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un corazón limpio

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“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmo 51.10

David logró conocer a Dios de una manera tan íntima y especial que, en el tiempo de mayor pecado, él no huyó de Dios, sino que se acercó a Él en arrepentimiento y con una confianza profunda que Dios escucharía su oración.

El salmo 51 es esa declaración de confianza, de arrepentimiento, de búsqueda de Dios. Es un salmo muy conocido entre la iglesia cristiana, es un salmo que ha sido la oración de muchos también.

Al leer el salmo 51 hay una parte que llamó mi atención esta semana. El versículo 10, quizá el versículo más conocido de este salmo, David le pide a Dios: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

Lo que ha llamado mi atención es que David sabía, tenía la certeza, la confianza, de que Dios podía crear en él un corazón limpio y un espíritu recto. David sabía que Dios podía hacerlo. Lo que David había descubierto eran dos cosas: que su corazón no era limpio y que Dios podía crear un corazón nuevo.

Al meditar en ello, en el caminar en la vida cristiana Dios nos permite ver la maldad de nuestro corazón. Es como si cada vez que nos acercáramos más Dios, Él mostrara a través de Su luz admirable cuánto aún nos falta para ser completamente limpios. Pero a la vez, Dios no nos deja ahí, nos revela que Él puede limpiarnos. Es por esto lo maravilloso del sacrificio de JESÚS.

David lo descubrió. David sabía que, así como Dios es un Dios justo, también Dios es un Dios misericordioso. David había alimentado constantemente una relación con Dios que le permitió descubrir cada vez más a Dios, y a través de ello saber cómo orar y clamar a Dios.

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su corazón no era perfecto con Dios

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“Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gente de las cuales el Señor había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor. […] Y cuando Salomón ya era viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con el Señor su Dios, como el corazón de su padre David.” 1 Reyes 11.1-4

 

El esplendor del reino de Israel llegó durante el tiempo de Salomón. Nunca ha habido en la historia de Israel un tiempo de tanta prosperidad e influencia mundial como lo tuvo en el tiempo de Salomón. El reino de Israel era, en términos actuales, una potencia mundial. Los pueblos buscaban acercarse y hacer negocios con Israel, ofrecían presentes e “impuestos”. Los reyes de la tierra venían para escuchar el consejo del rey más sabio que se había levantado sobre las naciones: Salomón.

De estas reinas, asombrada por lo que le habían dicho del rey Salomón, decidió constatarlo por ella misma y vino al rey y quedó aun mayormente impactada por la sabiduría, el esplendor, la grandeza del rey Salomón. La reina de Saba llego a decir: ni aun me habían contado la mitad de lo que acabo de presenciar. Ese era el reinado, ese era el rey Salomón. Un rey cuya grandeza venía a estar dada por la bendición y promesa de Dios sobre su vida.

Este reino del tiempo de Salomón se volvería siglos después en la añoranza del pueblo judío. Por muchos siglos el pueblo anhelaba, y anhelan, la llegada del Mesías quien hará que la grandeza del tiempo de Salomón vuelva pero aún con mayor esplendor.

Sin embargo, la historia específicamente de Salomón no termina del todo bien. El corazón de un rey con tanta sabiduría termina siendo desviado hacia ídolos de las naciones paganas que rodeaban y servían a Israel. ¿Cómo es que un hombre tan sabio no pudo percibir que su corazón estaba siendo desviado?

Hubo una época en la que el rey Salomón siente un hastío. El libro de Eclesiastés lo narra. Salomón descubre que todo es vanidad, que no importa que tanto pudiera ser o poseer, todo terminaría siendo vanidad. Ese libro narra como un rey había quedado hastiado del mundo sin encontrar satisfacción. ¿Por qué?

La respuesta la encontramos en 1 Reyes 11.4. Al finalizar este versículo dice: el corazón de Salomón no era perfecto… como el corazón de David. ¿Qué había en el corazón de David? De hecho, algo interesante de notar es que el rey David cometió adulterio y asesino al esposo de la mujer con quien adulteró. De Salomón no se narra algo semejante, pero se narra algo peor: un corazón que no es perfecto con Dios.

¿Cómo es un corazón perfecto con Dios? Los salmos escritos por David son una ventana a ello. David se derrama en estos salmos de una manera tan íntima, que podemos ver sus temores, sus miedos, sus anhelos, sus sueños. Si algo queda claro en los salmos es que Dios anhelaba a Dios, y buscaba ser conforme al corazón de Dios, un corazón vestido de misericordia, de justicia, de juicio. Un corazón que entendió la misericordia de Dios y Su gracia, de una manera muy especial. David tenía una relación íntima con Dios, se deleitaba en Dios, se refugiaba en Dios, se confiaba en Dios.

Es por eso que una relación diaria, constante, sincera, íntima con Dios se vuelve esencial en la vida de un creyente. No hay mayor prioridad para un hombre conforme al corazón de Dios que una relación genuina con Él.

Podremos ganar el mundo, sus riquezas, su fama, sus comodidades, pero eso no llenará de plenitud nuestra alma ni nuestro espíritu. ¿En dónde encontramos nuestro deleite? ¿En dónde encontramos nuestra plenitud?

¿quién extenderá su mano contra el ungido del Señor?

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“Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tus manos; ahora, pues, déjame que lo hiera con la lanza: lo clavaré en tierra de un golpe, y no le hará falta un segundo golpe. David respondió a Abisai: No lo mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido del Señor?  Dijo además David: ¡Vive el Señor!, que si el Señor no lo hiriera (sea que le llegue su día y muera, o descienda a la batalla y perezca), guárdeme el Señor de extender mi mano contra el ungido del Señor. Pero ahora toma la lanza que está a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos.” 1 Samuel 26.8-11

“Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear? Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.” Hechos 23.3-5

 

Durante este más de un año que he enfrentado este proceso en mi iglesia local debido a mi sexualidad, un tema que siempre ha estado presente es el de cómo honrar a mis autoridades aun cuando nuestras perspectivas y entendimiento de la Biblia respecto a la orientación sexual y la identidad de género es diferente y, aún más, opuestas. Creo profundamente que Dios respalda a nuestras autoridades no sólo en la iglesia sino en nuestra sociedad, en nuestra familia, en nuestro trabajo. Y es deber nuestro obedecerles en la medida en que sus ordenanzas no contradigan la Palabra de Dios sin dejar en ningún momento de honrarles.

Por varios años antes de hablar con mi pastor y mi líder de alabanza sobre mi sexualidad, continuamente le preguntaba a Dios si es que estaba honrado a mis autoridades ya que yo quería ser honesto con ellos, pero sentía Dios me decía no era aún tiempo. Y pude ver la mano de Dios de una manera sorprendente en todos estos años y, aun más, durante este proceso que estoy viviendo.

Mientras meditaba en si estaba honrado a mis autoridades, Dios traía a mi mente dos personajes de la Biblia que enfrentaron situaciones muy fuertes ante sus autoridades: David y Pablo.

David fue llamado a ser rey cuando aún había rey en Israel. David entendía perfectamente que la voluntad de Dios era establecerlo a él como rey reemplazando a Saúl, pero algo sumamente importante y hermoso del corazón de David es que entendió que no sería en fuerzas humanas, sino en los tiempos de Dios. Aún más, David entendía completamente que Saúl era y que había sido establecido por Dios, aun cuando Dios ya había dispuesto entregar el trono a David, pero David sabía que Dios sería el que confirmaría su reino. Por su parte, Saúl emprendió una lucha terrible en contra de David, buscó matarle. Pero Dios guardó la vida de David y, sorprendentemente, David tuvo oportunidades de matar a Saúl, pero David entendía que Saúl era el ungido de Dios, y que no alzaría su mano en contra de él. David tenía un corazón tremendamente humilde para entender la autoridad de Dios sobre Saúl aun cuando éste intentó matarle.

En el caso de Pablo, su historia es sumamente contrastante. Al principio, Pablo es narrado en la Biblia como un enemigo de Dios (aun a pesar de que Pablo creía que estaba haciendo la “voluntad” de Dios al matar cristianos). Pero después de su encuentro con JESÚS su vida cambia tan drásticamente, que se convierte en uno de los mayores misioneros en el mundo antiguo. En un momento en que Pablo estaba encarcelado, es llevado al concilio y Pablo no pierde oportunidad para intentar predicar de Cristo ante ellos. Lo único que logra es que el sumo sacerdote lo mande a golpear mientras hablaba y Pablo, sin saber que era el sumo sacerdote, le dice: pared blanqueada, Dios te golpee a ti. Cuando los hombres ahí le hacen ver a Pablo que con quien hablaba era el sumo sacerdote, Pablo humildemente pide perdón por sus palabras y reconoce la autoridad que Dios había puesto sobre el sumo sacerdote aún a pesar de que éste estaba obrando en contra de Pablo y la obra de Dios a través de la iglesia primitiva.

Lo que Dios me permitía aprender a través de la vida de David y Pablo es que las autoridades que Dios ha establecido cumplen un propósito que viene de Él aun cuando parece que estas autoridades pueden estar obrando en contra de la voluntad de Dios. Y si así fuere, nuestro deber es honrarles. Y honrarles tiene mucho que ver con reconocer en ellos la unción (la confirmación) de Dios como autoridades y debemos respetarles. Más honrarles no es obedecerles ciegamente y más cuando es claro que su actuar y ordenanzas son contrarias a la Palabra de Dios. Algo que he podido aprender es que nuestras autoridades también son humanos, con luchas, con virtudes, con oportunidades.

Pero, ¿Qué hacer cuando vemos que nuestras autoridades no obedecen la Palabra de Dios? ¿Qué hacer cuando Dios nos llama a hablar ante nuestras autoridades y existen fuertes probabilidades de que seremos rechazados, vetados y aun apartados de nuestra iglesia local?

En mi caso, ese tema fue sobre mi sexualidad y cómo Dios me permitió reconciliar mi fe y mi sexualidad a través de Su Palabra, y de cómo como iglesia hemos respondido en contra de las personas LGBT de una manera sumamente hostil.

Cuando enfrentamos esos dilemas con nuestras autoridades, lo que he podido aprender es que necesitamos buscar en oración la guía de Dios, esperando en Sus tiempos y no en los nuestros. Lo segundo es buscar en todo momento respetar a nuestras autoridades, teniendo siempre presente que ellas han sido establecidas por Dios para un propósito Suyo. Y lo tercero es, con una profunda reverencia, amor y un limpio corazón (motivaciones verdaderamente honestas y que vienen de Dios), el plantear a nuestras autoridades ese mensaje que Dios nos ha confirmado.

En este tiempo en el que vivimos, nuestras autoridades en todo ámbito (político, familiar, religioso, etc.) están siendo atacadas y cuestionadas, al grado que su actuar puede estar contradiciendo fuertemente la Palabra de Dios y la obra del Espíritu. Un problema aún mayor es cuando vemos a nuestras autoridades como enemigos a vencer y no como personas a quienes restaurar y honrar a través de la guía del Espíritu.

Dios guíe a Sus hijos a honrar a nuestras autoridades siendo siempre guiados por el Espíritu de Dios que habita en nosotros.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

por amor a David Mi siervo

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“Pero no quitaré nada del reino [de Salomón] de sus manos, sino que lo retendré por rey todos los días de su vida, por amor a David mi siervo, al cual Yo elegí, y quien guardó mis mandamientos y mis estatutos.” 1 Reyes 11.34

¿Puedes imaginar que eres bendecido por las promesas que Dios dio a tus antepasados? ¿Que las bendiciones que hoy vivimos pueden ser el resultado de un corazón rendido de tus padres, tus abuelos, o aún generaciones anteriores? El reino de Judá fue un claro ejemplo de ello.

Cuando el reino de Israel es dividido en dos debido a las malas decisiones del rey Roboam que son consecuencia de la idolatría que Salomón propició, Dios mantiene una parte del reino en manos de las generaciones que sucedieron a David (incluido Roboam) por una razón poderosa: por amor a David. Dios había dado una promesa a David la cual cumpliría, y esta promesa era un reino eterno de donde JESÚS hecho hombre nacería para ser el Rey inquebrantable por la eternidad.

Generaciones después de Roboam vinieron pero la maldad se multiplicaba tanto en el reino de Judá como en el reino de Israel, naciones que se pervertían debido a lo alejado que estaba su corazón de Dios. Hubo reyes temerosos de Dios que borraron por completo la idolatría y las terribles obras en la nación de Judá, pero una vez muertos estos reyes, la nación volvía a la terrible suciedad y esclavitud. Sin embargo había una promesa ahí dada siglos atrás a un hombre (David) cuyo corazón había estado alineado al de Dios. El amor de Dios por David era especial, tan especial que en varias ocasiones en los libros de Reyes y Crónicas, este amor queda declarado.

¿Qué promesas hoy te ha dado Dios que alcanzarán a las generaciones que vienen después de ti? ¿Qué bendiciones hoy vives que han sido gracias a las promesas que Dios declaró a tus antepasados y que por Su fidelidad hoy esas promesas nos han alcanzado? Somos herederos de preciosas y grandísimas promesas.

Hoy agradezco mucho a Dios por la vida de mis abuelos que a través de ellos, Dios trajo el mensaje de salvación en Cristo a mi vida y a la vida de mi familia. Puedo confirmar con gran gratitud cuán fiel Dios ha sido hacia con ellos, con mis padres, mis hermanos y mis sobrinos. Y así como yo he sido partícipe de esas promesas, también anhelo que Dios traiga salvación y Su reino a la vida de las generaciones que vendrán después de mí.

¿Quieres ser un hombre o mujer como David cuya vida impactó generaciones enteras por la eternidad? El versículo de 1 Reyes 11.34 comparte el secreto de David: guardó mis mandamientos y mis estatutos.

Dios nos dé de Su gracia cada día para guardar Sus mandamientos y estatutos. Que Su iglesia sea un pueblo esforzado y valiente en vivir conforme a Su Palabra cada día de nuestras vidas.

la gloria debida a Su Nombre

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“Tributad al Señor, oh hijos de los poderosos, dad al Señor la gloria y el poder. Dad al Señor la gloria debida a Su Nombre; adorad al Señor en la hermosura de Su santidad.” Salmos 29.1,2

Para todo hijo de Dios el libro de Salmos es un deleite muy especial. Cada salmo es una declaración hermosa de quién es Dios, son consuelo en tiempo de pruebas, son verdad en tiempo de decisión, son vida en tiempo de hambre espiritual. No es que los salmos sean superiores a los demás libros de la Biblia, pero sí que los salmos son poesía dedicada al Rey Justo a quien servimos y a través de los cuales nos deleitamos de una forma especial.

Y uno de los autores principales de gran parte de los salmos es David, aquel rey y pastor cercano a Dios. Cada vez que tengo oportunidad de leer alguno de los salmos escritos por David, a mi mente viene esta pregunta: ¿qué estaba viviendo David que lo llevó a escribir cada palabra de tal forma que él encontraba un alivio especial al derramarse a Dios en salmos? David entendía profundamente la grandeza de Dios que aun en tiempos difíciles, buscó refugio en Él. ¿Has intentado escribir un salmo, algún poema, a Dios? David lo intentó en todo momento: en paz, en guerra, en persecución, en celebración, en la quietud, en la algarabía, en el quebrantamiento por el pecado revelado. David no perdía oportunidad en su vida para ver a Dios en cada situación específica y buscaba conocerle con un corazón humillado.

Eso es dar la gloria debida a Su Nombre, reconociendo que en todo momento Dios es. Imagina tu vida rendida tan profundamente que comprendes en todo momento a Dios, dando a Él todo reconocimiento por saberle Dios Santo, Justo, misericordioso, bueno, cercano, poderoso, eterno, real, y mucho más.

¿Qué aspecto de Dios has conocido esta semana? ¿El Dios proveedor? ¿El Dios que te guarda? ¿El Dios poderoso? ¿El Dios soberano? ¿El Dios que no puede negarse a sí mismo? Hoy quiero invitarte a que eso que has aprendido de Él lo expreses en un salmo, un poema. No necesitamos ser escritores profesionales para decirle a Dios con un poema lo que nuestra alma y espíritu han conocido de Él. Esos poemas en algún tiempo más serán un recordatorio de Él, serán un reconocimiento que da la gloria debida a Su Nombre.

pastor y rey

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“Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu del Señor vino sobre David.” 1 Samuel 16.13

Una de las historias de la Biblia que me encanta leer es la historia de David, un joven pastor que fue llamado por Dios para reinar sobre Israel y volver a la nación del caos al orden, de la idolatría al conocimiento de Dios, de la maldad a un tiempo nuevo de profunda revelación. Un hombre conforme al corazón de Dios, un hombre que estaba convencido del Gran Dios al cual servía y adoraba.

Después de tiempos de terrible oscuridad espiritual en Israel, Dios unge, a través del profeta Samuel, a este joven pastor como futuro rey de Israel. David, el menor de sus hermanos y aun menospreciado por ellos, es tomado por Dios para reemplazar al caído rey Saúl que había buscado hacer las cosas a su manera y no conforme Dios esperaba y ordenaba. David el joven pastor que llegaría a ser rey y traería consigo tiempos de gran victoria no solo militar sino espiritual sobre la nación entera.

La vida de David no sólo queda narrada en los libros de Samuel, sino a través de gran parte de los salmos. El corazón de David expresado de una manera tan íntima en cada salmo refleja cómo Dios puede convertir a un hombre menospreciado en un hombre conforme a Su corazón y usarlo para rescatar la vida entera de una nación. David llegaría a convertirse en una representación profética de nuestro Gran Rey JESÚS.

¿Qué había en este joven pastor que no había ni siquiera en el ya rey de Israel Saúl? ¿Qué hizo que Dios fijará Sus ojos en David para reinar sobre Su pueblo? En David había una convicción tan profunda de Dios, de Su deidad, de Su carácter, de Su poder, que su vida quedó cautiva por completo por Dios. David tenía una seguridad tan fuerte en Dios que ni aun un gigante que atemorizaba al ejército de Israel pudo detenerlo. David había cultivado por años una relación tan íntima con Dios que estaba convencido quién es Dios, que aun en el pecado, David supo humillarse y clamar por perdón.

Cuando llegamos a entender el corazón de David comprendemos en que Dios se deleita: en una relación íntima con cada creyente. Como diría el pastor Todd Adkins: “la religión es un pobre sustituto para una auténtica relación con Dios. Escojamos intimidad sobre conocimiento, conocer a Dios, no sólo acerca de Dios.”

una pequeña mentira

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“No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.” Mateo 15.11

Los grandes hombres de la fe eran humanos también. Basta con leer la Biblia para comprender cuán humanos eran cada uno de ellos. Hombres como Abraham, el padre de la fe, que por una “pequeña” mentira de decir que su esposa era su hermana al rey Abimelec, provocó que su reino fuera manchado por el pecado (Génesis 20.9), y aun con esterilidad en la casa de Abimelec (Génesis 20.18). Hombres como David, el gran rey de Israel, que por perversas intenciones cometió adulterio y mandó a que uno de sus siervos fuera puesto al frente de batalla para ser asesinado (2 Samuel 11.15). Hombres y mujeres que Dios, en su tremenda misericordia, usó aun en sus imperfecciones.

Dios confrontó el pecado de ellos, pero las consecuencias de ese pecado siguieron no sólo por poco tiempo, sino por varias generaciones. Una pequeña mentira que terminó en convertirse en un gran lastre para toda una familia generación tras generación.

En semanas recientes, Dios me ha confrontado sobre un hábito que pudiera parecer normal: las pequeñas mentiras. A veces, con la intención de no quedar mal, uno pudiera decir: sí iré, o sí te llamaré, aun sabiendo que no lo haríamos. O cuando alguien pide dinero, uno responde sin pensar: no traigo, aun cuando si traemos dinero con nosotros. Esas pequeñas mentiras que a veces disfrazamos de excusas con tal de no quedar mal, o de no enfrentar las consecuencias de una verdad. Esas pequeñas mentiras que ya pudieran parecer tan triviales.

Abraham, en su mentira con el rey Abimelec, pudo haberse justificado diciendo que quería proteger su vida y la de su esposa, sin embargo perdió de vista que su protección venía de Dios. David aun intentó arreglar las cosas buscando que el esposo de Betsabé, Urías, se llegara a ella con tal de esconder el embarazo ocasionado por el adulterio con David. Hombres buscando arreglar las cosas a nuestra manera.

El problema de las mentiras es que no sólo lastiman a las demás personas, sino que una pequeña mentira pudiera ser razón para que nuestros hijos y familiares sean manchados por ella. Una mentira, por pequeña que sea, que llega a generaciones siguientes.

Romper un mal hábito, como mentir, requiere de la ayuda de Dios. Requiere que Dios llegué hasta la raíz de ese pecado y la extraiga por completo, porque sólo así podremos ser libres.

Dios limpie cada día nuestra vida de todo “pequeño” mal hábito, que sin duda son pecados que seguimos cargando.

el pecado que no confesamos

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“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso, y Su Palabra no está en nosotros.” 1 Juan 1:8-10

 

Dos ocasiones recuerdo ahora en que dos profetas (Natán y Gad) vienen al rey David y lo confrontan acerca de su pecado. La primera ocasión, a través de una pequeña historia, Natán expone el pecado de adulterio y asesinato que el rey David había cometido (2 Samuel 12); en la segunda ocasión, después de que David con peso en su corazón reconoce su pecado delante de Dios, el profeta Gad se acerca a David para decirle de las consecuencias de su pecado (2 Samuel 24). Algo que sin duda sirvió grandemente a David respecto a su pecado es el de tener a hombres de Dios cerca que le hicieran reconocer sus faltas.

Hoy en día, todo verdadero hijo de Dios sabe que en nuestra vida, aún cuando ya hemos recibido salvación, seguimos cometiendo pecados. Sin embargo, esto no nos lleva a un estado de vivir en pecado deliberadamente, sino a una constante humillación delante de Dios para implorar Su perdón a través de la sangre de JESÚS. Dios permite esta situación por un tremendo propósito: vivir sujetos de Su gracia eternamente, porque fuera de ella todo se vuelve a simples motivaciones e intentos humanos.

Además, algo que el pastor de la iglesia nos ha mencionado es que necesitamos estar constantemente rindiendo cuentas a otros hombres de Dios acerca de nuestra vida: cada detalle de ella para que sea identificado todo pecado que aún no ha sido confesado, o que sean identificadas aquellas cosas que pudieran hacernos pecar en un futuro. Esto fue de gran bendición para David, ya que a pesar de que las consecuencias de sus acciones fueron terribles aún para todo el pueblo, esto le permitió vivir con un corazón humillado delante de Dios y evitar, así, que su vida pereciera.

Dios nos provee de hombres y mujeres Suyos a los cuales nosotros podemos estar exponiendo nuestra vida delante de ellos. Hombres y mujeres como los hermanos en la fe en quienes podemos apoyarnos para orar, para confesar nuestras debilidades y luchas para que oren por nosotros, para poder pedir consejo, para que Dios les use para que revele aquel pecado que aún no hemos confesado a Dios. Estos hermanos y hermanas en la fe son nuestros confidentes, personas en la que nuestra vida está abierta para ser analizada y recibir exhortación y consejo.

Por supuesto que nuestra principal y más importante relación es con Dios, y que a través de esta relación Dios a través de Su Espíritu nos revela muchas cosas. Pero de igual forma, Dios usa a hombres, como sucedió con el rey David, para que aquel pecado que no hemos confesado, pueda ser descubierto y esto nos lleve a humillarnos delante de Dios para recibir Su perdón.

Pide a Dios este día para que permita que hombres Suyos, verdaderos hermanos en la fe, puedan llegar a tu vida para ser esos confidentes en los que tú puedas abrir toda intención de tu corazón, toda motivación en tu alma, toda área de vida, y que a través de ellos, Dios les use para revelarte todo pecado que no has confesado, y también para recibir apoyo para crecer cada día más y vencer pecados que por años te han mantenido atado.

dependencia total

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“Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el Nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado” 1 Samuel 17.45

 

Un joven pastor estaba frente a un gigante que era temido por todo el pueblo de Israel, incluido los grandes integrantes del ejército israelí y el rey mismo. Este joven pastor movido por su gran fe y amor a Dios se presentó delante de este gigante y declaró aquellas palabras que no intimidarían al gigante pero que sin duda declaraban una gran verdad: Dios es por nosotros.

Si algo impacta de la vida de David es su profunda dependencia a Dios. Lo leemos en cada salmo escrito por él, lo leemos en los libros del profeta Samuel. Un joven pastor llamado a dirigir una nación y lograr grandes victorias para el pueblo escogido por Dios. Un rey que conocía el corazón de Dios. Un hombre cuya vida, aún en su pecado y debilidad, buscó de Dios en profunda humildad y entrega. Una dependencia de David hacia Dios como pocas podemos leer y aprender en la Biblia.

La dependencia que Dios busca de nosotros es una dependencia total. No es una dependencia sólo cuando necesitamos alimento o dinero, o cuando nos encontramos en problemas, o en tiempos de enfermedad. Dios busca una completa rendición de nuestra vida a Él, porque cuando nuestra vida está rendida enteramente a Él, entonces Él puede gloriarse de maneras sobrenaturales y extraordinarias.

Necesitamos rendir nuestros sueños, nuestros anhelos, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros logros, nuestras capacidades, nuestros dones, nuestro conocimiento, todo totalmente a Él. No podemos quedarnos con nada, necesitamos ceder el control a Dios de cada área de nuestra vida, porque todo necesita ser cambiado para después ser transformado y perfeccionado.

Cada día necesita ser rendido a Dios. Cada proyecto necesita ser presentado y rendido a Dios. Cada decisión necesita ser evaluada y rendida a Dios. Porque nuestra vida le pertenece completamente a Él, y estando en Él estamos en las mejores manos, aún muchísimo mejores que las nuestras.

No tardes en rendir cada área de tu vida a Jesús. No tardes en clamar a Dios por una dependencia total a Él. Porque cada día que pase sin que Él tenga el control, es un día en el que nos perderemos de ver Su gloria en nuestra vida.

Una dependencia total a Dios implica que Él es muchísimo más necesario e importante en nuestra vida que cualquier persona y que cualquier cosa, incluso más que el respirar.

Que Dios lleve a cada uno de Sus hijos, a Su iglesia, a la completa sumisión y rendición a Él. Esa es mi oración por ti hoy.