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un corazón limpio

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“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmo 51.10

David logró conocer a Dios de una manera tan íntima y especial que, en el tiempo de mayor pecado, él no huyó de Dios, sino que se acercó a Él en arrepentimiento y con una confianza profunda que Dios escucharía su oración.

El salmo 51 es esa declaración de confianza, de arrepentimiento, de búsqueda de Dios. Es un salmo muy conocido entre la iglesia cristiana, es un salmo que ha sido la oración de muchos también.

Al leer el salmo 51 hay una parte que llamó mi atención esta semana. El versículo 10, quizá el versículo más conocido de este salmo, David le pide a Dios: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

Lo que ha llamado mi atención es que David sabía, tenía la certeza, la confianza, de que Dios podía crear en él un corazón limpio y un espíritu recto. David sabía que Dios podía hacerlo. Lo que David había descubierto eran dos cosas: que su corazón no era limpio y que Dios podía crear un corazón nuevo.

Al meditar en ello, en el caminar en la vida cristiana Dios nos permite ver la maldad de nuestro corazón. Es como si cada vez que nos acercáramos más Dios, Él mostrara a través de Su luz admirable cuánto aún nos falta para ser completamente limpios. Pero a la vez, Dios no nos deja ahí, nos revela que Él puede limpiarnos. Es por esto lo maravilloso del sacrificio de JESÚS.

David lo descubrió. David sabía que, así como Dios es un Dios justo, también Dios es un Dios misericordioso. David había alimentado constantemente una relación con Dios que le permitió descubrir cada vez más a Dios, y a través de ello saber cómo orar y clamar a Dios.

estas cosas quiero

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“Así dice el Señor: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor.” Jeremías 9.23,24

 

El libro de Jueces concluye de una manera abrumadora: muerte, asesinatos, violaciones, una guerra civil en Israel, un pueblo alejado de Dios. Pareciera que ese sería un fin muy triste para el pueblo de Dios, sin embargo, aun Dios tenía planes y promesas por cumplir.

Justo en esa época de los Jueces es cuando historias como las de Ruth se vuelven una esperanza especial. Ruth, una mujer extranjera se vuelve parte del pueblo de Dios y, no solo eso, sino que se vuelve parte importante como ascendencia del rey David y de JESÚS mismo. Es en este libro donde vemos algo interesante: Ruth dejó a su padre y a su madre y la tierra donde nació para llegar a un pueblo que no conocía antes (Ruth 2.11). Este se vuelve un llamado para mucho de nosotros, dejar nuestro pasado para ir en busca de JESÚS.

Las historias de estos libros (Jueces y Ruth) nos permiten meditar qué aspectos en el pueblo de Israel podían evidenciar claramente la lejanía del pueblo hacía con Dios. En el caso e Jueces, podemos ver una crueldad tan tremenda en los últimos capítulos que parecía que el corazón de los hombres estaba completamente endurecido y manchado por la maldad. Y es aquí donde una palabra que se repite en más de una ocasión en toda la Biblia, cobra un verdadero y sentido y se vuelve una guía en tiempos de oscuridad.

Esta palabra la encontramos en el libro del profeta Jeremías, un hombre que vivió tiempos también terribles. A través del profeta, Dios le dice al pueblo: no importa tu sabiduría ni tu valentía ni tus riquezas, lo que verdaderamente importa es entenderme y conocerme. Y concluye: porque Yo quiero misericordia, juicio y justicia.

En estas tres últimas palabras podemos meditar por mucho tiempo: misericordia, juicio y justicia. ¿Por qué Dios les pide eso a Su pueblo? Muy seguramente porque Dios no veía eso en Su pueblo. Un pueblo que carece de estas tres es un pueblo en cuyo corazón la maldad y dureza han crecido.

Un pueblo con misericordia es aquel que se duele por el necesitado, por el huérfano, por la viuda, por los que padecen persecución y violencia, es un pueblo que se angustia por lo que le angustia a Dios. Un pueblo en juicio y justicia es aquel que entiende lo bueno de lo malo, que juzga rectamente sin pervertir la verdad y lo que es recto.

Cuando Dios dice en Su palabra: estas cosas quiero, esto nos habla de algo que anhela Dios en su corazón profundamente. Dios desea darse a conocer a Su pueblo para que Su pueblo pueda entenderle y conocerle y, una vez que le conozcamos, vivamos en misericordia, en juicio y justicia.

corra la justicia como impetuoso arroyo

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“Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados. Quita de Mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.” Amós 5.21-24

 

Un parafraseo de los versículos anteriores que recientemente leí decía:

“No puedo soportar tus reuniones religiosas. Estoy harto de tus conferencias y convenciones. No quiero tener nada que ver con tus proyectos religiosos, tus slogans pretenciosos y tus metas. Estoy harto de tus planes de recaudación de fondos, de tus relaciones públicas y de tu imagen. He tenido todo lo que puedo soportar de tu egoísta música ruidosa. ¿Cuándo fue la última vez que me cantaron? ¿Tú sabes que quiero? Quiero juicio -océanos de él. Quiero justicia-ríos de ella. Eso es lo que quiero. Eso es todo lo que quiero.” Amós 5.21-24

 

Quedé impactado por él. Por varias horas estuve pensando en ello. A veces cuando leo la Biblia suelo pensar que aquellas palabras fuertes de Dios hacia el pueblo de Israel se quedaron como un testimonio de cómo el pueblo de Dios se había alejado de Él. De cómo Dios mostraba el dolor y su indignación por lo que veía en Su pueblo.

Pero este parafraseo del profeta Amós hacia la condición de la iglesia actual fue realmente fuerte para mí. Ya desde hace algunos meses Dios me permitía entender que algo hay en Su iglesia que necesita ser confesado y que en arrepentimiento necesitamos volver nuestro rostro a Dios. Algo muy fuerte que hemos alimentado y hemos creído como normal en nuestra vida como iglesia: la religiosidad.

Hemos llenado nuestras agendas y horarios y tiempos y servicios de tanta actividad que difícilmente podemos detenernos en silencio y escuchar la voz de Dios. Realmente escuchar lo que hay en Su corazón: lo que Dios anhela, lo que a Dios le duele, lo que a Dios le urge.

¿Qué hizo que los líderes religiosos del tiempo de JESÚS no fueran capaces de ver y entender quién era JESÚS? Ellos tenían el acceso directo a la Palabra de los profetas. Ellos eran entendidos de la doctrina y la sana ley. Ellos predicaban. Ellos guiaban al pueblo. Pero una tragedia terrible sucedió: cuando Dios vino a ellos, ellos no lo recibieron. Le mataron. Lo crucificaron. ¿No es esto una terrible tragedia: los llamados a guiar al pueblo a Dios eran quienes estaban desviándolos en montón de enseñanzas de hombres?

Dios ama a Su iglesia. Esto es una verdad que no puede negarse. Dios anhela a Su pueblo. Esto es un anhelo tan profundo en el corazón de Dios. Sin embargo, Dios sabe que nuestra humanidad puede llevarnos a hacer religión de todo, aún de aquello que antes era genuino para Dios.

Creo Dios está llamando a Su iglesia en este tiempo a buscarle con un corazón en profundo arrepentimiento. Dios nos ama. Dios busca que Sus hijos se muevan en justicia y misericordia. Que dejemos toda religiosidad y nos movamos a niveles de Su gracia que nunca antes hemos experimentado. Porque los días son malos y Él está llamando a la puerta.

¿cuándo me consolarás?

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“Desfallece mi alma por Tu salvación, mas espero en Tu palabra. Desfallecieron mis ojos por Tu palabra, diciendo: ¿cuándo me consolarás? Porque estoy como el odre al humo; pero no he olvidado Tus estatutos.” Salmo 119.81-83

 

Nuestra lucha no es contra personas, sino contra ambientes espirituales de maldad. No es el asesino, o el narcotraficante, o el mal gobierno contra quien debemos luchar, pero sí contra los ambientes espirituales que están influenciando su actuar. Y para luchar, necesitamos luchar con armas espirituales.

Es desalentador mirar a nuestro alrededor y ver cómo la maldad parece haberse multiplicado. Tanto en nuestra nación como en naciones lejanas podemos escuchar de rumores que pudieran impactar nuestra alma y hacernos desfallecer por momentos. El mundo parece caminar hacia un precipicio sin salida y millones caminan detrás de él. ¿Qué podemos, nosotros hombres tan limitados en nuestra fuerza, hacer para impactar este mundo para bien?

El Salmo 119 es una dedicación para exaltar la grandeza de la Palabra de Dios. Algo muy especial que noté esta semana en este Salmo es que hay una fuerte relación entre estar en angustia y esperar en la Palabra de Dios: “quebrantada está mi alma de desear Tus juicios en todo tiempo” (v20).

No sé si te ha pasado cuando ves todo lo que está pasando a nuestro alrededor llegas a la conclusión que la única solución a todo ello es JESÚS, Su Palabra, Su Reino de justicia. Puedes haber pensado que un buen gobierno solucionará todo el mal, o que buenas leyes harán que hombres actúen correctamente, o que si enseñamos buenos valores a las familias las cosas podrán mejorar. Sin embargo, siempre concluyo que, si JESÚS no cambia el corazón de las personas, ni el mejor gobierno, ni las mejores leyes, ni los valores más sublimes podrán mejorar en mucho lo que vivimos porque siempre volveremos de donde salimos y aun peor.

No estoy subestimando la necesidad de tener buenos gobiernos, o buenas leyes, o buenos valores; por supuesto que todo esto es necesario. Pero todo esto podrá tener un impacto eterno cuando nuestros ojos estén fijados en JESÚS.

Debo confesar que los últimos meses han sido de una carga emocional y espiritual muy fuerte como pocas veces he experimentado. Y cuando busco respuestas en cómo solucionar todo, siempre la respuesta es: solo JESÚS. El dolor que hay en mí por la iglesia de Dios, la angustia que hay por ver a mi país tan sumido en la corrupción y muerte, el golpe que recibe mi alma por escuchar lo que en otros países sucede. Y este Salmo 119 me recuerda de las promesas de Dios, de la excelencia de Su Palabra, de que Dios es fiel a Su Palabra. Porque buenos son sus juicios (v39).

Que jamás Dios quite de nuestra boca en ningún tiempo la palabra de verdad (v42).

quiero ser como ese silencio que grita con la vida

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quiero ser como ese silencio que grita con la vida
que ni aún el más profundo miedo detiene
que ni aún la más profunda muerte domina
  
quiero gritar con los días que vivo
callando las palabras sin sentido
que surgiendo solo de la boca contaminan

quiero confesar con los sueños eternos
la sublime libertad y gracia que nos visten
que transforman este corazón enamorado

somos ese silencio que callar no puede
habitados por la plenitud de Aquel
que todo lo llena en todo

somos palabra que se vive
sueños que se cultivan
realidades que transforman

somos gritos de libertad y de justicia
por aquellos que en cautivad perecen
en un mundo que sin propósito esclaviza

quiero ser como ese silencio que grita en días
en sueños, en realidades, en vidas,
en la eternidad toda

quiero ser como ese silencio que confiesa
Su amor y Su justicia que en Su cuerpo se conjugan
porque ni sacrificios ni ofrendas agradarte pudieron

¿cómo, pues, viviremos?

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“Diles: Vivo Yo, dice Dios el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” Ezequiel 33.11

Ese veneno tan dulce que ha contaminado no sólo el mundo, sino también parte del pueblo de Dios. Ese veneno que nos viste de superioridad por creernos moralmente más altos que los demás, por creernos más perfectos que el resto, por vernos a nosotros con tanta autocomplacencia por sabernos justos, justos por nuestros propios méritos. Ese veneno llamado auto-rectitud que por doquier se ve, aun cuando sus obras “buenas” no son más que trapos de inmundicia delante de Dios. Porque un poco de auto-rectitud, tan solo un poco de auto-rectitud, es suficiente para negar a Cristo y nuestra necesidad de Él.

¿Cómo podrá ser Dios reconocido cuando Su pueblo y el mundo entero se justifican así mismo en sus obras? ¿Cómo podrá Dios restaurar a Su pueblo cuando Su pueblo solo ve en Dios un suplemento para su vida? ¿Cómo podremos reconocer que nuestra maldad está ahí si se nos ha insertado en nuestra mente que somos “buenos” al ver a otros que hacen cosas “peores”? ¿Cómo, pues, viviremos?

¡Oh, amada iglesia! Si nos acercáramos día a día a limpiarnos en la sangre de Cristo, limpiarnos de tanta maldad que aún hay en nosotros. Si quitáramos de nuestra vida ese sentido de superioridad y en humildad y en arrepentimiento buscáramos el rostro de Dios. Si antes de juzgar, viéramos al necesitado; si antes de condenar, ofreciéramos ayuda; si antes de menospreciar, nos humilláramos a nosotros mismos. ¡Cuánta verdad guarda la Palabra! En exponernos tan incapaces de ser justos por nosotros mismos, tan incapaces en ser buenos por nuestros méritos.

¡Oh, amada iglesia! Si dejáramos que el Espíritu de Dios nos convenciera del pecado que hay aún en nosotros, de la maldad tan anidada en nuestro corazón. Si volviéramos nuestros ojos a Dios, clamando por piedad y misericordia para ser limpiados de tanta perversidad en nosotros. Si pudiéramos, día a día, acercarnos al trono de la gracia y recibir perdón y purificación.

¡Oh, cuán hermoso es Cristo para los humildes y pobres en espíritu! ¡Cuán preciosa se vuelve Su sangre para una vida hambrienta de perdón! ¡Cuán gloriosa es Su presencia en medio de un pueblo humillado!

¿un castigo injusto?

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“Y lo sacó el Señor del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.” Génesis 3.23,24

Leer la Palabra de Dios es todo un reto, te confronta, te reta, te instruye. Aun cuando lees un pasaje que anteriormente ya habías leído y sabías de memoria, cuando vuelves a leer ese mismo pasaje toma un significado mayor que te lleva a conocer más de Dios.

Cuando leía el relato de la creación y la caída del hombre en el huerto del Edén en el libro de Génesis quedé golpeado por una pregunta: ¿el castigo a Adán y Eva fue injusto? En los versículos del 14 al 19 podemos ver lo que ahora conocemos como el castigo de Dios al hombre y la mujer por haber tomado y comido del árbol de la ciencia del bien y el mal. Pero fue un simple fruto, dirán algunos. Algunos de nuestros hijos también toman cosas sin pedir permiso o aun cosas que no deben, y nosotros no les reprendemos echándolos de la casa. ¿Por qué, entonces, Dios castigó a Adán y a Eva con un castigo que pudiera parecer muy “severo” y un tanto “injusto”? E insisto, pudiera parecer injusto a simple lectura.

Así quedé por un par de días, con esa pregunta en la mente: ¿por qué un castigo “tan grande”? Después de platicar con Dios y pedirle guía al respecto, Dios me permitió entender algo aun mayor: el pecado de Adán y Eva no era solamente que tomaron un fruto que no debería tomar (la desobediencia), sino versículos antes del 14 podemos confirmar que un pecado mayor se había apoderado de ellos: el orgullo.

Cuando Dios confronta a Adán y a Eva sobre lo que habían hecho, ninguno de los dos asumió su falta y pecado, sino se lo atribuyeron a alguien más (v. 11-13). Adán culpó a Eva, y Eva culpó a la serpiente. Sin duda ambos tenían parte de razón, Eva fue seducida por la serpiente, y a su vez Adán comió de algo que su esposa le había compartido. Sin embargo, ellos no asumieron la responsabilidad de su libre albedrío, de su decisión. Cuando fueron confrontados, Dios vio en ellos ese terrible pecado que ha inundado a la humanidad por milenios: el orgullo. Si Dios hubiera sólo castigado a la serpiente, el hombre y la mujer hubieran estado en un terrible peligro porque el haber comido de ese árbol trajo por consecuencia algo peor: sus ojos fueron capaces de distinguir entre el bien y el mal, y el orgullo en ellos los llevaría siempre a elegir el mal. Dios, con un profundo dolor, castigó a Adán y a Eva por el bien de sí mismos, y el bien de la humanidad entera. Dios pudo haberlos matado (porque la paga del pecado es muerte) y haber creado a otro Adán y a otra Eva, pero Dios tenía planes para ellos y para la humanidad.

Y esta enseñanza nos lleva a algo muchísimo más sublime: el sacrificio de JESÚS. Muchos pudieran pensar que el sacrificio de JESÚS fue injusto y severo. Sin embargo, Dios es justo en todo momento. El castigo que cargó JESÚS fue tal, que en Él cargó todo el pecado de nosotros (Isaías 53.6). ¿Puedes imaginar lo que significa eso: todo el pecado de nosotros?

Para poder valorar y entender ese gran sacrificio necesitamos acercarnos en humildad a Dios. Necesitamos despojarnos de todo orgullo para poder comprender el sacrificio de JESÚS. Necesitamos asumir y entender cada pecado que hemos cometido porque si el tomar y comer de un fruto a Adán y a Eva les causó tal consecuencia, nosotros debemos realmente comprender que debíamos morir por cada pecado que cometimos, porque éramos enemigos de Dios.

Estamos iniciando un año que sin duda traerá grandes retos, y en todos ellos pido a Dios que todo nuestro ser esté lleno de una profunda humildad que siempre nos permita ver y aceptar todo pecado tanto pasado como futuros delante de Dios buscando siempre Su perdón.

¿qué haremos?

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“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este JESÚS a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” Hechos 2.36-38

Después de la manifestación gloriosa del Espíritu Santo en la iglesia primitiva, muchos hombres y mujeres fueron no sólo asombrados por lo que veían, sino confrontados con el mensaje de salvación en JESÚS. Cuando en medio de la iglesia los creyentes comenzaron a hablar en diferentes idiomas, las personas que presenciaban aquello veían con asombro porque “les veían hablar en su propia lengua” (v6). De inmediato, Pedro, uno de los apóstoles, con gran poder pronunció su primer discurso, el cual llevaría a aquel grupo de espectadores a ser confrontados (compungidos) con el Evangelio.

A la iglesia primitiva (un puñado de personas) le fue dada una comisión tan imposible que en méritos humanos jamás hubiera sido lograda: llevar el Evangelio por todo el mundo (literalmente todo el mundo). Esa iglesia primitiva, y lo podemos confirmar en cada página del libro de Hechos, fue llena de un poder que nunca antes habían experimentado los discípulos, un poder que habitó en ellos a partir de ese momento descrito en el capítulo 2. Ese poder, que es dado por el Espíritu Santo, fue la diferencia para que la iglesia primitiva no sólo creciera, sino que fuera capaz de cumplir su llamado.

Ese discurso de Pedro fue el primero de sin duda muchos más pronunciados por Pedro y más creyentes. Lo increíble de ese momento es que el Espíritu de Dios había descendido en gente tan común que sólo un poder especial podía moverlos a ser cosas extraordinarias y sobrenaturales no como espectáculo pero sí para salvación y gloria de Dios. Hombres cuya única característica era que se habían arrepentido de sus pecados y habían decidido creer verdaderamente en JESÚS como Salvador.

El libro de Hechos es un testimonio de cómo el Espíritu Santo usó momento a momento hombres imperfectos para Su obra perfecta y eterna. El Espíritu Santo moviéndose con tanta libertad sobre personas que eran convencidas de sus pecados. El Espíritu Santo sacudiendo al mundo con el Evangelio.

Y eso que leemos en el libro de Hechos no son historias fantásticas o leyendas (como algunos dirían) sino una realidad en la iglesia de aquel tiempo y también en la iglesia de hoy en día. La iglesia de hoy tiene, como la iglesia primitiva, la comisión imposible de alcanzar a un mundo que día a día se pierde en una vana manera de vivir. Y también la iglesia de nuestro tiempo, como la iglesia primitiva, tiene al Espíritu Santo como el Gran Guía, el Consolador, el que convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio.

Iglesia, queridos hermanos, el mundo necesita desesperadamente a JESÚS. Lo podemos ver en las calles, en nuestra familia, en todo lugar. Y tú y yo somos esas personas comunes y sin ningún atributo especial mas que el haber rendido nuestra vida a Cristo en profundo arrepentimiento. Hoy, justo antes de que inicie un nuevo año, pido a Dios que Su Espíritu llene nuestra vida y habite en cada uno de nosotros para poder ser testigos fieles de Su gran salvación alrededor del mundo.

¿ya deberías haberte acostumbrado?

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“Pero Daniel mismo era superior a estos sátrapas y gobernadores, porque había en él un espíritu superior; y el rey pensó en ponerlo sobre todo el reino. Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; más no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él.” Daniel 6.3, 4

Existe un deseo fuerte en los hijos de Dios por traer justicia a la tierra. Hay un anhelo ardiente en cada hijo de Dios para que Su misericordia y salvación sea extendida por todo rincón de este planeta. Cada hijo de Dios siente un dolor y una angustia tal por los que se pierden que en su alma solo hay una esperanza: JESÚS.

Nuestros hijos crecen en un mundo mucho más necesitado de Dios. Donde vivir rectamente los pondrá en un serio peligro en medio de un mundo que intenta convencerles que las cosas son así, que nada puede ser cambiado y que ellos deben acostumbrarse a vivir en medio de un mundo así, un mundo injusto. Nuestros jóvenes son llevados sutilmente a creer que no hay nada que cambiar, que las cosas están bien, y que todo es parte de una supuesta modernidad que es inevitable, donde ellos necesitan aprender y acostumbrarse a vivir.

En la Biblia podemos encontrar situaciones similares en las que los hijos de Dios fueron llevados a momentos en que su fe en Dios era probada por los tiempos y costumbres que les rodeaban. Daniel, un hombre que desde joven fue llevado cautivo a Babilonia, fue retado a vivir de una manera diferente, luchando por no acostumbrarse a los tiempos y formas de vida de ese gran imperio. Y Dios le guardó de maneras sobrenaturales a tal grado que aun reyes vieron en él algo diferente “porque había en él un espíritu superior”.

Hoy, en estos tiempos de gran necesidad en todo lugar, lo único que hará que nuestros hijos y nuestros jóvenes, nuestros hombres y mujeres puedan salir victoriosos es que el Espíritu de Dios esté en ellos. Hoy urge que cada creyente sea lleno del Espíritu y sea guiado momento a momento por este tiempo. Su Espíritu es quien puede guiarnos para proclamar justicia, misericordia y salvación en JESÚS. Su Espíritu es quien puede sostenernos de no caer en las costumbres de este tiempo.

Dios llene a Su iglesia, a cada hijo Suyo con Su Espíritu del tal forma que Su justicia, Su misericordia y Su salvación sean extendidas por todo rincón de este planeta.

sino fuera por JESÚS

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el pecado es un veneno que se come el cuerpo

llega al alma y lo asfixia en corrupción

entra hasta el espíritu para matarle

 

el pecado carece de  verdad

y en él toda voluntad se justifica

llegando a los ojos y cegándoles en complacencia

llegando a la boca y le llena de aguijones al hablar

 

el pecado ha construido ciudades, reinos y un mundo entero

que rendidos le adoran con su poder

que callados le mantienen para saborear la maldad

 

el pecado viste al hombre en orgullo y vanidad

que en debilidad a su vida le dejó entrar

desde siglos y milenios más

 

el pecado arma de poder que el enemigo disfruta

pues atados puede a vicios y muerte sujetar

a hombres que esclavos creen estar en libertad

 

el pecado reinar creía al corrompido hombre que se dejó envenenar

hasta que un hombre, el Hombre, en medio de corrupción caminó

sin Su Espíritu ensuciar

hasta que Dios tomó un cuerpo para así triunfar

 

¡oh qué hermosa la Luz ha sido para una raza caída en pecar!

Luz que atrae al arrepentido que convencido de pecado no vuelve atrás

pues sus ojos abiertos en JESÚS fijados han sido para caminar en verdad

 

¡oh JESÚS qué hermoso es tu mirar!

que en justicia tu cuerpo fue llevado a aquella cruz

para que en el espíritu nuestro vida vuelva a reinar

y al alma dolida de gozo y justicia disfrutar

en un cuerpo que entregado a Ti para que Tu Espíritu pueda habitar