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un corazón limpio

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“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmo 51.10

David logró conocer a Dios de una manera tan íntima y especial que, en el tiempo de mayor pecado, él no huyó de Dios, sino que se acercó a Él en arrepentimiento y con una confianza profunda que Dios escucharía su oración.

El salmo 51 es esa declaración de confianza, de arrepentimiento, de búsqueda de Dios. Es un salmo muy conocido entre la iglesia cristiana, es un salmo que ha sido la oración de muchos también.

Al leer el salmo 51 hay una parte que llamó mi atención esta semana. El versículo 10, quizá el versículo más conocido de este salmo, David le pide a Dios: crea en mí un corazón limpio, renueva un espíritu recto dentro de mí.

Lo que ha llamado mi atención es que David sabía, tenía la certeza, la confianza, de que Dios podía crear en él un corazón limpio y un espíritu recto. David sabía que Dios podía hacerlo. Lo que David había descubierto eran dos cosas: que su corazón no era limpio y que Dios podía crear un corazón nuevo.

Al meditar en ello, en el caminar en la vida cristiana Dios nos permite ver la maldad de nuestro corazón. Es como si cada vez que nos acercáramos más Dios, Él mostrara a través de Su luz admirable cuánto aún nos falta para ser completamente limpios. Pero a la vez, Dios no nos deja ahí, nos revela que Él puede limpiarnos. Es por esto lo maravilloso del sacrificio de JESÚS.

David lo descubrió. David sabía que, así como Dios es un Dios justo, también Dios es un Dios misericordioso. David había alimentado constantemente una relación con Dios que le permitió descubrir cada vez más a Dios, y a través de ello saber cómo orar y clamar a Dios.

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por la misericordia de Dios

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“Por la misericordia de Dios no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es Tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré.” Lamentaciones 3.22-24

 

El libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, es escrito en un tiempo de fuerte tribulación para el pueblo de Dios. Como su nombre lo indica, el libro es como un lamento por tanto mal que ha rodeado al pueblo de Dios, un pueblo que se había alejado de Él.

¿Por qué escribir un libro para atestiguar de las terribles aflicciones y tribulaciones? ¿Por qué escribir sobre lo que sucede en tiempos oscuros?

Sin embargo, en este libro también hay porciones de esperanza, textos que descansan en Dios y hacen ver que aun cuando somos malos, Dios será fiel a Su pacto, a quien es Él. Este libro si bien es un lamento, también es un recordatorio de quien es Dios, es un libro que se vuelve una oración que pone toda su confianza en Dios.

Hay situaciones en las que los hijos de Dios pasan por tiempos difíciles ya sea ocasionados por nosotros mismos o por circunstancias ajenas a nosotros. Y un gran reto durante ese tiempo es tener siempre presente quien es Dios, confiar que Él cumplirá Su propósito en nosotros.

Cuando un hijo de Dios se aleja de Él, podemos creer que Dios ya no nos aceptará más o que Dios buscará la menor oportunidad para echarnos en cara nuestra desobediencia. De hecho, cuando uno se siente tan sucio y alejado de Dios, nuestra naturaleza nos lleva a escondernos de Él, de querer en cierta forma huir de Él porque podemos verlo como un Dios severo que está buscando la menor oportunidad para reprendernos. Pero nuestro Dios anhela limpiarnos porque Su misericordia es para siempre.

Por supuesto que Dios también nos disciplina y nos guía hacia lo que es correcto. Y también Dios es paciente, nos enseña con amor, nos guía a Su verdad con Su misericordia y Su gracia.

Cuando seamos confrontados por el pecado no solo nuestro sino el de nuestro alrededor, no huyamos de Dios sino que en arrepentimiento recordemos de Sus misericordias y busquemos Su perdón al confesar nuestra maldad. Dios estará ahí, cercano.

Dios miró la muy amarga aflicción

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“Porque el Señor miró la muy amarga aflicción de Israel; que no había siervo ni libre, ni quien diese ayuda a Israel; y el Señor no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo; por tanto, los salvó por mano de Jeroboam hijo de Joás.” 2 Reyes 14.26,27

El corazón de Dios por los que sufren y están en angustia está atento a la oración y el clamor. En Éxodo 3, Dios habla a Moisés y le dice: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo… y he oído su clamor…, pues he conocido sus angustias” (Éxodo 3.7). Y en este pasaje del libro de 2 Reyes, nuevamente Dios libra a Su pueblo de la angustia, aún a pesar de que el pueblo no se volvía a Dios, pero su angustia era grande y Dios aún no había permitido la destrucción de Su pueblo. La parte que llama la atención de este pasaje en 2 Reyes es cómo describe esa aflicción: la MUY amarga aflicción. No era una simple aflicción, era amarga, era MUY amarga. ¿Podemos imaginarlo? Un pueblo rodeado por sus enemigos, conspiraciones internas, un pueblo arrojado a adorar ídolos, en resumen: un pueblo alejado de Dios.

Hace algunos meses Dios ponía en mi corazón: el Señor hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. (Salmo 103.6). Y puede que sea una angustia y violencia que no solo es física, pero también espiritual, emocional. Aquellos que son violentados en el alma y en el espíritu. Dios escucha el clamor.

No es de sorprendernos que todo avivamiento que se narra en la Biblia viene de un tiempo de angustia, de corazones que viendo el desolador panorama, solo pueden encontrar esperanza en Dios y Su justicia. No toda angustia trae por consecuencia un avivamiento, pero sí todo avivamiento viene a estar precedido por un tiempo de angustia, de aflicción, de muy amarga aflicción. La diferencia está determinada si esa angustia trae en sus orígenes un arrepentimiento real, un quebrantamiento del corazón por nuestros pecados y por los pecados del pueblo.

No es de sorprender que aún a pesar de que Dios miró la muy amarga aflicción de Israel, el pueblo siguió en sus malos caminos. Ellos buscaban solo el favor de Dios, no conocer realmente el corazón de Dios.

Dios nos guíe a tiempos de un verdadero despertar y una profunda comunión con Su Espíritu como nunca ha experimentado Su Iglesia en esta generación, en este tiempo.

si la sal se desvaneciere

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“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada (pisoteada) por los hombres.” Mateo 5.13

 

Es parte del conocimiento popular de la tradición cristiana el versículo anterior. Es común que cada creyente sea enseñado que somos la sal de la tierra, la luz del mundo. Que en nosotros existe ese gran privilegio, pero también esa grande responsabilidad para evitar que el mundo siga corrompiéndose y que a través de la luz de nuestras buenas obras los hombres puedan ver a JESÚS y reconocerle como Dios, como Rey, como Señor.

Mientras se predicaba este domingo en la iglesia sobre este versículo, algo llamó mi atención de una manera muy sorpresiva. Ese versículo si bien habla que somos sal de la tierra, trae consigo una advertencia bastante fuerte: si la sal se desvanece (se hace insípida, pierde su cualidad), no sirve para nada y será echada fuera y pisoteada por los hombres.

No se habla en esta advertencia de sal que dejo de ser sal, sino de sal que perdió su cualidad principal. Creo esta es una advertencia bastante fuerte para la iglesia de nuestro tiempo, una advertencia que nos debe llevar a reflexionar y evaluar si estamos siendo verdaderamente sal para el mundo o simplemente estamos contribuyendo más a su corrupción. Hace un par de semanas compartía sobre este dolor y esta angustia en mí, cuando Dios no veía nuestras obras perfectas y al leer este versículo pudo claramente relacionarlo.

Compartía hace un par de días con una amiga que sigo sorprendido cómo que es que los religiosos del tiempo de JESÚS no lograron reconocer quién era JESÚS. Hombres conocedores de la Palabra, de la ley, de las tradiciones y costumbres judías, pero que no lograron siquiera reconocer un poco a JESÚS. Hombres seducidos por su propio entendimiento y cegados por una religiosidad que había corrompido aún la Palabra de Dios. También, recordaba al profeta Jeremías que fue perseguido por los mismos sacerdotes por declarar juicio y condenación a la nación de Israel por haber sido corrompida, corrupción que había también consumido a los líderes religiosos.

Y al meditar en ello, pude nuevamente con dolor asociarlo con lo que como iglesia podemos estar viviendo: una iglesia que hemos sido seducidos por nuestro propio entendimiento de la Palabra y nos ha cegado a ver nuestros propios pecados y arrepentirnos de ellos, una iglesia que poco a poco podemos estar perdiendo nuestra cualidad de ser sal.

En mi corazón está ese anhelo de que Dios nos lleve a un tiempo de profundo arrepentimiento como iglesia. Que como iglesia podamos ser capaces de recibir la revelación del Espíritu de nuestras obras, no solo en este tiempo, sino en décadas y aún siglos pasados de las cuales no nos hemos arrepentido. Que podamos ser quebrantados a tal grado que podamos verdaderamente clamar por el perdón de Dios y ser llevados a un tiempo de restauración.

Creo profundamente que la misericordia de Dios es nueva cada día, y que Dios da a Su iglesia de generación a generación oportunidades para reconocer nuestro pecado, arrepentirnos y buscar el perdón de Dios. Este, creo yo, es el verdadero avivamiento en la iglesia de Dios.

le dolió en el corazón

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“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.” Lucas 10.33,34

 

El día de ayer fui confrontado por Dios de una manera muy fuerte. Después de enojarme fuertemente contra alguien y ser áspero con esa persona, Dios no tardó en corregirme y mostrándome a través de la parábola de los dos deudores que estaba siendo como aquel hombre al que se le había perdonado una gran deuda millonaria pero que este hombre no había sido capaz de perdonar a uno de sus consiervos que le debía unos cuantos pesos (puesto en nuestro contexto). Inmediatamente fui confrontado y humillado, puesto en evidencia de mi falta de perdón y mi prontitud para enojarme. Mi deuda millonaria que Dios perdonó contra una situación donde yo no supe perdonar.

Y recordaba hoy temprano, a través de un devocional, aquella parábola del buen samaritano que ayudó a un hombre que había sido golpeado y asaltado. Esta historia es contada por JESÚS a un intérprete de la ley, un hombre conocedor de la Palabra, pero no del corazón de Dios, un hombre que buscaba probar a JESÚS y justificarse a sí mismo.

Si algo estoy impactado por JESÚS es que ha venido a romper paradigmas de hombres, y esta parábola lo demuestra. Hombres “conocedores” de Dios y que hacían alarde de que “conocían” a Dios, no fueron capaces de hacer lo mínimo por un hombre en necesidad: ayudarle. Pero un hombre despreciado por el pueblo, considerado inferior y de segunda clase (el samaritano), fue movido a misericordia y ayudó a aquel hombre en necesidad. La palabra misericordia significa “dolor en el corazón”, y este hombre sintió dolor en su corazón.

Este samaritano, que no era un erudito en la Palabra de Dios, que quizá no hacía esas largas oraciones y ni pasaba tanto tiempo en el templo (porque además no era aceptado), supo entender el corazón de Dios. Y Dios ponía en mi mente este pensamiento: ¿de qué sirve leer la Biblia, leer los libros cristianos y escuchar al predicador de moda, si fallamos en perdonar y amar aún a nuestros enemigos? Fui golpeado por ello.

No me refiero a que leer la Palabra no tenga importancia, sino al contrario, es fundamental para la vida de un creyente, es una necesidad, es un alimento. Pero si nuestro conocimiento de la Palabra no nos lleva a actuar en amor a Dios y al prójimo (los dos más grandes mandamientos que cubren toda la Ley) a través de perdonar, de ser movidos a misericordia (sentir dolor en el corazón), a ayudar a otros, aunque estos sean nuestros enemigos, creo que algo está fallando. Seremos como aquellos intérpretes de la ley que se sentían orgullosos de “conocer” a Dios sin realmente conocerle.

Hace meses recordaba algo tan sencillo pero tan profundo: si nuestros afectos, pensamientos, motivaciones y acciones no están basadas en el amor a Dios y a los demás, es simplemente pecado. Y este principio aplica a toda área y todo momento de nuestra vida.

no he hallado tus obras perfectas

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“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.” Apocalipsis 3.1b-3

 

Es común en la tradición cristiana que los creyentes pedimos para que Dios nos muestre lo que hay en Su corazón, que nos revele Sus sueños, y que nosotros tengamos un anhelo y profundo deseo por hacer Su voluntad. He escuchado oraciones en ese sentir, yo he hecho oraciones de esa forma. Sin embargo, pocos, muy pocos, imaginan que lo que Dios nos revelará y lo que hay en Su corazón es un profundo dolor por Su pueblo.

Mientras meditaba en esto durante esta semana, leía la historia del profeta Natán cuando amonesta al rey David por cometer adulterio y asesinato. Muchos quizá conocemos esa historia, pero lo que Dios me mostraba en estos días es que a Natán se le reveló algo doloroso, algo terrible, algo que era en contra del mismo rey de Israel. No puedo imaginar cómo el profeta Natán se sintió cuando fue enviado por Dios a David para declarar que Dios no encontraba en el rey sus obras perfectas, aun cuando el rey intentó esconder todo lo hizo, porque para Dios nada es oculto.

La Biblia testifica esta situación con profetas que, si bien recibieron grandes sueños de Dios, también recibieron el dolor y la angustia profunda que en el corazón de Dios hay por Su pueblo. Profetas, hombres y mujeres de Dios a los que se les fue dado declarar las consecuencias del pecado.

Pero los mensajes de Dios cuando van cargados de un pesar en Su corazón, también van llenos de esperanza, de una segunda oportunidad, de misericordia. Si tan solo se arrepienten, si tan solo se arrepienten de sus malos caminos. Dios muestra el dolor en Su corazón para que Su pueblo no perezca, sino para que a sus ojos sea evidente lo malo para después buscar de la gracia de Dios para cambiar.

Hoy la iglesia vive en un ataque constante, y la iglesia occidental, la de los países con tradición cristiana de siglos, enfrentan un ataque aún muy doloroso. La iglesia de Dios está siendo atacada no sólo por el mundo, o por Satanás en sí, sino por sí misma, un ataque hecho por nosotros mismos contra nosotros mismos por el pecado no confesado, el arrepentimiento no buscado, un corazón seducido por nuestro propio entendimiento. El peor ataque para la iglesia no es de quienes de manera abierta están en contra de la iglesia, sino por aquellos que, diciéndose conocedores de la verdad, con su testimonio niegan la efectividad de la Palabra.

Hay una frase que hace ya varios años escuché sobre la iglesia perseguida en países como China donde ser cristiano puede costar la vida. Esta frase afirma que la persecución a la iglesia ha servido para purificar a la iglesia de los falsos creyentes. Y creo que los tiempos de prueba que en la iglesia occidental vivimos no es que se hayan salido del control de Dios, pero han servido como una oportunidad para que nosotros como iglesia veamos lo que hay en nuestro corazón: ¿amor, misericordia, gracia, perdón? ¿odio, juicio, condenación, división?

Hace ya varios meses Dios me permitió entender esta situación a través del mensaje a la iglesia de Sardis en el libro de Apocalipsis. Una iglesia que parecía que hacía grandes obras en nombre de Cristo, pero que no eran más que obras muertas. Imagina cómo se sintió al apóstol Juan cuando le fue revelado ese mensaje.

¡Oh, amada iglesia! Si pudiera compartir contigo el dolor de Dios que hay por ti. Eres amada no por las obras que haces, sino por la sangre de Cristo que te viste. Si tan sólo vieras tus obras como Dios las ve, si tan sólo escucharas tus palabras como Dios las escucha, si tan solo te fuera revelada la condenación que predicas contra aquellos que consideras indignos pero que Dios anhela salvarles. Si tan sólo, iglesia amada, comprendieras que tu lucha no es contra tus hermanos que consideras indignos, o contra el hombre que en pecado se pierde. Nuestra lucha, querida iglesia, es en lo espiritual y en lo espiritual debe lucharse.

Iglesia, amada iglesia de JESÚS, si hoy puedes leer este mensaje, Dios nos llama a arrepentimiento. ¿Sientes ese dolor del corazón de Dios como David lo sintió cuando su pecado fue revelado? ¿Sientes esa angustia del corazón de Dios? ¿Puedes recibirle en arrepentimiento? ¡Oh, amada iglesia! JESÚS viene pronto y anhela una iglesia que le busque de verdad con todo su corazón, porque si no erradicamos ese pecado de nosotros nos será imposible ver a JESÚS.

¿esto os ofende?

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“El que come Mi carne y bebe Mi sangre, tiene vida eterna; y Yo le resucitaré en el día postrero. Porque Mi carne es verdadera comida, y Mi sangre es verdadera bebida. […]

Al oírlas, muchos de Sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?

Sabiendo JESÚS en sí mismo que Sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende?” Juan 6.54,55,60,61

Las enseñanzas de JESÚS son un golpe a nuestro estatus quo y verdadera sentencia a nuestra naturaleza humana, nuestra carne. Al terminar de leer los evangelios no podremos quedar igual pues las enseñanzas de JESÚS, JESÚS mismo causará una incomodidad severa a nuestra naturaleza, incomodidad que podemos responder con orgullo o con profunda humildad.

Los evangelios, textos escritos casi hace 2000 años, contienen tanta enseñanza que aun para nuestros días son tan revolucionarios que el entenderles y obedecerles completamente es imposible en fuerza humana. Y es aquí donde radica lo impactante de los evangelios: para vivirles necesitas haber nacido de nuevo, en el espíritu.

El término nacer de nuevo, lamentablemente trivializado ya en nuestros días como un término más de la jerga religiosa cristiana, contiene un valor, en lo espiritual, muy profundo: estamos muertos y necesitamos vida, vida que solo viene de JESÚS.

Cuando una persona nace de nuevo, uno de las primeras señales de vida es un hambre por la Palabra de Dios, las enseñanzas de JESÚS. Es un hambre que surge más allá de tu cuerpo, más allá de tu alma, es un hambre que viene de tu espíritu que ha sido llamado a vida. Un nacido de nuevo encuentra en la Palabra, por dura que esta parezca, verdadera comida.

Una de las enseñanzas más “duras” de JESÚS es aquella donde Él declara: necesitas comer Mi cuerpo y beber Mi sangre. ¿Imagina cuán fuerte es esto para un pueblo judío que aún no habían entendido a JESÚS como el Cordero de Dios? Esta enseña era locura porque ¿cómo le pides a alguien que coma tu cuerpo y beba tu sangre? Sin embargo, la enseñanza contiene mucho valor dentro de la tradición judía: el sacrificio de un cordero cubría los pecados de un pueblo, pero este sacrificio era imperfecto ya que año con año necesitaba ser hecho.

JESÚS, por el contrario, el Cordero Perfecto, solo fue sacrificado una vez y para siempre, y Su sacrificio es válido aún para nuestros días: nos limpia de nuestros pecados. Comer Su carne y beber Su sangre nos es más que un recordatorio del sacrificio perfecto al cual no necesita añadírsele nada.

Creyente, no es lo que hagas o dejes de hacer, sino lo que ya hizo JESÚS por ti en la cruz. Tu salvación, tu acceso al Padre ha sido dado por este sacrificio perfecto. Eres amado por lo que JESÚS ya hizo, no por lo que tú hagas o dejes de hacer.

Cuando a nuestra vida es revelado que el sacrificio de JESÚS es perfecto y nos cubre de todo pecado, nuestra vida será rendida a Él y llevada de gloria en gloria hasta ser transformados a la imagen de Cristo. No huyas más de Dios, más acércate a Él a través de JESÚS.

¿cuál de ellos le amará más?

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“Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” Lucas 7.47

La historia de aquella mujer pecadora que trajo un frasco de alabastro con perfume y enjugó los pies de JESÚS en casa de aquel fariseo, es una historia que conmueve profundamente. Es la historia de una mujer que reconoció a JESÚS, y le reconoció realmente aún en medio de su oscuridad. Una mujer que dejando atrás la crítica, el prejuicio social, una vida sin mayor propósito, encontró en JESÚS lo más grande que su vida pudo haber encontrado: perdón y amor.

¿Qué le hizo venir a la casa de este fariseo cuando JESÚS estaba en esa casa? ¿Qué le motivó a irrumpir en aquella comida y sin importarle si era la casa de un religioso que la acusaría de pecadora? ¿Qué le llevó hasta los pies de JESÚS y en lágrimas lavar sus pies? La respuesta es tan asombrosa como sencilla: amor a JESÚS.

Como era de esperarse, aquel fariseo criticó a la mujer (v. 39), pero JESÚS podía entender la dureza en el corazón de este hombre. La respuesta de JESÚS, a través de una pequeña historia, me impresiona mucho. En esta historia JESÚS le pregunta a este religioso, quien se creía justo en sí mismo: ¿quién amará más: al que se le perdona poco, o al que se le perdona mucho? Y el fariseo responde acertadamente: a quien se le perdona mucho. JESÚS usa esta ilustración para ejemplificar lo que estaba sucediendo con la mujer postrada a sus pies: una mujer que entendió Quien era JESÚS.

Este pasaje revela la importancia de la revelación de cuánto JESÚS nos ha perdonado, porque el amor a JESÚS estará íntimamente ligado al perdón que hemos recibido de Él. Un creyente cuyo entendimiento del pecado del cual JESÚS le ha perdonado es mínimo, traerá por consecuencia poco amor a Él; sin embargo, aquel creyente que entiende la terrible vida que llevaba sin JESÚS, al recibir perdón y reconciliación podrá entender lo asombroso del amor de Dios. ¡Cuán importante es recibir revelación y convicción de pecado en nuestra vida! ¡Y aún cuán maravilloso es saber que de todo ello JESÚS nos ha perdonado al acercarnos en arrepentimiento y gratitud como aquella mujer!

Amado creyente, no somos en nada mejores a aquella mujer pecadora. Aún más, no somos en nada mejores a la peor persona que pueda estar sobre esta tierra. Todos hemos pecado y nuestra vida necesita ser limpiada de toda esa maldad.

Cuidemos de nunca olvidar de cuánto JESÚS nos ha perdonado. No dejemos pasar un día sin traer en humildad a nuestra mente todo pecado que no ha sido confesado, porque nuestro Dios es fiel para perdonar.

¿haces tú bien en enojarte tanto?

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“Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró al Señor y dijo: Ahora, oh Señor, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que Tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Señor, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.

Y el Señor le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?” Jonás 4.1-4

¿Alguna vez te has enojado con Dios? ¿Alguna vez has creído que lo que Dios ha hecho es “injusto” o sin sentido? ¿Quizá has pasado por tiempos muy difíciles y las cosas no parecen ir bien, y al levantar tu mirada al cielo, le reclamas a Dios por tan terrible situación? O quizá al ver tanto mal y al ver que Dios no actúa como uno espera, ¿te enojas con Él?

Esta situación la vivió Jonás después de que Dios perdonó a tan perverso pueblo Nínive, ciudad grande. Pero, ¿por qué Dios perdonó a Nínive cuando había declarado que le iba a destruir? Una clave tremenda: creyeron a Dios y se arrepintieron de Su maldad. Y en Jonás 3.10 vemos algo maravilloso: “Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino”.

Jonás esperaba la destrucción de Nínive. Él entendía que había sido enviado a declarar juicio contra Nínive aún a pesar de saber que Dios es clemente y piadoso, pero en esta lección Jonás confirmó aún más las misericordias de Dios.

Dios anhela que nadie se pierda. Un anhelo fuerte en el corazón de Dios es que todos los hombres en la tierra, aún los más perversos, puedan crearle a Dios y arrepentirse de sus malos caminos. JESÚS inició su predicación en la tierra con tan fuerte mandato: Arrepiéntete, porque el Reino de los cielos se ha acercado.

¿Pero arrepentirnos de qué? La mayoría de los hombres se consideran buenos en su propia opinión. Es por eso que la salvación sin arrepentimiento es mera mentira, ya que los hombres entenderán la salvación y lo trascendente de ella en la medida en que entiendan la maldad de la cual Dios nos ha perdonado. Eso es algo maravilloso del Espíritu Santo: convencernos de pecado.

Jonás fue usado por Dios en Nínive para convencer a esa ciudad grande y perversa de pecado, hoy en día Dios nos da Su Palabra y la guía de Su Santo Espíritu para mostrar cuán perversos somos separados de Él y la necesidad diaria de ser limpiados por la sangre de Cristo.

¿Has estado enojado con Dios? Creo que hoy es un buen momento para que te acerques a Él y en confesión pidas que Su Espíritu revele la maldad en ti. El Espíritu de Dios estará ahí, cerca de nosotros, para ayudarnos en esa tarea que, aunque dolorosa y aun penosa, es buena para nuestra vida: limpiarnos del mal.

¿cómo, pues, viviremos?

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“Diles: Vivo Yo, dice Dios el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” Ezequiel 33.11

Ese veneno tan dulce que ha contaminado no sólo el mundo, sino también parte del pueblo de Dios. Ese veneno que nos viste de superioridad por creernos moralmente más altos que los demás, por creernos más perfectos que el resto, por vernos a nosotros con tanta autocomplacencia por sabernos justos, justos por nuestros propios méritos. Ese veneno llamado auto-rectitud que por doquier se ve, aun cuando sus obras “buenas” no son más que trapos de inmundicia delante de Dios. Porque un poco de auto-rectitud, tan solo un poco de auto-rectitud, es suficiente para negar a Cristo y nuestra necesidad de Él.

¿Cómo podrá ser Dios reconocido cuando Su pueblo y el mundo entero se justifican así mismo en sus obras? ¿Cómo podrá Dios restaurar a Su pueblo cuando Su pueblo solo ve en Dios un suplemento para su vida? ¿Cómo podremos reconocer que nuestra maldad está ahí si se nos ha insertado en nuestra mente que somos “buenos” al ver a otros que hacen cosas “peores”? ¿Cómo, pues, viviremos?

¡Oh, amada iglesia! Si nos acercáramos día a día a limpiarnos en la sangre de Cristo, limpiarnos de tanta maldad que aún hay en nosotros. Si quitáramos de nuestra vida ese sentido de superioridad y en humildad y en arrepentimiento buscáramos el rostro de Dios. Si antes de juzgar, viéramos al necesitado; si antes de condenar, ofreciéramos ayuda; si antes de menospreciar, nos humilláramos a nosotros mismos. ¡Cuánta verdad guarda la Palabra! En exponernos tan incapaces de ser justos por nosotros mismos, tan incapaces en ser buenos por nuestros méritos.

¡Oh, amada iglesia! Si dejáramos que el Espíritu de Dios nos convenciera del pecado que hay aún en nosotros, de la maldad tan anidada en nuestro corazón. Si volviéramos nuestros ojos a Dios, clamando por piedad y misericordia para ser limpiados de tanta perversidad en nosotros. Si pudiéramos, día a día, acercarnos al trono de la gracia y recibir perdón y purificación.

¡Oh, cuán hermoso es Cristo para los humildes y pobres en espíritu! ¡Cuán preciosa se vuelve Su sangre para una vida hambrienta de perdón! ¡Cuán gloriosa es Su presencia en medio de un pueblo humillado!