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un corazón limpio

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“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmo 51.10

David logró conocer a Dios de una manera tan íntima y especial que, en el tiempo de mayor pecado, él no huyó de Dios, sino que se acercó a Él en arrepentimiento y con una confianza profunda que Dios escucharía su oración.

El salmo 51 es esa declaración de confianza, de arrepentimiento, de búsqueda de Dios. Es un salmo muy conocido entre la iglesia cristiana, es un salmo que ha sido la oración de muchos también.

Al leer el salmo 51 hay una parte que llamó mi atención esta semana. El versículo 10, quizá el versículo más conocido de este salmo, David le pide a Dios: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

Lo que ha llamado mi atención es que David sabía, tenía la certeza, la confianza, de que Dios podía crear en él un corazón limpio y un espíritu recto. David sabía que Dios podía hacerlo. Lo que David había descubierto eran dos cosas: que su corazón no era limpio y que Dios podía crear un corazón nuevo.

Al meditar en ello, en el caminar en la vida cristiana Dios nos permite ver la maldad de nuestro corazón. Es como si cada vez que nos acercáramos más Dios, Él mostrara a través de Su luz admirable cuánto aún nos falta para ser completamente limpios. Pero a la vez, Dios no nos deja ahí, nos revela que Él puede limpiarnos. Es por esto lo maravilloso del sacrificio de JESÚS.

David lo descubrió. David sabía que, así como Dios es un Dios justo, también Dios es un Dios misericordioso. David había alimentado constantemente una relación con Dios que le permitió descubrir cada vez más a Dios, y a través de ello saber cómo orar y clamar a Dios.

estas cosas quiero

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“Así dice el Señor: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor.” Jeremías 9.23,24

 

El libro de Jueces concluye de una manera abrumadora: muerte, asesinatos, violaciones, una guerra civil en Israel, un pueblo alejado de Dios. Pareciera que ese sería un fin muy triste para el pueblo de Dios, sin embargo, aun Dios tenía planes y promesas por cumplir.

Justo en esa época de los Jueces es cuando historias como las de Ruth se vuelven una esperanza especial. Ruth, una mujer extranjera se vuelve parte del pueblo de Dios y, no solo eso, sino que se vuelve parte importante como ascendencia del rey David y de JESÚS mismo. Es en este libro donde vemos algo interesante: Ruth dejó a su padre y a su madre y la tierra donde nació para llegar a un pueblo que no conocía antes (Ruth 2.11). Este se vuelve un llamado para mucho de nosotros, dejar nuestro pasado para ir en busca de JESÚS.

Las historias de estos libros (Jueces y Ruth) nos permiten meditar qué aspectos en el pueblo de Israel podían evidenciar claramente la lejanía del pueblo hacía con Dios. En el caso e Jueces, podemos ver una crueldad tan tremenda en los últimos capítulos que parecía que el corazón de los hombres estaba completamente endurecido y manchado por la maldad. Y es aquí donde una palabra que se repite en más de una ocasión en toda la Biblia, cobra un verdadero y sentido y se vuelve una guía en tiempos de oscuridad.

Esta palabra la encontramos en el libro del profeta Jeremías, un hombre que vivió tiempos también terribles. A través del profeta, Dios le dice al pueblo: no importa tu sabiduría ni tu valentía ni tus riquezas, lo que verdaderamente importa es entenderme y conocerme. Y concluye: porque Yo quiero misericordia, juicio y justicia.

En estas tres últimas palabras podemos meditar por mucho tiempo: misericordia, juicio y justicia. ¿Por qué Dios les pide eso a Su pueblo? Muy seguramente porque Dios no veía eso en Su pueblo. Un pueblo que carece de estas tres es un pueblo en cuyo corazón la maldad y dureza han crecido.

Un pueblo con misericordia es aquel que se duele por el necesitado, por el huérfano, por la viuda, por los que padecen persecución y violencia, es un pueblo que se angustia por lo que le angustia a Dios. Un pueblo en juicio y justicia es aquel que entiende lo bueno de lo malo, que juzga rectamente sin pervertir la verdad y lo que es recto.

Cuando Dios dice en Su palabra: estas cosas quiero, esto nos habla de algo que anhela Dios en su corazón profundamente. Dios desea darse a conocer a Su pueblo para que Su pueblo pueda entenderle y conocerle y, una vez que le conozcamos, vivamos en misericordia, en juicio y justicia.

por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

mas se reían y burlaban de ellos

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“Pasaron, pues, los correos de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón; mas se reían y burlaban de ellos. Con todo eso, algunos hombres de Aser, de Manasés y Zabulón se humillaron, y vinieron a Jerusalén. En Judá también estuvo la mano de Dios para darles un solo corazón para cumplir el mensaje del rey y de los príncipes, conforme la palabra del Señor.” 2 Crónicas 30.10-12

Más de 215 años pasaron después de Salomón para que se volviese a ordenar el templo de Jerusalén y se volviese a celebrar la Pascua como en tiempos de Salomón. Doce reyes después de Salomón pasaron para que se levantara un rey sobre el reino de Judá que buscaría restaurar aquellos tiempos gloriosos de Dios con Su pueblo (2 Crónicas 30.26). ¿Puedes imaginar todo este tiempo donde Dios anhelaba fervientemente estar con Su pueblo, pero Su pueblo no deseaba estar con Él?

Cuando el rey Ezequías envió cartas por todo el reino para celebrar la Pascua, una gran parte del reino lo tomó con burla, pero solo algunos, solo algunos vinieron a Jerusalén.

Poco se dice qué es lo que llevó a Ezequías buscar nuevamente a Dios y restaurar el reino en lo espiritual, pero si se describe lo que él comenzó a hacer desde que fue proclamado rey a los 25 años de edad: quitó los lugares donde había ídolos, abrió las puertas del templo y las reparó, hizo venir a sacerdotes y levitas, convocó a la celebración de la Pascua. Lo único que logro ver respecto a qué hizo Ezequías fue: puso su esperanza en Dios (2 Reyes 18.5) y siguió a Dios y no se apartó de Él sino que guardó Sus mandamientos (2 Reyes 18.6).

Es aquí, donde Dios levanta a un hombre piadoso para restaurar lo que parecía irreparable: un pueblo profundamente corrompido. No fue Ezequías realmente el que logró hacer esa transformación en el reino, sino fue Dios a través de Ezequías, Dios teniendo misericordia de Su pueblo, dándoles una oportunidad más antes de la inminente conquista por pueblos paganos. Sin embargo, y nuevamente, gran parte del pueblo menospreció este tiempo.

El llamado para nosotros en este tiempo, la generación nuestra de este tiempo, es que dejemos a Dios examinar nuestro corazón y le permitamos que nos revele no sólo Sus sueños sino lo que hay en nosotros que pueda llevarnos a reírnos y burlarnos de (menospreciar) ese llamado de Dios. Es Dios llevándonos a anhelar Su llamado y estar listos para responder con prontitud. Es nuestro corazón anhelando fervientemente ver Su Reino en nuestra vida, en Su iglesia, en nuestro país. Es nuestro corazón anhelando profundamente estar con Él, porque separados de Él nada, nada podemos hacer.

Tú vuelves a Ti el corazón

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“Cuando llegó la hora de ofrecerse el holocausto, se acercó el profeta Elías y dijo: Señor Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que Tú eres Dios en Israel, y que yo soy Tu siervo, y que por mandato Tuyo he hecho todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que conozca este pueblo que Tú, oh Señor, eres el Dios, y que Tú vuelves a Ti el corazón de ellos.” 1 Reyes 18.36,37

 

Bastaron unas cuantas generaciones después de David para que el corazón de la nación entera se pervirtiera. Y en todo ese tiempo Dios mostró Su misericordia al enviar hombres que hablarán palabra de parte de Él para que la nación no pereciera en su propia maldad. ¿Te suena familiar?

Lo más asombroso en tiempos de profunda maldad no es las terribles cosas que como humanidad podemos llegar a hacer, sino lo más asombroso es Dios queriendo que no perezcamos en todo ello. El profundo amor de Dios por Su Pueblo sobrepasa nuestro entendimiento, y el amor que Él tiene por cada uno de nosotros sobrepasa por mucho lo que nosotros pudiéramos hacer para agradecer Su amor y misericordia.

La pregunta que viene después de leer estas historias en los libros de Reyes no es si Dios enviaría Su Palabra, que sin duda podemos confirmar así fue, pero la pregunta es si el pueblo estaría preparado para recibirle y volverse de Sus malos caminos. Pero llega un tiempo, en que el pueblo está tan cegado por su pecado que Dios no puede detener Su juicio y castigo sobre ellos, porque Él también es justo.

Cuando Dios usó a Elías para que orara para que lloviera después de algunos años de terrible sequía, la oración de Elías no apela más que a Dios para que confirme que Él es Dios a través de hacer ese milagro y, mayor aún, a través de volver los corazones de ellos a Él. Este es el mayor milagro: ¡Dios volviendo los corazones a Él!

¿Podemos orar hoy por ello? ¿Para que Dios vuelva el corazón de Su Iglesia a Él?  ¿Para que nuestro país conozca que Él es Dios? ¿Para que la oscuridad ya no prevalezca más? Porque nada podrá darnos verdadero descanso sino es por Él.

 

le dolió en el corazón

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“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.” Lucas 10.33,34

 

El día de ayer fui confrontado por Dios de una manera muy fuerte. Después de enojarme fuertemente contra alguien y ser áspero con esa persona, Dios no tardó en corregirme y mostrándome a través de la parábola de los dos deudores que estaba siendo como aquel hombre al que se le había perdonado una gran deuda millonaria pero que este hombre no había sido capaz de perdonar a uno de sus consiervos que le debía unos cuantos pesos (puesto en nuestro contexto). Inmediatamente fui confrontado y humillado, puesto en evidencia de mi falta de perdón y mi prontitud para enojarme. Mi deuda millonaria que Dios perdonó contra una situación donde yo no supe perdonar.

Y recordaba hoy temprano, a través de un devocional, aquella parábola del buen samaritano que ayudó a un hombre que había sido golpeado y asaltado. Esta historia es contada por JESÚS a un intérprete de la ley, un hombre conocedor de la Palabra, pero no del corazón de Dios, un hombre que buscaba probar a JESÚS y justificarse a sí mismo.

Si algo estoy impactado por JESÚS es que ha venido a romper paradigmas de hombres, y esta parábola lo demuestra. Hombres “conocedores” de Dios y que hacían alarde de que “conocían” a Dios, no fueron capaces de hacer lo mínimo por un hombre en necesidad: ayudarle. Pero un hombre despreciado por el pueblo, considerado inferior y de segunda clase (el samaritano), fue movido a misericordia y ayudó a aquel hombre en necesidad. La palabra misericordia significa “dolor en el corazón”, y este hombre sintió dolor en su corazón.

Este samaritano, que no era un erudito en la Palabra de Dios, que quizá no hacía esas largas oraciones y ni pasaba tanto tiempo en el templo (porque además no era aceptado), supo entender el corazón de Dios. Y Dios ponía en mi mente este pensamiento: ¿de qué sirve leer la Biblia, leer los libros cristianos y escuchar al predicador de moda, si fallamos en perdonar y amar aún a nuestros enemigos? Fui golpeado por ello.

No me refiero a que leer la Palabra no tenga importancia, sino al contrario, es fundamental para la vida de un creyente, es una necesidad, es un alimento. Pero si nuestro conocimiento de la Palabra no nos lleva a actuar en amor a Dios y al prójimo (los dos más grandes mandamientos que cubren toda la Ley) a través de perdonar, de ser movidos a misericordia (sentir dolor en el corazón), a ayudar a otros, aunque estos sean nuestros enemigos, creo que algo está fallando. Seremos como aquellos intérpretes de la ley que se sentían orgullosos de “conocer” a Dios sin realmente conocerle.

Hace meses recordaba algo tan sencillo pero tan profundo: si nuestros afectos, pensamientos, motivaciones y acciones no están basadas en el amor a Dios y a los demás, es simplemente pecado. Y este principio aplica a toda área y todo momento de nuestra vida.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

lo vil y lo menospreciado

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“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en Su presencia.” 1 Cor. 1.26-29

¿Merecíamos ser salvados por Dios? ¿Merecíamos ser llamados hijos de Dios? ¿Merecíamos tanta bendición por parte de Dios? La respuesta es sencilla: no.

Dios fijó sus ojos en nosotros cuando nadie más daría algo por nuestra vida. Eso es lo asombroso del amor y la misericordia de Dios. Ser escogidos cuando no hicimos y no podíamos hacer algo para merecerlo. Dios no se asombra con nuestros talentos, dones, riquezas, obras buenas. Su favor no se ha logrado por obras de justicia que pudiéramos hacer, sino por su misericordia.

Mientras leía un devocional sobre el Evangelio de Lucas, algo que llamó mi atención es que JESÚS se acercaba a aquellos a los que la sociedad menospreciaba y consideraba inmundos o viles. JESÚS tocando al enfermo, liberando al endemoniado, cercano al pobre, perdonando a los pecadores. JESÚS no se movía por lo que la sociedad consideraba como correcto, pero por lo que Su Padre le ordenaba hacer.

Creo que, si JESÚS estuviera hoy con nosotros, la reacción de la sociedad sería muy similar a la del tiempo antiguo. Los líderes religiosos se ofenderían, los líderes políticos lo menospreciarían, la sociedad lo vería con reserva y quizá desdén. JESÚS cercano a lo menospreciado por el mundo. ¿Puedes pensar quienes son esas personas menospreciadas? ¿El que pide dinero en la calle, los inmigrantes, los niños sin padres, los asesinos y ladrones, los enfermos, la prostituta? ¿Cómo los ves? ¿Con un sentido de superioridad dando limosna de tu tiempo, dinero, esfuerzo?

Mi pastor hace algunos meses atrás comentó algo que sigue grabado en mi mente: la limosna te coloca en un nivel superior, la misericordia te pone en los zapatos de la otra persona. JESÚS hacía lo segundo, caminaba cercano a ellos, restaurando, liberando.

Creo fuertemente que Dios en este tiempo está llamando a Su iglesia a moverse en misericordia, en buscar a esos que aun la sociedad y nosotros como iglesia hemos menospreciado. Mostrar a JESÚS no a través de nuestras palabras, pero a través de nuestra vida. ¿A dónde te está llamando Dios?

nombre mejor, nombre perpetuo, que nunca perecerá

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2016

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“Y el extranjero que sigue al Señor no hable diciendo: Me apartará totalmente el Señor de Su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco.

Porque así dijo el Señor: A los eunucos que guarden Mis días de reposo, y escojan lo que Yo quiero, y abracen Mi pacto, Yo les daré lugar en Mi casa y dentro de Mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá.

Y a los hijos de los extranjeros que sigan al Señor para servirle, y que amen el nombre del Señor para ser Sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, Yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en Mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre Mi altar; porque Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.”

Isaías 56.3-7

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Este 2015 ha sido uno de los años más impactantes en mi vida. Un año donde las pruebas en lo emocional y espiritual han abundado, y en donde todas ellas Dios ha sido siempre FIEL. He podido percibir la mano de Dios, Su presencia de maneras asombrosas y sobretodo he visto Su perfecta voluntad en cada momento. Dios es siempre BUENO, y en Él todas Sus promesas son en Él Sí y en el Amén para Su gloria. (2 Corintios 1:20).

Podría platicar como Dios me salvó de un accidente impresionante a principios de año. Un accidente que yo no llamaría accidente sino un propósito de Dios. Un accidente inentendible en mente humana en muchos aspectos por cómo sucedió, y del cual Dios me guardó. Dios me salvó de muchas maneras ese día, y el accidente (o ese propósito) no fue más que un medio, una forma usada por Dios para revelarme tantas cosas, tantas cosas, al grado en que pude agradecer a Dios por el accidente (el propósito).

También pudiera platicar como a mediados de año mi alma y espíritu fueron retados a dar un paso más de fe, un paso hacia algo desconocido y aun incomprensible por gran parte de su iglesia. Fue un tiempo en el que la palabra de Dios no faltó para alentarme a ser valiente, a ser esforzado, que aun a pesar de los pruebas y tiempos difíciles, Él me guiaría hacia Su voluntad. Y hoy puedo con tremenda confianza confirmar que los tiempos de Dios son buenos, Él es bueno.

Me siento completamente cuidado por Dios, amado por Dios, y mi alma lo sabe muy bien. No por lo que yo he hecho o he dejado de hacer, sino por la obra completa de JESÚS en aquella cruz por mí, y Su interminable misericordia para conmigo día a día. Este año, es un año para celebrar Su gran misericordia. No es cliché, no es vana palabrería, es una verdad que mi alma y mi espíritu pueden testificar.

Este domingo Dios me ayudó a recordar un pasaje en Isaías, cuando Dios, a través del profeta, le dice a los eunucos: no digas que eres árbol seco. Y este pasaje representa mucho en mi vida desde hace algunos años. Amigos muy cercanos sabrán la situación (el propósito de Dios) que en lo personal enfrento y por lo cual ese pasaje tiene un peso importante en mi vida. He compartido en más de una ocasión en este blog respecto a esa situación que es todo un reto para la iglesia en nuestros días y a lo cual creo Dios nos está llamando.

El término “eunuco” ha sido un término por demás obviado y, en cierto punto, ignorado en la iglesia moderna a pesar de que grandes hombres de fe narrados en la Biblia enfrentaban dicha situación que, culturalmente aún en nuestros días, es desfavorable y hasta de burla y prejuicio. Y Dios se refiere a ellos en ese pasaje (Isaías 56.3-7) de una manera que, diría yo, es sublimemente hermosa, la promesa dada ahí es impresionante. Dios diciendo a un grupo por demás estigmatizado: no digas que eres árbol seco, porque te daré un lugar en Mi casa, y un nombre mejor que el de hijos e hijas, un nombre perpetuo, que nunca perecerá. Y en fe este grupo debe responder guardando el día de reposo, escogiendo lo que Dios quiere, y abrazando Su pacto. Dios me recordaba esa promesa: no digas que eres árbol seco, aún a pesar de lo que el mundo y, tristemente la iglesia, pudieran decir respecto a ti.

Y algo también hermoso en ese pasaje es que Dios se refiere no sólo a los eunucos sino también a los extranjeros, hombres y mujeres que históricamente no tenían parte en el pueblo de Dios y que eran menospreciados y vistos como inferiores. Para ellos Dios dice: no digas que Dios te apartará totalmente de Su pueblo, sino que te llevará a Su santo monte, y los recreará en Su casa de oración, y sus sacrificios serán aceptos para Dios.

Muchas personas como yo encontramos en esas promesas invaluable esperanza. Hombres y mujeres despreciados aún por la iglesia por una condición en sus vidas y que son vistos como extranjeros, como aquellos que no tienen parte en el pueblo de Dios. Y Dios nos dice: no digas que te apartaré totalmente de Su pueblo, ni digas que eres árbol seco, sino que te daré un nombre mejor que el de hijos e hijas, un nombre perpetuo, que nunca perecerá.

Recordando siempre que todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén.

 

 

Lead me to you

Forever, Lord, I will pursue

I will pursue

You’ve won my heart

Jesus, you’re all that I want

All that I want

*

Guíame a Ti,

por siempre, Señor, yo seguiré

yo seguiré

Tú has ganado mi corazón

JESÚS, tú eres todo lo que yo quiero

todo lo que yo quiero

para los que moran en tinieblas

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“para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas” Isaías 42.7

La misericordia y el amor de Dios por la humanidad es algo increíble, y el entenderle resulta solo una revelación de Dios a nuestra vida. Cada día que caminamos sobre este planeta son un testimonio grande de esa misericordia y de ese amor, aun para aquellos que enfrentan grande tribulación y tragedia, porque cada día existe la posibilidad de reencontrarnos con Dios, de alinear nuestra vida a Él, de reconocerle en todos nuestros caminos. Porque cada día, Sus misericordias son nuevas.

¿Suena a cliché cristiano? Sí, puede ser para muchos, sin embargo para algunos la misericordia de Dios y Su amor son más que un cliqué, son una realidad. Cuando el profeta Isaías describe al Mesías, entre muchas de las descripciones hay una que esta semana estuvo de manera continua en mi mente: JESÚS vino a abrir los ojos a los ciegos, a sacar de la cárcel a los presos, y de prisiones a los que habitan en tinieblas. Esto fue en lo físico, es decir, hombres ciegos que JESÚS les dio la vista, pero también lo fue en lo espiritual, algo de mucho mayor trascendencia. Y esto sigue siendo una realidad aun en nuestra época.

Nosotros éramos esos ciegos, esos prisioneros, aquellos que habitábamos en tinieblas. Nosotros estábamos ahí, sin siquiera saberlo. Pero un buen día, un muy buen día, Dios permitió que fuera revelado a nuestro entendimiento y a nuestra vida la terrible esclavitud en la que vivíamos, las profundas prisiones donde habitábamos y la espesa oscuridad de la cual no podíamos escapar por causa del pecado que de una u otra forma nosotros auspiciamos. Éramos esclavos y prisioneros por consecuencia directa de nuestra maldad en nosotros, esa maldad con la que luchábamos tanto y no podíamos desechar.

Fue ahí donde nos encontró Dios. Fue ahí que Su misericordia y amor fue revelado a nuestra vida. Una libertad inmerecida, una redención incalculable, una salvación eterna en la cual vivimos y nos aferramos por la nueva realidad que nos rodea, una realidad espiritual de la cual Cristo nos ha hecho parte.

Cristo es, por tanto, nuestro mayor anhelo, porque solo en Él encontramos significado y propósito, porque le pertenecemos y Suyos somos. Y esa misericordia y amor se vuelven un aspecto vivo que nos transforma día con día. ¿Puedes reconocerles en tu vida?