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se les llamó cristianos

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“Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.” Hechos 11.25,26

 

El término “cristiano” es tan popular en nuestros tiempos que podemos perder de vista como es que este término surgió para referirse a los discípulos del Señor JESÚS. La primera referencia de este término en la Biblia la encontramos en libro de Hechos y, según algunos estudios, sugieren que el término fue creado por los no creyentes de Antioquía para hacer burla o mofa de los discípulos, como una forma de insulto o humillación. Algunas otras personas sostienen que el término fue creado por los creyentes para referirse a sí mismos.

Sea cual fuere el surgimiento del término, el uso de él para referirse a algunas personas en la iglesia primitiva resultaba ser peligroso y, para algunos, podría ser causa de persecución. Hoy en nuestros días, el uso del término en lugares donde la población cristiana es minoría, también resulta en una persecución.

¿Por qué es importante tener presente el origen y las implicaciones del término “cristiano”? Hay una historia personal con la que puedo asociarme mucho y que puede ayudar a entender el impacto de entender el origen y sus implicaciones. Cuando una persona se refiere a otra con un término de burla u ofensa, este término puede resultar en una carga emocional y espiritual para la otra persona. Por ejemplo, el término “gay” sigue siendo usado para insultar a otros, de hecho, una gran parte de los hombres se pueden sentir ofendidos si ese término se usa con ellos.  Otro término, que ahora es considerado discriminatorio, es el que se usaba para referirse a las personas afroamericanas en la década de los 60s y anteriores: “negro”.

Imagina ahora, la iglesia primitiva, que para ser humillada se usaba el término “cristiano”. Al pasar de los años, esos términos se vuelven una identidad de grupo. Hoy el ser llamado cristianos no resulta en una ofensa, sino en una identidad. El término gay, por ejemplo, es un término que es usado para identificar a un grupo de personas cuya orientación sexual es hacia el mismo sexo. Ser gay, en lo personal, no resulta más en una ofensa sino en algo que describe una parte de nosotros, una parte de nuestra identidad. Ese término describe una parte de nosotros.

Cuando el resto de las personas crean términos para “diferenciar” a otros y colocarlos en un nivel de inferioridad y humillación, eso resulta en algo que puede ser una carga emocional y espiritual para ese grupo al que se humilla. Sin embargo, si ese grupo al que se humilla toma ese término y lo toma como parte de su identidad, entonces ese término resulta en algo poderoso.

El ser cristiano describía a aquellas personas que habían rendido su vida a Cristo y estaban por tanto viviendo una vida que claramente reflejaba que ellos eran discípulos, una vida diferente. Si bien eso era causa de oprobio, también era una motivación.

Como humanos siempre buscamos diferenciar y, al trata de diferenciar, sentirnos superiores a otros: americanos y latinos, heterosexual y gay, hombre y mujer, rubio y moreno, alto y chaparro, flaco y gordo, y la lista puede seguir. El problema radica cuando cualquiera de esos grupos usa su identidad para menospreciar y humillar a otros. Puede pasar, y está pasando, con los cristianos. Cristianos que siendo mayoría y sintiendo una “superioridad” moral, usan ese “estatus” para menospreciar a otros.

No olvidemos que un día, nuestros antepasados fueron humillados también con el simple hecho de ser llamados cristianos. Recordemos que ese término fue un tiempo usado para humillar, pero que ahora para nosotros representa una parte de nuestra identidad. Cuidamos nuestras palabras, especialmente aquellas que usamos para referirnos a otros.

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una tempestad no pequeña

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“Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos. Entonces Pablo, como hacía ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan sólo para recibir este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente la nave.” Hechos 27.20-22

 

Hemos sido consolados para consolar. Hemos sido animados para animar. La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento en medio del caos, esa paz que no es posible describir en su totalidad es una paz que mantiene firmes a los hijos de Dios aún en medio de grandes males, de tempestades no pequeñas.

¿Cuál es la tempestad que en tu vida atraviesas hoy? ¿Depresión, muerte, separación, división, pérdida, enfermedad, angustia? ¿Qué es eso que hace que todo lo que te rodea se vea confuso y sin esperanza?

Cuando Pablo es llevado prisionero a Roma, la travesía se vuelve sumamente compleja a tal punto que la vida de él, de los demás prisioneros y la tripulación del barco en el que viajaban estaba en riesgo, sin mayor esperanza. La tormenta era tan fuerte que ni el sol ni las estrellas se habían podido ver, dice la Palabra, por muchos días. La tormenta les acosaba. Ya habían perdido toda esperanza.

Pablo, un hombre de gran fe, busca en oración lo que Dios haría. Pablo tenía algo bien claro: Dios había dado la Palabra de que él iría a Roma, y Dios no fallaría a Su Palabra. Y Pablo confió.

Ese es el primer valor de las promesas de Dios en tiempos de tormenta: darnos seguridad de que Dios les cumplirá aún cuando la tormenta parece tan feroz que no hay esperanza humana para salir de ella. Las promesas de Dios como un ancla firme de que Su Palabra no fallará, que Dios es fiel a Su Palabra.

Pablo intentó calmar el mal ánimo de la tripulación, dio la palabra de esperanza. Y es aquí donde radica la segunda parte importante en los tiempos de tempestad: acercarnos a hombres de fe, que entienden y están alineados al corazón y propósitos de Dios.

Pablo había advertido a la tripulación que este mal vendría (v10) pero el centurión (el que resguardaba a los presos, incluido Pablo) no le dio mayor peso a esa advertencia sino que zarparon.

La historia es conocida: perecen, la nave es destruida pero no hubo ni una sola persona muerta, porque Dios lo había prometido.

Puede que haya hoy tormentas no pequeñas en tu vida. Puede que estén pasando por momentos en que toda esperanza está desapareciendo a tal nivel que ni el sol ni las estrellas pueden ser vistas. En esos momentos es importante sujetarnos de las promesas de Dios que ha dado a nuestra vida, y acercarnos a hombres y mujeres de fe que puedan traer ánimo.

¡No desmayemos! Nuestra vida está en manos de Dios. Él la guiará hasta Sus propósitos, siempre ciertos, siempre eternos.

pueblo para Su Nombre

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“Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para Su Nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado Mi Nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos”. Hechos 15.13-18

 

El anhelo de Dios de tener un pueblo para sí es uno de los grandes mensajes en toda la Biblia. Dios escogiendo lo desechado del mundo para tomarlo como su preciado tesoro, su deleite.

Cuando Dios extiende este anhelo Suyo hacia los gentiles (aquellos que estaban fuera del pacto de Abraham) a través de la iglesia primitiva, esto causa una revolución y conflictos no pequeños entre los creyentes de ese tiempo, a tal grado que entre los apóstoles (hombres que caminaron con JESÚS), hubo diferencias muy fuertes. Uno de esos conflictos complicados fue la circuncisión: ¿deberían los gentiles que creían en JESÚS ser circuncidados como los judíos para ser salvos?

La respuesta para nuestro tiempo como cristianos puede parecer simple: la salvación es por fe no por obras, por gracia no por la ley. Sin embargo, si nos adentramos un poco al contexto de la iglesia primitiva veremos que era realmente un tema bastante complejo. Era complejo porque: ¿qué cosas de la ley judía debían permanecer como lineamientos para la iglesia y cuáles deberían ser desechados?

Pablo, un hombre llamado a predicar a los gentiles, cubre en sus cartas de una manera que solo el Espíritu podía inspirar, aspectos de la fe y la gracia que nunca antes se habían profundizado con tanto detalle. Pablo afirma que los creyentes debemos vivir por el Espíritu, trayendo a evidencia el fruto del Espíritu, y no vivir por la carne, haciendo morir toda obra de la carne (Gálatas 5.16-26).

Cuando tenemos oportunidad de leer la obra maravillosa del Espíritu a través de la iglesia primitiva narrada en el libro de Hechos, es sorprendente ver cómo Dios a través de Su Espíritu llega a confrontar tantas cosas que parecían tan firmes en la tradición judía, y lleva a la iglesia a un nivel tan sublime que solo a través de Su Espíritu sería posible no solo entenderles sino vivirles, porque el Espíritu no solo confronta nuestras obras sino también nuestras motivaciones, lo que hay en nuestro corazón.

Es por eso que al leer el Nuevo Testamento, la obra de JESÚS en la cruz se vuelve muchísimo muy preciada, porque nos revela nuestra incapacidad en lo humano de vivir alineados a Dios pero a la vez nos revela el poder en Su Espíritu de vivir como el pueblo para Su Nombre, sabiendo que Su Espíritu es quien nos llevará a vivir en una perspectiva que este mundo no conoce, una perspectiva eterna.

Dios guíe a Su iglesia a vivir en el Espíritu para que podamos reflejar a JESÚS realmente.

¿quién extenderá su mano contra el ungido del Señor?

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“Entonces dijo Abisai a David: Hoy ha entregado Dios a tu enemigo en tus manos; ahora, pues, déjame que lo hiera con la lanza: lo clavaré en tierra de un golpe, y no le hará falta un segundo golpe. David respondió a Abisai: No lo mates; porque ¿quién extenderá su mano contra el ungido del Señor?  Dijo además David: ¡Vive el Señor!, que si el Señor no lo hiriera (sea que le llegue su día y muera, o descienda a la batalla y perezca), guárdeme el Señor de extender mi mano contra el ungido del Señor. Pero ahora toma la lanza que está a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos.” 1 Samuel 26.8-11

“Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear? Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.” Hechos 23.3-5

 

Durante este más de un año que he enfrentado este proceso en mi iglesia local debido a mi sexualidad, un tema que siempre ha estado presente es el de cómo honrar a mis autoridades aun cuando nuestras perspectivas y entendimiento de la Biblia respecto a la orientación sexual y la identidad de género es diferente y, aún más, opuestas. Creo profundamente que Dios respalda a nuestras autoridades no sólo en la iglesia sino en nuestra sociedad, en nuestra familia, en nuestro trabajo. Y es deber nuestro obedecerles en la medida en que sus ordenanzas no contradigan la Palabra de Dios sin dejar en ningún momento de honrarles.

Por varios años antes de hablar con mi pastor y mi líder de alabanza sobre mi sexualidad, continuamente le preguntaba a Dios si es que estaba honrado a mis autoridades ya que yo quería ser honesto con ellos, pero sentía Dios me decía no era aún tiempo. Y pude ver la mano de Dios de una manera sorprendente en todos estos años y, aun más, durante este proceso que estoy viviendo.

Mientras meditaba en si estaba honrado a mis autoridades, Dios traía a mi mente dos personajes de la Biblia que enfrentaron situaciones muy fuertes ante sus autoridades: David y Pablo.

David fue llamado a ser rey cuando aún había rey en Israel. David entendía perfectamente que la voluntad de Dios era establecerlo a él como rey reemplazando a Saúl, pero algo sumamente importante y hermoso del corazón de David es que entendió que no sería en fuerzas humanas, sino en los tiempos de Dios. Aún más, David entendía completamente que Saúl era y que había sido establecido por Dios, aun cuando Dios ya había dispuesto entregar el trono a David, pero David sabía que Dios sería el que confirmaría su reino. Por su parte, Saúl emprendió una lucha terrible en contra de David, buscó matarle. Pero Dios guardó la vida de David y, sorprendentemente, David tuvo oportunidades de matar a Saúl, pero David entendía que Saúl era el ungido de Dios, y que no alzaría su mano en contra de él. David tenía un corazón tremendamente humilde para entender la autoridad de Dios sobre Saúl aun cuando éste intentó matarle.

En el caso de Pablo, su historia es sumamente contrastante. Al principio, Pablo es narrado en la Biblia como un enemigo de Dios (aun a pesar de que Pablo creía que estaba haciendo la “voluntad” de Dios al matar cristianos). Pero después de su encuentro con JESÚS su vida cambia tan drásticamente, que se convierte en uno de los mayores misioneros en el mundo antiguo. En un momento en que Pablo estaba encarcelado, es llevado al concilio y Pablo no pierde oportunidad para intentar predicar de Cristo ante ellos. Lo único que logra es que el sumo sacerdote lo mande a golpear mientras hablaba y Pablo, sin saber que era el sumo sacerdote, le dice: pared blanqueada, Dios te golpee a ti. Cuando los hombres ahí le hacen ver a Pablo que con quien hablaba era el sumo sacerdote, Pablo humildemente pide perdón por sus palabras y reconoce la autoridad que Dios había puesto sobre el sumo sacerdote aún a pesar de que éste estaba obrando en contra de Pablo y la obra de Dios a través de la iglesia primitiva.

Lo que Dios me permitía aprender a través de la vida de David y Pablo es que las autoridades que Dios ha establecido cumplen un propósito que viene de Él aun cuando parece que estas autoridades pueden estar obrando en contra de la voluntad de Dios. Y si así fuere, nuestro deber es honrarles. Y honrarles tiene mucho que ver con reconocer en ellos la unción (la confirmación) de Dios como autoridades y debemos respetarles. Más honrarles no es obedecerles ciegamente y más cuando es claro que su actuar y ordenanzas son contrarias a la Palabra de Dios. Algo que he podido aprender es que nuestras autoridades también son humanos, con luchas, con virtudes, con oportunidades.

Pero, ¿Qué hacer cuando vemos que nuestras autoridades no obedecen la Palabra de Dios? ¿Qué hacer cuando Dios nos llama a hablar ante nuestras autoridades y existen fuertes probabilidades de que seremos rechazados, vetados y aun apartados de nuestra iglesia local?

En mi caso, ese tema fue sobre mi sexualidad y cómo Dios me permitió reconciliar mi fe y mi sexualidad a través de Su Palabra, y de cómo como iglesia hemos respondido en contra de las personas LGBT de una manera sumamente hostil.

Cuando enfrentamos esos dilemas con nuestras autoridades, lo que he podido aprender es que necesitamos buscar en oración la guía de Dios, esperando en Sus tiempos y no en los nuestros. Lo segundo es buscar en todo momento respetar a nuestras autoridades, teniendo siempre presente que ellas han sido establecidas por Dios para un propósito Suyo. Y lo tercero es, con una profunda reverencia, amor y un limpio corazón (motivaciones verdaderamente honestas y que vienen de Dios), el plantear a nuestras autoridades ese mensaje que Dios nos ha confirmado.

En este tiempo en el que vivimos, nuestras autoridades en todo ámbito (político, familiar, religioso, etc.) están siendo atacadas y cuestionadas, al grado que su actuar puede estar contradiciendo fuertemente la Palabra de Dios y la obra del Espíritu. Un problema aún mayor es cuando vemos a nuestras autoridades como enemigos a vencer y no como personas a quienes restaurar y honrar a través de la guía del Espíritu.

Dios guíe a Sus hijos a honrar a nuestras autoridades siendo siempre guiados por el Espíritu de Dios que habita en nosotros.

¿por qué te detienes?

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“Y él le dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas Su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de Su boca. Porque serás testigo Suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre.” Hechos 22.14-16

Los propósitos eternos de Dios de los cuales nos hace parte son sumamente mayores a nuestros pensamientos, anhelos y sueños. El corazón de Dios, compartido a nosotros a través de la comunión diaria con Él en la oración, en la meditación de Su Palabra, en el ayuno, en el caminar continuo con Él, Su corazón es para los hombres y mujeres cautivos de Su amor el mayor de los anhelos: agradar Su corazón, complacer a nuestro Dios.

No importa cuán limitados seamos, o cuán terrible vida que hayamos llevado antes de que Dios nos rescató; no importa siquiera todos nuestros complejos, y miedos, y limitaciones cuando Dios nos ha llamado, llamado a Su luz admirable. Puede haber inseguridades en nosotros, dudas aún, o cosas que aun no entendemos, pero nada de eso puede limitar Su poder que puede obrar a través de nuestra vida.

No se trata de nosotros, realmente cuando nos acercamos más y más a Dios descubrimos que no se trata de nosotros. No se trata de nuestra comodidad, no se trata de nuestros sueños, todo se trata acerca de Él, quien gobierna soberanamente sobre todo lo creado, sobre todo lo visible e invisible, sobre todo reino y sobre toda nación. Nuestra vida deja de ser nuestra, y nuestra vida deja de girar alrededor de uno mismo, y empieza a ser rendida a Él enteramente, sin limitaciones.

“¿Qué te detiene?” Preguntó Ananías a Pablo cuando éste, cegado por su encuentro con Cristo, había llegado a casa de Ananías. Ananías había entendido proféticamente, el propósito de Dios en el cual Pablo estaba siendo llamado: para ser testigo Suyo a todos los hombres.

Y esa pregunta es para nosotros también: ¿qué nos detiene a ser testigos de Dios delante de todos los hombres? Hemos sido llamados a dar de gracia lo que hemos recibido de gracia: Su salvación.

¿Qué te detiene?

¿qué haremos?

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“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este JESÚS a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Hechos 2.36-38

Después de la manifestación gloriosa del Espíritu Santo en la iglesia primitiva, muchos hombres y mujeres fueron no sólo asombrados por lo que veían, sino confrontados con el mensaje de salvación en JESÚS. Cuando en medio de la iglesia los creyentes comenzaron a hablar en diferentes idiomas, las personas que presenciaban aquello veían con asombro porque “les veían hablar en su propia lengua” (v6). De inmediato, Pedro, uno de los apóstoles, con gran poder pronunció su primer discurso, el cual llevaría a aquel grupo de espectadores a ser confrontados (compungidos) con el Evangelio.

A la iglesia primitiva (un puñado de personas) le fue dada una comisión tan imposible que en méritos humanos jamás hubiera sido lograda: llevar el Evangelio por todo el mundo (literalmente todo el mundo). Esa iglesia primitiva, y lo podemos confirmar en cada página del libro de Hechos, fue llena de un poder que nunca antes habían experimentado los discípulos, un poder que habitó en ellos a partir de ese momento descrito en el capítulo 2. Ese poder, que es dado por el Espíritu Santo, fue la diferencia para que la iglesia primitiva no sólo creciera, sino que fuera capaz de cumplir su llamado.

Ese discurso de Pedro fue el primero de sin duda muchos más pronunciados por Pedro y más creyentes. Lo increíble de ese momento es que el Espíritu de Dios había descendido en gente tan común que sólo un poder especial podía moverlos a ser cosas extraordinarias y sobrenaturales no como espectáculo pero sí para salvación y gloria de Dios. Hombres cuya única característica era que se habían arrepentido de sus pecados y habían decidido creer verdaderamente en JESÚS como Salvador.

El libro de Hechos es un testimonio de cómo el Espíritu Santo usó momento a momento hombres imperfectos para Su obra perfecta y eterna. El Espíritu Santo moviéndose con tanta libertad sobre personas que eran convencidas de sus pecados. El Espíritu Santo sacudiendo al mundo con el Evangelio.

Y eso que leemos en el libro de Hechos no son historias fantásticas o leyendas (como algunos dirían) sino una realidad en la iglesia de aquel tiempo y también en la iglesia de hoy en día. La iglesia de hoy tiene, como la iglesia primitiva, la comisión imposible de alcanzar a un mundo que día a día se pierde en una vana manera de vivir. Y también la iglesia de nuestro tiempo, como la iglesia primitiva, tiene al Espíritu Santo como el Gran Guía, el Consolador, el que convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio.

Iglesia, queridos hermanos, el mundo necesita desesperadamente a JESÚS. Lo podemos ver en las calles, en nuestra familia, en todo lugar. Y tú y yo somos esas personas comunes y sin ningún atributo especial mas que el haber rendido nuestra vida a Cristo en profundo arrepentimiento. Hoy, justo antes de que inicie un nuevo año, pido a Dios que Su Espíritu llene nuestra vida y habite en cada uno de nosotros para poder ser testigos fieles de Su gran salvación alrededor del mundo.

de ninguna cosa hago caso

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“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor JESÚS, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.” Hechos 20.24

Una de las conversiones al cristianismo más impresionantes narradas en la Biblia es la del apóstol Pablo. Un hombre constituido acérrimo enemigo de los cristianos, que sin mayor detenimiento los entregaba para ser asesinados y aprobada y participaba de la persecución a ellos, un hombre que para muchos pudo ser visto, aun para los mismos cristianos, como el menos “apto” para ser rescatado por Dios, ese hombre sufrió una conversión que le dejo literalmente ciego físicamente por tres días, pero cuya mirada espiritual fue abierta a una realidad eterna: JESÚS es.

Pablo no requirió de múltiples predicaciones para convertirse, que muy probablemente escuchó cuando perseguía a la iglesia. Tampoco Pablo tuvo que recibir un milagro de sanidad para creer que Cristo tenía y tiene autoridad sobre toda enfermedad. Mucho menos, Pablo no recibió de algún familiar cristiano la predicación del evangelio para que él fuera convencido. Lo único que hizo que Pablo se convirtiera al cristianismo fue un encuentro con Cristo.

Después de ese encuentro, la vida de Pablo jamás fue la misma, literalmente. Un hombre que con gran entrega predicó el evangelio por muchas regiones del entonces mundo conocido. Un hombre que fue usado por Dios para iniciar iglesias en ciudades terriblemente paganas y entregadas a la idolatría. Un hombre que fue usado por Dios para escribir gran parte del Nuevo Testamento en nuestra Biblia. Un hombre que comprendió que una vida que no es vivida para Cristo no tiene el más mínimo sentido.

Ese hombre que era enemigo, se convirtió en amigo. Y ese hombre somos también cada uno de nosotros. Hombres y mujeres que sabemos que lo único que cambió nuestra vida es un encuentro real con Cristo. No hay más.

Pablo estaba por regresar a Jerusalén pero fue advertido por el Espíritu que sufriría prisiones y tribulaciones. Pero eso le tenía sin cuidado, es decir, sabía y estaba profundamente convencido que una vida que no es vivida para Cristo, no tiene el más mínimo sentido. Pablo tenía sus ojos puestos en JESÚS, no en él mismo. En Pablo había un agradecimiento y una pasión tal que ni aún la muerte podía asustarle.

Y hoy Dios busca de muchos Pablos dispuestos a abandonar su vida para sí mismos, pero sí para JESÚS. Hombres y mujeres que no hagan caso de lo que el mundo dice, pero sí de lo que Dios quiere hablarles y usarles hoy.

completos

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“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor JESÚS, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”. Hechos 20.24

 

El individualismo que se promueve como forma de vida en las sociedades modernas para sobresalir,  el romanticismo que se expone en cada película o programa de TV para buscar una relación, el materialismo que se establece como medio para que los hombres sean reconocidos, el hedonismo que defiende la plenitud en los placeres, todo lo que este mundo pregona va en contra de las enseñanzas de Dios. Nuestros niños, jóvenes, mujeres y hombres, todos nosotros hemos sido envueltos en un ambiente que establece que mientras más logre, cuando encuentre el amor de mi vida, mientras más tenga, o mientras más disfrute, todo eso traerá una plenitud y nos hará sentir completos.

Creemos que en una familia encontraremos todo, o que en una relación de pareja estaremos felices, o que con una profesión o negocio seremos más afortunados, sin embargo hay una verdad que el mundo y Satanás tratan de desaparecer: nuestra única plenitud está en Dios.

Necesitamos enseñarles a nuestros niños y jóvenes, a nuestros hombres y mujeres, que su relación más importante es su relación con JESÚS, que no podrán encontrar en ningún otro lado lo que únicamente Dios puede darnos: sentido a nuestra vida, un propósito en Él.

El testimonio del apóstol Pablo es tan fuerte que muchos creyentes a lo largo de la historia hemos aprendido de la maravillosa gracia de nuestro gran Dios. Pablo, un asesino de cristianos, un hombre tan cegado por los legalismos del judaísmo, un hombre preparado en letras que lo hacían un hombre soberbio y orgulloso, un hombre que presenció, aprobó y se deleitó en la muerte de creyentes que eran asesinados sin mayor piedad, ese hombre llamado Pablo tuvo un encuentro con JESÚS tan fuerte que su vida cambió por completo. Él, después de ese gran encuentro, entendió que su vida no era suficiente para agradecer a Dios  cuán maravilloso regalo de salvación inmerecida. Imagina, por un momento, un hombre que hizo tanto mal de pronto se encuentra con JESÚS y recibe salvación por el puro afecto de Su voluntad. Pablo no se merecía la salvación, pero Dios se la concedió, nosotros no nos merecíamos la salvación, pero Dios tuvo misericordia de nosotros.

Hermanos, sé que el mundo es tan pesado y Satanás tan astuto, pero nuestro gran Dios es mayor que todos ellos. Sé que día a día recibimos tantos dardos del enemigo en forma de mentiras disfrazadas de cosas supuestamente “buenas”, pero nuestra espada es la Palabra de Dios con la cual podemos apagar toda mentira.

En este año que está por comenzar esfuérzate y sé valiente en mantener tu relación con Dios como la de más alta prioridad. Esto no se refiere a estar en la iglesia todo el tiempo, o en dedicarte a un ministerio de tiempo completo, sino que  en tu intimidad, en tu corazón, atesores a JESÚS como Señor y Dios a quien buscas agradar sin dudar. Recuerda en Él somos completos.

gente ordinaria, nuestro Dios extraordinario

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“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” Hechos 1:8

 

Dios no me necesita, pero Él desea usarme. Dios no te necesita, pero Él desea usarte. Cuando comprendemos una parte de la grandeza de nuestro Dios, cuando asombrados comprendemos Sus maravillas, Su poder, Su majestad, Su santidad, cuando comprendemos que Él creó el universo con sólo pronunciarlo, cuando comprendemos cuán maravillosa obra Él hizo por nosotros en la cruz, cuando comprendemos que ni la muerte pudo detenerle, es entonces que comprendemos nuestra pequeñez delante de un Dios extraordinario.

Me sorprende Dios en cada uno de mis hermanos en la fe. Ver nuestras debilidades, ver nuestras fallas, ver nuestras flaquezas, ver nuestra imperfección, ver nuestra limitada y humana capacidad, y aún así Dios nos ama, y no sólo eso, Él desea glorificarse a través de nuestra vida. Y esto es gracias al perfecto sacrificio de Jesús en la cruz.

Constantemente Dios nos llevará a un punto en nuestra vida en la que reconozcamos que no somos nada, que no podemos en nuestras capacidades y habilidades cumplir con la obra que nos ha encomendado, que serle testigo en Jerusalén, o en Judea, o en Samaria, o en Ayotlán, o en Guadalajara, o en este planeta, es una tarea sumamente difícil. Necesitamos nosotros llegar a ese punto en el que vemos que no soy ni inteligente, ni capaz, ni elocuente, ni fuerte, ni perfecto, para poder cumplir Su obra. Que somos personas muy ordinarias.

Es necesario que lleguemos a ese punto, porque es ahí cuando Dios nos dirá: “Bien has dicho, tú eres incapaz pero Yo soy el todo poderoso que desea usarte”. Y cuando esto sucede, cuando su Espíritu obra a través de nosotros, es que nuestra vida en humildad queda rendida y apasionada por Él, por Su tremenda misericordia por este pobre pecador.

Dios debe completamente llevarse toda la gloria en nuestra vida. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, aun cuando dormimos. Porque cada segundo, cada uno de ellos, necesita ser entregado y vivido por Su Espíritu en nosotros.

¿Qué cosas hoy en tu vida resultan imposibles, verdaderamente imposibles? ¿Tu matrimonio, tu anhelo por tener un hijo, tu relación con tus padres, una enfermedad? ¿Has recibido de Dios sueños, sueños grandes que crees que nunca podrás alcanzar? No te veas a ti, no trates de resolver o lograr a través de tus medios, no resistas a Su gracia. Dios desea profundamente usar tu vida, así de ordinaria e imperfecta. Dios desea profundamente ayudarte a crecer: en fe, en carácter, en santidad, en entrega, en obediencia, en amor.

Nuestro Dios es extraordinario. Nunca lo olvides.

los tiempos de esta ignorancia

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“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por Aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.” Hechos 17:30,31

 

La ciencia abunda a nuestro alrededor. Nunca antes en la historia de la humanidad se ha producido tanto conocimiento y se han documentando tantas investigaciones como los tiempos en los que vivimos. Los hombres han logrado salir del planeta y pisar la luna, han investigado el universo con tanto detalle que nos asombramos de lo pequeño somos y lo grande que es el universo. Los hombres han logrado desarrollar medicamentos y curas a enfermedades que antes eran incurables, han logrado desarrollar tecnologías impresionantes que nos permiten no sólo estar comunicados, sino que nos permiten conocer más y desarrollar más ciencia. Somos una generación en la que la ciencia determina en gran parte nuestra vida desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Parece increíble que con tanta ciencia alrededor nuestro, aún muchísimas supersticiones siguen en pie. Hay tantas supuestas verdades para llevar nuestra vida, que muchos, millones, corren detrás de ellas y las practican. Supersticiones (mentiras) sobre el futuro, sobre como alcanzar salvación y la vida eterna, sobre como agradar a falsos dioses, sobre como entender lo que no entendemos y no podemos controlar. Y muchos, millones, corren detrás de ellas y las practican porque tienen comezón de oír, porque son esclavos de lo que causa sensación más no transformación.

Y la generación de este tiempo, no es tan distinta a las generaciones pasadas, aún las que vivieron en los tiempos de Jesús. Por siglos, antes del nacimiento de Jesús, el único pueblo al que se le había revelado la Ley de Dios fue a Israel, y no porque ellos hayan sido súper bien portados, o buenas personas, sino porque Dios tuvo misericordia de ellos, de hecho, el pueblo israelí era pequeño e insignificante comparado con naciones tan poderosas como los egipcios. Dios quiso glorificarse en Israel, y tomó lo despreciado y lo insignificante, y lo hizo respetado y próspero, sin embargo, no tardó mucho en que este pueblo despreció a Dios.

Así son la mayoría de los hombres, aquellos que buscan constantemente placebos para sus vidas que les hagan sentir un bien temporal, pero no verdaderas transformaciones. Cuando Jesús, siendo Dios, viene a Israel en forma de hombre y les revela la Verdad en medio de tantas supersticiones e ignorancia, uno esperaría que ellos reaccionaran de una manera agradecida y en humildad, pero sucedió todo lo contrario, hasta el punto que lo consideraron un blasfemo y fue crucificado. Y es que la Verdad necesita ser revelada a nuestras vidas, porque si el Espíritu no la revela no traerá transformación, sino sólo conocimiento.

El nombre de Jesús es conocido en casi toda la tierra. Millones en muchos países conocen que Él fue crucificado, y que resucitó. De hecho sociedades enteras se sostienen de las enseñanzas de Jesús, pero muchos de estos millones están condenados al infierno y son esclavos de perdición.

Lo que hace maravilloso a Jesús y su sacrificio es cuando es revelado a nuestro espíritu lo que Jesús representa, y lo que podemos obtener por medio de Él: salvación. Y esta salvación está abierta para todos los hombres, sin importar su condición social, ni económica, ni intelectual, ni racial, ni de género. Es Dios deseando reconciliarse con cada uno de nosotros en lo personal. Es Dios ofreciendo un único Camino para acercarnos a Él. Es Dios hablando al hombre y diciéndole: no tienes ya porque buscar en cosas de hombres para tener esperanza en tu vida, puedes acercarte a Mí libremente a través de Jesús.

¿Qué pide Dios a cambio? Fe. Fe en Jesús, creer que Jesús ha pagado cada pecado presente, pasado y futuro de nuestra vida. Y cuando Jesús es revelado a nuestras vidas, nuestro espíritu quebrantando buscará de Él en todo momento, y buscará agradarle con toda nuestra vida.

Dios no quiere que vivamos sujetos a ignorancias, pero sí sujetos a Su Verdad.