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por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

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¿hasta cuándo, Señor?

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió Él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto; […]” Isaías 6.8-11

 

El llamado de Dios hacia el profeta Isaías descrito en el capítulo 6 es muy conocido en la cultura cristiana. De manera general, Isaías tiene una visión de Dios en Su templo e Isaías es confrontado no sólo por su inmundicia sino por la del pueblo al estar en la presencia de un Dios Santo. Un querubín toca los labios de Isaías con un carbón encendido para quitar la culpa y el pecado de Isaías. Y es ahí cuando Dios pregunta: ¿A quién enviaré? E Isaías responde: Heme aquí, envíame a mí.

Lo más interesante es que ese llamado no termina ahí, sino que en ese momento Dios le revela a Isaías cuál es ese llamado: confrontar la sordera y ceguera espiritual del pueblo de Dios.

Isaías es uno de mis profetas y libros favoritos de toda la Biblia. Es el llamado de un profeta al que no solo se le revela el pecado del pueblo, sino que también trae esperanza al pueblo con la revelación profética más impactante de nuestro Mesías y cómo este Mesías sería sacrificado para traer salvación al pueblo. Isaías es el libro con mayor contenido profético respecto a JESÚS siglos antes de que JESÚS naciera.

Cuando Dios le dice a Isaías su llamado (confrontar el pecado del pueblo), Isaías pregunta: ¿hasta cuándo, Señor? Es decir, Isaías le pregunta: ¿hasta qué momento sabré que debo dejar de confrontar el pecado? Y Dios responde con algo muy fuerte: hasta que las ciudades estén vacías.

 

Tuve oportunidad de leer esta parte de la Biblia durante el fin de semana, y preguntaba a Dios: ¿por qué Dios envía a un profeta sabiendo que el pueblo no respondería? ¿Qué sentido tiene enviar Palabra de Dios, sabiendo que el pueblo la ignorará, no escucharán, no verán, no entenderán?

Algo sorprendente es que esta palabra profética de Isaías no sólo es para el pueblo del tiempo de Isaías, sino que, en los Evangelios, JESÚS se refiere a estas mismas palabras cuando ve que el pueblo no responde a Sus palabras. ¿Puedes imaginar que el pueblo no respondió a Isaías, pero tampoco respondió a JESÚS, Dios mismo?

Creo que este mensaje es también para nuestro tiempo. Por muy difícil que resulte aceptarlo, como iglesia de Dios atravesamos un tiempo demasiado retador no por los ambientes del mundo que nos rodean, sino por la condición espiritual de la iglesia, una condición que requiere una intervención poderosa de Dios.

¿Hasta cuándo, Señor? Podemos preguntar. Y la respuesta de Dios podrá ser: hasta que “quede el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” (v13)

¡cómo me angustio hasta que se cumpla!

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“Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido? De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión.” Lucas 12.49-51

 

Podemos quizá imaginarnos a JESÚS haciendo milagros, perdonando pecados, sanando enfermos, alimentando a la multitud, enseñando en las sinagogas. Podemos imaginarnos, en términos muy simples, a un JESÚS buena onda. Sin embargo, al leer las escrituras pocos quizá podrán descubrir a JESÚS también confrontando, mostrando que Él no vino a traer paz sino disensión.

¿No suena esto muy fuerte? ¿El Príncipe de paz trayendo disensión?

En cada parte de los Evangelios podemos ver a JESÚS confrontando toda estructura de hombres: nuestros pensamientos, nuestra forma de relacionarnos, nuestra forma de vivir, nuestras motivaciones, confrontando lo que verdaderamente hay en nuestro corazón. JESÚS exhibiendo a nosotros mismos lo que verdaderamente hay en nuestro corazón.

Sí, JESÚS vino a reconciliar a la humanidad con Dios por medio de la fe. Sí, JESÚS vino a traer la paz de Dios hacia la humanidad. Sí, JESÚS hizo cercanos a aquellos a quienes en otro tiempo no les era permitido acercarse.

Pero JESÚS no vino a traer paz sobre un mundo caído. Vino a trastornar un mundo caído para regenerarlo, para establecer un nuevo reino, Su Reino, no cimentar sobre lo existen algo, sino desarraigar lo que es ajeno a Su Reino.

El Reino de Dios no puede establecerse sobre las bases de un mundo que vive en rebelión en contra de Dios. Es necesario destruir lo ajeno, para cimentar sobre lo verdadero, lo eterno.

Para muchos podría parecer sencillo el sacrificio en la cruz pues JESÚS es Dios. Pero no fue así, JESÚS también era hombre, tentado en todo. El costo de esa reconciliación, de esa regeneración, para poder cimentar sobre la Verdad, fue un bautismo que le angustiaba a JESÚS: la muerte en esa cruz, la separación de Él con el Padre (Su más grande anhelo).

¿No sé si has anhelado un mundo reconciliado con Dios? Cuando caminas por la calle, o vez a alguna persona en necesidad, u oyes de lo que sucede en otros países, ¿no anhelas el Reino de Dios establecido sobre esas personas, sobre esos lugares? Pero eso no es trayendo la paz que el mundo entiende, sino estableciendo la Vida, la Verdad que es JESÚS. Puede parecer ya repetitivo, pero sólo JESÚS puede traer vida, verdadera paz, verdadera libertad a un mundo perdido en sus pecados.

Dios confronte nuestra vida para entresacar lo precioso de lo vil, lo que es ajeno a Él y confirmar lo que ha sido cimentado en Su Verdad.

Tú vuelves a Ti el corazón

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“Cuando llegó la hora de ofrecerse el holocausto, se acercó el profeta Elías y dijo: Señor Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que Tú eres Dios en Israel, y que yo soy Tu siervo, y que por mandato Tuyo he hecho todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que conozca este pueblo que Tú, oh Señor, eres el Dios, y que Tú vuelves a Ti el corazón de ellos.” 1 Reyes 18.36,37

 

Bastaron unas cuantas generaciones después de David para que el corazón de la nación entera se pervirtiera. Y en todo ese tiempo Dios mostró Su misericordia al enviar hombres que hablarán palabra de parte de Él para que la nación no pereciera en su propia maldad. ¿Te suena familiar?

Lo más asombroso en tiempos de profunda maldad no es las terribles cosas que como humanidad podemos llegar a hacer, sino lo más asombroso es Dios queriendo que no perezcamos en todo ello. El profundo amor de Dios por Su Pueblo sobrepasa nuestro entendimiento, y el amor que Él tiene por cada uno de nosotros sobrepasa por mucho lo que nosotros pudiéramos hacer para agradecer Su amor y misericordia.

La pregunta que viene después de leer estas historias en los libros de Reyes no es si Dios enviaría Su Palabra, que sin duda podemos confirmar así fue, pero la pregunta es si el pueblo estaría preparado para recibirle y volverse de Sus malos caminos. Pero llega un tiempo, en que el pueblo está tan cegado por su pecado que Dios no puede detener Su juicio y castigo sobre ellos, porque Él también es justo.

Cuando Dios usó a Elías para que orara para que lloviera después de algunos años de terrible sequía, la oración de Elías no apela más que a Dios para que confirme que Él es Dios a través de hacer ese milagro y, mayor aún, a través de volver los corazones de ellos a Él. Este es el mayor milagro: ¡Dios volviendo los corazones a Él!

¿Podemos orar hoy por ello? ¿Para que Dios vuelva el corazón de Su Iglesia a Él?  ¿Para que nuestro país conozca que Él es Dios? ¿Para que la oscuridad ya no prevalezca más? Porque nada podrá darnos verdadero descanso sino es por Él.

 

si la sal se desvaneciere

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“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada (pisoteada) por los hombres.” Mateo 5.13

 

Es parte del conocimiento popular de la tradición cristiana el versículo anterior. Es común que cada creyente sea enseñado que somos la sal de la tierra, la luz del mundo. Que en nosotros existe ese gran privilegio, pero también esa grande responsabilidad para evitar que el mundo siga corrompiéndose y que a través de la luz de nuestras buenas obras los hombres puedan ver a JESÚS y reconocerle como Dios, como Rey, como Señor.

Mientras se predicaba este domingo en la iglesia sobre este versículo, algo llamó mi atención de una manera muy sorpresiva. Ese versículo si bien habla que somos sal de la tierra, trae consigo una advertencia bastante fuerte: si la sal se desvanece (se hace insípida, pierde su cualidad), no sirve para nada y será echada fuera y pisoteada por los hombres.

No se habla en esta advertencia de sal que dejo de ser sal, sino de sal que perdió su cualidad principal. Creo esta es una advertencia bastante fuerte para la iglesia de nuestro tiempo, una advertencia que nos debe llevar a reflexionar y evaluar si estamos siendo verdaderamente sal para el mundo o simplemente estamos contribuyendo más a su corrupción. Hace un par de semanas compartía sobre este dolor y esta angustia en mí, cuando Dios no veía nuestras obras perfectas y al leer este versículo pudo claramente relacionarlo.

Compartía hace un par de días con una amiga que sigo sorprendido cómo que es que los religiosos del tiempo de JESÚS no lograron reconocer quién era JESÚS. Hombres conocedores de la Palabra, de la ley, de las tradiciones y costumbres judías, pero que no lograron siquiera reconocer un poco a JESÚS. Hombres seducidos por su propio entendimiento y cegados por una religiosidad que había corrompido aún la Palabra de Dios. También, recordaba al profeta Jeremías que fue perseguido por los mismos sacerdotes por declarar juicio y condenación a la nación de Israel por haber sido corrompida, corrupción que había también consumido a los líderes religiosos.

Y al meditar en ello, pude nuevamente con dolor asociarlo con lo que como iglesia podemos estar viviendo: una iglesia que hemos sido seducidos por nuestro propio entendimiento de la Palabra y nos ha cegado a ver nuestros propios pecados y arrepentirnos de ellos, una iglesia que poco a poco podemos estar perdiendo nuestra cualidad de ser sal.

En mi corazón está ese anhelo de que Dios nos lleve a un tiempo de profundo arrepentimiento como iglesia. Que como iglesia podamos ser capaces de recibir la revelación del Espíritu de nuestras obras, no solo en este tiempo, sino en décadas y aún siglos pasados de las cuales no nos hemos arrepentido. Que podamos ser quebrantados a tal grado que podamos verdaderamente clamar por el perdón de Dios y ser llevados a un tiempo de restauración.

Creo profundamente que la misericordia de Dios es nueva cada día, y que Dios da a Su iglesia de generación a generación oportunidades para reconocer nuestro pecado, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios. Este, creo yo, es el verdadero avivamiento en la iglesia de Dios.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

¿cuál de ellos le amará más?

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“Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” Lucas 7.47

La historia de aquella mujer pecadora que trajo un frasco de alabastro con perfume y enjugó los pies de JESÚS en casa de aquel fariseo, es una historia que conmueve profundamente. Es la historia de una mujer que reconoció a JESÚS, y le reconoció realmente aún en medio de su oscuridad. Una mujer que dejando atrás la crítica, el prejuicio social, una vida sin mayor propósito, encontró en JESÚS lo más grande que su vida pudo haber encontrado: perdón y amor.

¿Qué le hizo venir a la casa de este fariseo cuando JESÚS estaba en esa casa? ¿Qué le motivó a irrumpir en aquella comida y sin importarle si era la casa de un religioso que la acusaría de pecadora? ¿Qué le llevó hasta los pies de JESÚS y en lágrimas lavar sus pies? La respuesta es tan asombrosa como sencilla: amor a JESÚS.

Como era de esperarse, aquel fariseo criticó a la mujer (v. 39), pero JESÚS podía entender la dureza en el corazón de este hombre. La respuesta de JESÚS, a través de una pequeña historia, me impresiona mucho. En esta historia JESÚS le pregunta a este religioso, quien se creía justo en sí mismo: ¿quién amará más: al que se le perdona poco, o al que se le perdona mucho? Y el fariseo responde acertadamente: a quien se le perdona mucho. JESÚS usa esta ilustración para ejemplificar lo que estaba sucediendo con la mujer postrada a sus pies: una mujer que entendió Quien era JESÚS.

Este pasaje revela la importancia de la revelación de cuánto JESÚS nos ha perdonado, porque el amor a JESÚS estará íntimamente ligado al perdón que hemos recibido de Él. Un creyente cuyo entendimiento del pecado del cual JESÚS le ha perdonado es mínimo, traerá por consecuencia poco amor a Él; sin embargo, aquel creyente que entiende la terrible vida que llevaba sin JESÚS, al recibir perdón y reconciliación podrá entender lo asombroso del amor de Dios. ¡Cuán importante es recibir revelación y convicción de pecado en nuestra vida! ¡Y aún cuán maravilloso es saber que de todo ello JESÚS nos ha perdonado al acercarnos en arrepentimiento y gratitud como aquella mujer!

Amado creyente, no somos en nada mejores a aquella mujer pecadora. Aún más, no somos en nada mejores a la peor persona que pueda estar sobre esta tierra. Todos hemos pecado y nuestra vida necesita ser limpiada de toda esa maldad.

Cuidemos de nunca olvidar de cuánto JESÚS nos ha perdonado. No dejemos pasar un día sin traer en humildad a nuestra mente todo pecado que no ha sido confesado, porque nuestro Dios es fiel para perdonar.

¿haces tú bien en enojarte tanto?

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“Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró al Señor y dijo: Ahora, oh Señor, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que Tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Señor, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.

Y el Señor le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?” Jonás 4.1-4

¿Alguna vez te has enojado con Dios? ¿Alguna vez has creído que lo que Dios ha hecho es “injusto” o sin sentido? ¿Quizá has pasado por tiempos muy difíciles y las cosas no parecen ir bien, y al levantar tu mirada al cielo, le reclamas a Dios por tan terrible situación? O quizá al ver tanto mal y al ver que Dios no actúa como uno espera, ¿te enojas con Él?

Esta situación la vivió Jonás después de que Dios perdonó a tan perverso pueblo Nínive, ciudad grande. Pero, ¿por qué Dios perdonó a Nínive cuando había declarado que le iba a destruir? Una clave tremenda: creyeron a Dios y se arrepintieron de Su maldad. Y en Jonás 3.10 vemos algo maravilloso: “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino”.

Jonás esperaba la destrucción de Nínive. Él entendía que había sido enviado a declarar juicio contra Nínive aún a pesar de saber que Dios es clemente y piadoso, pero en esta lección Jonás confirmó aún más las misericordias de Dios.

Dios anhela que nadie se pierda. Un anhelo fuerte en el corazón de Dios es que todos los hombres en la tierra, aún los más perversos, puedan crearle a Dios y arrepentirse de sus malos caminos. JESÚS inició su predicación en la tierra con tan fuerte mandato: Arrepiéntete, porque el Reino de los cielos se ha acercado.

¿Pero arrepentirnos de qué? La mayoría de los hombres se consideran buenos en su propia opinión. Es por eso que la salvación sin arrepentimiento es mera mentira, ya que los hombres entenderán la salvación y lo trascendente de ella en la medida en que entiendan la maldad de la cual Dios nos ha perdonado. Eso es algo maravilloso del Espíritu Santo: convencernos de pecado.

Jonás fue usado por Dios en Nínive para convencer a esa ciudad grande y perversa de pecado, hoy en día Dios nos da Su Palabra y la guía de Su Santo Espíritu para mostrar cuán perversos somos separados de Él y la necesidad diaria de ser limpiados por la sangre de Cristo.

¿Has estado enojado con Dios? Creo que hoy es un buen momento para que te acerques a Él y en confesión pidas que Su Espíritu revele la maldad en ti. El Espíritu de Dios estará ahí, cerca de nosotros, para ayudarnos en esa tarea que, aunque dolorosa y aun penosa, es buena para nuestra vida: limpiarnos del mal.

confiado como un león

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“Huye el impío sin que nadie lo persiga; mas el justo está confiado como un león.” Proverbios 28.1

El camino fácil está a disposición de todos, ese camino que no requiere esfuerzo, que no requiere sacrificio, que no requiere fe, que no requiere obediencia. El camino que por nuestra naturaleza caída nuestra carne sigue confiada y sin detenimiento. El camino fácil es el camino del mundo, un camino que seduce y convence con palabras convincentes pero son mentiras que conducen a la muerte.

Pero el camino angosto, ese camino que JESÚS señaló que pocos son los que lo hallan, es un camino de completa sumisión a Dios, insisto completa sumisión a Dios y no a una religión o a un hombre o filosofías, todos ellos ídolos. Un camino angosto que conduce a la vida, y solo ese Camino nos conduce ahí.

En la Palabra de Dios encontramos siempre esas dos sendas: un camino de muerte y un camino de vida, no términos medios. Un camino ancho y un camino angosto, no términos medios. Un camino de mentira y un camino de verdad, sin medias verdades.

Y así también, Dios habla continuamente que los impíos, los que hacen maldad, los que se deleitan en hacer lo malo, son aquellos que siguen ese camino de muerte, ese camino ancho, ese camino fundamentado en las arenas de mentira. Pero también hay otra clase de hombres que en fe y obediencia caminan por el camino de vida, el camino angosto, ese camino construido sobre la roca de la verdad. Estos hombres son señalados por Dios como justos.

Pero, no hay justo, ni aun uno, sostiene Romanos 3.10. Entonces, ¿cómo es que habrá hombres que caminen sobre ese camino de vida? La respuesta es una sola: la fe en JESÚS. Cuando a nuestra vida es revelada nuestra necesidad de Cristo, nuestra vida en arrepentimiento buscará continuamente de la justicia consumada en Cristo para ser limpiados y restaurados. Somos justos no por lo que podamos hacer, sino por lo que JESÚS ya hizo por nosotros en la cruz. Delante de Dios somos justos no por nosotros, sino por Cristo y Su sangre derramada.

Cuando una persona recibe esa revelación de ser justo delante de Dios, nuestra vida buscará sin importar el precio amar lo que Dios ama. Es por eso que ese camino angosto se vuelve el caminar continuo de cada creyente.

Pudiera el camino del mundo ser atractivo, pero sus consecuencias son aterradoras. Pero el camino angosto, ese camino que pocos hallan trae una confianza que viene de Dios. Estar confiado como un león es por consecuencia la compañía de los justos, más para los impíos, aquellos que se deleitan en lo malo, aun sin ser perseguidos huyen.

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endereza tu corazón

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“Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados; pues el pueblo aún no había enderezado su corazón al Dios de sus padres.” 2 Crónicas 20.33

Una terrible tragedia había dominado reinado tras reinado al pueblo de Israel. Después de la muerte del rey David y del rey Salomón, el reino de Israel comenzaría a testificar lo que ocurre cuando un pueblo se aleja de Dios y se vuelve hacia sus ídolos y su propia forma de entender las cosas. En más de una ocasión, Dios detenía Su castigo por amor a Sí mismo y a David, Su siervo (2 Reyes 20.6), pero la maldad había llegado a niveles tan altos, que el cautiverio era la consecuencia para una nación debilitada en sus pecados.

Reyes llegaban y buscaban restablecer el orden en el reino de Judá y de Israel, dos naciones hermanas que habían surgido como consecuencia de la división del reino que Salomón heredó a su hijo. Pero también, reyes malvados y perversos llegaban al trono para evidenciar con profunda tristeza lo que un reino es capaz de llegar a hacer cuando éste vive alejado de Dios. La misericordia de Dios era evidente en cada reinado, pero Dios no podía tolerar más tanta maldad porque el pueblo no había enderezado su corazón.

¿Cómo aplicar a nuestra vida la historia del pueblo de Israel? Dios busca en cada creyente corazones dispuestos a ser enderezados, a ser moldeados conforme a Su corazón. Hombres y mujeres tan valientes que son capaces de tumbar toda cosa que estorba en el corazón para rendir todo a Dios, porque la valentía inicia cuando un hombre o una mujer decide firmemente en ordenar su vida completamente a Dios aunque esto cueste la burla y el acoso del mundo.

El pueblo de Israel en ocasiones restauró el templo, y volvieron a establecer los procedimientos religiosos ordenados por Moisés, pero su corazón seguía guardando en lugares altos ídolos a los cuales adorar. Es decir, podían en el exterior cambiar muchas cosas para que pareciera bueno, pero dentro de ellos aún había una lejanía del corazón de Dios. ¡Qué tragedia tan grande! Creer que se adora a Dios estando tan lejos de Él.

Enderezar nuestro corazón a Dios es un esfuerzo de valentía que nos requerirá todos los días porque todos los días necesitamos presentarnos delante de Dios y estar a cuentas con Él. Cada día pecamos, cada día fallamos a Dios, pero cada día también es una oportunidad para humillarnos, arrepentirnos y confesar nuestros pecados delante de Dios. Un corazón humillado y arrepentido no será desechado por Dios, sino que lo guiará para ser restaurado y enderezado en Sus caminos.

Nuestro Dios grande y temible se complace en hacer misericordia con los que le aman, y le aman de verdad (Miqueas 7:18-19).