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en el año de sequía no se fatigará

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“Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.” Jeremías 17.7,8

 

No hay esperanza muerta cuando la esperanza es puesta en el Señor. Podrá ser la noche más oscura o el desierto más profundo que pueda un hombre o mujer atravesar, pero si la confianza está en Dios, será por cierto que no seremos avergonzados.

Nuestra confianza es el Señor que hizo los cielos y la tierra, quien formó todo con el poder de Su palabra. A quien el Universo entero obedece y no hay nada que se escape de Su voluntad y de Su poder. Nuestro Dios es Dios poderoso, temible, quien no se goza de la injusticia más haya deleite en la verdad. ¿Cuándo volveremos a Él? ¿Cuándo miraremos Su rostro aun cuando todo languidece?

El hombre que confía en Dios, afirma el Salmo 1 y el profeta Jeremías lo reitera, será como un árbol, un árbol plantado junto a aguas, fuentes de agua viva. Dará fruto a su tiempo aún en tiempo de sequía. Aún en tiempo de sequía.

Mientras se escuchaba la alabanza en la iglesia, una mujer leía ese pasaje de Jeremías, y en mi mente se quedó grabado: aún en el año de sequía ni se fatigará ni dejará de dar fruto. Así son los hijos de Dios que confían en Él.

Recordé también que el Salmo 1 había sido dado como una promesa de Dios a mi vida a través de mi mejor amiga hace un año. No podía quizá comprender esa promesa en toda su magnitud hasta que los tiempos de sequía llegaron. He podido confirmar que el Espíritu de Dios guiará a Sus escogidos en medio de ese tiempo, y habrá fruto.

Bendito aquel hombre y mujer cuya confianza es el Señor.

toda autoridad me es dada

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“Y JESÚS se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” Mateo 28.18-20

 

Después de ser abierto respecto mi sexualidad, mi testimonio como cristiano ha sido afectado. Por el más de año y medio que ha durado este proceso, este testimonio ha sido “manchado” por esa realidad que implica mi sexualidad. En palabras sencillas, dentro de la cultura en la que vivimos, el ser gay me hace “no cristiano” o, para algunas opiniones un tanto más favorables, me hacen un cristiano en pecado.

Me he sentido, si puedo ser sincero, como ser parte de una minoría dentro de una minoría. Dentro de la minoría que es el cristianismo en México, soy de esa minoría que significa es gay. Dentro de la minoría que es la comunidad gay, soy de esa minoría que significa ser cristiano. Una contradicción, un anatema, un oxímoron (usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión).

Debo confesar que lo único que me ha mantenido es Dios. No hay otra explicación. No hay otra razón.

El testimonio de un cristiano trae consigo cierta autoridad. Cuando un cristiano guarda su vida en integridad, esta persona adquiere en sí una autoridad moral para poder ayudar o testificar a otros. Cuando un cristiano camina por determinadas pruebas y confirma como la ayuda y fidelidad de Dios fue evidente, eso da cierta autoridad para hablar delante de los hombres. Es decir, nos volvemos testigos vivos de nuestra fe. Por el contrario, un testimonio “manchado” trae por consecuencia una falta de credibilidad, una disminución o falta de autoridad moral.

En una ocasión cuando mi ánimo no estaba del todo bien y veía como mi testimonio era percibido como que venía a menos, Dios ponía una verdad muy fuerte: la autoridad de Cristo. Podrás perder toda autoridad moral delante de los hombres, pero en ese momento la autoridad de Cristo será evidente en tu vida.

No me refiero a que nuestro testimonio sea realmente menguado por negligencia propia, sino a un testimonio que es “manchando” cuando a través de la obediencia a Dios y Su Palabra basados en el amor a Él, nos lleva a ser vistos como extraños, como ajenos.

Sé que, para algunos, el ser gay y cristiano sigue siendo una imposibilidad, y se podrá argumentar que realmente no estoy tomando la Palabra de Dios en serio. Sin embargo, algo que he podido aprender en este tiempo es el negarnos a tal punto a nosotros mismos, que dejemos que el único testimonio que brille sea la autoridad de Cristo en nuestra vida. Es verdaderamente la vida (el fruto) de Cristo, de Su Espíritu, fluyendo a través de nosotros. Esto es innegable, esto es más poderoso que lo que podamos decir o hacer.

Cuando JESÚS envía a sus discípulos a todo el mundo a predicar Su Evangelio, son enviados en Su autoridad. Y la forma en que podemos entender Su autoridad en nosotros es vernos como extensión de Su reino en la tierra, sabiendo que la obra que Él ha iniciado, está haciendo y completará en nosotros será la evidencia más palpable de Su autoridad, porque aun sin hablar estaremos predicando Su Verdad y Su Evangelio.

pueblo para Su Nombre

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“Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para Su Nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado Mi Nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos”. Hechos 15.13-18

 

El anhelo de Dios de tener un pueblo para sí es uno de los grandes mensajes en toda la Biblia. Dios escogiendo lo desechado del mundo para tomarlo como su preciado tesoro, su deleite.

Cuando Dios extiende este anhelo Suyo hacia los gentiles (aquellos que estaban fuera del pacto de Abraham) a través de la iglesia primitiva, esto causa una revolución y conflictos no pequeños entre los creyentes de ese tiempo, a tal grado que entre los apóstoles (hombres que caminaron con JESÚS), hubo diferencias muy fuertes. Uno de esos conflictos complicados fue la circuncisión: ¿deberían los gentiles que creían en JESÚS ser circuncidados como los judíos para ser salvos?

La respuesta para nuestro tiempo como cristianos puede parecer simple: la salvación es por fe no por obras, por gracia no por la ley. Sin embargo, si nos adentramos un poco al contexto de la iglesia primitiva veremos que era realmente un tema bastante complejo. Era complejo porque: ¿qué cosas de la ley judía debían permanecer como lineamientos para la iglesia y cuáles deberían ser desechados?

Pablo, un hombre llamado a predicar a los gentiles, cubre en sus cartas de una manera que solo el Espíritu podía inspirar, aspectos de la fe y la gracia que nunca antes se habían profundizado con tanto detalle. Pablo afirma que los creyentes debemos vivir por el Espíritu, trayendo a evidencia el fruto del Espíritu, y no vivir por la carne, haciendo morir toda obra de la carne (Gálatas 5.16-26).

Cuando tenemos oportunidad de leer la obra maravillosa del Espíritu a través de la iglesia primitiva narrada en el libro de Hechos, es sorprendente ver cómo Dios a través de Su Espíritu llega a confrontar tantas cosas que parecían tan firmes en la tradición judía, y lleva a la iglesia a un nivel tan sublime que solo a través de Su Espíritu sería posible no solo entenderles sino vivirles, porque el Espíritu no solo confronta nuestras obras sino también nuestras motivaciones, lo que hay en nuestro corazón.

Es por eso que al leer el Nuevo Testamento, la obra de JESÚS en la cruz se vuelve muchísimo muy preciada, porque nos revela nuestra incapacidad en lo humano de vivir alineados a Dios pero a la vez nos revela el poder en Su Espíritu de vivir como el pueblo para Su Nombre, sabiendo que Su Espíritu es quien nos llevará a vivir en una perspectiva que este mundo no conoce, una perspectiva eterna.

Dios guíe a Su iglesia a vivir en el Espíritu para que podamos reflejar a JESÚS realmente.

el espíritu a la verdad está dispuesto

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“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” Mateo 26.41

En uno de los momentos más desafiantes de JESÚS en la tierra, Sus discípulos más cercanos son llamados a velar junto con Él, pero ellos fueron vencidos por el sueño. En pocas ocasiones en los evangelios se describe a JESÚS como que estaba “muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26.38), en esta ocasión, justo unas horas antes de ser entregado, Él atravesaba la prueba más grande: no negar el propósito al que fue llamado por Dios aún cuando esto significaba la muerte.

Los discípulos, por su parte, aún sin entender lo que realmente estaba sucediendo en el plano espiritual, no lograron percibir el gran dolor por el cual atravesaba JESÚS. Imagina que estás cerca de un ser muy querido quien atraviesa una prueba tremenda y te pide que estés cerca de él durante ese tiempo, pero tú eres vencido por el sueño. Aunque en términos muy sencillos y quizá no comparables, así era lo que sucedía con los discípulos en este tiempo.

Este pasaje nos enseña una gran lección: en tiempo de gran prueba, debemos estar velando y orando para que la tentación no nos venza. Y es en estos tiempos donde aquello de lo que hemos alimentado nuestra vida, mostrará sus fruto. Si por largo tiempo hemos alimentado los deseos de la carne, no será de sorpresa que los frutos sean frutos de la carne; pero por si lo contrario hemos alimentado el espíritu, por consecuencia habrá fruto del Espíritu.

Puedo recordar un par de ocasiones de gran prueba en los últimos meses. Tiempos en los que en ocasiones no lograba entender dónde terminaría todo, pero algo era cierto: ¡Dios es fiel! En esos tiempos lo que más me golpeó fue que mi corazón estaba tan plagado de cosas que no eran de Dios, sino de cosas de las cuales yo había alimentado mi vida: enojo, ira, y demás cosas que no había percibido estaban ahí. Pero estos tiempos de prueba revelaron cosas, cosas muy terribles.

Si en algo ayudan los tiempos de prueba, es en revelarnos de qué estamos llenando nuestra vida.

Como hijos de Dios, hay una labor de la cual no podemos desprendernos ni un solo instante: velar y orar. Velar porque el mundo en que nos movemos es un mundo caído que necesita Su luz. Orar porque en la oración podremos comprender cuál es la voluntad de Dios.

Dios guíe en victoria a cada hijo Suyo en tiempos de gran prueba.

no volverá vacía

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“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será Mi Palabra que sale de Mi boca; no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” Isaías 55:10,11

 

Uno de los deleites de todo hijo de Dios es Su Palabra. Deleitarse en Su Palabra es un gran privilegio y honor que solo aquellos llamados a luz pueden recibir. Mientras que para muchos la Biblia no es más que un libro histórico, o poético, o místico, o supersticioso, o que no tiene ya valor para nuestro tiempo, para los hijos de Dios es el alimento que mantiene su espíritu con vida. Sin embargo, todo hijo de Dios necesita cuidar con una profunda diligencia el no entender e interpretar la Palabra de Dios bajo su humana capacidad, sino bajo la guía del Espíritu de Dios.

Pero ¿por qué la Palabra de Dios tiene tanto valor para Sus hijos? Porque Su Palabra es viva, tiene poder. Para entender esto hay que experimentarlo, hay que vivirlo.

Dios habló a través del profeta Isaías algo que es sorprendente acerca de la Palabra de Dios:

1. Su Palabra desciende hacia nosotros para regar la tierra (nuestra vida). Nuestra vida continuamente necesita estar siendo refrescada por Su Palabra para no morir en la sequedad de las filosofías e ideas de este mundo.

2. Su Palabra germina y produce en nuestra vida semilla y pan. Su Palabra no solo nos refresca sino que produce fruto en nuestra vida.

3. La Palabra de Dios tiene un propósito que nadie, absolutamente nadie, puede detener. Cuando Jesús anduvo en este planeta todo absolutamente todo obedecía a Su voz: las tormentas le obedecían, enfermedades eran sanadas, demonios eran echados fuera, la muerte no podía detenerle. Su Palabra tiene poder, y cada Palabra pronunciada por Dios tiene un propósito que trasciende a lo eterno porque nunca volverá a Dios vacía, produce frutos que son dignos al Padre.

 

El meditar en la Palabra de Dios no debe ser un hábito religioso más de nuestra vida, debe ser una parte primordial en cada uno de nuestros días porque a través de la meditación y del insertar Su Palabra en nuestra vida es que podremos discernir entre lo que son filosofías del mundo o verdades de Dios, aun aquellas mentiras sutiles disfrazadas de enseñanzas “cristianas” serán descubiertas como falsas cuando en nuestra vida la Palabra de Dios esté siendo insertada. Si recibes una promesa podrás evaluar y discernir si viene de Dios porque conoces Su voz y Su Palabra. Y lo más importante es que la Palabra de Dios insertada en tu vida tiene propósitos muy especiales que nadie puede evitar, ni siquiera Satanás.

No te pierdas de la tremenda bendición de meditar en la Palabra de Dios. Pide a Dios un anhelo por Su Palabra y que tu vida pueda deleitarse en cada letra de ella.

Dios mira el corazón

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“porque Dios no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón” 1 Samuel 16.7

Después de la clase dominical con los chicos de 11 y 12 años, Dios trajo a mi mente el tema que compartíamos con ellos: “No se requiere status”. A través de una plática con Dios, pude entender que muchos jóvenes vivimos en la búsqueda de ser aceptados y reconocidos por la sociedad a través de nuestro status social, económico o intelectual. Dónde vivimos, la ropa que usamos, dónde estudio, los amigos que tengo, la música que escucho, quiénes son mis padres, los accesorios que uso, el automóvil que puedo tener, los lugares que frecuento… y podemos listar una cantidad tremenda de cosas que los demás demandan de nosotros para ser “bien vistos” y “aceptados”.

Pero ¿eso realmente es importante a los ojos de Dios? ¿Acaso Dios nos ama en medida de las cosas que podemos lograr o hacer, o por los dones o habilidades que puedo tener? ¿A caso los hombres más famosos, más ricos, los más inteligentes, aquellos que tienen dones que la mayoría no tiene son más valorados por Dios? Y la respuesta está en su Palabra. Indudablemente Dios no es como los hombres, pues mientras los hombres miran la apariencia externa, Dios mira nuestro corazón.

¿Qué ve Dios hoy en tu corazón? ¿Pasión por Él? ¿Un deseo ardiente por hacer Su voluntad? ¿Hay en ti amor, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, domino propio? Ó ¿en tu corazón Él ve orgullo, rivalidades, vanidades?

Cualquiera que sea lo que hay en nuestro corazón, Dios está ahí para limpiarnos de todo deseo incorrecto a quien se lo pide con un corazón arrepentido y Él está ahí para guiarnos con su Espíritu a la verdad en Jesús.