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voz que clama en el desierto

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“Consolaos, consolaos, pueblo Mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano del Señor por todos sus pecados.

Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.” Isaías 40.1-4

 

Imagina que te encuentras en un tiempo de sequedad, en un desierto. Un tiempo en el que las pruebas abundan y los problemas parecen no terminar. La persecución se ha levantado contra ti y contra los tuyos. La tristeza parece dominar tu alma. La muerte parece estar a la puerta. Imagina que llega gente malvada y comienza a llevarse a tu gente, secuestrados, esclavizados, cautivos. Tiempos en los que por más que miras hacia el cielo, parece que no hay respuesta que venga de ahí.

Has meditado en tus caminos y has encontrado que por generaciones los tuyos se han alejado de Dios de maneras terribles. Terribles cosas se han hecho en la nación donde vives. Parece que la maldad y el pecado también abunda dentro de tu gente, de tu pueblo, a tu alrededor.

¿Puedes imaginarlo?

 

Cuando el profeta Isaías escribe, esa era la condición del pueblo de Israel. El profeta Isaías veía toda la maldad alrededor suyo y, además, veía esa maldad también en él. Parecía que no había esperanza, que no había salida, que todo lo que pasaba era porque lo merecían, porque Dios estaba muy muy muy enojado con ellos… y con razón.

Pero el profeta Isaías no fija sus ojos en su alrededor, sino que fija sus ojos en Dios. Él sabía que nuestro Dios había prometido tiempos de libertad si se volvieran a Él. Que Él cumpliría cada una de Sus promesas porque Su Palabra nunca vuelva vacía.

Isaías era como una voz que clamaba en el desierto. Era como un hombre que en medio de tanta maldad clamaba a Dios para interceder por el pueblo, hablaba al pueblo para que se convirtieran de sus malos caminos, que regresaran su corazón a Dios. Isaías era un hombre que aun en medio de ese desierto, clamó a Dios.

Cuando JESÚS inicia Su ministerio en la tierra había alguien antes de Él que a veces podemos pasar desapercibido: Juan el Bautista, de quien habla esta profecía en Isaías 40. Juan el Bautista es llamado a algo poco común: clamar desde el desierto tiempos de libertad para el pueblo de Dios. De hecho, Juan el Bautista es quien inicia con la predicación del arrepentimiento y el bautismo, buscando que los hombres se volvieran de su maldad. Juan el Bautista llega a incomodar tanto con su predicación que es encarcelado y asesinado. Juan el Bautista entendió desde mucho antes quién era él y quién es JESÚS. Juan el Bautista preparando el camino para cuando JESÚS llegara.

Hoy a nuestro alrededor las condiciones pueden no ser muy alentadoras. En tu familia, en tu iglesia, en tu país, en todo tu alrededor. Pareciera que no hay salida, que todo lo que ocurre nos lo merecemos y que no habrá respuesta ni solución. Sin embargo, Dios busca de voces que clamen en este desierto, que preparen camino al Señor. Voces que con profunda angustia y dolor, piden por todos aquellos que sabiendo que son malos, Dios quiere salvarles, Dios quiere limpiarles, Dios quiere consolarles.

¿Te duele tu país? ¿Ves una urgencia de la mano de Dios en medio de ese caos? Clama a Dios, deja que Dios traiga consuelo y libertad alrededor tuyo.

nuevos comienzos

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“Porque Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos Mis caminos, dijo el Señor. Como son más altos los cielos que la tierra, así son Mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.

Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será Mi palabra que sale de Mi boca; no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será al Señor por nombre, por señal eterna que nunca será raída” Isaías 55.8-13

 

Cada año que Dios me permite cumplir un año más de vida, Dios pone en mi corazón una palabra o un propósito para el año que ha de venir. Es una oportunidad para rendir y dedicar el año a Dios y Sus planes, para reconocer que Él ha sido quien ha permitido que este hijo Suyo haya llegado hasta este tiempo.

En un par de días estaré cumpliendo años, y mientras meditaba con Dios respecto al propósito, Dios ponía en mi corazón: nuevos comienzos.

Este año que está por concluir fue un año donde Dios confirmó muchas cosas: Su Palabra, Su fidelidad, Su protección y guía, Su consuelo, Su amor, confirmó Su Nombre, confirmó que hijo Suyo soy. Fue un año de pruebas tan fuertes que parecía que mi alma iba a desfallecer, que no iba a resistir. Fue un año de un desierto profundo donde Él confirmó Quien es Él.

Y ahora, mientras medito en este año que está por comenzar, Dios trae a mi mente que nuevos comienzos llegarán. Tiempos para restaurar, para caminar en fe, para crecer. Tiempos de nuevas oportunidades, de nuevos sueños, más grandes, más profundos, más eternos. Este año que concluye me ha permitido dejar atrás miedos, inseguridades, dudas, y me han permitido confirmar que Dios es fiel y es bueno.

Porque Sus caminos, son más altos que nuestros caminos, y Sus pensamientos, más que nuestros pensamientos. Porque Su palabra nunca vuelve vacía.

¿hasta cuándo, Señor?

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió Él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto; […]” Isaías 6.8-11

 

El llamado de Dios hacia el profeta Isaías descrito en el capítulo 6 es muy conocido en la cultura cristiana. De manera general, Isaías tiene una visión de Dios en Su templo e Isaías es confrontado no sólo por su inmundicia sino por la del pueblo al estar en la presencia de un Dios Santo. Un querubín toca los labios de Isaías con un carbón encendido para quitar la culpa y el pecado de Isaías. Y es ahí cuando Dios pregunta: ¿A quién enviaré? E Isaías responde: Heme aquí, envíame a mí.

Lo más interesante es que ese llamado no termina ahí, sino que en ese momento Dios le revela a Isaías cuál es ese llamado: confrontar la sordera y ceguera espiritual del pueblo de Dios.

Isaías es uno de mis profetas y libros favoritos de toda la Biblia. Es el llamado de un profeta al que no solo se le revela el pecado del pueblo, sino que también trae esperanza al pueblo con la revelación profética más impactante de nuestro Mesías y cómo este Mesías sería sacrificado para traer salvación al pueblo. Isaías es el libro con mayor contenido profético respecto a JESÚS siglos antes de que JESÚS naciera.

Cuando Dios le dice a Isaías su llamado (confrontar el pecado del pueblo), Isaías pregunta: ¿hasta cuándo, Señor? Es decir, Isaías le pregunta: ¿hasta qué momento sabré que debo dejar de confrontar el pecado? Y Dios responde con algo muy fuerte: hasta que las ciudades estén vacías.

 

Tuve oportunidad de leer esta parte de la Biblia durante el fin de semana, y preguntaba a Dios: ¿por qué Dios envía a un profeta sabiendo que el pueblo no respondería? ¿Qué sentido tiene enviar Palabra de Dios, sabiendo que el pueblo la ignorará, no escucharán, no verán, no entenderán?

Algo sorprendente es que esta palabra profética de Isaías no sólo es para el pueblo del tiempo de Isaías, sino que, en los Evangelios, JESÚS se refiere a estas mismas palabras cuando ve que el pueblo no responde a Sus palabras. ¿Puedes imaginar que el pueblo no respondió a Isaías, pero tampoco respondió a JESÚS, Dios mismo?

Creo que este mensaje es también para nuestro tiempo. Por muy difícil que resulte aceptarlo, como iglesia de Dios atravesamos un tiempo demasiado retador no por los ambientes del mundo que nos rodean, sino por la condición espiritual de la iglesia, una condición que requiere una intervención poderosa de Dios.

¿Hasta cuándo, Señor? Podemos preguntar. Y la respuesta de Dios podrá ser: hasta que “quede el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” (v13)

¿es tal el ayuno que Yo escogí?

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“Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios; me piden justos juicios, y quieren acercarse a Dios. […] ¿Es tal el ayuno que Yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable al Señor? ¿No es más bien el ayuno que Yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” Isaías 58.1,2,5-7

 

Nuestra naturaleza caída tiende a hacer religión de muchas cosas. Si no somos diligentes en analizar continuamente nuestro caminar con Dios, puede que ya hayamos hecho un ídolo de algo que antes era genuino y puro ante Dios. Podemos hacer ídolos de personas, de cosas, de doctrinas, de formas, de tiempos, de estrategias, y hasta de nuestra propia forma de entender a Dios y Sus caminos. Nuestra naturaleza humana tiende a suplir una relación genuina, honesta, transparente y real con Dios, con procedimientos que nos satisfacen momentáneamente el alma pero que no edifican sobre la Roca ni derriban muros de impiedad. Es por eso la gran importancia de presentarnos ante Dios y Su Palabra cada momento, para ser examinados, para ser confrontados, para ser limpiados, para ser santificados en Su verdad. ¿Todo lo que creemos, hasta lo más simple, está alineado a Su Palabra? No como un legalismo o religión, pero sí como un anhelo genuino de estar purificando nuestra relación con Dios.

Había leído el capítulo 58 de Isaías en varias ocasiones anteriormente. He escuchado predicaciones en la iglesia sobre este capítulo también. Sin embargo, en esta ocasión cuando pude leerle de nuevo hubo algo muy fuerte que salto a mi mente. Lo primero a entender es que esta profecía fue escrita en tiempos del rey Ezequías, tiempos en los que este rey restaura el templo y vuelve a celebrar la Pascua como no había sido hecho en más de 200 años. Ezequías había derribado ídolos y toda cosa contraria a Dios, y había llamado al pueblo a un tiempo de búsqueda de Dios como no se había vivido desde Salomón. El pueblo estaba siendo afrentado por sus enemigos, los reinos paganos vecinos en cualquier momento los tomarían cautivos. Es en este tiempo, cuando un remanente busca a Dios y celebran la Pascua nuevamente.

Lo que ha llamado mi atención el capítulo 58 es el versículo 2. Es decir, Dios cuestiona a Su pueblo algo que parece no es malo: me buscan cada día, quieren saber mis caminos, me piden justos juicios y quieren acercarse a Dios. ¿Por qué Dios le cuestiona a Su pueblo esto que a simple vista no parece nada malo sino todo lo contrario, algo bueno que aún en nuestros días iglesias enteras piden y hacen? La respuesta está en el mismo versículo 2: como si hubieren hecho justicia y que no hubiesen dejado la ley de Dios.

Cuando leía este versículo fui golpeado por nuestra facilidad de hacer religión aún de lo que pudiera parecer bueno. Hacer cosas pero no de manera genuina, sino como mero procedimiento y trámite ante Dios. El pueblo, lo que logro percibir en este capítulo, aún no había tenido un arrepentimiento real pues se acercaban a Dios como si nada hubiera pasado, como si hubieran hecho justicia y que nunca se hubieran apartado de la ley de Dios.

Más adelante, Dios confronta un acto de religiosidad que terminaba por evidenciar todo el corazón: el ayuno. Sin embargo, Dios no solo exhibe nuestro pecado para dejarnos así, sino que en Su profunda fidelidad y misericordia nos indica el camino. En los versículos 6 y 7 podemos ver realmente lo que Dios buscaba de Su pueblo. Podemos pasarnos días completos estudiando estos dos versículos, sin embargo, algo importante de ellos es que son muy prácticos: romper ligaduras de impiedad, soltar cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados, romper yugos (cargas), compartir el pan con el hambriento, albergar al pobre errante, cubrir al desnudo, no esconderte de tu hermano.

Cuando pensaba en este capítulo, Dios trajo a mi mente el momento en el que rey Ezequías no sólo destruye los lugares altos e ídolos, sino que también destruye la serpiente de bronce (2 Reyes 18.4) que alguna vez fue usada por Dios a través de Moisés para traer sanidad en el desierto. El corazón de Su pueblo había llegado a tal nivel de religiosidad que habían hecho un ídolo de lo que antes había sido dado por Dios, dejando a un lado a Dios mismo.

¿Qué de lo que llamamos cristianismo en nuestro tiempo se ha convertido en ídolo (religión) en nuestro corazón? Dios está llamando a la puerta, a la puerta de nuestra vida, a la puerta de Su iglesia.

la Palabra que sale de Mi boca

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“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será Mi Palabra que sale de Mi boca; no volverá a Mí vacía, sino que hará lo que Yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” Isaías 55.10,11

La Palabra de Dios, Sus promesas, no son solo palabras, son vida que alimenta y produce fruto. La Biblia afirma que la Palabra de Dios es como lluvia y nieve que riegan la tierra para producir fruto y alimento, para dar esperanza en medio de la incertidumbre, para producir fe, para alumbrar nuestro caminar.

Hace algunos años pude identificar muy claramente un hambre por la Palabra de Dios. Iba a tener una cirugía y horas antes de ser ingresado al quirófano, mi espíritu tenía un hambre de Su Palabra. Dios, de una manera muy especial, me habló y me dio esperanza y paz a través de Su Palabra. Horas después de salir de cirugía, había en mí un hambre por Su Palabra, un hambre muy fuerte que venía del espíritu, y Dios proveyó.

Continuamente hay un anhelo fuerte por buscar en la Palabra dirección. No es un asunto de ser muy religioso, es una necesidad en el espíritu, una necesidad fuerte, porque la Palabra que sale de la boca de Dios es alimento, produce vida, porque lo que Dios ha dicho que se hará, será hecho.

Sus promesas que Dios ha hablado, podemos tener la certeza que Dios las cumplirá. En la Biblia podemos confirmar en la vida de tantos hombres de como Dios cumplió cada una de Sus promesas a ellos. Porque no hay nada que pueda detener una Palabra que ha salido de la boca de Dios.

Su Palabra trayendo vida, Su Palabra transformando corazones, Su Palabra transformando naciones enteras que en humildad han derramado su corazón a Dios.

Mientras orábamos por Ghana un querido hermano y amigo y yo, Dios ponía en nuestra oración el deseo porque esta nación, así como todas las naciones sobre la tierra puedan ser transformadas por la Palabra de Dios, por la obra de Su Espíritu. Porque más allá de grandes esfuerzos de los hombres por transformar naciones, la única obra que traerá verdadera transformación será la obra que ha sido dicha por Dios y que a través de Su Espíritu será hecha.

 

Creador tuyo, oh Jacob

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“Ahora, así dice el Señor: Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque Yo estoy contigo; te puse nombre, Mío eres tú. Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.” Isaías 43.1,2

Dios ha dado una palabra a mi vida de una manera sorprendente. Después de que el alma fue golpeada por una breve confusión y angustia, después de la alabanza con Su iglesia Dios confirmó: Creador tuyo, oh Jacob.

Cuando Su palabra llega, Su palabra golpea con fuerza, golpea hasta sacudir todo miedo y duda, porque Su palabra nunca vuelve vacía. Fue, así lo confirmo ahora, una palabra que Dios habló para traer confianza, traer certeza, confirmar que Él está con los Suyos, contigo, conmigo. “No temas”, dice el Señor, “porque Yo te redimí; te puse nombre, Mío eres tú”.

Quisiera expresar cuán hermosa es esta palabra a mi vida. Desde el versículo 1 hasta el 7 del capítulo 43 de Isaías fue leído después de la alabanza hoy con Su iglesia. Llegó con fuerza para sacudir dudas y confirmar Su perfecta obra en nuestra vida, una vida que le pertenece completamente.

La Palabra de Dios no son amuletos o conjuros mágicos. Es verdad que se cree en el corazón y se predica con la vida. Sana, restaura, alienta, guía, disciplina, confronta, entresaca lo precioso de lo vil. Su Palabra, guía del humilde corazón, del pobre de espíritu, del de limpio corazón, de los que anhelan justicia y claman a lo alto. Su Palabra es más dulce que la miel, medicina a nuestra vida.

¡Oh, querido lector! Quisiera poder transmitir cuánta verdad podemos encontrar en Su Palabra, en la Biblia. Cuántas promesas, cuánta guía para toda decisión, cuánta disciplina que produce vida. Hoy Dios de una manera maravillosa ha hablado a mi vida, sin duda quiere hablar también a tu vida.

Los tiempos podrán no ser alentadores, pero Su Espíritu, poder de lo alto, nos guiará a toda verdad, a toda verdad para lograr un conocimiento pleno de JESÚS. No se trata de nosotros, Él es nuestro creador. Se trata de Él, nuestra vida le pertenece. Él nos ha creado. Él nos ha formado. Él nos ha redimido.

¡No temas!

nombre mejor, nombre perpetuo, que nunca perecerá

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2016

*

“Y el extranjero que sigue al Señor no hable diciendo: Me apartará totalmente el Señor de Su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco.

Porque así dijo el Señor: A los eunucos que guarden Mis días de reposo, y escojan lo que Yo quiero, y abracen Mi pacto, Yo les daré lugar en Mi casa y dentro de Mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá.

Y a los hijos de los extranjeros que sigan al Señor para servirle, y que amen el nombre del Señor para ser Sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, Yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en Mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre Mi altar; porque Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.”

Isaías 56.3-7

*

Este 2015 ha sido uno de los años más impactantes en mi vida. Un año donde las pruebas en lo emocional y espiritual han abundado, y en donde todas ellas Dios ha sido siempre FIEL. He podido percibir la mano de Dios, Su presencia de maneras asombrosas y sobretodo he visto Su perfecta voluntad en cada momento. Dios es siempre BUENO, y en Él todas Sus promesas son en Él Sí y en el Amén para Su gloria. (2 Corintios 1:20).

Podría platicar como Dios me salvó de un accidente impresionante a principios de año. Un accidente que yo no llamaría accidente sino un propósito de Dios. Un accidente inentendible en mente humana en muchos aspectos por cómo sucedió, y del cual Dios me guardó. Dios me salvó de muchas maneras ese día, y el accidente (o ese propósito) no fue más que un medio, una forma usada por Dios para revelarme tantas cosas, tantas cosas, al grado en que pude agradecer a Dios por el accidente (el propósito).

También pudiera platicar como a mediados de año mi alma y espíritu fueron retados a dar un paso más de fe, un paso hacia algo desconocido y aun incomprensible por gran parte de su iglesia. Fue un tiempo en el que la palabra de Dios no faltó para alentarme a ser valiente, a ser esforzado, que aun a pesar de los pruebas y tiempos difíciles, Él me guiaría hacia Su voluntad. Y hoy puedo con tremenda confianza confirmar que los tiempos de Dios son buenos, Él es bueno.

Me siento completamente cuidado por Dios, amado por Dios, y mi alma lo sabe muy bien. No por lo que yo he hecho o he dejado de hacer, sino por la obra completa de JESÚS en aquella cruz por mí, y Su interminable misericordia para conmigo día a día. Este año, es un año para celebrar Su gran misericordia. No es cliché, no es vana palabrería, es una verdad que mi alma y mi espíritu pueden testificar.

Este domingo Dios me ayudó a recordar un pasaje en Isaías, cuando Dios, a través del profeta, le dice a los eunucos: no digas que eres árbol seco. Y este pasaje representa mucho en mi vida desde hace algunos años. Amigos muy cercanos sabrán la situación (el propósito de Dios) que en lo personal enfrento y por lo cual ese pasaje tiene un peso importante en mi vida. He compartido en más de una ocasión en este blog respecto a esa situación que es todo un reto para la iglesia en nuestros días y a lo cual creo Dios nos está llamando.

El término “eunuco” ha sido un término por demás obviado y, en cierto punto, ignorado en la iglesia moderna a pesar de que grandes hombres de fe narrados en la Biblia enfrentaban dicha situación que, culturalmente aún en nuestros días, es desfavorable y hasta de burla y prejuicio. Y Dios se refiere a ellos en ese pasaje (Isaías 56.3-7) de una manera que, diría yo, es sublimemente hermosa, la promesa dada ahí es impresionante. Dios diciendo a un grupo por demás estigmatizado: no digas que eres árbol seco, porque te daré un lugar en Mi casa, y un nombre mejor que el de hijos e hijas, un nombre perpetuo, que nunca perecerá. Y en fe este grupo debe responder guardando el día de reposo, escogiendo lo que Dios quiere, y abrazando Su pacto. Dios me recordaba esa promesa: no digas que eres árbol seco, aún a pesar de lo que el mundo y, tristemente la iglesia, pudieran decir respecto a ti.

Y algo también hermoso en ese pasaje es que Dios se refiere no sólo a los eunucos sino también a los extranjeros, hombres y mujeres que históricamente no tenían parte en el pueblo de Dios y que eran menospreciados y vistos como inferiores. Para ellos Dios dice: no digas que Dios te apartará totalmente de Su pueblo, sino que te llevará a Su santo monte, y los recreará en Su casa de oración, y sus sacrificios serán aceptos para Dios.

Muchas personas como yo encontramos en esas promesas invaluable esperanza. Hombres y mujeres despreciados aún por la iglesia por una condición en sus vidas y que son vistos como extranjeros, como aquellos que no tienen parte en el pueblo de Dios. Y Dios nos dice: no digas que te apartaré totalmente de Su pueblo, ni digas que eres árbol seco, sino que te daré un nombre mejor que el de hijos e hijas, un nombre perpetuo, que nunca perecerá.

Recordando siempre que todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén.

 

 

Lead me to you

Forever, Lord, I will pursue

I will pursue

You’ve won my heart

Jesus, you’re all that I want

All that I want

*

Guíame a Ti,

por siempre, Señor, yo seguiré

yo seguiré

Tú has ganado mi corazón

JESÚS, tú eres todo lo que yo quiero

todo lo que yo quiero

para los que moran en tinieblas

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“para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas” Isaías 42.7

La misericordia y el amor de Dios por la humanidad es algo increíble, y el entenderle resulta solo una revelación de Dios a nuestra vida. Cada día que caminamos sobre este planeta son un testimonio grande de esa misericordia y de ese amor, aun para aquellos que enfrentan grande tribulación y tragedia, porque cada día existe la posibilidad de reencontrarnos con Dios, de alinear nuestra vida a Él, de reconocerle en todos nuestros caminos. Porque cada día, Sus misericordias son nuevas.

¿Suena a cliché cristiano? Sí, puede ser para muchos, sin embargo para algunos la misericordia de Dios y Su amor son más que un cliqué, son una realidad. Cuando el profeta Isaías describe al Mesías, entre muchas de las descripciones hay una que esta semana estuvo de manera continua en mi mente: JESÚS vino a abrir los ojos a los ciegos, a sacar de la cárcel a los presos, y de prisiones a los que habitan en tinieblas. Esto fue en lo físico, es decir, hombres ciegos que JESÚS les dio la vista, pero también lo fue en lo espiritual, algo de mucho mayor trascendencia. Y esto sigue siendo una realidad aun en nuestra época.

Nosotros éramos esos ciegos, esos prisioneros, aquellos que habitábamos en tinieblas. Nosotros estábamos ahí, sin siquiera saberlo. Pero un buen día, un muy buen día, Dios permitió que fuera revelado a nuestro entendimiento y a nuestra vida la terrible esclavitud en la que vivíamos, las profundas prisiones donde habitábamos y la espesa oscuridad de la cual no podíamos escapar por causa del pecado que de una u otra forma nosotros auspiciamos. Éramos esclavos y prisioneros por consecuencia directa de nuestra maldad en nosotros, esa maldad con la que luchábamos tanto y no podíamos desechar.

Fue ahí donde nos encontró Dios. Fue ahí que Su misericordia y amor fue revelado a nuestra vida. Una libertad inmerecida, una redención incalculable, una salvación eterna en la cual vivimos y nos aferramos por la nueva realidad que nos rodea, una realidad espiritual de la cual Cristo nos ha hecho parte.

Cristo es, por tanto, nuestro mayor anhelo, porque solo en Él encontramos significado y propósito, porque le pertenecemos y Suyos somos. Y esa misericordia y amor se vuelven un aspecto vivo que nos transforma día con día. ¿Puedes reconocerles en tu vida?

¿tus sueños se están muriendo?

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“Porque Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos Mis caminos, dijo el Señor. Como son más altos los cielos que la tierra, así son Mis caminos más altos que vuestros caminos, y Mis pensamientos más que vuestros pensamientos” Isaías 55.8,9

Tenía un sueño que cuide por años, quizá muchos años. Despertaba pensando en él, esperando el día en que en realidad se volviera. Dormía pidiendo a Dios y confiando que Él le traería a Su tiempo, porque en mí está la certeza de que ese sueño es un sueño de Dios que se cumplirá en Su tiempo.

Pero un día, un buen día, un muy buen día, Dios me pidió aquel sueño. Dios había revelado a mi espíritu que aquel sueño se estaba robando más atención de la debida, se estaba robando la atención que solo a Dios debía ser. Ese sueño se estaba convirtiendo en un ídolo, un ídolo que se había infiltrado en mi vida justificado en que Dios le había traído. Y cuando ese sueño intentó robar un lugar en mi corazón que a Dios corresponde, Dios me pidió aquel sueño.

Sentía que aquel sueño se moría. Sentía que aquel sueño de años ahora venía a tener un fin que no esperaba. Dios me pedía, así lo sentía en mi humanidad tan limitada, un sueño para deshacerse de Él. Sin embargo, no había yo siquiera aún entendido algo: Dios purificará todo, aun los sueños, y Dios traerá con ello Sus sueños, no los nuestros, Sus caminos, no nuestros caminos, Sus pensamientos, no nuestros pensamientos, Sus propósitos, no nuestros propósitos.

Cuando Abraham caminó por días a aquel lugar indicado por Dios para sacrificar a su hijo, Abraham tenía la certeza de que “Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir [a su hijo].” (Hebreos 11.19). Y cuando Abraham, con preguntas y dudas, estaba a punto de sacrificar a su hijo, Dios lo detuvo diciéndole: “porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único.” (Génesis 22.12).

Y en ese día aquel sueño quedó rendido a Dios. Deseaba que Dios ocupara mi atención. Ya no quería que un sueño que empezaba a traer más frustración llenara mis anhelos. Quería que Dios fuera mi mayor anhelo. En medio de las dudas y preguntas, aquel sueño quedó rendido a Dios. Quería que mi mayor sueño fuera JESÚS mismo, como aquellas vírgenes fieles que aguardaban la llegada de su esposo. (Mateo 25.1-13)

Hoy es un buen tiempo de rendir sueños a Dios, aquello que ocupaba nuestra mente más que Dios mismo. Confiando que Sus pensamientos y Sus caminos son mayores a lo que nosotros podemos pensar e imaginar.

más cerca

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“Entonces dije: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.” Isaías 6.5

Existe una situación importante que sucede en cada creyente que en su caminar constante con Dios busca de manera continua el conocer de Dios y estar en intimidad con Él. Esta situación pudiera horrorizar a muchos, pero es importante que sea así. Cada vez que un creyente es llevado a través del Espíritu a ese tiempo de profunda comunión con Dios sucede que nuestro espíritu reconoce que somos tan inmundos delante de un Dios santo, que somos tan pecadores delante de un Dios perfecto.

Y necesita ser de esta forma porque no puede haber salvación en nuestra vida sin el entendimiento y reconocimiento de cuánto hemos pecado, no puede haber justificación si no nos acercamos humillados delante de un Dios que resiste al soberbio, pero da gracia al humilde. Conviene que sea así, porque si nos acercamos delante de Dios creyendo que Su salvación es algo innecesario o sin mayor valor en nuestra vida, correríamos un gran peligro que costaría la vida completa por la eternidad.

Isaías, el autor de uno de los libros de la Biblia con tanta verdad profética respecto a JESÚS, fue llevado a un momento en su vida en el que descubrió y reconoció que era inmundo de labios y, además, vivía en medio de un pueblo inmundo. ¿No te es familiar? Vivir rodeado de tanto pecado pero además saber que esa inmundicia también puede estar dentro de uno: en nuestro hablar, en nuestros pensamientos, en nuestras motivaciones, y aún en nuestro corazón.

Esa situación no hizo que Isaías corriera alejándose de Dios, que bien pudo haber sido una reacción, sino que permaneció ahí en medio de la presencia de Dios hasta que un serafín tocó sus labios con un carbón encendido quitando con ello su culpa y limpió su pecado.

Nuestro caminar con Dios está marcado por momentos como el que Isaías narra. Hay momentos en que Dios en profundo amor busca que nuestra vida sea limpiada de culpa y de pecado a través del sacrificio de JESÚS. Cada vez que uno está más cerca de Dios, y esa inmundicia en nuestra vida es revelada, es cuando valoramos más y más lo que JESÚS hizo por nosotros, porque al que mucho se le perdona, mucho ama. Mientras más cerca estemos de Dios, más entendimiento tendremos de nuestro pecado y del gran precio que JESÚS pagó por tu vida. Es ahí, en esos momentos, en que nuestra vida queda completamente humillada para ser limpiada por Dios cada vez más.

No temas acercarte a Dios porque conviene al hombre estar cerca de Él.