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su corazón no era perfecto con Dios

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“Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gente de las cuales el Señor había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor. […] Y cuando Salomón ya era viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con el Señor su Dios, como el corazón de su padre David.” 1 Reyes 11.1-4

 

El esplendor del reino de Israel llegó durante el tiempo de Salomón. Nunca ha habido en la historia de Israel un tiempo de tanta prosperidad e influencia mundial como lo tuvo en el tiempo de Salomón. El reino de Israel era, en términos actuales, una potencia mundial. Los pueblos buscaban acercarse y hacer negocios con Israel, ofrecían presentes e “impuestos”. Los reyes de la tierra venían para escuchar el consejo del rey más sabio que se había levantado sobre las naciones: Salomón.

De estas reinas, asombrada por lo que le habían dicho del rey Salomón, decidió constatarlo por ella misma y vino al rey y quedó aun mayormente impactada por la sabiduría, el esplendor, la grandeza del rey Salomón. La reina de Saba llego a decir: ni aun me habían contado la mitad de lo que acabo de presenciar. Ese era el reinado, ese era el rey Salomón. Un rey cuya grandeza venía a estar dada por la bendición y promesa de Dios sobre su vida.

Este reino del tiempo de Salomón se volvería siglos después en la añoranza del pueblo judío. Por muchos siglos el pueblo anhelaba, y anhelan, la llegada del Mesías quien hará que la grandeza del tiempo de Salomón vuelva pero aún con mayor esplendor.

Sin embargo, la historia específicamente de Salomón no termina del todo bien. El corazón de un rey con tanta sabiduría termina siendo desviado hacia ídolos de las naciones paganas que rodeaban y servían a Israel. ¿Cómo es que un hombre tan sabio no pudo percibir que su corazón estaba siendo desviado?

Hubo una época en la que el rey Salomón siente un hastío. El libro de Eclesiastés lo narra. Salomón descubre que todo es vanidad, que no importa que tanto pudiera ser o poseer, todo terminaría siendo vanidad. Ese libro narra como un rey había quedado hastiado del mundo sin encontrar satisfacción. ¿Por qué?

La respuesta la encontramos en 1 Reyes 11.4. Al finalizar este versículo dice: el corazón de Salomón no era perfecto… como el corazón de David. ¿Qué había en el corazón de David? De hecho, algo interesante de notar es que el rey David cometió adulterio y asesino al esposo de la mujer con quien adulteró. De Salomón no se narra algo semejante, pero se narra algo peor: un corazón que no es perfecto con Dios.

¿Cómo es un corazón perfecto con Dios? Los salmos escritos por David son una ventana a ello. David se derrama en estos salmos de una manera tan íntima, que podemos ver sus temores, sus miedos, sus anhelos, sus sueños. Si algo queda claro en los salmos es que Dios anhelaba a Dios, y buscaba ser conforme al corazón de Dios, un corazón vestido de misericordia, de justicia, de juicio. Un corazón que entendió la misericordia de Dios y Su gracia, de una manera muy especial. David tenía una relación íntima con Dios, se deleitaba en Dios, se refugiaba en Dios, se confiaba en Dios.

Es por eso que una relación diaria, constante, sincera, íntima con Dios se vuelve esencial en la vida de un creyente. No hay mayor prioridad para un hombre conforme al corazón de Dios que una relación genuina con Él.

Podremos ganar el mundo, sus riquezas, su fama, sus comodidades, pero eso no llenará de plenitud nuestra alma ni nuestro espíritu. ¿En dónde encontramos nuestro deleite? ¿En dónde encontramos nuestra plenitud?

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lo que bien le parecía

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“En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”. Jueces 21.25

 

No conocí a mi abuelo paterno. Él falleció cuando mi papá tenía doce años y el único conocimiento que tengo de mi abuelo es a través de las pláticas que nos contaban mis papás, mi abuela paterna, mis tíos y aun mis abuelos maternos que le conocieron. Algunas fotos de él pueden darme una idea como era físicamente, y sobre su forma de ser solo tengo esas narraciones familiares. De acuerdo a esas pláticas mi abuelo era un hombre serio, muy estricto, que había estado en el ejército peleando en la Guerra Cristera.

En cambio, sí pude conocer a mi abuela paterna y a mis dos abuelos maternos. Gracias a la relación que tuve o he tenido con ellos he podido realmente conocerles personalmente. Difícilmente alguien puede decirme algo respecto a ellos y no validar si es verdad o mentira ya que tengo ese conocimiento previo que a través de las relaciones se van creando. La relación con alguien nos permite realmente conocer a alguien.

Cuando el pueblo de Israel es guiado por Dios a través de Josué a conquistar la tierra prometida (esa gran promesa de siglos atrás que empezaba a tomar forma), el pueblo sabía quién era Dios no solo a través del tiempo vivido en el desierto sino por la ayuda que Dios les dio para conquistar toda esa tierra. De hecho, el libro de Josué en sus últimos versículos dice: “Y sirvió Israel al Señor todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que el Señor había hecho por Israel.”  (Josué 24.31).

Algo pasó después de esta generación. Parece como si hubiera habido una desconexión entre esta generación que sabían de Dios, y las generaciones siguientes que hacían lo que bien les parecía. Una desconexión tan grave que pervirtió al pueblo a tal grado que creían estar adorando a Dios, pero lo estaban adorando como los pueblos paganos que les rodeaban: levantaban ídolos, sacrificaban personas, etc. El libro de Jueces narra esta tragedia.

Lo que había pasado con las generaciones futuras de Israel es que su conocimiento respecto a Dios se basaba en, quizá, narraciones de otros y no en una verdadera relación con Dios. Cada quien fue formándose una idea de Dios, sin saber realmente quien era Dios.

Dos personajes del libro de Jueces donde se percibe esta situación son Gedeón y Jefté. Ambos hombres fueron usados por Dios para liberar al pueblo de Israel de la opresión, pero una vez que Dios les usa ellos hacen cosas realmente contradictorias. Gedeón utilizó el oro que tomaron como botín y con él hizo un ídolo haciendo que todo Israel se prostituyera tras ese ídolo (Jueces 8.27). Por su parte, Jefté hace una promesa a Dios muy extraña y pagana, básicamente le dice: Dios si nos entregas a los amonitas, yo ofreceré como holocausto a la primera persona que salga de mi casa. Dios les da la victoria y la hija de Jefté es la que primera que sale de su casa.

Uno pudiera entender, en el caso de Jefté, que Dios les dio la victoria porque iban a ofrecerle holocausto, pero esto es contrario a las leyes que Dios ordenó a Moisés y aún peor, este tipo de holocausto de personas eran comunes en los pueblos paganos de los alrededores.

Lo trágico de este tiempo que se narra en los Jueces más allá de los ídolos que el pueblo de Israel se creó, era la falta de conocimiento de Dios, la falta de conocimiento del verdadero carácter de Dios. Cada quien hacía lo que bien le parecía.

El riesgo para los cristianos no es en nada diferente. Una gran tragedia en la que podemos caer como cristianos es creer conocemos a Dios cuando realmente no le conocemos. Y la mejor forma de conocer el carácter de Dios es través de una relación diaria y continua con Él. En una relación con Él, uno puede entender que Él es fiel, que Él es Santo, que Él es poderoso, que Él es misericordioso, y muchas cualidades más.

Nuestro tiempo en esta tierra es tan breve que alcanzar a conocer a Dios en toda su plenitud será imposible. Pero de esa relación continua con Dios dependerá toda nuestra vida.

Dios guíe a Su pueblo a verdaderamente desarrollar una relación inquebrantable con Él.

voz que clama en el desierto

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“Consolaos, consolaos, pueblo Mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano del Señor por todos sus pecados.

Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane.” Isaías 40.1-4

 

Imagina que te encuentras en un tiempo de sequedad, en un desierto. Un tiempo en el que las pruebas abundan y los problemas parecen no terminar. La persecución se ha levantado contra ti y contra los tuyos. La tristeza parece dominar tu alma. La muerte parece estar a la puerta. Imagina que llega gente malvada y comienza a llevarse a tu gente, secuestrados, esclavizados, cautivos. Tiempos en los que por más que miras hacia el cielo, parece que no hay respuesta que venga de ahí.

Has meditado en tus caminos y has encontrado que por generaciones los tuyos se han alejado de Dios de maneras terribles. Terribles cosas se han hecho en la nación donde vives. Parece que la maldad y el pecado también abunda dentro de tu gente, de tu pueblo, a tu alrededor.

¿Puedes imaginarlo?

 

Cuando el profeta Isaías escribe, esa era la condición del pueblo de Israel. El profeta Isaías veía toda la maldad alrededor suyo y, además, veía esa maldad también en él. Parecía que no había esperanza, que no había salida, que todo lo que pasaba era porque lo merecían, porque Dios estaba muy muy muy enojado con ellos… y con razón.

Pero el profeta Isaías no fija sus ojos en su alrededor, sino que fija sus ojos en Dios. Él sabía que nuestro Dios había prometido tiempos de libertad si se volvieran a Él. Que Él cumpliría cada una de Sus promesas porque Su Palabra nunca vuelva vacía.

Isaías era como una voz que clamaba en el desierto. Era como un hombre que en medio de tanta maldad clamaba a Dios para interceder por el pueblo, hablaba al pueblo para que se convirtieran de sus malos caminos, que regresaran su corazón a Dios. Isaías era un hombre que aun en medio de ese desierto, clamó a Dios.

Cuando JESÚS inicia Su ministerio en la tierra había alguien antes de Él que a veces podemos pasar desapercibido: Juan el Bautista, de quien habla esta profecía en Isaías 40. Juan el Bautista es llamado a algo poco común: clamar desde el desierto tiempos de libertad para el pueblo de Dios. De hecho, Juan el Bautista es quien inicia con la predicación del arrepentimiento y el bautismo, buscando que los hombres se volvieran de su maldad. Juan el Bautista llega a incomodar tanto con su predicación que es encarcelado y asesinado. Juan el Bautista entendió desde mucho antes quién era él y quién es JESÚS. Juan el Bautista preparando el camino para cuando JESÚS llegara.

Hoy a nuestro alrededor las condiciones pueden no ser muy alentadoras. En tu familia, en tu iglesia, en tu país, en todo tu alrededor. Pareciera que no hay salida, que todo lo que ocurre nos lo merecemos y que no habrá respuesta ni solución. Sin embargo, Dios busca de voces que clamen en este desierto, que preparen camino al Señor. Voces que con profunda angustia y dolor, piden por todos aquellos que sabiendo que son malos, Dios quiere salvarles, Dios quiere limpiarles, Dios quiere consolarles.

¿Te duele tu país? ¿Ves una urgencia de la mano de Dios en medio de ese caos? Clama a Dios, deja que Dios traiga consuelo y libertad alrededor tuyo.

especial tesoro

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“Entonces los que temían al Señor hablaron cada uno a su compañero; y el Señor escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de Él para los que temen al Señor, y para los que piensan en Su nombre. Y serán para Mí especial tesoro, ha dicho el Señor de los ejércitos, en el día en que Yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre lo justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.” Malaquías 3.16-18

“Después subió al monte, y llamó a sí a los que Él quiso; y vinieron a Él.” Marcos 3.13

Cuando el Antiguo Testamento concluye con el libro de Malaquías, algo que es importante notar es que no concluye con grandes obras de parte de Dios, o la presencia de Dios manifiesta como se narra en los tiempos de Salomón. De hecho, después de que el pueblo regresa de la cautividad para reconstruir la nación y el templo, todo queda como en pausa, como un tiempo de expectativa.

El pueblo había regresado, había reconstruido la ciudad y el templo y se esforzaban en guardar la ley de Moisés, pero algo hacía falta: la presencia de Dios.

Las profecías dadas al pueblo de Israel a través de los profetas antes de la cautividad, durante la cautividad y después de la cautividad, vaticinaban un tiempo excepcional para Su Pueblo, pero no llegó justo después del regreso de la cautividad, sino que sería necesario varios siglos para que la primera profecía sobre el Mesías fuera cumplida.

Esos 400 años después de Malaquías y hasta Mateo nos hacen preguntarnos: ¿qué pasó en el pueblo de Israel, especialmente con sus líderes religiosos, para que su corazón se haya endurecido tanto y sus ojos se hayan cegado tanto que no pudieron ver y reconocer a JESÚS cuando Él llegó a la tierra? Creo que la respuesta fue que era tal su preocupación por guardar la ley que convirtieron todo (desde el corazón) en simples reglas religiosas que cumplir sin entender el propósito en ellas: revelarnos al Mesías. Se olvidaron que detrás de las leyes, hay un Dios que anhelaba para sí un pueblo propio, un pueblo que sí, celoso de buenas obras, y también un pueblo con anhelo ferviente por Su Dios, por habitar con Él, por contemplarle, Dios cercano, Dios amando a Su especial tesoro.

Y el riesgo que el pueblo de Israel enfrentó de convertir toda enseñanza y toda ley en meros preceptos de hombres sin propósito alguno puede ser también una realidad para nuestra iglesia, para nuestro tiempo. Lo que me ha asombrado en el último año es ver cómo la obra del Espíritu en la iglesia primitiva llevó a los creyentes a confrontar estructuras de hombres justificadas con la ley de Dios. Y no es que Dios haya negado Su ley, pero sí reveló a través de Su Espíritu el propósito de la ley: llevarnos a Cristo.

Y algo aún más asombroso es cuando JESÚS declara que toda la ley y todos los profetas se cubren en dos mandamientos: amarás a Dios con todo tu ser, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y esto es asombroso porque nos permite continuamente evaluarnos respecto a cuál es nuestra motivación detrás de nuestra obediencia a la Palabra de Dios: mero quehacer religioso o un profundo amor a Dios y a los hombres.

Es aquí donde recuerdo aquel video del pastor de Willow Church donde comparte: si algo valora Dios en gran manera son a las personas. Lo podemos ver a lo largo del Antiguo Testamento cómo Dios anhelaba, atesoraba a Su pueblo. Y no es que Dios vaya a hacer a un lado Su ley y Su Palabra por los hombres, pero sí sacrificó a Su Hijo JESÚS por amor a los hombres. ¡Esto es impresionante! ¿Puedes ver en cada persona (conocidos y desconocidos que ves en la calle) el amor que Dios tiene por ellos?

Porque si algo Dios valora grandemente son las personas, Su pueblo, Su especial tesoro. Y así como Dios nos amó, debemos nosotros amar a los demás. ¿Imposible verdad? Pero no con la ayuda de Su Espíritu.

Dios levante a Su iglesia con un corazón lleno del verdadero amor por Él y por las personas. Dios nos lleve a niveles donde podamos experimentar Su amor de tal manera que nuestro primer impulso sea amarlo a Él cada vez más y las personas que nos rodean. Dios guíe a Su iglesia en Su amor verdadero y puro.

¿es tal el ayuno que Yo escogí?

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“Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios; me piden justos juicios, y quieren acercarse a Dios. […] ¿Es tal el ayuno que Yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable al Señor? ¿No es más bien el ayuno que Yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” Isaías 58.1,2,5-7

 

Nuestra naturaleza caída tiende a hacer religión de muchas cosas. Si no somos diligentes en analizar continuamente nuestro caminar con Dios, puede que ya hayamos hecho un ídolo de algo que antes era genuino y puro ante Dios. Podemos hacer ídolos de personas, de cosas, de doctrinas, de formas, de tiempos, de estrategias, y hasta de nuestra propia forma de entender a Dios y Sus caminos. Nuestra naturaleza humana tiende a suplir una relación genuina, honesta, transparente y real con Dios, con procedimientos que nos satisfacen momentáneamente el alma pero que no edifican sobre la Roca ni derriban muros de impiedad. Es por eso la gran importancia de presentarnos ante Dios y Su Palabra cada momento, para ser examinados, para ser confrontados, para ser limpiados, para ser santificados en Su verdad. ¿Todo lo que creemos, hasta lo más simple, está alineado a Su Palabra? No como un legalismo o religión, pero sí como un anhelo genuino de estar purificando nuestra relación con Dios.

Había leído el capítulo 58 de Isaías en varias ocasiones anteriormente. He escuchado predicaciones en la iglesia sobre este capítulo también. Sin embargo, en esta ocasión cuando pude leerle de nuevo hubo algo muy fuerte que salto a mi mente. Lo primero a entender es que esta profecía fue escrita en tiempos del rey Ezequías, tiempos en los que este rey restaura el templo y vuelve a celebrar la Pascua como no había sido hecho en más de 200 años. Ezequías había derribado ídolos y toda cosa contraria a Dios, y había llamado al pueblo a un tiempo de búsqueda de Dios como no se había vivido desde Salomón. El pueblo estaba siendo afrentado por sus enemigos, los reinos paganos vecinos en cualquier momento los tomarían cautivos. Es en este tiempo, cuando un remanente busca a Dios y celebran la Pascua nuevamente.

Lo que ha llamado mi atención el capítulo 58 es el versículo 2. Es decir, Dios cuestiona a Su pueblo algo que parece no es malo: me buscan cada día, quieren saber mis caminos, me piden justos juicios y quieren acercarse a Dios. ¿Por qué Dios le cuestiona a Su pueblo esto que a simple vista no parece nada malo sino todo lo contrario, algo bueno que aún en nuestros días iglesias enteras piden y hacen? La respuesta está en el mismo versículo 2: como si hubieren hecho justicia y que no hubiesen dejado la ley de Dios.

Cuando leía este versículo fui golpeado por nuestra facilidad de hacer religión aún de lo que pudiera parecer bueno. Hacer cosas pero no de manera genuina, sino como mero procedimiento y trámite ante Dios. El pueblo, lo que logro percibir en este capítulo, aún no había tenido un arrepentimiento real pues se acercaban a Dios como si nada hubiera pasado, como si hubieran hecho justicia y que nunca se hubieran apartado de la ley de Dios.

Más adelante, Dios confronta un acto de religiosidad que terminaba por evidenciar todo el corazón: el ayuno. Sin embargo, Dios no solo exhibe nuestro pecado para dejarnos así, sino que en Su profunda fidelidad y misericordia nos indica el camino. En los versículos 6 y 7 podemos ver realmente lo que Dios buscaba de Su pueblo. Podemos pasarnos días completos estudiando estos dos versículos, sin embargo, algo importante de ellos es que son muy prácticos: romper ligaduras de impiedad, soltar cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados, romper yugos (cargas), compartir el pan con el hambriento, albergar al pobre errante, cubrir al desnudo, no esconderte de tu hermano.

Cuando pensaba en este capítulo, Dios trajo a mi mente el momento en el que rey Ezequías no sólo destruye los lugares altos e ídolos, sino que también destruye la serpiente de bronce (2 Reyes 18.4) que alguna vez fue usada por Dios a través de Moisés para traer sanidad en el desierto. El corazón de Su pueblo había llegado a tal nivel de religiosidad que habían hecho un ídolo de lo que antes había sido dado por Dios, dejando a un lado a Dios mismo.

¿Qué de lo que llamamos cristianismo en nuestro tiempo se ha convertido en ídolo (religión) en nuestro corazón? Dios está llamando a la puerta, a la puerta de nuestra vida, a la puerta de Su iglesia.

mas se reían y burlaban de ellos

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“Pasaron, pues, los correos de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón; mas se reían y burlaban de ellos. Con todo eso, algunos hombres de Aser, de Manasés y Zabulón se humillaron, y vinieron a Jerusalén. En Judá también estuvo la mano de Dios para darles un solo corazón para cumplir el mensaje del rey y de los príncipes, conforme la palabra del Señor.” 2 Crónicas 30.10-12

Más de 215 años pasaron después de Salomón para que se volviese a ordenar el templo de Jerusalén y se volviese a celebrar la Pascua como en tiempos de Salomón. Doce reyes después de Salomón pasaron para que se levantara un rey sobre el reino de Judá que buscaría restaurar aquellos tiempos gloriosos de Dios con Su pueblo (2 Crónicas 30.26). ¿Puedes imaginar todo este tiempo donde Dios anhelaba fervientemente estar con Su pueblo, pero Su pueblo no deseaba estar con Él?

Cuando el rey Ezequías envió cartas por todo el reino para celebrar la Pascua, una gran parte del reino lo tomó con burla, pero solo algunos, solo algunos vinieron a Jerusalén.

Poco se dice qué es lo que llevó a Ezequías buscar nuevamente a Dios y restaurar el reino en lo espiritual, pero si se describe lo que él comenzó a hacer desde que fue proclamado rey a los 25 años de edad: quitó los lugares donde había ídolos, abrió las puertas del templo y las reparó, hizo venir a sacerdotes y levitas, convocó a la celebración de la Pascua. Lo único que logro ver respecto a qué hizo Ezequías fue: puso su esperanza en Dios (2 Reyes 18.5) y siguió a Dios y no se apartó de Él sino que guardó Sus mandamientos (2 Reyes 18.6).

Es aquí, donde Dios levanta a un hombre piadoso para restaurar lo que parecía irreparable: un pueblo profundamente corrompido. No fue Ezequías realmente el que logró hacer esa transformación en el reino, sino fue Dios a través de Ezequías, Dios teniendo misericordia de Su pueblo, dándoles una oportunidad más antes de la inminente conquista por pueblos paganos. Sin embargo, y nuevamente, gran parte del pueblo menospreció este tiempo.

El llamado para nosotros en este tiempo, la generación nuestra de este tiempo, es que dejemos a Dios examinar nuestro corazón y le permitamos que nos revele no sólo Sus sueños sino lo que hay en nosotros que pueda llevarnos a reírnos y burlarnos de (menospreciar) ese llamado de Dios. Es Dios llevándonos a anhelar Su llamado y estar listos para responder con prontitud. Es nuestro corazón anhelando fervientemente ver Su Reino en nuestra vida, en Su iglesia, en nuestro país. Es nuestro corazón anhelando profundamente estar con Él, porque separados de Él nada, nada podemos hacer.

por amor a David Mi siervo

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“Pero no quitaré nada del reino [de Salomón] de sus manos, sino que lo retendré por rey todos los días de su vida, por amor a David mi siervo, al cual Yo elegí, y quien guardó mis mandamientos y mis estatutos.” 1 Reyes 11.34

¿Puedes imaginar que eres bendecido por las promesas que Dios dio a tus antepasados? ¿Que las bendiciones que hoy vivimos pueden ser el resultado de un corazón rendido de tus padres, tus abuelos, o aún generaciones anteriores? El reino de Judá fue un claro ejemplo de ello.

Cuando el reino de Israel es dividido en dos debido a las malas decisiones del rey Roboam que son consecuencia de la idolatría que Salomón propició, Dios mantiene una parte del reino en manos de las generaciones que sucedieron a David (incluido Roboam) por una razón poderosa: por amor a David. Dios había dado una promesa a David la cual cumpliría, y esta promesa era un reino eterno de donde JESÚS hecho hombre nacería para ser el Rey inquebrantable por la eternidad.

Generaciones después de Roboam vinieron pero la maldad se multiplicaba tanto en el reino de Judá como en el reino de Israel, naciones que se pervertían debido a lo alejado que estaba su corazón de Dios. Hubo reyes temerosos de Dios que borraron por completo la idolatría y las terribles obras en la nación de Judá, pero una vez muertos estos reyes, la nación volvía a la terrible suciedad y esclavitud. Sin embargo había una promesa ahí dada siglos atrás a un hombre (David) cuyo corazón había estado alineado al de Dios. El amor de Dios por David era especial, tan especial que en varias ocasiones en los libros de Reyes y Crónicas, este amor queda declarado.

¿Qué promesas hoy te ha dado Dios que alcanzarán a las generaciones que vienen después de ti? ¿Qué bendiciones hoy vives que han sido gracias a las promesas que Dios declaró a tus antepasados y que por Su fidelidad hoy esas promesas nos han alcanzado? Somos herederos de preciosas y grandísimas promesas.

Hoy agradezco mucho a Dios por la vida de mis abuelos que a través de ellos, Dios trajo el mensaje de salvación en Cristo a mi vida y a la vida de mi familia. Puedo confirmar con gran gratitud cuán fiel Dios ha sido hacia con ellos, con mis padres, mis hermanos y mis sobrinos. Y así como yo he sido partícipe de esas promesas, también anhelo que Dios traiga salvación y Su reino a la vida de las generaciones que vendrán después de mí.

¿Quieres ser un hombre o mujer como David cuya vida impactó generaciones enteras por la eternidad? El versículo de 1 Reyes 11.34 comparte el secreto de David: guardó mis mandamientos y mis estatutos.

Dios nos dé de Su gracia cada día para guardar Sus mandamientos y estatutos. Que Su iglesia sea un pueblo esforzado y valiente en vivir conforme a Su Palabra cada día de nuestras vidas.

la gloria postrera

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“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho el Señor de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice el Señor de los ejércitos.” Hageo 2.9

El pueblo de Israel ha esperado por años la construcción del gran templo de Salomón. Por décadas, una vez declarado el Estado de Israel en 1948, el pueblo de Israel ha planeado la tercera construcción del templo con tanto detalle y anhelo que aún en nuestros días la construcción de este templo se espera con gran expectación por gran parte de la iglesia cristiana. La casa donde una vez Dios mostró Su gran gloria en los tiempos del rey Salomón. Aquella casa donde los judíos podían ofrecer sacrificios y acercarse para buscar el favor y la presencia de Dios.

Esa casa, reconstruida ya una vez antes del tiempo de JESÚS, es la esperanza del pueblo de Israel para el cumplimiento de aquella profecía donde el Mesías (el Deseado) habría de manifestarse. Todo está listo para construir el templo en nuestros días, solo falta que un gran milagro ocurra para que el lugar donde ha de construirse pueda ocuparse, ya que sobre este lugar hay ahora una mezquita sagrada para los musulmanes, cuya destrucción puede desatar una guerra a escala internacional.

La palabra de Dios, a través del profeta Hageo, nos muestra que si bien la gloria de la casa primera fue tan maravillosa (2 Crónicas 5.13), la gloria postrera de este tercer templo sería mayor. El templo reedificado como cumplimiento profético antes de la segunda venida de JESÚS, el Deseado.

Algo aún mayor es que cada creyente, cada hijo de Dios, cada nacido de nuevo, es un templo del Espíritu, un templo para que la gloria de Dios pueda manifestarse al mundo para gloria del Padre. El templo de Salomón era un medio a través del cual los hombres podían acercarse a Dios, ahora nosotros somos instrumentos útiles en manos de Dios para que los hombres, sin importar su condición, puedan conocer la salvación que en Cristo hay. Nosotros, cada creyente, nuestro cuerpo es un templo donde la gloria de Dios puede mostrarse a este mundo que necesita tanto de Dios.

Si bien el tercer templo es algo que esperamos con gran ánimo, no debemos perder de vista que nosotros somos responsables de un templo: nuestro cuerpo. ¿Cómo estamos cuidando ese templo? ¿De qué estamos llenando ese templo? Permite que Dios muestre Su gloria a través de ti, permite que Dios use “tu” templo para que más hombres y mujeres conozcan de nuestro gran Dios. Somos portadores en todo momento de la gloria del Dios del Universo.

pastor y rey

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“Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu del Señor vino sobre David.” 1 Samuel 16.13

Una de las historias de la Biblia que me encanta leer es la historia de David, un joven pastor que fue llamado por Dios para reinar sobre Israel y volver a la nación del caos al orden, de la idolatría al conocimiento de Dios, de la maldad a un tiempo nuevo de profunda revelación. Un hombre conforme al corazón de Dios, un hombre que estaba convencido del Gran Dios al cual servía y adoraba.

Después de tiempos de terrible oscuridad espiritual en Israel, Dios unge, a través del profeta Samuel, a este joven pastor como futuro rey de Israel. David, el menor de sus hermanos y aun menospreciado por ellos, es tomado por Dios para reemplazar al caído rey Saúl que había buscado hacer las cosas a su manera y no conforme Dios esperaba y ordenaba. David el joven pastor que llegaría a ser rey y traería consigo tiempos de gran victoria no solo militar sino espiritual sobre la nación entera.

La vida de David no sólo queda narrada en los libros de Samuel, sino a través de gran parte de los salmos. El corazón de David expresado de una manera tan íntima en cada salmo refleja cómo Dios puede convertir a un hombre menospreciado en un hombre conforme a Su corazón y usarlo para rescatar la vida entera de una nación. David llegaría a convertirse en una representación profética de nuestro Gran Rey JESÚS.

¿Qué había en este joven pastor que no había ni siquiera en el ya rey de Israel Saúl? ¿Qué hizo que Dios fijará Sus ojos en David para reinar sobre Su pueblo? En David había una convicción tan profunda de Dios, de Su deidad, de Su carácter, de Su poder, que su vida quedó cautiva por completo por Dios. David tenía una seguridad tan fuerte en Dios que ni aun un gigante que atemorizaba al ejército de Israel pudo detenerlo. David había cultivado por años una relación tan íntima con Dios que estaba convencido quién es Dios, que aun en el pecado, David supo humillarse y clamar por perdón.

Cuando llegamos a entender el corazón de David comprendemos en que Dios se deleita: en una relación íntima con cada creyente. Como diría el pastor Todd Adkins: “la religión es un pobre sustituto para una auténtica relación con Dios. Escojamos intimidad sobre conocimiento, conocer a Dios, no sólo acerca de Dios.”

anhelando Egipto

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“Mañana mostrará el Señor quién es suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a Él; al que Él escogiere, Él lo acercará a sí.” Números 16.5

 

La historia de un pueblo que vivió en cautiverio por más de 400 años y del cual Dios escuchó su clamor y los llevó a libertad y los llamó a poseer una tierra excepcional como ninguna otra de cuyas entrañas saldría leche y miel. La historia de un pueblo que anduvo en el desierto por 40 años antes de poseer la tierra de la promesa, y cuya travesía pudo haber sido hecha en tan sólo semanas. Semanas que se volvieron años, años que consumieron a una generación que nunca desechó de sí el anhelo a su antigua vida, una vida con cierta comodidad, con ciertos placeres, con cierta seguridad, pero una tierra ajena que les mantenía como esclavos y cuyo fin era muerte.

Dios mostró Su poder, mostró Su gloria, habló a ellos. Pero su corazón seguía anclado profundamente a Egipto. Esta generación, que pereció en el desierto y cuyos ojos no vieron la tierra excepcional que Dios les tenía preparada, estaba cejada por lo tuvieron y que habían perdido, pero cuyos ojos nunca vieron lo que tendrían y Quien habitaría con ellos. Estaban cejados aun cuando Dios se les había revelado.

En una de varias ocasiones de quejas y murmuraciones, un grupo de sacerdotes liderado por Coré se levantó en contra de Moisés. Algo impresionante en su argumento para rebelarse en contra de Moisés fue: “todos ellos son santos, y en medio de ellos está el Señor” (Núm. 16.3). Lo impresionante es que ante ellos mismos no había mancha, además de creer que Dios se agradaba de ellos, sin embargo Moisés responde diciendo que Dios mostraría quién en verdad era santo. Al día siguiente Dios les consume.

 

Durante varios meses, continuamente preguntaba a Dios: ¿cómo un pueblo como el que fue libertado de Egipto, con todo lo que vieron de Ti, todo lo que les mostraste, fue tan infiel? Y hoy Dios me ha respondido: su corazón siempre estuvo en Egipto, no en Mí.

Hoy Dios me permite examinar mi corazón y buscar una y otra vez los restos que de “Egipto” haya en él. Porque si “Egipto” no es limpiado de mi corazón, tarde o temprano terminaré murmurando en contra de Dios y rebelando en contra de Él. Eso es el pecado, trozos de “Egipto” en nuestro corazón, que sino nos arrepentimos nuestra vida se estará justificando creyendo que hay santidad en nosotros y aún creyendo que Dios habita en medio de nosotros, cuando sucede todo lo contrario.

Las pruebas en nuestra vida, como con el pueblo de Israel, son permitidas por Dios para que sea revelado a nosotros mismos lo que hay dentro de nuestro corazón. Por supuesto que las pruebas nos ayudan a crecer en fe y en carácter, pero también son necesarias para que nuestro corazón sea expuesto delante de Dios y respondamos en humildad delante de Él para ser limpiados y seamos llamados a ser esa generación que tome la tierra prometida y habite con Dios eternamente. Jesús ha pagado el precio para ser limpiados, nosotros debemos anhelar estar limpios, porque nuestro Dios Santo es.