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¿no te soy Yo mejor que diez hijos?

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“Y Elcana su marido le dijo: Ana, ¿por qué lloras? ¿por qué no comes? ¿y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?” 1 Samuel 1.8

La historia de Ana, mamá del profeta Samuel, parece a simple vista una historia de profunda tristeza y sin esperanza. Ana era la mujer de Elcana pero ella no podía tener hijos, mientras que la otra esposa de Elcana sí podía. Pero Elcana amaba a Ana. Cada año cuando la otra mujer de Elcana molestaba a Ana, Ana se entristecía al grado de que lloraba, no comía y su corazón estaba afligido.

En una ocasión, cuando su esposa la ve tan afligida le hace una pregunta muy fuerte: ¿no te soy yo mejor que diez hijos? Parecía que Ana había dejado de percibir toda bendición a su alrededor, una de las más grandes el amor de su esposo, por el anhelo de poder tener un hijo.

Ana pide a Dios en esa ocasión y promete a Dios dedicar a su hijo si Dios le permite dar a luz. Dios le concede a Ana esta petición: Samuel.

Esta historia de Ana habló a mi vida en estos días. Uno de mis sueños es poder tener hijos, sin embargo, mi situación como persona gay hace que este sueño sea casi imposible, no sólo por el aspecto médico, sino por lo que esto representa socialmente: existe aún mucho estigma sobre los hijos en familias homoparentales.

Ha habido algunos días en los que llega una aflicción a mi corazón debido a este anhelo de tener hijos y las barreras que existen para que así sea. Justo la semana pasada esa aflicción llegó a mí nuevamente. Dios me ha permitido encontrar en su Palabra aliento cada vez que esta aflicción llega, y en esta ocasión llegó a través de este pasaje en el primer libro del profeta Samuel.

Cuando Elcana le pregunta a Ana: ¿no te soy yo mejor que diez hijos?, es como si Dios me preguntara a mí: Jacob, ¿no te soy Yo mejor que diez hijos? Acaso, ¿no te soy Yo mejor que cualquier otra bendición?

Hay un anhelo natural en los hombres y mujeres por poder ser padres. Es un anhelo que Dios puso en nuestros corazones. Sin embargo, para algunas personas ese anhelo puede volverse una carga cuando por diferentes circunstancias el tener hijos resulta casi imposible.

Lo maravilloso de la Biblia es que nos narra la historia una y otra vez de personas incapacitadas para tener hijos pero que Dios hace milagros y este milagro se vuelve un propósito de Dios. Es como si Dios nos dijera aun lo que para muchos es algo natural y sencillo (el tener hijos), para ti será un milagro que glorificará a Dios por la eternidad.

¿Qué sueño o promesa (un hijo) Dios ha dado a tu vida que no ha llegado (nacido)? ¿Estás afligido por ver que esa promesa no llega? ¿Has dejado de comer y aún en lágrimas clamas a Dios? La pregunta a la que Dios nos llevará será: ¿no te soy Yo mejor que esa promesa? Esta pregunta nos permitirá evaluar si hemos puesto la promesa que Dios nos ha dado por encima de Él, es decir, que la promesa se ha vuelto más importante que nuestra plenitud en Dios.

Dios permita que Su Pueblo encuentre en Él toda satisfacción y plenitud para que cada bendición, sueño, promesa, puedan ser entregadas a Él como propósitos que glorifiquen Su nombre por le eternidad.

una generación que teme a Dios

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“Y Su misericordia es de generación en generación a los que le temen” Lucas 1:50

A través de la alabanza este domingo Dios habló a Su iglesia en Ayotlán para que seamos una iglesia que teme a Dios. Mientras los cantos sonaban, mientras la música se escuchaba, las letras de los cantos y el fluir del Espíritu nos llevaba a ser creyentes con un profundo temor a Dios. Y esto fue confirmado a través de la predicación.

Cuando Dios nos hablaba como iglesia este domingo, pude recordar lo que realmente este país, y cada nación necesitan: tener líderes, tener ciudadanos, tener creyentes que teman a Dios, porque en medio de esa generación temerosa, Dios obrará en misericordia.

¿Qué es temer a Dios? ¿Acaso es huir de Él, alejarnos porque sabemos que Él es temible? ¿Es no confiarle nada ni nuestros pecados porque reaccionará violentamente? ¿Qué es temer  a Dios?  El temor a Dios es un temor muy distinto al temor de los hombres, porque mientras el temor de los hombres nos lleva a desconfiar y alejarnos, el temor de Dios nos lleva a rendirnos y confiar más en Dios.

El ejemplo más cercano que todos nosotros tenemos es lo que llamamos respeto a nuestros padres. Sé que las generaciones actuales la figura de los padres se ve muy diluida y con poca autoridad, sin embargo, hay padres que han educado y están educando a sus hijos de tal forma que sus hijos, sin que los padres pronuncien una palabra, saben qué deben hacer y qué no hacer, porque conocen primeramente que eso que están haciendo o no están haciendo no agrada al padre. Los hijos que están apegados al corazón de sus padres saben que la principal razón de su obediencia es agradar el corazón de sus padres, y esto es bien poderoso. Imagina por un momento que tú no necesitas entrar en debates con tus hijos porque ellos saben que lo que tú deseas para ellos es para su bien y en ti no hay maldad ni cosas que buscan lastimarles o dañarles, sino que buscas que ellos crezcan física, emocional y sobretodo espiritualmente.

El temor a Dios nos lleva a la obediencia, no por cumplir una religión, no cumplir estándares, no por quedar bien delante de los hombres. El temor a Dios nos lleva a la obediencia porque queremos agradarle única y exclusivamente a Él. Y cuando Dios ve un corazón tan humilde que sin cuestionarle le obedece, Dios llena a esa vida de misericordias. El temor a Dios es estar plenamente convencidos que Dios tiene el poder para deshacer nuestras vidas con solo decirlo (toda la creación declara Su gran y temible poder), pero por Su gran misericordia y amor Él desea transformarnos de gloria en gloria, porque hemos sido limpiados por la sangre de JESÚS y hemos sido hechos hijos Suyos.

Esa es la generación que cambiará nuestro país.

rebeldía

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“hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas.” Daniel 9:5

 

A partir de que el hombre y la mujer pecaron en el huerto del Edén movidos por un deseo de independencia, la rebeldía (que caracteriza a Satanás) tomó sus corazones. Ellos quisieron ser iguales a Dios, quisieron conocer el bien y el mal, quisieron llevar su vida como mejor les parecía y ahí, esa sumisión perfecta y sublime que tenían hacia con Dios, se desvaneció a causa de su rebeldía.

Nosotros, en nuestra naturaleza humana, no somos en nada mejores a Adán y Eva. Somos igual del rebeldes en la carne, buscamos lo propio antes que someternos a Dios y buscar su consejo, corremos hacia la independencia individual para no depender de nada ni de nadie. Si algo ha caracterizado a la generación del siglo pasado y, mayormente a la de este siglo, es su gran deseo de independencia y autosuficiencia, un deseo fuerte por hacer lo que mejor nos parezca.

Esa rebeldía lo vemos en casa cuando un hijo empieza a juzgar a sus padres por las decisiones o acciones que ellos toman o hacen. Lo vemos en las escuelas cuando nuestros estudiantes empiezan a juzgar a los maestros por su forma de enseñar. Lo vemos en los trabajos cuando juzgamos a nuestros jefes. Lo vemos en nuestra sociedad al juzgar a nuestras autoridades. Y, tristemente, lo vemos en las iglesias cuando los creyentes empiezan a levantar murmuraciones y juicios en contra de aquellos que han sido puestos como autoridad en un ministerio o en la iglesia.

La rebeldía trae consigo algo tremendamente triste y fuerte: separación. La rebeldía busca vivir por su propia cuenta, sin someter sus deseos, sueños o impulsos a una autoridad. Pero hemos sido diseñados para depender siempre y en todo momento de una autoridad.

Es cierto que  nuestras autoridades por su parte tampoco han buscado lo bueno y se han desviados hacia deseos perversos y terribles, pues ellos mismos también buscan su independencia, su rebeldía. No es en todos los casos, hay padres de familia, maestros, jefes de trabajo, gobernantes y líderes de iglesia que con un corazón fuertemente sometido buscan siempre gobernar o liderar en justicia. Pero aún cuando nuestras autoridades no sean el mejor ejemplo, nuestro actuar siempre tiene que ser para honrarles ya que todas ellas han sido establecidas por Dios.

Habrá casos en que nuestras autoridades nos pidan o hagan cosas que son contrarias a la Palabra de Dios. Ahí es cuando nosotros podemos llevar el mensaje de Dios para ellos. Como ejemplo tenemos al profeta Natán, cuando él conoció del pecado del rey David, en lugar de rebelarse contra él e iniciar un movimiento en contra de él, el profeta, movido por Dios, fue al rey David y lo confrontó por su pecado. En este caso el rey David respondió al mensaje, pero habrá casos en que nuestras autoridades respondan aún en mayor maldad hacia con nosotros o los demás que están bajo su autoridad, sin embargo debemos de seguir honrándoles.

Cuando vemos que una de nuestras autoridades actúa en maldad, nuestra primera reacción debe ser orar por ellos para pedir misericordia de Dios para sus vidas, y no juzgarles. Dios nos moverá y abrirá puertas para que podamos llevar Su Palabra a ellos, siempre y cuando en nuestro corazón la rebeldía no tenga parte, que nuestra motivación sea verdaderamente buscar que ellos se arrepientan y busquen de Dios.

Y de igual forma, es necesario que rindamos nuestras vidas a Dios para que Él muestre cuánta rebeldía hay aún en nosotros. Necesitamos anhelar fuertemente que Dios nos limpie de todo intento de independencia o autosuficiencia en contra de Él y Su Palabra. Si hoy Dios nos permite ver en nuestro corazón rebeldía, que Su gracia nos lleve al arrepentimiento verdadero para ser limpiados de ello y nos dé de Su gracia para saber cómo honrar a nuestras autoridades. Somos libres en la perfecta sumisión de nuestras vidas a Dios.