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el espíritu de adopción

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“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” Romanos 8.14-16

 

Si alguien me preguntase en este tiempo de prueba como es que he podido sobreponerme y seguir caminando, mi única respuesta sería: ha sido el Espíritu de Dios. No hubiera podido solo, no hubiera sido capaz de hacer algo en mis fuerzas, no hubiera siquiera podido hablar cuando era necesario, o actuar cuando era importante hacerlo.

La única certeza que tengo que este tiempo es un tiempo que Dios ha preparado es la certeza que el Espíritu me ha dado a través de Su Palabra y de Su comunión diaria. Algunos pensarán que ha sido arriesgado, otros podrán decir que estoy yendo contrario a muchas cosas, y otros tantos podrían considerarme como un falso cristiano. Sin embargo, si algo me ha sostenido hasta este día es esa convicción que el Espíritu da día a día a mi espíritu que hijo soy del Padre.

Quisiera poder transmitir esa convicción y certeza con estas letras, pero esa convicción en lo espiritual es mucho más grande. Es saberse cercano a Dios, saberse amado por Dios, saberse guiado por Dios. Es el Espíritu recordando momento a momento que Dios es nuestro Padre y que nada, ni la vida, ni la muerte, podrán separarnos de Su amor en Cristo JESÚS.

Podrán los amigos volverse ajenos. Podrán los hermanos volverse lejanos. Podrán nuestros seres amados volverse en nuestra contra. Pero el amor de Dios permanecerá, y siempre seremos hijos Suyos a través de Cristo, Señor nuestro.

“Eres hijo mío”, Dios nos susurra al oído. “Eres hijo amado”, Dios lo declara a cada instante. “¡Creador tuyo, oh Jacob!”, declara en Su Palabra. Y esta convicción del Espíritu Santo de que somos hijos de Dios en JESÚS, es asombrosa. Y declaramos: ¡papito amado, Abba Padre!

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adoctrinamiento vs. convicción

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“Porque iré a vosotros, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos. Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” 1 Corintios 4:19,20

Durante la Segunda Guerra Mundial, una de las grandes armas que el ejército nazi empleó para lograr poderío fue, no las armas por sí solas, sino el adoctrinamiento de sus soldados y de todo un país entero que vivió controlado a través de una ideología que iba mucho más allá del ámbito político. Después de esta guerra, la capacidad de manipulación que el adoctrinamiento ofreció, fue imitada por más naciones para promover sistemas de gobierno cuyo propósito era controlar a un pueblo a través de la extirpación de todo pensamiento crítico. Y el adoctrinamiento no fue algo que surgiera durante la Segunda Guerra Mundial, pero sí en esta guerra se evidenció esa capacidad que del adoctrinamiento surge.

Religiones enteras alrededor del mundo, principalmente aquellas con fines terroristas o extremistas, usan el adoctrinamiento con el fin de controlar las mentes de sus feligreses y hacer de ellos simples sujetos sin juicio propio. Aun hoy en nuestros días, grupos políticos, sociales, religiosos y de otra índole usan el adoctrinamiento como una técnica para lograr sus fines.

En el ámbito religioso específicamente, muchas personas alrededor del mundo pudieran estar viviendo un adoctrinamiento sin siquiera darse cuenta de ello. El adoctrinamiento resulta, simplemente, en la fe ciega, en una fe que se basa en lo que otros nos dicen, en una supuesta verdad no revelada a la vida de esas personas, pero sí como una vana repetición de ideas o ideologías sin mayor poder y sin mayor transformación.

Cuando las personas llegamos al conocimiento del mensaje de salvación en JESÚS, ese conocimiento puede convertirse en simple adoctrinamiento o en una verdadera convicción que viene desde el espíritu. Cuando el mensaje de salvación lo dejamos en el nivel de la mente, repitiendo esa oración del pecador como remedio para lograr salvación, tristemente estamos solo ocasionando que la gente crea una ideología “cristiana” y no un verdadero mensaje de salvación que transforma hasta lo más profundo de nosotros.

El apóstol Pablo, en su primera carta a la iglesia en Corinto, señala una realidad que estaba pasando en esa iglesia. Pablo, en el versículo 18 del capítulo 4, expresa que “algunos están envanecidos”. Esta frase expresa mucho porque Pablo sentía un peso en su espíritu al ver que algunas personas en la iglesia de Corinto estaban confiando más en su conocimiento que en el Señor, más en el adoctrinamiento que estaban sufriendo por ellos mismos que en la verdadera convicción en la Palabra y la transformación profunda que ésta provoca. Más adelante Pablo expresa: “y conoceré […] el poder de los que andan envanecidos”. Es decir, Pablo pondría a prueba qué poder tenía el conocimiento de aquellos que estaban evanecidos. Pablo concluye esta situación afirmando de lo que está formado el reino de Dios: “porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”. Es aquí donde existe la gran diferencia entre una fe basada en un adoctrinamiento, o una fe basada en una convicción.

Muchos creyentes alrededor del mundo podrán confirmar que el verdadero cristianismo es aquel que transforma tu vida por completo. Cuando JESÚS literalmente entra a tu vida y la transforma en tal medida que nunca vuelves a ser la misma persona. Una fe basada en una convicción porque has experimentado el poder del reino de JESÚS en tu vida, y no un montón de palabras que solo te adoctrinan. JESÚS vino a romper con esas cadenas que el adoctrinamiento lograba a través de las religiones y tantas ideologías y filosofías. JESÚS vino a restablecer el camino al Padre a través de Su sangre, a través de la verdad y no de ideologías, una verdad llena de poder.

Amado creyente, Dios no nos llama a tener una fe ciega. Dios no nos llama a recitar oraciones huecas sin sentido. Dios no nos llama a creer montón de ideas sin siquiera saber de qué se tratan. Dios anhela que Su pueblo desarrolle la capacidad para “examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5.21). Nuestra fe, la verdadera fe, trae como consecuencia la transformación completa de nuestra vida porque el poder del reino de JESÚS se manifiesta de maneras sobrenaturales empezando en el corazón y el espíritu de las personas.