. ¡Qué tremendo amor tiene Dios por Su iglesia!

Al leer este texto de Ester, sentía como Dios me decía: hubieras o no hablado, Yo tengo este deseo (dolor) en mi corazón por Mi iglesia. Yo solo fui el mensajero, no el mensaje. Y siento en estos días que Dios me ha estado confirmando que el mensaje ha sido dado. Que es el tiempo, y es Su voluntad. Que no hay nada que temer. Porque Su Palabra nunca vuelve vacía, porque si el grano de trigo no cae a la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto (Juan 12.24).

 

si la sal se desvaneciere

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“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada (pisoteada) por los hombres.” Mateo 5.13

 

Es parte del conocimiento popular de la tradición cristiana el versículo anterior. Es común que cada creyente sea enseñado que somos la sal de la tierra, la luz del mundo. Que en nosotros existe ese gran privilegio, pero también esa grande responsabilidad para evitar que el mundo siga corrompiéndose y que a través de la luz de nuestras buenas obras los hombres puedan ver a JESÚS y reconocerle como Dios, como Rey, como Señor.

Mientras se predicaba este domingo en la iglesia sobre este versículo, algo llamó mi atención de una manera muy sorpresiva. Ese versículo si bien habla que somos sal de la tierra, trae consigo una advertencia bastante fuerte: si la sal se desvanece (se hace insípida, pierde su cualidad), no sirve para nada y será echada fuera y pisoteada por los hombres.

No se habla en esta advertencia de sal que dejo de ser sal, sino de sal que perdió su cualidad principal. Creo esta es una advertencia bastante fuerte para la iglesia de nuestro tiempo, una advertencia que nos debe llevar a reflexionar y evaluar si estamos siendo verdaderamente sal para el mundo o simplemente estamos contribuyendo más a su corrupción. Hace un par de semanas compartía sobre este dolor y esta angustia en mí, cuando Dios no veía nuestras obras perfectas y al leer este versículo pudo claramente relacionarlo.

Compartía hace un par de días con una amiga que sigo sorprendido cómo que es que los religiosos del tiempo de JESÚS no lograron reconocer quién era JESÚS. Hombres conocedores de la Palabra, de la ley, de las tradiciones y costumbres judías, pero que no lograron siquiera reconocer un poco a JESÚS. Hombres seducidos por su propio entendimiento y cegados por una religiosidad que había corrompido aún la Palabra de Dios. También, recordaba al profeta Jeremías que fue perseguido por los mismos sacerdotes por declarar juicio y condenación a la nación de Israel por haber sido corrompida, corrupción que había también consumido a los líderes religiosos.

Y al meditar en ello, pude nuevamente con dolor asociarlo con lo que como iglesia podemos estar viviendo: una iglesia que hemos sido seducidos por nuestro propio entendimiento de la Palabra y nos ha cegado a ver nuestros propios pecados y arrepentirnos de ellos, una iglesia que poco a poco podemos estar perdiendo nuestra cualidad de ser sal.

En mi corazón está ese anhelo de que Dios nos lleve a un tiempo de profundo arrepentimiento como iglesia. Que como iglesia podamos ser capaces de recibir la revelación del Espíritu de nuestras obras, no solo en este tiempo, sino en décadas y aún siglos pasados de las cuales no nos hemos arrepentido. Que podamos ser quebrantados a tal grado que podamos verdaderamente clamar por el perdón de Dios y ser llevados a un tiempo de restauración.

Creo profundamente que la misericordia de Dios es nueva cada día, y que Dios da a Su iglesia de generación a generación oportunidades para reconocer nuestro pecado, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios. Este, creo yo, es el verdadero avivamiento en la iglesia de Dios.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

de dolor y de angustia profunda

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no he podido dormir

los pensamientos de dolor.

no he podido callar la angustia profunda

que en lo espiritual se comparte.

no he podido siquiera mirar los ojos

de aquellos que en oscuridad

anhelan la luz de Verdad.

 

pensamientos de dolor

que acumulados por siglos

hoy se conjugan en la realidad nuestra

y de ellos también

que murieron en el silencio

que les sentenció en soledad.

 

angustia profunda que grita fuerte

en ese silencio que ya no puede ser mas

porque en la saciedad del entendimiento humano

hemos llenado la Verdad.

 

tú, nosotros, llamados a ser luz

hemos convertido la causa del inocente

en mero entretenimiento humano

que si bien sacia al orgullo

no combate la oscuridad.

 

tú, nosotros, hemos gritado

sin siquiera abrazar

al pobre de espíritu

que en angustia de sueños

se consume ya.

 

tú, nosotros, callamos cuando hablar debemos,

hablamos cuando en obediencia

debimos caminar.

 

¿quién podrá mirar tu obras muertas

que en vida crees que están?

¿quién podrá salvarte cuando en arrepentimiento

se nos ordena andar?

 

¡oh! pobre inocente

que creemos culpable eres

por nuestras palabras sin amor.

¡oh! despreciado hombre

que buscando consuelo

has encontrado condenación.

 

vuélvete tú, amada, vuélvete tú

al amor que al principio se te reveló

porque siendo despreciada

has sido deseada

porque siendo condenada

has sido redimida.

 

vuélvete tú, amada, vuélvete tú

a la humildad que en arrepentimiento

te permitirá andar.