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como un fuego ardiente

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“Me sedujiste, oh Señor, y fue seducido; más fuerte fuisto que yo, y Me venciste; cada día he sido escarnecido cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra del Señor me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de Él, ni hablaré más en Su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.” Jeremías 20.7-9

 

El capítulo 20 del libro de Jeremías narra uno de los tiempos más difíciles del profeta, diría un pastor, una de las oraciones más doloras de un hombre de Dios en angustia, un hombre que sufría afrenta por obedecer al Señor. Si bien el profeta sufría persecución de parte de líderes y demás personas, el mayor sufrimiento vino cuando Jeremías quiere negar el llamado de Dios en su vida, cuando decide no acordarse más de Dios, ni de Sus palabras. Pero hubo algo que lo detuvo.

Jeremías es llamado a predicar destrucción y cautividad a un pueblo acostumbrado a pecar, cegado por sus pecados. Pero a la vez, también Jeremías predica arrepentimiento, predica esperanza, predica la fidelidad de Dios. El libro de Jeremías narra uno de los tiempos de mayor oscuridad en el pueblo de Dios: la caída de Jerusalén, pero también él predica libertad.

La vida de Jeremías ha sido, en lo personal, un testimonio a mi fe. A veces nos es enseñado que nuestro llamado de Dios son cosas padres y muy agradables. Algunos soñarán con ser predicadores, otros quizá soñarán con ser ministros de alabanza, algunos quizá son llamados a predicar a otros países. Sin embargo, a veces podemos perder de vista que hay un llamado que pudiera no ser tan “agradable”: predicar arrepentimiento a un pueblo que no escuchará.

No quiero decir que este llamado no sea algo de Dios, sino al contrario, a veces Dios usa hombres y mujeres para dar testimonio de justicia y de su gracia, de su misericordia y amor.

A veces, las situaciones que resultan como consecuencia de un llamado de Dios pueden no ser del todo cómodas y podrían ser muy terribles: persecución, enfermedad, aún quizá estar al borde la muerte, pero Dios en todo eso permanece fiel.

Hay algo que como hijos de Dios necesitamos tener presente: no podemos escapar de Dios, de Su amor, de Su llamado. Habrá siempre en nosotros ese fuego ardiente en nuestro corazón por Dios y Su reino, por Dios y Su justicia, por Dios y Su gracia, por Dios y Su amor.

Si hoy atraviesas un tiempo de dificultad como consecuencia de obedecer a Dios y Sus propósitos, no te rindas. Deja que Su Espíritu despierte ese fuego en ti para continuar, para no negarle. Dios no te ha traído hasta aquí para abandonarte.  Confía, Él está cercano.

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en el año de sequía no se fatigará

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“Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.” Jeremías 17.7,8

 

No hay esperanza muerta cuando la esperanza es puesta en el Señor. Podrá ser la noche más oscura o el desierto más profundo que pueda un hombre o mujer atravesar, pero si la confianza está en Dios, será por cierto que no seremos avergonzados.

Nuestra confianza es el Señor que hizo los cielos y la tierra, quien formó todo con el poder de Su palabra. A quien el Universo entero obedece y no hay nada que se escape de Su voluntad y de Su poder. Nuestro Dios es Dios poderoso, temible, quien no se goza de la injusticia más haya deleite en la verdad. ¿Cuándo volveremos a Él? ¿Cuándo miraremos Su rostro aun cuando todo languidece?

El hombre que confía en Dios, afirma el Salmo 1 y el profeta Jeremías lo reitera, será como un árbol, un árbol plantado junto a aguas, fuentes de agua viva. Dará fruto a su tiempo aún en tiempo de sequía. Aún en tiempo de sequía.

Mientras se escuchaba la alabanza en la iglesia, una mujer leía ese pasaje de Jeremías, y en mi mente se quedó grabado: aún en el año de sequía ni se fatigará ni dejará de dar fruto. Así son los hijos de Dios que confían en Él.

Recordé también que el Salmo 1 había sido dado como una promesa de Dios a mi vida a través de mi mejor amiga hace un año. No podía quizá comprender esa promesa en toda su magnitud hasta que los tiempos de sequía llegaron. He podido confirmar que el Espíritu de Dios guiará a Sus escogidos en medio de ese tiempo, y habrá fruto.

Bendito aquel hombre y mujer cuya confianza es el Señor.

estas cosas quiero

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“Así dice el Señor: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor.” Jeremías 9.23,24

 

El libro de Jueces concluye de una manera abrumadora: muerte, asesinatos, violaciones, una guerra civil en Israel, un pueblo alejado de Dios. Pareciera que ese sería un fin muy triste para el pueblo de Dios, sin embargo, aun Dios tenía planes y promesas por cumplir.

Justo en esa época de los Jueces es cuando historias como las de Ruth se vuelven una esperanza especial. Ruth, una mujer extranjera se vuelve parte del pueblo de Dios y, no solo eso, sino que se vuelve parte importante como ascendencia del rey David y de JESÚS mismo. Es en este libro donde vemos algo interesante: Ruth dejó a su padre y a su madre y la tierra donde nació para llegar a un pueblo que no conocía antes (Ruth 2.11). Este se vuelve un llamado para mucho de nosotros, dejar nuestro pasado para ir en busca de JESÚS.

Las historias de estos libros (Jueces y Ruth) nos permiten meditar qué aspectos en el pueblo de Israel podían evidenciar claramente la lejanía del pueblo hacía con Dios. En el caso e Jueces, podemos ver una crueldad tan tremenda en los últimos capítulos que parecía que el corazón de los hombres estaba completamente endurecido y manchado por la maldad. Y es aquí donde una palabra que se repite en más de una ocasión en toda la Biblia, cobra un verdadero y sentido y se vuelve una guía en tiempos de oscuridad.

Esta palabra la encontramos en el libro del profeta Jeremías, un hombre que vivió tiempos también terribles. A través del profeta, Dios le dice al pueblo: no importa tu sabiduría ni tu valentía ni tus riquezas, lo que verdaderamente importa es entenderme y conocerme. Y concluye: porque Yo quiero misericordia, juicio y justicia.

En estas tres últimas palabras podemos meditar por mucho tiempo: misericordia, juicio y justicia. ¿Por qué Dios les pide eso a Su pueblo? Muy seguramente porque Dios no veía eso en Su pueblo. Un pueblo que carece de estas tres es un pueblo en cuyo corazón la maldad y dureza han crecido.

Un pueblo con misericordia es aquel que se duele por el necesitado, por el huérfano, por la viuda, por los que padecen persecución y violencia, es un pueblo que se angustia por lo que le angustia a Dios. Un pueblo en juicio y justicia es aquel que entiende lo bueno de lo malo, que juzga rectamente sin pervertir la verdad y lo que es recto.

Cuando Dios dice en Su palabra: estas cosas quiero, esto nos habla de algo que anhela Dios en su corazón profundamente. Dios desea darse a conocer a Su pueblo para que Su pueblo pueda entenderle y conocerle y, una vez que le conozcamos, vivamos en misericordia, en juicio y justicia.

por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

refugio de generación en generación

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“Señor, Tú nos ha sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, Tú eres Dios.

Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres.” Salmo 90.1-3

 

Hoy concluimos un año de tan tremendo crecimiento y lleno de retos. Un año en donde nuestra fe fue puesta a prueba, donde nuestra relación con Dios fue llevada a niveles que creímos quizá nunca llegaríamos o ni siquiera quizá imaginamos. Ha sido un año de crecimiento, de dependencia a Dios. Un año donde confirmamos que nuestro Dios Justo y Santo es Fiel.

Antes de concluir este año quizá algunos atraviesen momentos de angustia espiritual, emocional o física. Sabemos de personas quizá que han llegado hasta este día con grandes esfuerzos y pareciera que su fe y su vida desfallecen. A esas personas que enfrentan este tiempo, quisiera decirles: Dios es nuestro refugio, y lo ha sido de generación a generación.

He traído en mi mente este salmo desde temprano: El Señor ha sido refugio de generación en generación. Y mientras escribo estas letras puedo comprender que, ahora que concluimos este año, podemos decir que Dios ha sido nuestro refugio año tras año, de generación en generación. ¡No temas, Él está contigo! ¡No desmayes, Él es tu Dios!

Quiero agradecer a Dios por este año, por esta generación, por Su fidelidad sin importar los tiempos que vivimos. Porque antes de que todo existiera, y siglo tras siglo, Él es Dios.

En este salmo 90, también pude notar algo importante: convirtámonos al Señor, volvamos nuestro rostro a Él, llevemos nuevamente nuestra vida en humildad y arrepentimiento a Él. Busquemos Su rostro, busquemos Su voluntad.

En Jeremías 15.19 confirma: Si te convirtieres, Yo te restauraré, y delante de Mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como Mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.

Amado hermano y hermana, nuestro Dios está en medio nuestro, Él no nos ha abandonado. Somos especial tesoro para Él. Porque más allá de las circunstancias, Él sigue siendo Dios.

“Sáname, oh Señor, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque Tú eres mi alabanza.” Jeremías 17.14

Padre, si quieres, pasa de Mí esta copa

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“Y Él [JESÚS] se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de Mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la Tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle.” Lucas 22.41-43

Los grandes hombres y mujeres de fe han enfrentado a lo largo de la historia situaciones terribles: persecución, señalamientos, burlas, peligros, y aún la muerte. Al conocer y aprender de sus historias podemos erróneamente pensar que Dios es malvado y que no cuida de ellos, pero un análisis no superficial sino profundo nos muestra todo lo contrario. ¿Por qué los hombres y mujeres realmente de fe enfrentan tan terrible oposición? Porque enfrentan a un mundo caído, un mundo que persigue sus propios deseos y, cuando un hombre o mujer de fe los confronta, ese mundo o puede abrir sus oídos y buscar arrepentimiento o buscará desacreditar y destruir a esos mensajeros. Si algo es cierto en el caminar con Dios es que enfrentaremos oposición, una oposición que en muchas ocasiones estará fuera de nuestro control y de nuestras fuerzas.

En el libro del profeta Jeremías podemos confirmar como este profeta enfrentó algo en sobremanera pesado. Los mismos sacerdotes y príncipes buscaron destruirle, asesinarle, porque no predicaba cosas “buenas” pero juicio de parte de Dios. Imagina que las personas que debían conducir al pueblo tanto en la parte espiritual como política y social, eran quienes se oponen principalmente a Dios. Y esa es la historia de más profetas.

JESÚS conocía esta situación. De hecho, Él la vivió en Su vida propia. JESÚS se lamentó de Su pueblo: ¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lucas 13.34).

Al meditar en lo anterior, Dios trajo a mi mente algo que no había contemplado antes acerca de nuestro Señor JESÚS: ¿en qué momento de la vida de JESÚS crees que Él se dio cuenta que era el Mesías? ¿Cómo crees que el enfrentó esa verdad en medio de un mundo que le rechazaría?

La Biblia no nos da detalles para responder esas preguntas y seguramente especularíamos en las respuestas. Sin embargo, había una realidad: JESÚS sabía quién era Él (quizá desde pequeño lo entendió, o conforme iba creciendo) y, sobretodo, sabía que eso causaría que le condenaran a muerte, pero JESÚS para eso había venido, Sus ojos estaban puestos en la cruz, en la voluntad del Padre, aunque esto significara rechazo, persecución y la muerte misma. Pero el mayor pesar de JESÚS era uno mayor a todo esto: el rechazo de Dios, la ira de Dios consumada en la separación de JESÚS con el Padre porque JESÚS se hizo pecado por nosotros. ¡Cuán tan tremendo sacrificio!: aceptar ser rechazado por quien más amas, para acercar al Padre a quienes más te odian.

Esta semana ha sido en lo personal unas de las más pesadas emocional y espiritualmente. La situación que estoy viviendo desde hace ya casi un año si bien no es comparable a lo que JESÚS enfrentó, me ha permitido ver el sacrificio no sólo de los profetas sino sobre todo de nuestro Señor JESÚS desde una perspectiva mucho muy diferente, una perspectiva que me ha permitido identificarme, de una manera mínima quizá, a los ambientes que ellos enfrentaron.

Oraba a Dios al respecto la semana pasada. Con una carga emocional y espiritual fuerte le pedía que me guiara en este tiempo y si este caminar representaba enfrentar el rechazo de la iglesia local o aún de las personas que más amo, pero que no me alejará de Él. Y en ese momento entendí un poco más ese clamor tan profundo de JESÚS a horas de ser entregado: Padre, si quieres, pasa de Mí de esta copa.

Esa copa era algo que como hijos de Dios no enfrentaremos porque tan tremendo sacrificio que JESÚS hizo por nosotros. Esa copa es algo que JESÚS ya enfrentó: la ira de Dios, la separación de Él con Dios.

Si hoy enfrentas angustia, persecución, peligro o muerte, quiero orar por ti: Que el Espíritu de Dios traiga fortaleza en medio de nuestra debilidad, que Su Espíritu revele a nuestra vida el Camino, la Verdad, la Vida, que podamos recibir una mayor revelación de JESÚS y Su cruz.

tu vida te será por botín

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“Pero en aquel día Yo te libraré, dice el Señor, y no serás entregado en manos de aquellos a quienes tú temes. Porque ciertamente te libraré, y no caerás a espada, sino que tu vida te será por botín, porque tuviste confianza en Mí, dice el Señor.” Jeremías 39.17.18

Cuando el mundo parece desdibujarse ante nosotros, y la corrupción y la maldad controlan el mundo, pudiera nuestra alma desfallecer en la angustia y el temor.

Hombres amadores de sí mismos, malvados cuyo deseo en su corazón es acabar con la vida de otros y hacer profunda maldad, aquellos cuyos ojos están centrados en el dinero y los placeres y que por esto son capaces de entregar vidas enteras. La maldad, en tiempos como esos, parece que ha dominado al mundo y no hay más solución para tan terrible situación. Esos fueron los tiempos de Jeremías, tiempos de tanta angustia para los hombres de Dios, que vivir en ciudades tan corrompidas causaba terrible dolor y angustia en ellos.

No es que no confiaran en Dios, al contrario, eran hombres que habían entendido que la única respuesta a tanta perversidad era Dios y Su justicia, Dios y Su reino. Por eso, cuando Dios declara que daría “un corazón, y un camino para que me teman perpetuamente” (Jeremías 32.39), se vuelve una promesa que traía consigo una esperanza que este mundo no podría apagar.

En esos tiempos donde todo se desdibuja, en tiempos cuando los malvados parecen vencer y controlar nuestro alrededor, en esos tiempos de confusión y angustia en el mundo, hay algo que no debemos olvidar: que tenemos vida y que eso es suficiente para que Dios siga obrando no solo en nosotros, sino en el mundo.

Somos esos instrumentos de luz llamados a brillar en oscuridad. Somos llamados a vivir confiados sabiendo que no seremos entregados a nuestros enemigos porque ya hemos sido liberados de ellos y ellos no pueden destruir nuestra alma. El mundo necesita de hombres cuya vida es suficiente para declarar quién es JESÚS.

¿quién es aquel que se atreve a acercarse a Mí?

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“Así ha dicho Dios: He aquí Yo hago volver los cautivos de las tiendas de Jacob, y de sus tiendas tendré misericordia, y la ciudad será edificada sobre su colina, y el templo será asentado según su forma. Y saldrá de ellos acción de gracias y voz de nación que está en regocijo, y los multiplicaré, y no serán menoscabados. Y serán sus hijos como antes, y su congregación delante de Mí será confirmada; y castigaré a todos sus opresores. De ella saldrá su príncipe, y de en medio de ella saldrá su señoreador; y le haré llegar cerca, y él se acercará a mí; porque ¿quién es aquel que se atreve a acercarse a mí? dice el Señor.” Jeremías 30.18-21

Cuando la santidad de Dios es revelada a nuestra vida, dejamos de ser los mismos. Su santidad es temible, consumidora, capaz de consumir a quien se acerca a Él. La santidad de Dios es más allá que solo un estado pureza y perfección sobrenatural, Su santidad es en sí parte de Dios, un atributo de Dios y en sí un nombre de Dios: Dios Santo.

Cuando entendemos quizá de una manera pequeña lo que la santidad de Dios es, quedamos cautivados pero a la vez atemorizados, sabiendo que Su santidad puede consumir por completo nuestra existencia. “¡Ay de mí! que soy muerto!” Expresó el profeta Isaías cuando recibió esta revelación.

Su santidad nos comprueba nuestra condición. Su santidad nos golpea tan fuerte por sabernos inmundos y que nada de lo que somos ni hay en nosotros puede merecer estar un solo instante cerca de Dios. Su santidad es buena para nuestro ser, pero también Su santidad es peligrosa para nuestra vida.

Pude entender un poco más de la santidad de Dios hace unos meses atrás. La santidad de Dios es como la radiación que el sol emite. Esa radiación es buena a determinada distancia, como la distancia a la que la tierra se encuentra, pero es muy peligrosa si nos acercamos a ella. Cuando pude entender un poco más de la santidad de Dios a través de esta ilustración, la pregunta que en Jeremías se presenta cobra aún un mayor sentido: ¿quién es aquel que se atreve a acercarse a mí? O replanteándola un poco podría ser: ¿quién podrá acercarse a Dios?

Imagina por un momento: la persona a la que más amas, aquella persona por la cual tu alma y tu espíritu se apasionan día a día, a esa persona no puedes acercarte porque al acercarte, podrías morir por su perfección. Es aquí cuando el sacrificio de Cristo cobra un sentido sumamente especial.

JESÚS no solo nos salvo de la eternidad en el infierno, sino que nos acercó al Padre, nos acercó a Dios. Es decir, podemos acercarnos a Dios sin ser consumidos por Su santidad. Podemos acercarnos y abrazarle y contemplar Su rostro. Podemos habitar en Su presencia, y quedar rendidos por Su maravillosa santidad. Sin ser aniquilados.

Jeremías profetiza un tiempo para el pueblo de Israel en que serían redimidos de su cautividad porque Dios tendría misericordia de ellos en medio de tanta confusión. Pero además también habla de un tiempo en que un príncipe y señoreador saldrá de ese pueblo y podrá acercarse a Dios.

Lo maravilloso de este señoreador es que traerá consigo esa puerta abierta a la presencia de Dios. ¡Cuán increíble privilegio! Cercanos a nuestro Dios por lo que Cristo ya ha hecho por nosotros en la cruz.

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Explicación animada de la santidad de Dios (en inglés):

¿qué maldad hallaron en Mí?

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“Así dijo el Señor: ¿Qué maldad hallaron en Mí vuestros padres, que se alejaron de Mí, y se fueron tras la vanidad y se hicieron vanos?” Jeremías 2.5

Pudiera parecer a simple lectura que Dios estaba completamente airado y enojado con Su pueblo cuando éste se alejó de Él. Cuando leemos los libros de los profetas, pareciera que Dios deseaba descargar toda Su ira sobre ellos y acabar con ellos. Pareciera que Dios mostraba una “tiranía” o una “intransigencia” descomunal contra la gente que Él mismo dijo amar.

Sin embargo, una lectura profunda de los libros de los profetas nos llevan a conocer el corazón de Dios de una manera que, aunque fuerte, nos revela mucho Quien es Él. Cuando Dios se dirige a Su pueblo a través del profeta Jeremías, Dios muestra un profundo dolor por ese pueblo que le había despreciado y se había ido en pos de ídolos, de la fornicación, de la maldad. Un pueblo que siendo llamado a ser especial, se había vuelto tan ordinario por su vana manera de vivir que no era diferente al resto de los pueblos de la tierra. ¡Oh, qué pesar tan grande en el corazón de Dios por ver que Su pueblo amado le despreciaba ahora! ¿Puedes comprender este dolor? ¡Qué profunda tristeza deja!

“Me dejaron a Mí,”, dice Dios en Jeremías 2.13, “fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retiene agua”. Y no sólo despreciaron a Dios, sino que buscaron no necesitarle cavando cisternas donde acumular supuesta “vida” que no era más que una ilusión.

Esa situación que describe en el libro de Jeremías no es diferente en mucho a nuestros tiempos. Vemos hombres y mujeres que desprecian abiertamente a Dios. Hombres y mujeres centrados en la vanidad del mundo y cuyas cisternas que se han preparado están repletas de conocimiento humano y filosofías de hombres. Pero también, dentro de los llamados hijos de Dios, vemos hombres que llenando sus cisternas de auto-rectitud, creen ser justos y aceptados por Dios por Sus obras supuestamente hechas para Dios pero no son más que un placebo para una conciencia carcomida por la inmundicia. Si tan solo supieran y entendieran todos ellos, todos nosotros, que nuestras obras no son más que trapos de inmundicia delante del Dios Santo.

Y cuando Dios busca en corazones en los cuales morar, no encontrará lugar ni en corazones centrados en los placeres del mundo, ni en los corazones llenos de auto-rectitud, porque para todos ellos Dios no será más que un añadido, un suplemento para Su vida. Pero Dios extiende Su mano a aquellos que reconocen que nada son, en los despreciados, en los humillados, en los que el mundo no encuentra valor, en aquellos cuya vida ha sido tan dañada que nada valen, que nada son. Hombres y mujeres que sirven de burla para el mundo, que carecen de valor para los hombres, que viven siendo despreciados y humillados. Y ahí Dios encuentra hombres y mujeres por los que vale la pena entregarlo todo, hasta Su propio Hijo.

¡Oh, el sacrificio de JESÚS! Si tan solo tuviéramos presente día a día que por JESÚS y Su sacrificio es que somos aceptados por Dios. No hay obra de hombres que pueda hacernos aceptados. Si tan solo tuviéramos presente el sacrificio de JESÚS todos nuestros días, entenderíamos que todo lo que somos se lo debemos a Él. El sacrificio de JESÚS no como un evento pasado, que reconocimos quizá hace algún tiempo atrás, sino el sacrificio de JESÚS como un sello en nuestra vida que nos marca y nos recuerda día a día que sin valer nada nosotros para el mundo, siendo despreciados por el mundo, ahora nuestro valor está dado por Cristo y nada más. ¡Cuán hermosa revelación!

treinta

Vídeo

“Vino, pues, palabra del Señor a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” Jeremías 1.5

“No son las letras, no es la música, sino el Espíritu. Hoy se abrió una puerta, y cuando el Espíritu abre una puerta nadie la puede cerrar” A.F.

“Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre:

Yo conozco tus obras, he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado Mi Palabra, y no has negado Mi Nombre.” Apocalipsis 3.7,8

Entrar, Señor, busco

entrar a Tu presencia

entrar y conocer Tu gloria

entrar y acercarme a Ti.

 

Usa mi vida, que rendida es Tuya

usa mi respirar, que por Ti existe

cantar con el Espíritu

a Tu Nombre eterno.

 

Esta voz sea Tu Voz,

esta vida sea Tu Vida,

cada latir, cada respirar

cada sueño por Ti es.