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lo que bien le parecía

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“En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”. Jueces 21.25

 

No conocí a mi abuelo paterno. Él falleció cuando mi papá tenía doce años y el único conocimiento que tengo de mi abuelo es a través de las pláticas que nos contaban mis papás, mi abuela paterna, mis tíos y aun mis abuelos maternos que le conocieron. Algunas fotos de él pueden darme una idea como era físicamente, y sobre su forma de ser solo tengo esas narraciones familiares. De acuerdo a esas pláticas mi abuelo era un hombre serio, muy estricto, que había estado en el ejército peleando en la Guerra Cristera.

En cambio, sí pude conocer a mi abuela paterna y a mis dos abuelos maternos. Gracias a la relación que tuve o he tenido con ellos he podido realmente conocerles personalmente. Difícilmente alguien puede decirme algo respecto a ellos y no validar si es verdad o mentira ya que tengo ese conocimiento previo que a través de las relaciones se van creando. La relación con alguien nos permite realmente conocer a alguien.

Cuando el pueblo de Israel es guiado por Dios a través de Josué a conquistar la tierra prometida (esa gran promesa de siglos atrás que empezaba a tomar forma), el pueblo sabía quién era Dios no solo a través del tiempo vivido en el desierto sino por la ayuda que Dios les dio para conquistar toda esa tierra. De hecho, el libro de Josué en sus últimos versículos dice: “Y sirvió Israel al Señor todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que el Señor había hecho por Israel.”  (Josué 24.31).

Algo pasó después de esta generación. Parece como si hubiera habido una desconexión entre esta generación que sabían de Dios, y las generaciones siguientes que hacían lo que bien les parecía. Una desconexión tan grave que pervirtió al pueblo a tal grado que creían estar adorando a Dios, pero lo estaban adorando como los pueblos paganos que les rodeaban: levantaban ídolos, sacrificaban personas, etc. El libro de Jueces narra esta tragedia.

Lo que había pasado con las generaciones futuras de Israel es que su conocimiento respecto a Dios se basaba en, quizá, narraciones de otros y no en una verdadera relación con Dios. Cada quien fue formándose una idea de Dios, sin saber realmente quien era Dios.

Dos personajes del libro de Jueces donde se percibe esta situación son Gedeón y Jefté. Ambos hombres fueron usados por Dios para liberar al pueblo de Israel de la opresión, pero una vez que Dios les usa ellos hacen cosas realmente contradictorias. Gedeón utilizó el oro que tomaron como botín y con él hizo un ídolo haciendo que todo Israel se prostituyera tras ese ídolo (Jueces 8.27). Por su parte, Jefté hace una promesa a Dios muy extraña y pagana, básicamente le dice: Dios si nos entregas a los amonitas, yo ofreceré como holocausto a la primera persona que salga de mi casa. Dios les da la victoria y la hija de Jefté es la que primera que sale de su casa.

Uno pudiera entender, en el caso de Jefté, que Dios les dio la victoria porque iban a ofrecerle holocausto, pero esto es contrario a las leyes que Dios ordenó a Moisés y aún peor, este tipo de holocausto de personas eran comunes en los pueblos paganos de los alrededores.

Lo trágico de este tiempo que se narra en los Jueces más allá de los ídolos que el pueblo de Israel se creó, era la falta de conocimiento de Dios, la falta de conocimiento del verdadero carácter de Dios. Cada quien hacía lo que bien le parecía.

El riesgo para los cristianos no es en nada diferente. Una gran tragedia en la que podemos caer como cristianos es creer conocemos a Dios cuando realmente no le conocemos. Y la mejor forma de conocer el carácter de Dios es través de una relación diaria y continua con Él. En una relación con Él, uno puede entender que Él es fiel, que Él es Santo, que Él es poderoso, que Él es misericordioso, y muchas cualidades más.

Nuestro tiempo en esta tierra es tan breve que alcanzar a conocer a Dios en toda su plenitud será imposible. Pero de esa relación continua con Dios dependerá toda nuestra vida.

Dios guíe a Su pueblo a verdaderamente desarrollar una relación inquebrantable con Él.

en el poder del Espíritu

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“Y JESÚS volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió Su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos.” Lucas 4.14,15

Dios no nos deja en el desierto para siempre como si se tratase de un Dios malvado. Si bien Él puede llevarnos al desierto a través de Su Espíritu, Su propósito es que crezcamos a la estatura de Cristo, a Su carácter. Esos desiertos son tiempos de pruebas que nos ayudan a entresacar lo precioso de lo vil, a revelar lo que hay en nuestros corazones, lo que estorba para que nuestra vida crezca en fe, en madurez, en carácter, en Su conocimiento, para ser más como JESÚS.

Cuando JESÚS regresa del desierto, Él regresa en el poder del Espíritu. Aquí vemos un paralelismo muy interesante: JESÚS es llevado por el Espíritu al desierto, y cuando regresa del desierto el poder del Espíritu estaba en Él. Pensemos por un momento: JESÚS es Dios, ¿por qué necesitaba el poder del Espíritu?

Nuestro Dios es un Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu. Cuando JESÚS regresa del desierto, vemos que esa comunión entre las tres personas de Dios se muestra en su esplendor: JESÚS tenía una comunión diaria con el Padre, y cuando regresa del desierto el Espíritu estaba en Él. El Espíritu de Dios que es dado a la iglesia para revelarnos a JESÚS cada vez más, para poder ser testigos de JESÚS en todo rincón de la tierra.

Ahora imagina, cuando vemos a JESÚS a través de los evangelios no sólo vemos a la segunda persona de la Trinidad, sino que también el Espíritu estaba con Él. Es impresionante de solo imaginarlo.

JESÚS volvió con autoridad, con confirmación, con esplendor del desierto. JESÚS siendo guiado a través del Espíritu en esa comunión diaria con el Padre. JESÚS siendo revelado a los hombres por el Espíritu.

Después de atravesar por desiertos oscuros, una labor importante para cada hijo de Dios es evaluarnos: ¿crecimos? ¿somos más como JESÚS? ¿el poder del Espíritu está en nosotros?

Suelo ver los procesos de Dios como una escalera, donde cada escalón es como un proceso o una parte de un proceso completada. Esos desiertos son parte de esos procesos y cuando Dios nos lleva en victoria a través de esos desiertos, logramos subir al siguiente escalón. Lo importante de esos procesos, de esos desiertos, es crecer y ser más como JESÚS.

Estamos por concluir un año y sería de gran valor evaluar nuestro caminar con Dios. Identificar los aciertos y también las fallas y aprender de ellas. Y sobretodo confirmar que en este año JESÚS ha sido formado cada vez más en nosotros por el poder de Su Espíritu.

Dios guíe cada día de nuestra vida como un tiempo de crecimiento a la estatura del Varón Perfecto, JESÚS.

el pueblo a Él cercano

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“Alaben el nombre del Señor, porque sólo Su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra y cielos. Él ha exaltado el poderío de Su pueblo; alábenle todos Sus santos, los hijos de Israel, el pueblo a Él cercano. Aleluya.” Salmo 148.13,14

Hay momentos en la vida todo creyente donde su fe es probada y llevada a tiempos de gran desafío. Tiempos en los que nada puede darte certeza más que Su Palabra y Su Espíritu en ti. Tiempos en los que tu caminar es movido completamente por la fe, donde tu comunión con Dios cultivada en la intimidad constante es trascendental para lograr salir victorioso de la prueba.

Tus amigos pueden volverse lejanos. Tu familia puede volverse ajena. Tu fe es lo único que te sostiene. La fe en JESÚS, la fe en Su Palabra, la fe en saber que Dios te ha preparado para ese tiempo de prueba, y que a través de ese tiempo el carácter de Cristo será desarrollado en ti de maneras asombrosas. Porque lo único que dará completa paz es tener la certeza de que eres cercano a Dios, que caminas tomado de Su voluntad.

Un joven predicador compartía hace poco: no huyas de las pruebas, agradece a Dios por ellas. Y es ahí donde nuestra gratitud es perfeccionada. Porque esas pruebas entresacarán lo precioso de lo vil, revelarán a tus ojos el pecado oculto, purificarán tu fe y tu vida, te harán más como Cristo.

Habrá dudas, sí. Tendrás miedo, quizá. Pero de algo estarás cierto y es que Dios te está llamando a ese tiempo donde Su gracia y Su misericordia se mostrarán como nunca en tu vida.

“Alaben el nombre del Señor, porque sólo Su nombre es enaltecido” declara el salmista. Y en esos tiempos de profunda prueba, reconoceremos el gran poder y soberanía de nuestro gran Dios, porque Él es cercano a Su pueblo y no nos dejará solos.

 

haciendo ídolos de los sueños

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“Echad de vosotros todas vuestras trasgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la muerte del que muere, dice Dios el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” Ezequiel 18.31,32

Un ideal que existe en muchos jóvenes tanto hombres como mujeres, es su deseo por casarse y tener una familia. Muchos jóvenes anhelan profundamente en sus corazones el poder encontrar a la persona “correcta” con la cual poder iniciar una familia para toda la vida. Es un ideal sublime pero que puede desenfocar a muchos jóvenes de lo que realmente es eterno y del propósito primario en nuestra vida.

Mientras meditaba en ello antes de escribir este texto, Dios me permitía ver cómo algunos de los sueños con los que vivimos, aun aquellos sueños que vienen de Dios, pueden terminar convirtiéndose en ídolos en nuestros corazones. En nuestra vida y en nuestra caminar con Dios podemos anhelar tener un gran ministerio y donde muchas personas puedan conocer de Dios, podemos anhelar tener hijos y educarles en los caminos de Dios y Su Palabra, podemos desear tener un esposo o una esposa con la cual Dios nos permita cumplir Su llamado y reflejar Su gloria. Todos ellos son sueños muy especiales y para nada malos, sin embargo podemos estar enfocando nuestra vida en ellos y que estemos desenfocando nuestra vida y nuestra mirada de Dios.

Cuando nos acercamos a Dios y entregamos nuestra vida a Él, Dios pide que rindamos todo a Él por nuestro propio bien, porque si una de las áreas en nuestra vida no está en control de Él corremos el riesgo de hacer ídolos en esa área. Si anhelamos casarnos más que conocer y honrar de Dios, terminaremos por hacer del matrimonio un ídolo; si anhelamos terminar una carrera o tener un buen trabajo o negocio antes de aprender a vivir bajo la cobertura de Dios, tenemos un riesgo de hacer del trabajo nuestra fuente de provisión y no a Dios; si enfocamos toda nuestra atención y deseo en construir un ministerio exitoso antes que reflejar a Cristo a través de nuestro carácter y nuestra forma de vida, pronto viviremos atados y consumidos por aquello que creemos glorifica a Dios.

Todo sueño en nuestra vida que viene de Dios, incluyendo a la familia y tener hijos, tiene un propósito principal: conocer a Dios a través de ello y hacernos más como JESÚS. Todo sueño, toda nuestra vida necesita estar dedicada en completa rendición a Dios, porque nos conviene que Dios tenga control de toda área de nuestra vida.

¿Puedes hoy hacer un listado de cada sueño que tienes y que Dios ha puesto en tu corazón? Una vez hecha esa lista, puedes decirle a Dios: toma cada sueño, lo rindo a Ti, y haz de ellos algo que me permita acercarme más a Ti, y conocerte de tal forma que toda mi vida dependa de Ti y te refleje solo a Ti.

hasta que Cristo sea formado en nosotros

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“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,” Gálatas 4.19

Leí hace algunos días una frase que me permitió conciliar dos aspectos que dentro de mí existían en conflicto. Esta frase dice: “Dios te ama tal como eres, pero te ama mucho más como para dejarte como eres”. Esta frase me permitió entender que si bien somos amados por Dios, ese amor de Dios es tan grande que busca que seamos cambiados, que seamos transformados, que seamos hechos como Cristo.

Dios nos ha formado. Dios ha tenido cuidado de cada parte de nosotros desde que fuimos concebidos en el vientre de nuestra mamá. Dios decidió el color de tus ojos, tu cabello, tu tono de voz, tu cuerpo, cada parte de ti fue hecha por Dios con un profundo amor. También Dios puso en ti lo que te gusta y no te gusta, lo que te hace sonreír y te encanta, cada parte de ti fue planeada por Dios.

Sin embargo, debido al mundo caído donde vivimos y el pecado que en nosotros existe, nosotros hemos sido manchados por cosas que del mundo y el pecado se han formado en nosotros. Nuestro mal carácter, nuestros malos hábitos, nuestras enfermedades, todo vicio, toda cosa que no fue concebida por Dios, todos ellos están también en nuestra vida.

Cuando uno conoce de JESÚS, lo primero que Dios revela a nuestra vida es todas esas cosas que necesitan cambiar, pero Dios no se queda ahí, sino que también nos dice que somos preciados y amados por Él. Dios te ama, nunca lo dudes, eres amado por Dios, y ese amor nos lleva a ser cambiados por Él.

Pero ¿hasta qué medida necesitamos cambiar? Dios nos la repuesta en Su Palabra: hasta que Cristo sea formado en nosotros. ¿Puedes imaginar qué milagro Dios hace en nuestra vida cada día? Saber que cada día, Dios está formando a Cristo en nosotros.

Esto no se refiere que todos seremos como robots o personas “en serie” sin ninguna diferencia, sino que se refiere a que el carácter de Cristo sea desarrollado en nosotros y ese carácter sea puesto en cada persona que Dios ha creado.

Sé que muchos de nosotros podemos estar inconformes con algo en nuestro cuerpo, o en nuestra alma, o en nuestra forma de ser. Quizá hemos sido criticados por ello hasta el grado que nos sintamos despreciados por Dios, como si Él se hubiera equivocado en nosotros, como si fuéramos un error. Pero Dios dice todo lo contrario: te amo tal y como eres, pero te amo tanto que deseo que Cristo se forme en ti.

Y esa debe ser nuestra oración: Dios, forma a Cristo en nosotros cada día.

gente ordinaria, nuestro Dios extraordinario

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“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” Hechos 1:8

 

Dios no me necesita, pero Él desea usarme. Dios no te necesita, pero Él desea usarte. Cuando comprendemos una parte de la grandeza de nuestro Dios, cuando asombrados comprendemos Sus maravillas, Su poder, Su majestad, Su santidad, cuando comprendemos que Él creó el universo con sólo pronunciarlo, cuando comprendemos cuán maravillosa obra Él hizo por nosotros en la cruz, cuando comprendemos que ni la muerte pudo detenerle, es entonces que comprendemos nuestra pequeñez delante de un Dios extraordinario.

Me sorprende Dios en cada uno de mis hermanos en la fe. Ver nuestras debilidades, ver nuestras fallas, ver nuestras flaquezas, ver nuestra imperfección, ver nuestra limitada y humana capacidad, y aún así Dios nos ama, y no sólo eso, Él desea glorificarse a través de nuestra vida. Y esto es gracias al perfecto sacrificio de Jesús en la cruz.

Constantemente Dios nos llevará a un punto en nuestra vida en la que reconozcamos que no somos nada, que no podemos en nuestras capacidades y habilidades cumplir con la obra que nos ha encomendado, que serle testigo en Jerusalén, o en Judea, o en Samaria, o en Ayotlán, o en Guadalajara, o en este planeta, es una tarea sumamente difícil. Necesitamos nosotros llegar a ese punto en el que vemos que no soy ni inteligente, ni capaz, ni elocuente, ni fuerte, ni perfecto, para poder cumplir Su obra. Que somos personas muy ordinarias.

Es necesario que lleguemos a ese punto, porque es ahí cuando Dios nos dirá: “Bien has dicho, tú eres incapaz pero Yo soy el todo poderoso que desea usarte”. Y cuando esto sucede, cuando su Espíritu obra a través de nosotros, es que nuestra vida en humildad queda rendida y apasionada por Él, por Su tremenda misericordia por este pobre pecador.

Dios debe completamente llevarse toda la gloria en nuestra vida. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, aun cuando dormimos. Porque cada segundo, cada uno de ellos, necesita ser entregado y vivido por Su Espíritu en nosotros.

¿Qué cosas hoy en tu vida resultan imposibles, verdaderamente imposibles? ¿Tu matrimonio, tu anhelo por tener un hijo, tu relación con tus padres, una enfermedad? ¿Has recibido de Dios sueños, sueños grandes que crees que nunca podrás alcanzar? No te veas a ti, no trates de resolver o lograr a través de tus medios, no resistas a Su gracia. Dios desea profundamente usar tu vida, así de ordinaria e imperfecta. Dios desea profundamente ayudarte a crecer: en fe, en carácter, en santidad, en entrega, en obediencia, en amor.

Nuestro Dios es extraordinario. Nunca lo olvides.

el querer como el hacer

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“porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad.” Filipenses 2:13

 

El apóstol Pablo en su carta a los romanos describe una de las luchas que todos los humanos enfrentamos: hacer lo que aborrecemos. (7:15) Y explica Pablo en esta carta que este actuar viene provocado por el pecado que habita en nosotros (v. 17), ya que en la carne (nuestra naturaleza humana caída) no habita el bien sino el mal.

Es muy frecuente que nos enojamos y perdemos en ocasiones el control de lo que decimos o hacemos, y después darnos cuenta que realmente no queríamos enojarnos y mucho menos ofender de las formas en que lo hemos hecho. También, quizá, es común que en nuestra mente hay pensamientos malsanos e incorrectos y continuamente luchamos para que nuestra mente esté alejada de esos pensamientos, pero continuamente vuelven a uno. A veces el desánimo llega y nos impide movernos aún a pesar de que por dentro algo nos dice y nos motiva a seguir. Hemos hablado mal o murmurado en contra de alguna persona, hemos dejado que nuestro orgullo crezca sintiéndonos superiores moralmente que otros, o no hemos sido generosos con nuestro tiempo, nuestros recursos, nuestras acciones… y la lista puede crecer. Sin embargo, algo dentro de nosotros continuamente quiere el bien, pero nuestras acciones, actitudes o nuestras palabras terminan por hacer todo lo contrario. Esa es la gran lucha que día a día enfrentamos: el pecado en nuestra carne.

Pero lo más especial y maravilloso lo describe Pablo en esa misma carta en el capítulo 8, y en su carta a los filipenses: Dios pone no sólo el deseo sino también la acción para actuar de tal forma que le glorifiquemos. Es por esta situación que en varias ocasiones, muchas diría yo, nos damos cuenta en nuestro caminar con Dios que lo que estamos haciendo ahora no es más que la obra del Espíritu de Dios en nuestra vida. Su Espíritu que nos une en un cuerpo para producir frutos no sólo en nuestro carácter sino en nuestra vida entera: pensamientos, emociones, acciones, actitudes, sueños.

Cada día en nuestro andar con Dios nuestra vida está siendo moldeada al carácter de JESÚS hasta que lleguemos a Su estatura.

Es maravilloso saber que Dios no sólo nos da acceso a Él y a la eternidad, sino que nos mueve a crecer no en conocimientos humanos, no en actitudes superficiales, no en banalidades y cosas temporales de este mundo, sino en carácter y en Su conocimiento. Dios cada día está trabajando en nosotros y hoy deseo que cada uno de nosotros dejemos que Él obre libremente en nuestra vida: en cada célula, en cada pensamiento, en todo nuestro ser.

La buena obra que Dios ha comenzado en nosotros, la completará hasta el fin de los tiempos. Porque Él es fiel.

anhelando Egipto

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“Mañana mostrará el Señor quién es suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a Él; al que Él escogiere, Él lo acercará a sí.” Números 16.5

 

La historia de un pueblo que vivió en cautiverio por más de 400 años y del cual Dios escuchó su clamor y los llevó a libertad y los llamó a poseer una tierra excepcional como ninguna otra de cuyas entrañas saldría leche y miel. La historia de un pueblo que anduvo en el desierto por 40 años antes de poseer la tierra de la promesa, y cuya travesía pudo haber sido hecha en tan sólo semanas. Semanas que se volvieron años, años que consumieron a una generación que nunca desechó de sí el anhelo a su antigua vida, una vida con cierta comodidad, con ciertos placeres, con cierta seguridad, pero una tierra ajena que les mantenía como esclavos y cuyo fin era muerte.

Dios mostró Su poder, mostró Su gloria, habló a ellos. Pero su corazón seguía anclado profundamente a Egipto. Esta generación, que pereció en el desierto y cuyos ojos no vieron la tierra excepcional que Dios les tenía preparada, estaba cejada por lo tuvieron y que habían perdido, pero cuyos ojos nunca vieron lo que tendrían y Quien habitaría con ellos. Estaban cejados aun cuando Dios se les había revelado.

En una de varias ocasiones de quejas y murmuraciones, un grupo de sacerdotes liderado por Coré se levantó en contra de Moisés. Algo impresionante en su argumento para rebelarse en contra de Moisés fue: “todos ellos son santos, y en medio de ellos está el Señor” (Núm. 16.3). Lo impresionante es que ante ellos mismos no había mancha, además de creer que Dios se agradaba de ellos, sin embargo Moisés responde diciendo que Dios mostraría quién en verdad era santo. Al día siguiente Dios les consume.

 

Durante varios meses, continuamente preguntaba a Dios: ¿cómo un pueblo como el que fue libertado de Egipto, con todo lo que vieron de Ti, todo lo que les mostraste, fue tan infiel? Y hoy Dios me ha respondido: su corazón siempre estuvo en Egipto, no en Mí.

Hoy Dios me permite examinar mi corazón y buscar una y otra vez los restos que de “Egipto” haya en él. Porque si “Egipto” no es limpiado de mi corazón, tarde o temprano terminaré murmurando en contra de Dios y rebelando en contra de Él. Eso es el pecado, trozos de “Egipto” en nuestro corazón, que sino nos arrepentimos nuestra vida se estará justificando creyendo que hay santidad en nosotros y aún creyendo que Dios habita en medio de nosotros, cuando sucede todo lo contrario.

Las pruebas en nuestra vida, como con el pueblo de Israel, son permitidas por Dios para que sea revelado a nosotros mismos lo que hay dentro de nuestro corazón. Por supuesto que las pruebas nos ayudan a crecer en fe y en carácter, pero también son necesarias para que nuestro corazón sea expuesto delante de Dios y respondamos en humildad delante de Él para ser limpiados y seamos llamados a ser esa generación que tome la tierra prometida y habite con Dios eternamente. Jesús ha pagado el precio para ser limpiados, nosotros debemos anhelar estar limpios, porque nuestro Dios Santo es.

padeciendo un poco de tiempo

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Dios está más interesado en nuestro carácter que en nuestra comodidad. Esto no afirma que Dios no esté interesado en nuestro bienestar, sin embargo Él anhela profundamente que en nosotros el carácter de Cristo se desarrolle. Y ésta es la necesidad de todo aquel que ha encontrado salvación en Jesús y ha rendido todo a Él. Repito: ha rendido todo a Él.

La pregunta ahora es ¿hemos rendido realmente todo a Él? Ó ¿nos hemos quedado con una reserva en nuestros corazones, en nuestras mentes, en nuestras vidas, en nuestro trabajo o escuela o familia en la que Él no haya todavía tomado completo control? Él no sólo merece de nosotros todo, sino que ha pagado precio de sangre por  nosotros por lo cual toda nuestra vida le pertenece si hemos decido entregársela. Dios no quiere nada a medias, sino desea fervientemente todo lo que nosotros somos o podemos tener, porque le pertenecemos.

Entonces, si el fin es desarrollar el carácter de Jesús en nosotros, todo suceso que en nosotros ocurra desde el más sencillo hasta el más complejo debe permitirnos desarrollarnos en ese sentido. Es de todos conocidos que para los que aman a Dios, (repito: para los que aman a Dios), todas las cosas ayudan para bien. Y el apóstol Pedro nos declara que seremos perfeccionados, afirmados, fortalecidos y establecidos en la Verdad en Jesús después que hayamos padecido un poco de tiempo. (1 Pedro 5:10)

Quizá hoy las situaciones en nuestra vida muestran mucho dolor y confusión, pero sujetos de Dios no debemos temer porque Él se glorificará en nosotros. Entendiendo siempre que nuestra vida debe estar siempre con una humildad profunda y un arrepentimiento sincero delante de Él, nuestro Creador y Padre eterno.

Echemos pues toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros. Seamos sobrios y velemos; porque nuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual necesitamos resistir firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en nuestros hermanos en todo el mundo. (1 Pedro 5:7-9).

A Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.