Archivo de la etiqueta: Javy González

estas cosas quiero

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“Así dice el Señor: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor.” Jeremías 9.23,24

 

El libro de Jueces concluye de una manera abrumadora: muerte, asesinatos, violaciones, una guerra civil en Israel, un pueblo alejado de Dios. Pareciera que ese sería un fin muy triste para el pueblo de Dios, sin embargo, aun Dios tenía planes y promesas por cumplir.

Justo en esa época de los Jueces es cuando historias como las de Ruth se vuelven una esperanza especial. Ruth, una mujer extranjera se vuelve parte del pueblo de Dios y, no solo eso, sino que se vuelve parte importante como ascendencia del rey David y de JESÚS mismo. Es en este libro donde vemos algo interesante: Ruth dejó a su padre y a su madre y la tierra donde nació para llegar a un pueblo que no conocía antes (Ruth 2.11). Este se vuelve un llamado para mucho de nosotros, dejar nuestro pasado para ir en busca de JESÚS.

Las historias de estos libros (Jueces y Ruth) nos permiten meditar qué aspectos en el pueblo de Israel podían evidenciar claramente la lejanía del pueblo hacía con Dios. En el caso e Jueces, podemos ver una crueldad tan tremenda en los últimos capítulos que parecía que el corazón de los hombres estaba completamente endurecido y manchado por la maldad. Y es aquí donde una palabra que se repite en más de una ocasión en toda la Biblia, cobra un verdadero y sentido y se vuelve una guía en tiempos de oscuridad.

Esta palabra la encontramos en el libro del profeta Jeremías, un hombre que vivió tiempos también terribles. A través del profeta, Dios le dice al pueblo: no importa tu sabiduría ni tu valentía ni tus riquezas, lo que verdaderamente importa es entenderme y conocerme. Y concluye: porque Yo quiero misericordia, juicio y justicia.

En estas tres últimas palabras podemos meditar por mucho tiempo: misericordia, juicio y justicia. ¿Por qué Dios les pide eso a Su pueblo? Muy seguramente porque Dios no veía eso en Su pueblo. Un pueblo que carece de estas tres es un pueblo en cuyo corazón la maldad y dureza han crecido.

Un pueblo con misericordia es aquel que se duele por el necesitado, por el huérfano, por la viuda, por los que padecen persecución y violencia, es un pueblo que se angustia por lo que le angustia a Dios. Un pueblo en juicio y justicia es aquel que entiende lo bueno de lo malo, que juzga rectamente sin pervertir la verdad y lo que es recto.

Cuando Dios dice en Su palabra: estas cosas quiero, esto nos habla de algo que anhela Dios en su corazón profundamente. Dios desea darse a conocer a Su pueblo para que Su pueblo pueda entenderle y conocerle y, una vez que le conozcamos, vivamos en misericordia, en juicio y justicia.

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cosa mejor para nosotros

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“Y todos éstos [los héroes de fe], aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.” Hebreos 11.39,40

“Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” Números 23.19

 

¿Cómo es que un hombre de fe como Abraham recibió promesa tan grande como el ser el padre de multitudes y ser bendición para el mundo, y lo único que vio fue a un hijo nacido en su vejez? La fe de Abraham es impresionante en muchos aspectos, una promesa imposible de la cual lo único que deleitó fue a un hijo cuyo nacimiento también era imposible. Sin embargo, hoy testificamos que esa promesa dada a Abraham, hoy nos incluye a nosotros y a generaciones de hombres y mujeres de fe que han sido atraídos a Dios mediante JESÚS.

Imaginemos ahora a los apóstoles cuando JESÚS les dice: y me serán testigos hasta lo último de la tierra. Sin embargo, ninguno de los apóstoles, más que Pablo, fue más allá de Asia menor. ¿Acaso JESÚS mintió? La respuesta es evidente en nuestra vida ahora: somos nosotros el fruto de la fe de ellos.

La Biblia narra la vida de hombres y mujeres de fe que recibieron promesas tan extraordinarias “pero” que no recibieron lo prometido, hombres y mujeres que guardaron en su corazón esa promesa, aunque ellos no lograron ver el cumplimiento de la promesa. Y el libro de Hebreos en el capítulo 11, en ese capítulo tan maravilloso, nos declara que aunque ellos no recibieron lo prometido, Dios nos ha bendecido por la fe de ellos, para que nosotros, además de ellos, también fuésemos perfeccionados (madurados) a través de esa fe. Es decir, la razón por la cual Dios “no cumple” la promesa en la persona que le recibió en un inicio, es porque esa promesa es tan alta que una sola generación no bastaría para cumplirle, no porque Dios no pueda hacerlo, sino porque Sus promesas son tan extremadamente más grandes que nuestros pensamientos no pueden concebirles.

Me encanta soñar con Dios y platicarles mis planes, y mis sueños, y mis ideas, y mis anhelos. Me encanta estar en una tarde sentado platicando con Él, o en la noche antes de dormir y platicar con Él acerca de esos sueños. Y me encanta porque sé que, aunque mis sueños pudieran parecer muy grandes, sé que Dios los sobrepasará con Sus sueños, porque Sus pensamientos son siempre mucho más altos que nuestros pensamientos. Y esto me impresiona de los hombres de fe: confiando siempre que lo que Dios traería siempre sería mayor al presente que vivían, aunque este presente pudiera parecer extraordinario.

No puedo imaginar a Abraham viviendo amargado y reclamándole a Dios porque había recibido una promesa de ser padre de multitudes y lo único que recibió fue un hijo. Abraham pudo ver más allá, pudo confirmar que Dios no miente, y lo que Él dijo será hecho. Abraham descansaba en esa verdad, una verdad que sostiene que lo que Dios ha dicho, será hecho.