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¿hasta cuándo, Señor?

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“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió Él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto; […]” Isaías 6.8-11

 

El llamado de Dios hacia el profeta Isaías descrito en el capítulo 6 es muy conocido en la cultura cristiana. De manera general, Isaías tiene una visión de Dios en Su templo e Isaías es confrontado no sólo por su inmundicia sino por la del pueblo al estar en la presencia de un Dios Santo. Un querubín toca los labios de Isaías con un carbón encendido para quitar la culpa y el pecado de Isaías. Y es ahí cuando Dios pregunta: ¿A quién enviaré? E Isaías responde: Heme aquí, envíame a mí.

Lo más interesante es que ese llamado no termina ahí, sino que en ese momento Dios le revela a Isaías cuál es ese llamado: confrontar la sordera y ceguera espiritual del pueblo de Dios.

Isaías es uno de mis profetas y libros favoritos de toda la Biblia. Es el llamado de un profeta al que no solo se le revela el pecado del pueblo, sino que también trae esperanza al pueblo con la revelación profética más impactante de nuestro Mesías y cómo este Mesías sería sacrificado para traer salvación al pueblo. Isaías es el libro con mayor contenido profético respecto a JESÚS siglos antes de que JESÚS naciera.

Cuando Dios le dice a Isaías su llamado (confrontar el pecado del pueblo), Isaías pregunta: ¿hasta cuándo, Señor? Es decir, Isaías le pregunta: ¿hasta qué momento sabré que debo dejar de confrontar el pecado? Y Dios responde con algo muy fuerte: hasta que las ciudades estén vacías.

 

Tuve oportunidad de leer esta parte de la Biblia durante el fin de semana, y preguntaba a Dios: ¿por qué Dios envía a un profeta sabiendo que el pueblo no respondería? ¿Qué sentido tiene enviar Palabra de Dios, sabiendo que el pueblo la ignorará, no escucharán, no verán, no entenderán?

Algo sorprendente es que esta palabra profética de Isaías no sólo es para el pueblo del tiempo de Isaías, sino que, en los Evangelios, JESÚS se refiere a estas mismas palabras cuando ve que el pueblo no responde a Sus palabras. ¿Puedes imaginar que el pueblo no respondió a Isaías, pero tampoco respondió a JESÚS, Dios mismo?

Creo que este mensaje es también para nuestro tiempo. Por muy difícil que resulte aceptarlo, como iglesia de Dios atravesamos un tiempo demasiado retador no por los ambientes del mundo que nos rodean, sino por la condición espiritual de la iglesia, una condición que requiere una intervención poderosa de Dios.

¿Hasta cuándo, Señor? Podemos preguntar. Y la respuesta de Dios podrá ser: hasta que “quede el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” (v13)

espíritu de poder, de amor y de dominio propio

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“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso Suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios,” 2 Timoteo 1.7,8

En días pasados cierta duda llegó a mí respecto a qué tanto estamos impactando al mundo con el evangelio. Naciones construidas sobre los principios del evangelio hace siglos ahora se vuelven a un humanismo imperante donde el conocimiento de Dios es cuestionado y donde Su existencia es negada. Vemos a generaciones de jóvenes que siendo criados en la iglesia, ahora dejan la fe cristiana para abrazar filosofías y conceptos de hombres. ¿Qué ha pasado con la iglesia en las últimas décadas que su impacto en la sociedad occidental ha menguado a niveles preocupantes?

Creo que una de las razones se debe a que como iglesia hemos sido en lo secreto un tanto complacientes con el pecado pero a su vez en lo externo hemos sido un desagüe de condenación y falsa santidad. Es triste ver en las noticias cómo líderes identificados como fervientes creyentes, son señalados por su falta de ética y congruencia; es preocupante ver cómo creyentes de años se amoldan al mundo sin mayor peso en la conciencia; es triste ver a una iglesia que llamada a ser luz, nos hemos vuelto una institución más en la sociedad.

No quiero ser pesimista, tampoco quiero ser un desagüe de condenación hacia la iglesia misma, solo quiero compartir un peso que en mí hay desde hace ya algún tiempo, y quisiera que el Espíritu de Dios nos moviera hacia tiempos más gloriosos para Su iglesia, y es aquí donde creo la palabra de Pablo a Timoteo tiene un valor especial: Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio.

De poder porque de manera sorprendente y sobrenatural hemos confirmado que Dios puede transformar vidas enteras por el puro afecto de Su voluntad. De amor porque no habrá mayor testimonio que el amor que la iglesia muestre al mundo. Y de dominio propio porque en tiempos de profunda oscuridad, nuestra vida deberá estar llamada a vivir en estándares de integridad y pureza que este mundo no conoce.

Solo el Espíritu de Dios podrá hacerlo, sólo Él puede quitar ese espíritu de cobardía y darnos ese espíritu de poder, de amor y de dominio propio que nos llevará a no avergonzarnos del evangelio, sino que seremos capaces de soportar toda aflicción por Su Nombre. Dios nos llene de Su Espíritu y nos lleve a tiempos tan gloriosos que ninguna otra generación haya conocido.

¿quién es aquel que se atreve a acercarse a Mí?

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“Así ha dicho Dios: He aquí Yo hago volver los cautivos de las tiendas de Jacob, y de sus tiendas tendré misericordia, y la ciudad será edificada sobre su colina, y el templo será asentado según su forma. Y saldrá de ellos acción de gracias y voz de nación que está en regocijo, y los multiplicaré, y no serán menoscabados. Y serán sus hijos como antes, y su congregación delante de Mí será confirmada; y castigaré a todos sus opresores. De ella saldrá su príncipe, y de en medio de ella saldrá su señoreador; y le haré llegar cerca, y él se acercará a mí; porque ¿quién es aquel que se atreve a acercarse a mí? dice el Señor.” Jeremías 30.18-21

Cuando la santidad de Dios es revelada a nuestra vida, dejamos de ser los mismos. Su santidad es temible, consumidora, capaz de consumir a quien se acerca a Él. La santidad de Dios es más allá que solo un estado pureza y perfección sobrenatural, Su santidad es en sí parte de Dios, un atributo de Dios y en sí un nombre de Dios: Dios Santo.

Cuando entendemos quizá de una manera pequeña lo que la santidad de Dios es, quedamos cautivados pero a la vez atemorizados, sabiendo que Su santidad puede consumir por completo nuestra existencia. “¡Ay de mí! que soy muerto!” Expresó el profeta Isaías cuando recibió esta revelación.

Su santidad nos comprueba nuestra condición. Su santidad nos golpea tan fuerte por sabernos inmundos y que nada de lo que somos ni hay en nosotros puede merecer estar un solo instante cerca de Dios. Su santidad es buena para nuestro ser, pero también Su santidad es peligrosa para nuestra vida.

Pude entender un poco más de la santidad de Dios hace unos meses atrás. La santidad de Dios es como la radiación que el sol emite. Esa radiación es buena a determinada distancia, como la distancia a la que la tierra se encuentra, pero es muy peligrosa si nos acercamos a ella. Cuando pude entender un poco más de la santidad de Dios a través de esta ilustración, la pregunta que en Jeremías se presenta cobra aún un mayor sentido: ¿quién es aquel que se atreve a acercarse a mí? O replanteándola un poco podría ser: ¿quién podrá acercarse a Dios?

Imagina por un momento: la persona a la que más amas, aquella persona por la cual tu alma y tu espíritu se apasionan día a día, a esa persona no puedes acercarte porque al acercarte, podrías morir por su perfección. Es aquí cuando el sacrificio de Cristo cobra un sentido sumamente especial.

JESÚS no solo nos salvo de la eternidad en el infierno, sino que nos acercó al Padre, nos acercó a Dios. Es decir, podemos acercarnos a Dios sin ser consumidos por Su santidad. Podemos acercarnos y abrazarle y contemplar Su rostro. Podemos habitar en Su presencia, y quedar rendidos por Su maravillosa santidad. Sin ser aniquilados.

Jeremías profetiza un tiempo para el pueblo de Israel en que serían redimidos de su cautividad porque Dios tendría misericordia de ellos en medio de tanta confusión. Pero además también habla de un tiempo en que un príncipe y señoreador saldrá de ese pueblo y podrá acercarse a Dios.

Lo maravilloso de este señoreador es que traerá consigo esa puerta abierta a la presencia de Dios. ¡Cuán increíble privilegio! Cercanos a nuestro Dios por lo que Cristo ya ha hecho por nosotros en la cruz.

***

Explicación animada de la santidad de Dios (en inglés):

una vida extraordinaria

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“Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló el Señor, diciendo: En los que a Mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón calló.” Levítico 10.3

“para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que el Señor les ha dicho por medio de Moisés.” Levítico 10.10,11

Una verdad de Dios que rodea a los hijos de Dios es que todo hijo de Dios está llamado a vivir una vida extraordinaria, una vida extraordinaria desde la perspectiva de Dios, desde la perspectiva eterna. Cuando intentamos definir algo extraordinario, podemos traer a nuestra mente, la mayoría de las veces, aquellas cosas que el mundo define como algo grande, algo diferente, algo especial. Podemos llegar a pensar que vivir una vida extraordinaria es ser famoso, tener mucho dinero o poder, o ser considerado alguien con algún talento especial. Pero ante los ojos de Dios, una persona viviendo una vida extraordinaria es aquella cuya vida está vestida de santidad en todo lo que hace, piensa y dice. Vivir en santidad es un reto tan imposible que sólo a través del Espíritu Santo puede lograrse.

Al leer el libro de Levítico podemos ver el propósito por el cual Dios había dado las leyes a Su pueblo. En más de una ocasión en el libro de Levítico, Dios declara que Su pueblo será santo, porque Él es santo. Un pueblo llamado a vivir de manera diferente al resto de las naciones de la tierra, un pueblo llamado a vivir en santidad, un pueblo llamado a vivir una vida extraordinaria. Y para lograrlo, el pueblo necesitaba vivir en obediencia a Dios a través de las leyes que Él les estaba declarando.

En un mundo en el que vivimos, en el que es cada vez más difícil reconocer lo recto en nuestra sociedad, el alinear nuestra vida a la Palabra de Dios es de vida o muerte. Hoy por doquier se enseñan filosofías que “suenan” bien, pero su destino es muerte. Es por eso la importancia de fundar nuestra vida sobre la Palabra de Dios, porque aun la Palabra de Dios nos librará de nuestra propia manera de pensar o concebir las cosas.

Vivir en santidad no sólo está encaminado a agradar el corazón de Dios, que por supuesto es lo más importante, sino que también el vivir en santidad nos permite llevar nuestra vida a un nivel de comunión con Dios que nos permite discernir lo santo de lo profano, y lo inmundo y lo limpio.

Hoy podemos comenzar y continuar con esa caminar en santidad a través de obedecer aquello que Dios nos ha hablado a través de su Palabra. Al pasar del tiempo, veremos sin dudar que Dios nos ha llevado a vivir una vida extraordinaria a través de Su Espíritu.

el pecado en nosotros

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“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en Su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta.” Hebreos 4.13

Hoy tuve oportunidad de escuchar una de las descripciones más sencillas sobre el pecado pero con una poderosa revelación. En un curso para maestros de niños, la maestra que daba el curso mencionó: “una forma de enseñarle a los  niños acerca del pecado es cuando hay mucha basura en nuestra casa, ¿qué pasa?, nuestra casa empieza a oler mal y por más que tratamos no podemos quitar toda esa basura y su olor, y nosotros intentamos tapar esos olores a través de poner mucho perfume o aromatizantes en nuestra casa. Así es el pecado en nuestra vida, el pecado hace que nuestra vida ‘huela’ mal y nosotros buscamos ponerle perfume a través de las buenas obras, o haciendo cosas que nos ayuden a tapar el pecado, sin embargo, el pecado sigue ahí”.

Esa breve enseñanza tiene una revelación poderosa porque nos enseña varias características del pecado: primero, el pecado es basura en nuestra vida, son desechos de nuestra desobediencia a Dios, podemos estar viviendo de una determinada manera pero el pecado dejará siempre sus rastros en nuestra vida; segundo, nuestra naturaleza desde que caímos en pecado en el huerto del Edén, es buscar formas de tapar el pecado, buscamos limpiar nuestra conciencia, buscamos formas de hacer que esa basura sea tapada; y tercero, el pecado no puede ser quitado en ninguna forma humana, no hay religión, no hay filosofía, no hay curso de auto-superación, no hay esfuerzo humano alguno que siquiera pueda quitar un “gramo” del pecado que hay en nosotros.

Para que nosotros y cada una de las personas comprendamos lo maravilloso de la obra de JESÚS en la cruz y Su salvación, necesitamos primero entender cuán asqueroso y terrible es el pecado en nosotros. Desde el mínimo pecado hasta el más terrible de ellos, todos ellos dejan rastros en nuestra vida que nos separan y nos hacen sucios para Dios. Suena bastante fuerte, ¿no crees? Sin embargo, la obra de salvación si bien inicia a través de comprender nuestra condición de vivir en suciedad, no termina ahí. La obra de salvación hace lo que nadie más puede hacer: quitar completamente el pecado de nuestra vida. Eso es lo que JESÚS hace cada día en nuestra vida: limpiarnos.

Es importante comprender la gravedad del pecado. Es importante saber identificar qué cosas están dejando basura en nuestra vida. Es importante anhelar vivir en limpieza (en santidad). Es increíble saber que JESÚS está ahí, como nuestra gran y único Sumo Sacerdote delante de Dios que está pacientemente limpiándonos.

Quiero invitarte a hacer un pequeño ejercicio. Cada vez que tires la basura en algún cesto, o cuando saques la basura de tu casa, recuerda siempre algo: así como nosotros estamos buscando una casa limpia de basura, así JESÚS desea que nuestra vida sea limpiada del pecado, y JESÚS ya lo ha hecho para todo aquel que se acerca a Él con fe.

Agradece a Dios siempre, por la basura (el pecado) que ha quitado en tu vida, porque si no fuera por Él, nadie más hubiera podido hacerlo.

no des lo santo a los perros

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“No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” Mateo 7:6

Nuestros jóvenes viven tiempos desafiantes. En la escuela, en sus trabajos, entre sus amigos, en la iglesia, aún en sus casas. Nuestros jóvenes enfrentan luchas que en fuerzas de hombres son imposibles, luchas donde su vida está de por medio. En todo momento son acechados para hacerlos caer, para hacer de sus vidas un trozo de sueños y propósitos incumplidos. Cada joven necesita más que nunca de la oración de sus padres, de la oración de sus líderes, de la oración de la iglesia.

Más que doctrina, necesitan Verdad. No necesitan filosofías, necesitan el Camino, necesitan la Vida. Necesitan a JESÚS.

Cada joven está tan lleno de estándares y exigencias del mundo. Cada joven día a día tiene que elegir entre hacer lo que todos hacen, o permanecer fieles en la obediencia a Dios y Su Palabra. Cada día dan pasos en fe hacia aquella Verdad que les mantiene en victoria, aún cuando el mundo grite mentiras. Cada joven cada día tiene que cuidar su mente, su cuerpo, su espíritu de las contaminaciones del mundo: sexo, adicciones, fama, poder, dinero.

Y en medio de toda esta batalla, Dios nos manda a cuidar lo santo, a cuidar de esas perlas valiosas que Dios nos ha dado: nuestra vida, los sueños, nuestro tiempo, cada recurso con el que nos bendice. Nos manda a no darlo a los perros, a los cerdos, porque terminarán por pisotearlo y después nos despedazarán.

No tires tu tiempo en amistades que no edifican. No gastes tus sueños con aquellos que terminarán burlándose. No compartas tu vida con las tinieblas. Por nada del mundo sacrifiques tu relación con Dios.

Nuestros jóvenes necesitan cada día aprender a discernir entre lo santo y lo profano, entre la luz y las tinieblas, entre lo que les edifica y lo que destruye.

Dios busca una generación santa, que se guarde de toda contaminación.

promesas

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volveré a Ti cada día

mis ojos mirarán Tu hermosura

mis labios cantarán a Tu gloria,

cada palabra, cada mirada

cautivas serán por Ti.

 

no me alejaré de Ti al caminar

ni al dormir mis pensamientos Te perderán

porque mejor es Tu presencia

que el universo entero,

y mejor Tus sueños

que los tiempos.

 

mi caminar corre hacia Ti

mis pasos se guían con Tu voz,

sí, Tu voz.

ni el ruido del mundo

podrá distraerme de Tu voz,

sí, Tu voz.

 

yo soy cautivo de Ti:

mi vida es toda tuya.

ni el despertar, ni el caminar,

ni el vivir, ni el morir,

ni el tiempo, ni los sueños,

nada me pertenece

mas a Ti todo es.

 

porque todo se sostiene por Ti:

los mares y los cielos,

los montes y desiertos,

el volar del ave, el nadar del pez,

desde lo profundo del mar

hasta lo inimaginable de los cielos,

las risas de Tus hijos,

los sueños de Tus jóvenes,

la libertad de todo Tu pueblo,

la eternidad misma.

todo depende de Ti.

 

por la gloria de Tu gracia

y lo profundo de Tu amor

que no se agota, que no cambia

que es perfecto y también eterno,

por Tu justicia que es exacta,

por Tu misericordia que es para siempre,

por Tu santidad que nos humilla

por Tu palabra que nos alimenta

por Tu grandeza que es temible

por Tu verdad que nos confronta

por Tu hermosura que nos enamora

por Tu fidelidad que nos sostiene

por todo Tú por quien vivimos.

 

eres vida y también verdad

eres amor y también justicia

eres fuerte y temible y también humilde

eres fiel y también santo

eres Dios y también cercano

eres nuestro y también somos Tuyos,

solo Tuyos y de nadie más.

la maldad que no vemos

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Después de una jornada de oración por 40 días en la iglesia, hubo oportunidad para testificar lo que Dios nos había revelado a nuestras vidas en esos días. Una mujer, esposa de un líder de la iglesia, dijo algo que después de varios años aún recuerdo. Ella mencionó: “Dios me permitió ver cuánta maldad hay en mí”. Y con lágrimas en sus ojos ella pedía perdón a Dios y pedía Su  misericordia y gracia para poder  dejar ese camino de maldad.

Lo que tocó mi corazón con este testimonio fue algo que en estos días Dios me ha recordado. Mientras escuchaba su testimonio, decía dentro de mí: Dios, ¿cómo una mujer como ella siendo esposa de uno de los líderes de la iglesia, si la vida de ella para muchos es testimonio de Tu amor y verdad, cómo puede decir que hay mucha maldad dentro ella? Yo creía, erróneamente, que quizá ella podía tener uno que otro pecado pero que en general su vida era más “buena” que mala. Sin embargo, ese testimonio golpeo mi vida fuertemente.

Recordé ese testimonio porque a lo largo de estas semanas Dios ha revelado cuánta maldad hay en mí. Uno puede guardar una imagen ante la sociedad, en nuestro trabajo, en la iglesia, en nuestra familia, aún con aquella persona que más amamos, pero delante de Dios sabemos que fallamos todos y cada uno de los días que vivimos. Fallamos al hacer cosas que son buenas pero con intenciones perversas, fallamos cuando no hacemos aquello que Dios nos pide que hagamos, fallamos cuando no dejamos de hacer aquello en nuestra vida que a Dios no le agrada, fallamos cuando en nuestra mente se producen pensamientos incorrectos, fallamos cuando tratamos a las personas que nos rodean con actitudes desagradables, fallamos cuando no valoramos a Jesús y Su sacrificio por nosotros, fallamos cuando vivimos sin amor en alguno de nuestros segundos de esta vida.

Y el día de ayer fue el clímax de esta semana de descubrir cuánta maldad hay en mí. Estando en casa, de pronto y sin relación alguna a lo que estaba haciendo, un pensamiento de lo más perverso vino a mí. No era un pensamiento en cuestiones sexuales, ni en cuestión de odio hacia otras personas, sino era un pensamiento de desvalorar el Reino de Dios y Su Santidad, sentir desagrado por las cosas de Dios. Y eso me dejó con una sensación terrible en mi ánimo y en mi espíritu. Descubrí que mi carne se opone a las cosas de Dios, que el mundo grita corrupción a mi vida, que Satanás en todo momento habla mentira a nuestras vidas. Ese pensamiento estoy seguro que vino de mi carne, porque esa sensación había estado ahí siempre, esa maldad estaba siendo reservada en mi carne.

Cuando uno descubre cuánta maldad puede haber en nuestra vida, uno puede reaccionar de tres formas. La primera es agradarse de eso, cuando nuestra vida está tan acostumbrada al pecado. La segunda es mostrar indiferencia o autosuficiencia para poder controlar esa maldad y decir, no pasará de mis pensamientos. Y la tercera, y a la que Dios nos llama en este día, es a buscarle a Él y pedirle con un corazón verdaderamente conmovido que limpie toda maldad en nuestra vida. Es por esto último que nuestra dependencia a Dios día tras día es importante, es vital, es de vida o muerte, porque buscando de Él y estando cerca de Él en oración, a través de Su Palabra, nuestra vida queda abierta no sólo a los ojos de Dios (porque a Él nada podemos esconder) sino a nuestros ojos; nuestra maldad es exhibida, es expuesta delante de Él que es Santo.

El rey David fue un hombre conforme al corazón de Dios, pero que reconoció que en su vida, en su carne había maldad oculta, aquella que está aun escondida a nosotros, pero que sin duda determina formas de actuar, de pensar y de vivir, como sucedió con él. Sin embargo, David no busco ignorar ese maldad o recrearse en ella, sino clamó a Dios con un corazón quebrantado y dolido: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. Salmo 139:23,24

una oración por nuestros niños

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Padre no permitas que ninguno de nuestros niños, aquellos hijos que nos has dado, se pierdan en la maldad de este mundo y en las manos del enemigo. Permite que ellos procedan al arrepentimiento y conozcan la salvación en ti, Jesús.

Que cada niño que es enseñado e instruido en Tu Palabra desde pequeño en la escuela dominical, no se aparte cuando crezca de Tus Caminos. Que su anhelo sea glorificarte a Ti con sus vidas, y que su pasión sea servirte a Ti en todo momento y en todo lugar donde les permitas estar. Permite que ellos crezcan conociendo de Ti, y conociéndote sin distorsiones humanas o perversas, que crezcan conociendo al único y verdadero Dios quien por amor les has tomado para que sus vidas no se corrompan.

Enséñales justicia y misericordia, enséñales perdón y reconciliación, enséñales rectitud e integridad, enséñales mansedumbre y humildad, enséñales amor y entrega a Ti, y que todo esto quede grabado en sus corazones por toda la eternidad, escribe en sus corazones Tu ley. Que sus vidas sean fundamentas en la roca que eres Tú, Jesús, que sus vidas sean dirigidas hacia la salvación y transformación de la vidas de millones en este planeta que clama a lo alto por Tu justicia.

Sé que muchos padres pueden estar preocupados por la vida de sus hijos, y el mundo donde viven. Sé que muchos padres tienen miedo que sus hijos se pierdan. Sé que muchos padres desean fervientemente que la maldad no toque la vida de sus hijos. Y también sé, que Dios es más grande y más fuerte que la maldad de todas las potestades que dominan al mundo, y Tú, Dios, más que nadie anhela y ama a estos pequeños.

Ayúdanos Padre, a nosotros como jóvenes y adultos, a instruir a esta generación de niños en Tu Ley y en Tu Verdad. Ayúdanos a que nuestro hablar de Ti no sea sólo a través de nuestras bocas, sino también a través de nuestras vidas. Que nuestro testimonio, nuestra forma de vivir, nuestra forma de conducirnos por el mundo sea para ellos luz y no piedra de tropiezo.

Sé, Padre, que Tú estás levantando a una generación diferente, una generación poderosa, una generación que trastornará el mundo para entregártelo a Ti, Jesús. Sé que ellos, nuestros niños, tendrán por basura las cosas y deleites que este mundo puede ofrecerles, y que vivirán apasionados por agradarte a Ti, en santidad y pureza de corazón y de manos.

Guárdales del mal, Padre, aún dentro de sus casas. Guárdales del mal, aún en sus escuelas. Guárdales del mal, aún en la sociedad. Que nada toque sus vidas para destrucción sino para edificación, porque sabemos que ellos están y estarán en Tus manos por la eternidad. Por Jesús, Salvador nuestro, Dios nuestro. Amén.

conviértanse ellos a ti

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Uno de los grandes desafíos de los adolescentes y jóvenes que caminan con Dios es vivir en pureza física, emocional y espiritual habitando en medio de un mundo corrompido que busca los deleites del cuerpo y del alma antes que las cosas de Dios, lo eterno.

Creer en Jesús como Señor y Salvador en nuestra vida, sujetarse a su voluntad y vivir conforme a sus mandamientos resulta difícil en fuerzas humanas ya que la presión que el mundo y sus deseos ejercen sobre nosotros es constante día a día. Quizá la presión es tan sencilla como la manera como ellos hablan, o la forma en que ellos actúan, o tan sutil como tener noviazgos en tiempos que no son los de Dios o el deshonrar a nuestros padres a través de no obedecerles.

A pesar de toda esa corrupción que hay en el mundo y toda la presión para que seamos como ellos, Dios manda:

“Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos”. Jeremías 15:19

Y para cumplir ese mandato Dios no nos deja solos sino que su Espíritu, mayor a todo el  mundo y el universo entero, habita en los hijos de Dios. También debemos recordar que a pesar de toda la aflicción en este mundo, Jesús ha vencido la maldad y tenemos su victoria juntamente con Él.