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¿hasta cuándo, Señor?

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió Él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto; […]” Isaías 6.8-11

 

El llamado de Dios hacia el profeta Isaías descrito en el capítulo 6 es muy conocido en la cultura cristiana. De manera general, Isaías tiene una visión de Dios en Su templo e Isaías es confrontado no sólo por su inmundicia sino por la del pueblo al estar en la presencia de un Dios Santo. Un querubín toca los labios de Isaías con un carbón encendido para quitar la culpa y el pecado de Isaías. Y es ahí cuando Dios pregunta: ¿A quién enviaré? E Isaías responde: Heme aquí, envíame a mí.

Lo más interesante es que ese llamado no termina ahí, sino que en ese momento Dios le revela a Isaías cuál es ese llamado: confrontar la sordera y ceguera espiritual del pueblo de Dios.

Isaías es uno de mis profetas y libros favoritos de toda la Biblia. Es el llamado de un profeta al que no solo se le revela el pecado del pueblo, sino que también trae esperanza al pueblo con la revelación profética más impactante de nuestro Mesías y cómo este Mesías sería sacrificado para traer salvación al pueblo. Isaías es el libro con mayor contenido profético respecto a JESÚS siglos antes de que JESÚS naciera.

Cuando Dios le dice a Isaías su llamado (confrontar el pecado del pueblo), Isaías pregunta: ¿hasta cuándo, Señor? Es decir, Isaías le pregunta: ¿hasta qué momento sabré que debo dejar de confrontar el pecado? Y Dios responde con algo muy fuerte: hasta que las ciudades estén vacías.

 

Tuve oportunidad de leer esta parte de la Biblia durante el fin de semana, y preguntaba a Dios: ¿por qué Dios envía a un profeta sabiendo que el pueblo no respondería? ¿Qué sentido tiene enviar Palabra de Dios, sabiendo que el pueblo la ignorará, no escucharán, no verán, no entenderán?

Algo sorprendente es que esta palabra profética de Isaías no sólo es para el pueblo del tiempo de Isaías, sino que, en los Evangelios, JESÚS se refiere a estas mismas palabras cuando ve que el pueblo no responde a Sus palabras. ¿Puedes imaginar que el pueblo no respondió a Isaías, pero tampoco respondió a JESÚS, Dios mismo?

Creo que este mensaje es también para nuestro tiempo. Por muy difícil que resulte aceptarlo, como iglesia de Dios atravesamos un tiempo demasiado retador no por los ambientes del mundo que nos rodean, sino por la condición espiritual de la iglesia, una condición que requiere una intervención poderosa de Dios.

¿Hasta cuándo, Señor? Podemos preguntar. Y la respuesta de Dios podrá ser: hasta que “quede el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” (v13)

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para que todos sean uno

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“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en Mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como Tú, oh Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que Tú me enviaste”. Juan 17.20,21

 

Justo antes de que JESÚS sea arrestado, Él ora por Sus discípulos de una manera tan especial y profunda que mientras lees esa oración en el capítulo 17 de Juan, puedes percibir y entender que esa oración también es para nosotros, para los que hemos creído por la palabra de los discípulos, aquel puñado de hombres y mujeres que siendo valientes hace casi 2000 años atrás, predicaron a JESÚS como única verdad.

Esta oración de JESÚS es en sí una promesa a nosotros, no es JESÚS pidiéndole al Padre para ver si el Padre lo haría, JESÚS ora confiando en que el Padre escucharía la oración y haría conforme JESÚS rogaba a Él, porque JESÚS conocía el corazón del Padre.

JESÚS no pide al Padre que nos quite del mundo, pero sí que para que el Padre nos guarde del mal. ¿Puedes creer que el Padre nos guardará del mal aun estando en un mundo que busca lo suyo?

Y esta oración llega a un punto muy especial: para que seamos uno. Pero no es una unidad cualquiera, es una unidad aún más profunda: como JESÚS y el Padre son uno, también nosotros seamos uno en Ellos. Esto es impresionante: la unidad que existe entre JESÚS y el Padre también dada nosotros como Sus hijos, una unidad que en el mundo no se conoce, una unidad que no conoce barreras, una unidad tan perfecta que nos mueve en niveles eternos.

Desde hace algunos años hay un peso en mí por ver cómo la iglesia se ha ido dividiendo, y esto no es algo nuevo, lo hemos testificado por siglos. Pareciera que a veces dentro de las iglesias es difícil encontrar un punto de unidad ante temas tan complejos que decidimos separarnos. Pero, ¿entonces donde se cumple esa promesa de JESÚS al orar al Padre que seamos uno?

Hace también ya algunos años pude descubrirlo cuando viajé a otro país. En ese país tuve oportunidad de visitar una iglesia cristiana y pude sentirme como en casa, como en familia, de hecho, algo muy interesante es que como iglesia orábamos de manera similar por lo que orábamos en la iglesia en México. Se podía percibir que el Espíritu estaba ahí, el mismo Espíritu que en la iglesia en México estaba.

Es ahí cuando comprendí que la unidad de la iglesia no se limita a edificios, o a personas, o a estilos de adoración o enseñanza, que por supuesto todo debe glorificar a Dios y honrar a Su Palabra. Entendí que Dios es tan soberano que Su Espíritu se mueve donde Él decide hacerlo y no donde los hombres queremos que lo haga. Su Espíritu uniendo a Su iglesia más allá de los espacios geográficos, pero también más allá del tiempo, sabiendo que nosotros somos el fruto de la predicación de otros que, quizá ya han dejado este mundo, pero que no han dejado de ser parte de ese maravilloso milagro llamado la Iglesia de JESÚS.

Hoy oro a Dios para que nosotros y nuestros hermanos y hermanas alrededor del mundo podamos percibir esa unidad por la cual JESÚS oró al Padre, esa unidad que es eterna, que no perece. Para que el mundo crea que el Padre ha enviado a JESÚS.

¿es tal el ayuno que Yo escogí?

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“Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios; me piden justos juicios, y quieren acercarse a Dios. […] ¿Es tal el ayuno que Yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable al Señor? ¿No es más bien el ayuno que Yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?” Isaías 58.1,2,5-7

 

Nuestra naturaleza caída tiende a hacer religión de muchas cosas. Si no somos diligentes en analizar continuamente nuestro caminar con Dios, puede que ya hayamos hecho un ídolo de algo que antes era genuino y puro ante Dios. Podemos hacer ídolos de personas, de cosas, de doctrinas, de formas, de tiempos, de estrategias, y hasta de nuestra propia forma de entender a Dios y Sus caminos. Nuestra naturaleza humana tiende a suplir una relación genuina, honesta, transparente y real con Dios, con procedimientos que nos satisfacen momentáneamente el alma pero que no edifican sobre la Roca ni derriban muros de impiedad. Es por eso la gran importancia de presentarnos ante Dios y Su Palabra cada momento, para ser examinados, para ser confrontados, para ser limpiados, para ser santificados en Su verdad. ¿Todo lo que creemos, hasta lo más simple, está alineado a Su Palabra? No como un legalismo o religión, pero sí como un anhelo genuino de estar purificando nuestra relación con Dios.

Había leído el capítulo 58 de Isaías en varias ocasiones anteriormente. He escuchado predicaciones en la iglesia sobre este capítulo también. Sin embargo, en esta ocasión cuando pude leerle de nuevo hubo algo muy fuerte que salto a mi mente. Lo primero a entender es que esta profecía fue escrita en tiempos del rey Ezequías, tiempos en los que este rey restaura el templo y vuelve a celebrar la Pascua como no había sido hecho en más de 200 años. Ezequías había derribado ídolos y toda cosa contraria a Dios, y había llamado al pueblo a un tiempo de búsqueda de Dios como no se había vivido desde Salomón. El pueblo estaba siendo afrentado por sus enemigos, los reinos paganos vecinos en cualquier momento los tomarían cautivos. Es en este tiempo, cuando un remanente busca a Dios y celebran la Pascua nuevamente.

Lo que ha llamado mi atención el capítulo 58 es el versículo 2. Es decir, Dios cuestiona a Su pueblo algo que parece no es malo: me buscan cada día, quieren saber mis caminos, me piden justos juicios y quieren acercarse a Dios. ¿Por qué Dios le cuestiona a Su pueblo esto que a simple vista no parece nada malo sino todo lo contrario, algo bueno que aún en nuestros días iglesias enteras piden y hacen? La respuesta está en el mismo versículo 2: como si hubieren hecho justicia y que no hubiesen dejado la ley de Dios.

Cuando leía este versículo fui golpeado por nuestra facilidad de hacer religión aún de lo que pudiera parecer bueno. Hacer cosas pero no de manera genuina, sino como mero procedimiento y trámite ante Dios. El pueblo, lo que logro percibir en este capítulo, aún no había tenido un arrepentimiento real pues se acercaban a Dios como si nada hubiera pasado, como si hubieran hecho justicia y que nunca se hubieran apartado de la ley de Dios.

Más adelante, Dios confronta un acto de religiosidad que terminaba por evidenciar todo el corazón: el ayuno. Sin embargo, Dios no solo exhibe nuestro pecado para dejarnos así, sino que en Su profunda fidelidad y misericordia nos indica el camino. En los versículos 6 y 7 podemos ver realmente lo que Dios buscaba de Su pueblo. Podemos pasarnos días completos estudiando estos dos versículos, sin embargo, algo importante de ellos es que son muy prácticos: romper ligaduras de impiedad, soltar cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados, romper yugos (cargas), compartir el pan con el hambriento, albergar al pobre errante, cubrir al desnudo, no esconderte de tu hermano.

Cuando pensaba en este capítulo, Dios trajo a mi mente el momento en el que rey Ezequías no sólo destruye los lugares altos e ídolos, sino que también destruye la serpiente de bronce (2 Reyes 18.4) que alguna vez fue usada por Dios a través de Moisés para traer sanidad en el desierto. El corazón de Su pueblo había llegado a tal nivel de religiosidad que habían hecho un ídolo de lo que antes había sido dado por Dios, dejando a un lado a Dios mismo.

¿Qué de lo que llamamos cristianismo en nuestro tiempo se ha convertido en ídolo (religión) en nuestro corazón? Dios está llamando a la puerta, a la puerta de nuestra vida, a la puerta de Su iglesia.

le dolió en el corazón

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“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.” Lucas 10.33,34

 

El día de ayer fui confrontado por Dios de una manera muy fuerte. Después de enojarme fuertemente contra alguien y ser áspero con esa persona, Dios no tardó en corregirme y mostrándome a través de la parábola de los dos deudores que estaba siendo como aquel hombre al que se le había perdonado una gran deuda millonaria pero que este hombre no había sido capaz de perdonar a uno de sus consiervos que le debía unos cuantos pesos (puesto en nuestro contexto). Inmediatamente fui confrontado y humillado, puesto en evidencia de mi falta de perdón y mi prontitud para enojarme. Mi deuda millonaria que Dios perdonó contra una situación donde yo no supe perdonar.

Y recordaba hoy temprano, a través de un devocional, aquella parábola del buen samaritano que ayudó a un hombre que había sido golpeado y asaltado. Esta historia es contada por JESÚS a un intérprete de la ley, un hombre conocedor de la Palabra, pero no del corazón de Dios, un hombre que buscaba probar a JESÚS y justificarse a sí mismo.

Si algo estoy impactado por JESÚS es que ha venido a romper paradigmas de hombres, y esta parábola lo demuestra. Hombres “conocedores” de Dios y que hacían alarde de que “conocían” a Dios, no fueron capaces de hacer lo mínimo por un hombre en necesidad: ayudarle. Pero un hombre despreciado por el pueblo, considerado inferior y de segunda clase (el samaritano), fue movido a misericordia y ayudó a aquel hombre en necesidad. La palabra misericordia significa “dolor en el corazón”, y este hombre sintió dolor en su corazón.

Este samaritano, que no era un erudito en la Palabra de Dios, que quizá no hacía esas largas oraciones y ni pasaba tanto tiempo en el templo (porque además no era aceptado), supo entender el corazón de Dios. Y Dios ponía en mi mente este pensamiento: ¿de qué sirve leer la Biblia, leer los libros cristianos y escuchar al predicador de moda, si fallamos en perdonar y amar aún a nuestros enemigos? Fui golpeado por ello.

No me refiero a que leer la Palabra no tenga importancia, sino al contrario, es fundamental para la vida de un creyente, es una necesidad, es un alimento. Pero si nuestro conocimiento de la Palabra no nos lleva a actuar en amor a Dios y al prójimo (los dos más grandes mandamientos que cubren toda la Ley) a través de perdonar, de ser movidos a misericordia (sentir dolor en el corazón), a ayudar a otros, aunque estos sean nuestros enemigos, creo que algo está fallando. Seremos como aquellos intérpretes de la ley que se sentían orgullosos de “conocer” a Dios sin realmente conocerle.

Hace meses recordaba algo tan sencillo pero tan profundo: si nuestros afectos, pensamientos, motivaciones y acciones no están basadas en el amor a Dios y a los demás, es simplemente pecado. Y este principio aplica a toda área y todo momento de nuestra vida.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

el sentir que hubo también en JESÚS

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“Haya, pues, en vosotros, este sentir que hubo también en Cristo JESÚS, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Filipenses 2.5-8

El reino de Dios es contrario a todo deseo de la carne, todo deseo que busca la suyo a costa de cualquier cosa. Cuando hablamos de la carne nos referimos a todo deseo descontrolado que se antepone a límites y principios cuyo motivo primario es el amor y cuyo fin es glorificar a Dios. La carne, aquello que es alimentado por lo descontrolado y que nunca se sacia pero siempre deja al hombre más vacio, más vano. La carne, solapada y promovida por el mundo, justificada por Satanás.

Mientras oía a un predicador, él hablaba de ese mandato de Cristo que después Pablo volvería a expresar: sé humilde como JESÚS quien no estimó toda Su gloria sino que se hizo semejante a los hombres y fue obediente hasta la muerte. La humildad, esa cualidad de carácter que JESÚS ordenó imitáramos de Él, es de los mandatos más difíciles porque va en contra de todo desea de la carne, porque el ser humildes nos obliga a negarnos a nosotros mismos, a someter la carne.

El mundo enseña lo contrario. El mundo alimenta nuestro ego al decirnos que tenemos que sobresalir, ser mejore que otros, en no ser humillados porque esto es señal de debilidad, sin embargo es todo lo contrario. La humildad, señal de los verdaderos hombres de Dios que han aprendido y crecido en someter todo deseo de la carne, todo ego, todo deseo descontrolado. La humildad nos mueve a ver a las demás personas con estima y gran valor, como alguien preciado. Es ahí donde JESÚS nos encontró.

Porque sin ser merecedores de JESÚS, Él se dio enteramente por nosotros. Porque siendo Él Dios, se hizo hombre para vencer todo deseo de la carne, todo pecado, y librarnos de tan terrible enfermedad. JESÚS, a Él somos atraídos por Su profunda mirada que nos declara en cada momento: eres amado, eres preciado a mí, y nada en este mundo puede darte tan profundo valor.

el amor edifica

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“En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por Él.” 1 Corintios 8.1-3

La iglesia en Corinto atravesaba por varias dificultades internas que eran ocasionadas por divisiones en la iglesia, por actos de inmoralidad y, aún más, por una falta de amor a Dios y a los hermanos en Cristo. Cuando Pablo escribe la primera carta a esta iglesia, Pablo no tarda en exponer ante ellos la situación por la que estaba atravesando la iglesia con el único propósito de ayudar a que esta iglesia pudiera superar esas dificultades.

Una de los aspectos que Pablo trata en la primera carta tiene que ver con una falta de amor hacia los hermanos que se venía a mostrar por la falta de cuidado en las acciones que podían ser ocasión de caer para otros hermanos. Estas acciones (comer de lo sacrificado a los ídolos) se veían bien en el exterior, pero su motivación era la causa real del problema. En términos muy sencillos, una parte de los creyentes (los que tenían conocimiento) en Corinto creían que comer de lo sacrificado a los ídolos no tenía nada de malo, ya que Dios lo había purificado, pero otra parte de la iglesia (los débiles) consideraban que aquello estaba mal. Pero en esa división había un factor que ninguno de los dos grupos había considerado y que Pablo, de una manera muy especial, menciona: el amor unos por otros.

Pablo lo expresa con una verdad que pareciera no tiene nada que ver con el problema, sin embargo, Pablo guiado por el Espíritu solía ir al corazón y la motivación de los creyentes, no las apariencias. Pablo expresa: el conocimiento envanece, pero el amor edifica. Es decir, Pablo veía que un grupo se estaba envaneciendo por saber que el comer de lo sacrificado a los ídolos no estaba mal, pero el problema no era saber eso, sino que esto hacía que este conocimiento provocaba que estos creyentes subestimaran a los creyentes más débiles, haciéndoles ver como inferiores por su falta de conocimiento. Si bien Pablo afirma que el comer de lo sacrificado a los ídolos no está mal, Pablo también sostiene que si eso ocasiona que un hermano tuyo caiga, entonces tienes que evitarlo por amor a él, es decir, tu conocimiento tiene que sujetarse al amor, no al revés.

¿Cuántas divisiones en nuestras iglesias pudieron haberse evitado por el amor unos a otros? ¿Cuántas divisiones son ocasionadas por un envanecimiento del corazón de los hombres y enfriamiento del amor unos por otros? Y las divisiones y diferencias en la iglesia no tienen que ser en gran escala para ser llamadas malas y peligrosas, sino puede que entre grupos pequeños de hermanos, o aún entre dos personas solamente, estas divisiones se estén dando. No hay peor peligro que un ejército dividido, no hay peor tragedia que una iglesia dividida por falta de amor.

Cada vez que Dios nos permite aprender más de Él a través de Su Palabra y el andar día a día con Él, ese aprendizaje puede quedarse en simple conocimiento o puede llevarnos a desarrollar más amor por Dios y por los demás. Preguntémonos cada vez que aprendamos algo: ¿esto me ayuda a amar más a Dios y a mi prójimo o solo me está envaneciendo? Porque en el amar a Dios y a nuestro prójimo, toda la ley es cumplida. Porque el verdadero amor busca edificar (ayudar a crecer) a los demás.

¿haces tú bien en enojarte tanto?

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“Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró al Señor y dijo: Ahora, oh Señor, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que Tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Señor, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.

Y el Señor le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?” Jonás 4.1-4

¿Alguna vez te has enojado con Dios? ¿Alguna vez has creído que lo que Dios ha hecho es “injusto” o sin sentido? ¿Quizá has pasado por tiempos muy difíciles y las cosas no parecen ir bien, y al levantar tu mirada al cielo, le reclamas a Dios por tan terrible situación? O quizá al ver tanto mal y al ver que Dios no actúa como uno espera, ¿te enojas con Él?

Esta situación la vivió Jonás después de que Dios perdonó a tan perverso pueblo Nínive, ciudad grande. Pero, ¿por qué Dios perdonó a Nínive cuando había declarado que le iba a destruir? Una clave tremenda: creyeron a Dios y se arrepintieron de Su maldad. Y en Jonás 3.10 vemos algo maravilloso: “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino”.

Jonás esperaba la destrucción de Nínive. Él entendía que había sido enviado a declarar juicio contra Nínive aún a pesar de saber que Dios es clemente y piadoso, pero en esta lección Jonás confirmó aún más las misericordias de Dios.

Dios anhela que nadie se pierda. Un anhelo fuerte en el corazón de Dios es que todos los hombres en la tierra, aún los más perversos, puedan crearle a Dios y arrepentirse de sus malos caminos. JESÚS inició su predicación en la tierra con tan fuerte mandato: Arrepiéntete, porque el Reino de los cielos se ha acercado.

¿Pero arrepentirnos de qué? La mayoría de los hombres se consideran buenos en su propia opinión. Es por eso que la salvación sin arrepentimiento es mera mentira, ya que los hombres entenderán la salvación y lo trascendente de ella en la medida en que entiendan la maldad de la cual Dios nos ha perdonado. Eso es algo maravilloso del Espíritu Santo: convencernos de pecado.

Jonás fue usado por Dios en Nínive para convencer a esa ciudad grande y perversa de pecado, hoy en día Dios nos da Su Palabra y la guía de Su Santo Espíritu para mostrar cuán perversos somos separados de Él y la necesidad diaria de ser limpiados por la sangre de Cristo.

¿Has estado enojado con Dios? Creo que hoy es un buen momento para que te acerques a Él y en confesión pidas que Su Espíritu revele la maldad en ti. El Espíritu de Dios estará ahí, cerca de nosotros, para ayudarnos en esa tarea que, aunque dolorosa y aun penosa, es buena para nuestra vida: limpiarnos del mal.

tu vida te será por botín

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“Pero en aquel día Yo te libraré, dice el Señor, y no serás entregado en manos de aquellos a quienes tú temes. Porque ciertamente te libraré, y no caerás a espada, sino que tu vida te será por botín, porque tuviste confianza en Mí, dice el Señor.” Jeremías 39.17.18

Cuando el mundo parece desdibujarse ante nosotros, y la corrupción y la maldad controlan el mundo, pudiera nuestra alma desfallecer en la angustia y el temor.

Hombres amadores de sí mismos, malvados cuyo deseo en su corazón es acabar con la vida de otros y hacer profunda maldad, aquellos cuyos ojos están centrados en el dinero y los placeres y que por esto son capaces de entregar vidas enteras. La maldad, en tiempos como esos, parece que ha dominado al mundo y no hay más solución para tan terrible situación. Esos fueron los tiempos de Jeremías, tiempos de tanta angustia para los hombres de Dios, que vivir en ciudades tan corrompidas causaba terrible dolor y angustia en ellos.

No es que no confiaran en Dios, al contrario, eran hombres que habían entendido que la única respuesta a tanta perversidad era Dios y Su justicia, Dios y Su reino. Por eso, cuando Dios declara que daría “un corazón, y un camino para que me teman perpetuamente” (Jeremías 32.39), se vuelve una promesa que traía consigo una esperanza que este mundo no podría apagar.

En esos tiempos donde todo se desdibuja, en tiempos cuando los malvados parecen vencer y controlar nuestro alrededor, en esos tiempos de confusión y angustia en el mundo, hay algo que no debemos olvidar: que tenemos vida y que eso es suficiente para que Dios siga obrando no solo en nosotros, sino en el mundo.

Somos esos instrumentos de luz llamados a brillar en oscuridad. Somos llamados a vivir confiados sabiendo que no seremos entregados a nuestros enemigos porque ya hemos sido liberados de ellos y ellos no pueden destruir nuestra alma. El mundo necesita de hombres cuya vida es suficiente para declarar quién es JESÚS.