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hallado por los que no me buscaban

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“Fui buscado por los que no preguntaban por Mí; fui hallado por los que no Me buscaban. Dije a gente que no invocaba Mi Nombre: Heme aquí, heme aquí.” Isaías 65.1 RVR1960

 

Parte 1

Estamos perdiendo una generación. Mi generación. Una generación de jóvenes que no ven en la iglesia un espacio para ellos, un espacio para otros, un espacio para los que no buscan a Dios, para los que no invocan Su Nombre.

En recientes visitas que he podido hacer a diferentes iglesias en Estados Unidos algo era común: los jóvenes no están ahí. Hablar de la iglesia a los de mi generación resulta para ellos aburrido, resulta anticuado, resulta conservador, resulta retrograda, resulta intransigente.

De las personas con las que de manera frecuente convivo, puedo contar con una sola mano quienes pudieran estar interesados en la iglesia y aún menor el número de quienes atienden algún servicio dominical.

La iglesia está envejeciendo y nuestras estrategias para atraer a nuevas generaciones han sido insuficientes. ¿Qué está pasando?

 

Parte 2

Algunos años atrás aprendí que en toda situación necesitamos ser sensibles al ambiente espiritual que está influenciando esa situación. Si el Espíritu de Dios está actuando a través de esa situación, nosotros necesitamos ser sensibles y dejarnos mover en esa misma dirección que el Espíritu, de no hacerlo resultaría catastrófico. Pero si hay otros ambientes espirituales ajenos a Dios que influencian determina situación, nuestro llamado y deber es actuar en el mover contrario, en el Espíritu de Dios quien de una manera sobrenatural nos guiará en Su Palabra, no para negarla, sino para honrarla a través del testimonio humilde de Su iglesia.

Esto requiere muchísima sensibilidad espiritual, pero sobretodo una humildad sobrenatural que solo es dada por Dios. Una humildad que nos hace obedientes aun cuando no entendemos todo nuestro alrededor, una humildad que nos hace fuertemente dependientes al Espíritu de Dios.

Creo personalmente que como iglesia no hemos logrado ser lo suficientemente sensibles a los ambientes espirituales que rodean a la sociedad de este tiempo, a la generación de este tiempo. Y esa falta de sensibilidad se debe a algo más grave: una falta de humildad.

No hablo como señalando a otros, como si hablar de la iglesia me fuera ajeno. Hablo como miembro del Cuerpo de Cristo, que es la iglesia. Hablo como miembro de un Cuerpo que está dormido en sus glorias pasadas, seducida por argumentos humanos.

Leía de un joven cristiano la semana pasada que como iglesia hemos llegado tarde al debate público de temas controversiales como la homosexualidad. Yo creo que no hemos llegado tarde, hemos llegado a tiempo, pero con los argumentos incorrectos, mal usando la Palabra como un medio de condenación, ampliando la pared intermedia de separación entre Dios y la humanidad. Y mayor aún, como iglesia no hemos hecho un esfuerzo serio para arrepentirnos de esa tragedia, de ese pecado.

Este dolor por la iglesia, esta carga espiritual por la iglesia ha estado en mí ya por varios años. Soy consciente que soy parte de ella. Soy consciente de que soy co-responsable de esa tragedia.

 

Parte 3

Hace dos años atendí por primera vez un congreso cristiano affirming para creyentes LGBT+. Este año también tuve oportunidad de atenderle. Más allá de las conferencias, o los talleres, algo que me ha impresionado grandemente es ver a esa parte del Cuerpo de Cristo, creyentes LGBT+ que en su mayoría vienen de ambientes cristianos y familiares hostiles y de donde han sido segregados y rechazados, rendida en una profunda alabanza y adoración en quebrantamiento, en agradecimiento y en amor a Dios.

Una comunión del Cuerpo de Cristo de una manera que pocas veces he podido vivir. Una comunión donde la alabanza pudiera durar por horas, donde la oración fluye en humildad, donde el tiempo con otros es refrescante, es de aliento.

Esa comunión de las otras ovejas, las que han sido rechazadas, las que han sido ignoradas, las que “tradicionalmente” en la iglesia se consideran alejadas de Dios y más allá de la gracia de Dios. Aquellos que “tradicionalmente” no buscan a Dios, no preguntan por Dios, no invocan a Dios.

El testimonio de este puñado de creyentes, de este grupo de la iglesia, se vuelve aún más impactante porque estando atribulados, no están angustiados, estando quizá en apuros, no desesperan, siendo perseguidos, se saben protegidos, pudiendo estar derribados, más no están destruidos (2 Corintios 4.8,9). Ese testimonio que habla más que las propias palabras de difamación y condena dichas contra ellos.

Personalmente, el ser gay en otro tiempo me representaba una profunda carga, dolor y vergüenza. Sin embargo, a través de los años, Dios me ha permitido comprender el propósito. El ser gay representa ahora una gran bendición. Me ha hecho más sensible, me ha hecho más consiente de quienes enfrentan ambientes difíciles, quienes padecen injusticias.

 

Parte 4

Los libros de los profetas eran como esas buenas noticias para el pueblo de Dios. Pudiera atreverme a decir que son como la anticipación de los evangelios en el Antiguo Testamento porque a través de ellos Dios revelaba luz en medio de la oscuridad.

Los profetas nos hablan de tiempos de corrupción, pero no se quedaron ahí, sino que revelaban el corazón de Dios quien se desbordaba en compasión por rescatar a los Suyos, por atraerles a Él. Los profetas en medio de ese llamado al quebrantamiento y al arrepentimiento, también llaman a un tiempo de restauración y de reformación.

Los libros de los profetas buscaban dar esas buenas noticias a todo el pueblo, pero muy pocos escucharon. En medio de ese tiempo de dolor y confusión, el profeta Isaías declara algo que podría ser “tradicionalmente” incorrecto para el pueblo de Israel: me revelaré a aquellos quienes no invocan mi Nombre, seré hallado porque aquellos que “tradicionalmente” no me buscan. Dios escogiendo a lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, escogiendo a lo débil para avergonzar a los poderosos. Para que nadie pueda jactarse. (1 Cor. 1.27)

¡Oh, la misericordia de Dios que se extiende más allá de nuestro propio entendimiento!

En medio de esa generación que no busca a Dios, confío Dios levantará un pueblo que le pertenecerá. En medio de esa generación que no invoca a Dios, confío Dios usará vidas donde solo JESÚS sea reconocido. En medio de esa generación, confío nosotros seamos sensibles al mover de Su Espíritu.

Porque después de la oscuridad, habrá luz, Su luz admirable.

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sanaré su tierra

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“si se humillare Mi pueblo, sobre el cual Mi Nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” 2 Crónicas 7.14

 

La tierra clama con gran angustia. No hay lugar donde el dolor que la creación experimenta no se haya hecho escuchar. Pareciera que no hay esperanza. Que los malos ganan. Que nuestro planeta no tiene alguna salida para terrible destrucción.

Podemos escuchar por muchos lugares el clamor y el dolor, la angustia y la desesperación. Los hombres se vuelven contra su hermano, y las naciones buscan vanidad. No hay quien haga lo bueno. No hay quien busque a Dios. Pareciera que el mundo ha sido entregado a su propia maldad, a esa maldad que hemos propiciado y alimentado nosotros mismos por generaciones.

¿Es eso solamente lo que vemos?

La Palabra de Dios es un libro lleno de esperanza, y no es cualquier esperanza, es una esperanza cierta, que no perece. Cuando miramos a nuestro alrededor y solo vemos destrucción y muerte, maldad y pecado, necesitamos ir más allá, necesitamos no dejarnos vencer por la desesperanza y sembrar en nuestro corazón una esperanza viva que solo puede estar fundamentada en la Palabra viva y de verdad. Necesitamos comenzar a ver con ojos espirituales tan desoladora realidad.

Algo maravilloso es que lo que vivimos tanto en lo personal como como iglesia o país es algo que la Biblia nos advierte, y aún más, que hijos de Dios y el pueblo mismo de Dios ya ha enfrentado, y a través de sus historias podemos nosotros podemos aprender fe.

Hay una promesa que Dios me ha permitido recordar en estas semanas, y esa promesa es verdaderamente especial: Dios sanará nuestra tierra. Pero, ¿cuándo? El segundo libro de Crónicas lo describe: cuando el pueblo de Dios se humillare, orare, buscare el rostro de Dios y se convirtieren de sus malos caminos. Cuatro aspectos que para el corazón de un hombre alejado de Dios son imposibles y, en cierto grado, podrían ser menospreciados. Es por eso que la primera predicación de Juan el Bautista y de JESÚS son tan esenciales aún para nuestro tiempo: arrepiéntanse.

Creo que el arrepentimiento involucra esos cuatro aspectos narrados en Crónicas. El arrepentimiento requiere de humildad, el arrepentimiento nos mueve a orar, el arrepentimiento nos lleva a buscar el rostro de Dios, el verdadero arrepentimiento nos convertirá de nuestros malos caminos.

No hay mayor predicación de JESÚS tan relevante para nuestros días que el arrepentimiento.

Al meditar en que Dios tiene el poder para sanar nuestra tierra, pensaba yo que era nuestra tierra física, nuestro planeta, sin embargo, pude también entender otro tipo de tierra: nuestro corazón. Dios podría sanar nuestra tierra física, nuestro planeta, pero si el corazón del hombre no es sanado, de nada servirá. Lo podemos constatar en el pueblo de Dios una y otra y otra y otra vez.

Esa oración de David se vuelve muy importante: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

¿Anhelamos la sanidad de la iglesia, de la ciudad, del país, del planeta entero? ¿Qué tanto estamos dispuestos en ser sanados primeros en nuestro corazón? Dios traiga un tiempo de verdadero arrepentimiento en medio de Su pueblo.

el sentir que hubo también en JESÚS

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“Haya, pues, en vosotros, este sentir que hubo también en Cristo JESÚS, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Filipenses 2.5-8

El reino de Dios es contrario a todo deseo de la carne, todo deseo que busca la suyo a costa de cualquier cosa. Cuando hablamos de la carne nos referimos a todo deseo descontrolado que se antepone a límites y principios cuyo motivo primario es el amor y cuyo fin es glorificar a Dios. La carne, aquello que es alimentado por lo descontrolado y que nunca se sacia pero siempre deja al hombre más vacio, más vano. La carne, solapada y promovida por el mundo, justificada por Satanás.

Mientras oía a un predicador, él hablaba de ese mandato de Cristo que después Pablo volvería a expresar: sé humilde como JESÚS quien no estimó toda Su gloria sino que se hizo semejante a los hombres y fue obediente hasta la muerte. La humildad, esa cualidad de carácter que JESÚS ordenó imitáramos de Él, es de los mandatos más difíciles porque va en contra de todo desea de la carne, porque el ser humildes nos obliga a negarnos a nosotros mismos, a someter la carne.

El mundo enseña lo contrario. El mundo alimenta nuestro ego al decirnos que tenemos que sobresalir, ser mejore que otros, en no ser humillados porque esto es señal de debilidad, sin embargo es todo lo contrario. La humildad, señal de los verdaderos hombres de Dios que han aprendido y crecido en someter todo deseo de la carne, todo ego, todo deseo descontrolado. La humildad nos mueve a ver a las demás personas con estima y gran valor, como alguien preciado. Es ahí donde JESÚS nos encontró.

Porque sin ser merecedores de JESÚS, Él se dio enteramente por nosotros. Porque siendo Él Dios, se hizo hombre para vencer todo deseo de la carne, todo pecado, y librarnos de tan terrible enfermedad. JESÚS, a Él somos atraídos por Su profunda mirada que nos declara en cada momento: eres amado, eres preciado a mí, y nada en este mundo puede darte tan profundo valor.

¿cómo, pues, viviremos?

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“Diles: Vivo Yo, dice Dios el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” Ezequiel 33.11

Ese veneno tan dulce que ha contaminado no sólo el mundo, sino también parte del pueblo de Dios. Ese veneno que nos viste de superioridad por creernos moralmente más altos que los demás, por creernos más perfectos que el resto, por vernos a nosotros con tanta autocomplacencia por sabernos justos, justos por nuestros propios méritos. Ese veneno llamado auto-rectitud que por doquier se ve, aun cuando sus obras “buenas” no son más que trapos de inmundicia delante de Dios. Porque un poco de auto-rectitud, tan solo un poco de auto-rectitud, es suficiente para negar a Cristo y nuestra necesidad de Él.

¿Cómo podrá ser Dios reconocido cuando Su pueblo y el mundo entero se justifican así mismo en sus obras? ¿Cómo podrá Dios restaurar a Su pueblo cuando Su pueblo solo ve en Dios un suplemento para su vida? ¿Cómo podremos reconocer que nuestra maldad está ahí si se nos ha insertado en nuestra mente que somos “buenos” al ver a otros que hacen cosas “peores”? ¿Cómo, pues, viviremos?

¡Oh, amada iglesia! Si nos acercáramos día a día a limpiarnos en la sangre de Cristo, limpiarnos de tanta maldad que aún hay en nosotros. Si quitáramos de nuestra vida ese sentido de superioridad y en humildad y en arrepentimiento buscáramos el rostro de Dios. Si antes de juzgar, viéramos al necesitado; si antes de condenar, ofreciéramos ayuda; si antes de menospreciar, nos humilláramos a nosotros mismos. ¡Cuánta verdad guarda la Palabra! En exponernos tan incapaces de ser justos por nosotros mismos, tan incapaces en ser buenos por nuestros méritos.

¡Oh, amada iglesia! Si dejáramos que el Espíritu de Dios nos convenciera del pecado que hay aún en nosotros, de la maldad tan anidada en nuestro corazón. Si volviéramos nuestros ojos a Dios, clamando por piedad y misericordia para ser limpiados de tanta perversidad en nosotros. Si pudiéramos, día a día, acercarnos al trono de la gracia y recibir perdón y purificación.

¡Oh, cuán hermoso es Cristo para los humildes y pobres en espíritu! ¡Cuán preciosa se vuelve Su sangre para una vida hambrienta de perdón! ¡Cuán gloriosa es Su presencia en medio de un pueblo humillado!

¿qué maldad hallaron en Mí?

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“Así dijo el Señor: ¿Qué maldad hallaron en Mí vuestros padres, que se alejaron de Mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?” Jeremías 2.5

Pudiera parecer a simple lectura que Dios estaba completamente airado y enojado con Su pueblo cuando éste se alejó de Él. Cuando leemos los libros de los profetas, pareciera que Dios deseaba descargar toda Su ira sobre ellos y acabar con ellos. Pareciera que Dios mostraba una “tiranía” o una “intransigencia” descomunal contra la gente que Él mismo dijo amar.

Sin embargo, una lectura profunda de los libros de los profetas nos llevan a conocer el corazón de Dios de una manera que, aunque fuerte, nos revela mucho Quien es Él. Cuando Dios se dirige a Su pueblo a través del profeta Jeremías, Dios muestra un profundo dolor por ese pueblo que le había despreciado y se había ido en pos de ídolos, de la fornicación, de la maldad. Un pueblo que siendo llamado a ser especial, se había vuelto tan ordinario por su vana manera de vivir que no era diferente al resto de los pueblos de la tierra. ¡Oh, qué pesar tan grande en el corazón de Dios por ver que Su pueblo amado le despreciaba ahora! ¿Puedes comprender este dolor? ¡Qué profunda tristeza deja!

“Me dejaron a Mí,”, dice Dios en Jeremías 2.13, “fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retiene agua”. Y no sólo despreciaron a Dios, sino que buscaron no necesitarle cavando cisternas donde acumular supuesta “vida” que no era más que una ilusión.

Esa situación que describe en el libro de Jeremías no es diferente en mucho a nuestros tiempos. Vemos hombres y mujeres que desprecian abiertamente a Dios. Hombres y mujeres centrados en la vanidad del mundo y cuyas cisternas que se han preparado están repletas de conocimiento humano y filosofías de hombres. Pero también, dentro de los llamados hijos de Dios, vemos hombres que llenando sus cisternas de auto-rectitud, creen ser justos y aceptados por Dios por Sus obras supuestamente hechas para Dios pero no son más que un placebo para una conciencia carcomida por la inmundicia. Si tan solo supieran y entendieran todos ellos, todos nosotros, que nuestras obras no son más que trapos de inmundicia delante del Dios Santo.

Y cuando Dios busca en corazones en los cuales morar, no encontrará lugar ni en corazones centrados en los placeres del mundo, ni en los corazones llenos de auto-rectitud, porque para todos ellos Dios no será más que un añadido, un suplemento para Su vida. Pero Dios extiende Su mano a aquellos que reconocen que nada son, en los despreciados, en los humillados, en los que el mundo no encuentra valor, en aquellos cuya vida ha sido tan dañada que nada valen, que nada son. Hombres y mujeres que sirven de burla para el mundo, que carecen de valor para los hombres, que viven siendo despreciados y humillados. Y ahí Dios encuentra hombres y mujeres por los que vale la pena entregarlo todo, hasta Su propio Hijo.

¡Oh, el sacrificio de JESÚS! Si tan solo tuviéramos presente día a día que por JESÚS y Su sacrificio es que somos aceptados por Dios. No hay obra de hombres que pueda hacernos aceptados. Si tan solo tuviéramos presente el sacrificio de JESÚS todos nuestros días, entenderíamos que todo lo que somos se lo debemos a Él. El sacrificio de JESÚS no como un evento pasado, que reconocimos quizá hace algún tiempo atrás, sino el sacrificio de JESÚS como un sello en nuestra vida que nos marca y nos recuerda día a día que sin valer nada nosotros para el mundo, siendo despreciados por el mundo, ahora nuestro valor está dado por Cristo y nada más. ¡Cuán hermosa revelación!

¿un castigo injusto?

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“Y lo sacó el Señor del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.” Génesis 3.23,24

Leer la Palabra de Dios es todo un reto, te confronta, te reta, te instruye. Aun cuando lees un pasaje que anteriormente ya habías leído y sabías de memoria, cuando vuelves a leer ese mismo pasaje toma un significado mayor que te lleva a conocer más de Dios.

Cuando leía el relato de la creación y la caída del hombre en el huerto del Edén en el libro de Génesis quedé golpeado por una pregunta: ¿el castigo a Adán y Eva fue injusto? En los versículos del 14 al 19 podemos ver lo que ahora conocemos como el castigo de Dios al hombre y la mujer por haber tomado y comido del árbol de la ciencia del bien y el mal. Pero fue un simple fruto, dirán algunos. Algunos de nuestros hijos también toman cosas sin pedir permiso o aun cosas que no deben, y nosotros no les reprendemos echándolos de la casa. ¿Por qué, entonces, Dios castigó a Adán y a Eva con un castigo que pudiera parecer muy “severo” y un tanto “injusto”? E insisto, pudiera parecer injusto a simple lectura.

Así quedé por un par de días, con esa pregunta en la mente: ¿por qué un castigo “tan grande”? Después de platicar con Dios y pedirle guía al respecto, Dios me permitió entender algo aun mayor: el pecado de Adán y Eva no era solamente que tomaron un fruto que no debería tomar (la desobediencia), sino versículos antes del 14 podemos confirmar que un pecado mayor se había apoderado de ellos: el orgullo.

Cuando Dios confronta a Adán y a Eva sobre lo que habían hecho, ninguno de los dos asumió su falta y pecado, sino se lo atribuyeron a alguien más (v. 11-13). Adán culpó a Eva, y Eva culpó a la serpiente. Sin duda ambos tenían parte de razón, Eva fue seducida por la serpiente, y a su vez Adán comió de algo que su esposa le había compartido. Sin embargo, ellos no asumieron la responsabilidad de su libre albedrío, de su decisión. Cuando fueron confrontados, Dios vio en ellos ese terrible pecado que ha inundado a la humanidad por milenios: el orgullo. Si Dios hubiera sólo castigado a la serpiente, el hombre y la mujer hubieran estado en un terrible peligro porque el haber comido de ese árbol trajo por consecuencia algo peor: sus ojos fueron capaces de distinguir entre el bien y el mal, y el orgullo en ellos los llevaría siempre a elegir el mal. Dios, con un profundo dolor, castigó a Adán y a Eva por el bien de sí mismos, y el bien de la humanidad entera. Dios pudo haberlos matado (porque la paga del pecado es muerte) y haber creado a otro Adán y a otra Eva, pero Dios tenía planes para ellos y para la humanidad.

Y esta enseñanza nos lleva a algo muchísimo más sublime: el sacrificio de JESÚS. Muchos pudieran pensar que el sacrificio de JESÚS fue injusto y severo. Sin embargo, Dios es justo en todo momento. El castigo que cargó JESÚS fue tal, que en Él cargó todo el pecado de nosotros (Isaías 53.6). ¿Puedes imaginar lo que significa eso: todo el pecado de nosotros?

Para poder valorar y entender ese gran sacrificio necesitamos acercarnos en humildad a Dios. Necesitamos despojarnos de todo orgullo para poder comprender el sacrificio de JESÚS. Necesitamos asumir y entender cada pecado que hemos cometido porque si el tomar y comer de un fruto a Adán y a Eva les causó tal consecuencia, nosotros debemos realmente comprender que debíamos morir por cada pecado que cometimos, porque éramos enemigos de Dios.

Estamos iniciando un año que sin duda traerá grandes retos, y en todos ellos pido a Dios que todo nuestro ser esté lleno de una profunda humildad que siempre nos permita ver y aceptar todo pecado tanto pasado como futuros delante de Dios buscando siempre Su perdón.

¿vida en otro planeta?

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Cuando era niño tenía una fascinación tremenda por el universo, los planetas, las estrellas, las galaxias. El ver en la noche las estrellas y descubrir después que esos diminutos puntos en la bóveda nocturna eran gigantes estrellas o planetas que se encontraban a distancias impensables me hacía pensar en lo enorme que es el universo y lo pequeño que somos nosotros. En esa enorme fascinación siempre en mí había esa pregunta que al hombre ha intrigado por siglos: ¿hay vida en otros planetas?

El hombre, y sobretodo el hombre del siglo pasado y de este siglo, ha gastado tremendas cantidades de dinero en tecnología, investigación y en desarrollo de herramientas que le permitan encontrar al menos el mínimo hallazgo de vida en otro lugar del universo. Hay proyectos actualmente cuyo principal y único objetivo es el encontrar indicios de vida en otro planeta.

El hombre ha tenido desde hace mucho tiempo la necesidad de respuestas a tantas interrogantes como ésta. A veces viajamos años y años en búsqueda de respuestas sin darnos cuenta que estamos tan cerca de esas respuestas y a la vez tan lejos de ellas. Estamos, como humanidad, tan ocupados en buscar vida en otro planeta pero no nos hemos hecho la pregunta tan básica como: ¿hay vida en este planeta? ¿Hay vida en nuestro país? ¿Hay vida en nuestra ciudad? ¿Hay vida en nuestra familia? ¿Hay vida en ti?

Sé que mientras el hombre busca vida biológica en otros planetas, las preguntas anteriores tienen un énfasis en la vida espiritual, que es más importante y más trascendente que la vida biológica, porque la vida espiritual no perece mientras que la vida biológica pronto, muy pronto, dejará de ser.

La pregunta para nosotros hoy es: ¿hay vida espiritual en ti? ¿Está la vida del Espíritu en tu familia, en tu trabajo, en tu iglesia, en tu país? ¿Hay vida en lo que haces?

Cuando JESÚS estuvo en la tierra, Él hizo una declaración acerca de sí mismo que es impresionante, Él dijo: Yo soy el camino, Yo soy la verdad, Yo soy la vida, y nadie viene al Padre, sino es por Mí. (Juan 14.6). Y en varias ocasiones, JESÚS confirma: Yo soy la resurrección y la vida (Juan 11.25), Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia (Juan 10.10). Lo impresionante de estas declaraciones es que JESÚS no sólo nos da vida, sino que Él es la vida; esto no quiere decir que Él tiene vida, sino que Él mismo es la vida, y fuera de Él no hay vida.

Hay algo que un pastor dijo: un verdadero cristiano no estará preocupado por encontrar una iglesia donde la música le agrade, donde el predicador le agrade, donde la forma de servir o vestir o saludar o hablar le agrade, o donde siquiera la doctrina de esa iglesia le agrade, sino que un verdadero cristiano estará atento para discernir si en la iglesia donde Dios le permita estar hay vida. Esto es bien fuerte, porque el lugar donde estemos no dependerá de nuestras expectativas pero sí donde Dios ha derramado vida. Un verdadero creyente es un conducto, un canal para que esa vida sea derramada a donde quiera que vaya.

Nos preguntaremos: ¿cómo sabemos si hay vida espiritual en un lugar, o en un creyente, o en nosotros mismos? Las respuestas pueden ser tan simples como complejas teológicamente hablando. Pero hay evidencias bien palpables: cuando una persona recibí en su espíritu la revelación de quién es JESÚS, que Él es Dios, Él es el Cristo. Esto traerá en el creyente una perspectiva para entender que su vida es tan corrompida y tan sucia que necesita urgentemente de JESÚS no sólo una vez, sino cada día de su vida, es decir, un creyente sabe bien cada día que es un pecador y que por pura gracia Dios nos limpia día a día por el perfecto sacrificio de JESÚS. Esto lleva a un creyente a vivir en una humildad profunda, en un agradecimiento constante, y buscará desesperadamente alinear su vida a Dios y Su Palabra. Un creyente no es un súper hombre, un creyente es una persona tan ordinaria que está siendo cambiado por Dios extraordinariamente, y esto no puede ocultarse. En un creyente su forma de vivir, su forma de hablar, su forma de pensar, en todo él hay vida. En un creyente sus ojos están puestos en lo eterno y no en las cosas temporales.

Hay muchas más evidencias que se van desarrollando a lo largo de la vida de un creyente. Esto es lo más hermosos de la vida en Cristo: que nuestra vida constantemente está creciendo en más vida, porque JESÚS mismo, Su Espíritu, está en nosotros.

Yo hoy sigo impresionado por el universo, y los planetas, y las estrellas, y las galaxias. Cada vez que veo noticias de que han descubierto más galaxias, o más planetas, quedo sorprendido por lo hermoso y lo inmenso del universo. El universo declara tan fuerte que Dios es, el universo declara lo temible y poderoso y grande que es nuestro Dios.

Te invito esta semana a que tomes un tiempo para observar las estrellas. Mientras las observas evalúa tu vida y pide a Dios discernimiento para entender si hay vida en ti, si hay vida en todo lo que haces. Pide a Dios que te lleve a crecer en Su vida para gloria de Su Nombre.

promesas

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volveré a Ti cada día

mis ojos mirarán Tu hermosura

mis labios cantarán a Tu gloria,

cada palabra, cada mirada

cautivas serán por Ti.

 

no me alejaré de Ti al caminar

ni al dormir mis pensamientos Te perderán

porque mejor es Tu presencia

que el universo entero,

y mejor Tus sueños

que los tiempos.

 

mi caminar corre hacia Ti

mis pasos se guían con Tu voz,

sí, Tu voz.

ni el ruido del mundo

podrá distraerme de Tu voz,

sí, Tu voz.

 

yo soy cautivo de Ti:

mi vida es toda tuya.

ni el despertar, ni el caminar,

ni el vivir, ni el morir,

ni el tiempo, ni los sueños,

nada me pertenece

mas a Ti todo es.

 

porque todo se sostiene por Ti:

los mares y los cielos,

los montes y desiertos,

el volar del ave, el nadar del pez,

desde lo profundo del mar

hasta lo inimaginable de los cielos,

las risas de Tus hijos,

los sueños de Tus jóvenes,

la libertad de todo Tu pueblo,

la eternidad misma.

todo depende de Ti.

 

por la gloria de Tu gracia

y lo profundo de Tu amor

que no se agota, que no cambia

que es perfecto y también eterno,

por Tu justicia que es exacta,

por Tu misericordia que es para siempre,

por Tu santidad que nos humilla

por Tu palabra que nos alimenta

por Tu grandeza que es temible

por Tu verdad que nos confronta

por Tu hermosura que nos enamora

por Tu fidelidad que nos sostiene

por todo Tú por quien vivimos.

 

eres vida y también verdad

eres amor y también justicia

eres fuerte y temible y también humilde

eres fiel y también santo

eres Dios y también cercano

eres nuestro y también somos Tuyos,

solo Tuyos y de nadie más.

y conocerás que Yo soy Dios

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“Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que Yo soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo el Señor su Dios.” Éxodo 19:45,46

 

“Y si me preguntan: ¿cuál es el mayor acto de fe?” Preguntaba un pastor, a lo cual respondió: “Para mí, es mirar al espejo de la Palabra de Dios y ver todas mis fallas, todos mis pecados, todas mis deficiencias y creer que Dios me ama exactamente como Él dice que me ama.” (1)

Esta verdad difícilmente tiene cabida en la mente y en la vida de hombres en quienes su única esperanza está en las obras, las obras de la carne. Hombres que gastan su vida haciendo proyectos, haciendo grandes obras, construyendo grandes ministerios para ser vistos por los hombres y ganar el favor de Dios, sin embargo todo ya ha sido ganado por Cristo en la cruz. Los hijos de Dios no hacen buenas obras creyendo que podrán ganarse el cielo, pero los hijos de las tinieblas sí. Los hijos de Dios hacen buenas obras porque en ellos está el Espíritu de Dios que les mueve a vivir en agradecimiento a Dios por ese perfecto amor, en vivir con una vida recta que sólo es posible vivirla si Dios está en nosotros, porque en méritos de hombres nadie, incluidos tú y yo, podemos ganar el favor de Dios. Jesús lo ha pagado todo. Eso es sobrenaturalmente sorprendente.

Cuando Dios promete a Su pueblo que habitaría entre ellos, y que ellos conocerían que Él es Dios, el pueblo de Israel estaba recibiendo una de las mayores promesas que Dios tenía para ellos: Su presencia en medio de ellos, Su cercanía para escucharle, Su temible hermosura para contemplarle, Su inexplicable grandeza para vivir confiados. Ese anhelo de Dios tan fuerte de habitar con Sus hijos.

Dios les dio Su ley para que la vida de Su pueblo fuera alineada al corazón de Dios. Sin embargo, el pueblo demostró la tremenda incapacidad de poder cumplir con cada uno de los mandamientos lo que les hacia culpables delante de Dios. A pesar de ello, Dios seguía anhelando para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Cuando Dios muestra a la humanidad que con nuestra débil e imperfecta existencia no podíamos llevar vidas rectas, Él proveyó a Su hijo para acercarnos a Él, para poder habitar con Él, para poder conocerle a Él en toda Su gloria. Y no sólo eso, sino que nos dejó a Su Espíritu para que nuestras vidas fueran conducidas en perfecta santidad y rectitud.

No tenemos nada que ofrecerle a Dios, más que nuestras vidas así de imperfectas. No hay buena obra que pueda hacer que Dios nos ame más, Su amor es perfecto. No podemos vivir nuestra vida con toda esa carga de culpa y de pecado y de maldad, porque terminaremos reconociendo que sin Dios nada es posible. Tu vida sin Dios no tiene sentido, pero tu vida con Dios puede ser usada de maneras que ni tú ni yo podemos imaginar para gloria de Él.

Que cada paso que demos en nuestra vida nos permita conocer más del gran Dios al que servimos, al que servimos con una profunda humildad y con un agradecimiento infinito.

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(1) http://www.youtube.com/watch?v=A1R6mZl8HBU

dioses falsos

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“Yo, el Señor; este es mi Nombre; y a otros no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.” Isaías 42.8

 

“Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos.” Salmo 115.4-8

 

¿Cuántas veces la Palabra nos narra que Dios confrontó y humilló a dioses falsos? ¿Recuerdas las plagas en Egipto donde cada una de ellas estaban relacionadas a dioses que los egipcios adoraban? ¿O cuando Moisés encontró al pueblo de Israel adorando un becerro de oro en el desierto? ¿O cuando Elías enfrentó a los profetas de Baal? Y en varias ocasiones más Dios confronta y humilla a esos dioses falsos que los hombres se han formado. Y en este tiempo Dios es el mismo, nuestro Dios que no comparte Su gloria.

Cuando hablamos de dioses falsos es muy común que pensemos en imágenes o en religiones, sin embargo, en este tiempo, muchas personas se han levantado dioses falsos en los cuales está su confianza, a ellos adoran día a día y a ellos entregan su vida. Dioses como el dinero, el conocimiento, los placeres, el cuerpo, el trabajo, la carrera profesional, y tantos otros más.

¿Cómo podemos identificar si hay dioses falsos en nuestra vida? Con una pregunta sencilla: ¿hay algo en tu vida en lo que confíes antes que en Dios? En medio de una necesidad económica, ¿tu confianza está en tu cuenta bancaria? Tus planes para el futuro, ¿están confiados en tu carrera profesional, o tu trabajo, o tu familia, o en tus talentos y habilidades, en tu salud?

Quisiera que tomaras un tiempo, unos minutos al menos, para hacerte nuevamente esa pregunta: ¿hay algo en tu vida en lo que confíes antes que en Dios? ¿A caso tu ánimo y tu estabilidad dependen de la bolsa de valores, del clima, de qué tan bien te sientes hoy? Y si la respuesta es sí, es tiempo de que te presentes delante de Dios en oración, en humildad, en arrepentimiento, derribando todos esos dioses falsos que te has formado, y pidiendo a Dios fe y confianza para basar toda tu vida, incluido el respirar, en Él.

No esperes el tiempo en que Dios humille esos dioses falsos y una vez sin ellos tu vida sea expuesta. No confíes en tus razonamientos, ni en los del mundo, ni en nada que no esté basado en Palabra de Dios.

Dios te quiere libre, completamente libre. De tus miedos, de tus fracasos, de tus dioses falsos. Y sólo JESÚS puede traerte esa libertad.

Humildemente presentante delante del Padre cada día, y pide desesperadamente para que Él revele tus dioses, limpie tu corazón de ellos, y Él reine en tu vida. Porque nuestro Dios Celoso es.